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Desprecian al consumidor

Desde la descripción sobre cómo se menosprecia a los consumidores y usuarios hasta la impunidad de los manejos monopólicos y la pretensión de rediseñar la estructura económico y social argentina, el autor traza un panorama de encuadramiento de lo que era un país con pretensiones autonómicas en un plan global que lleva a la primarización de la producción y deja grandes segmentos sociales a la intemperie.

Entre las secuelas de la implantación de la economía neoliberal en la Argentina se observa la instalación de ciertos prejuicios (o ideas preconcebidas) que parecen explicarlo todo y sólo logran introducir confusión. Esto aplica, entre otros, al tema de los servicios públicos.

En efecto, la ausencia de una protección real de los consumidores de bienes y servicios es uno de los efectos donde puede medirse la mentira neoliberal, la que no asume que haya al respecto obligaciones por parte del estado sino que, supone, proveérselos es responsabilidad de cada cual.

Sostienen que dado que los seres humanos inexorablemente se “organizan” (reparten roles), unos, los menos aptos, serán los usuarios o consumidores y otros, los más exitosos de acuerdo a su talento, serán quienes consigan ser quienes brinden esos servicios, obteniendo las ganancias del caso.

Como todo eso es pura cháchara y la realidad y experiencia de las diversas comunidades al respecto es muy rica y diversa, tenemos como herencia de cultura organizacional, por un lado, leyes que reglamentan y, por otro, organismos encargados de control y, por cierto, los proveedores de mercancías y servicios que deben ajustar naturalmente su actividad a esas normas. Pero no, no es cierto, se trata de un simulacro, algo parecido a lo que debería, pero peor.

La instalación dominante en el país del enfoque neoliberal en su versión monetarista y fiscalista no pareció de un día para otro, ocurrió por etapas desde 1976. Tanto que da para pensar que se trató de un verdadero plan. Tomemos ahora mismo la píldora antiparanoica porque no se trata de algo exclusivamente nuestro.

Pero como ocurrió y está sucediendo a nivel mundial tenemos que verlo más como resultado de la relación de fuerzas que como una siniestra conspiración de sociedades secretas.

Se trata de una construcción ideológica que pretende resumir o sintetizar la visión correcta del mundo, harto simple, por cierto. No es sólo una cuestión de negocios, aunque desde luego por allí pasa el núcleo principal de esta mutación.

La paradoja no menor está dada por el hecho de que este intento de regreso a la vida primitiva, (chacun pour soi, dirían los franceses, sálvese quien pueda en traducción libre en estas playas), ocurre cuando la humanidad ha llegado a un punto inédito de capacidad de producción e innovación, aunque no precisamente “libre”, sino en pleno estadio de competencia monopólica.

Es decir, cuando se generan condiciones para el bienestar y la educación del conjunto del género humano reaparece de modo aparentemente insólito, pero con gran fuerza, la ideología individualista como parte de una gigantesca acción niveladora (hacia abajo, claro está).

Sin embargo, como toda repetición, no funciona igual que habría ocurrido en épocas pretéritas. Si aquello (en los siglos XVIII y XIX) era un drama, esto que vemos hoy más que farsa es una simulación, un engendro dirigido a manipular las pobres almas de los consumidores.

Allí vemos otra paradoja: la exaltación del mercado va acompañada de un evidente desprecio hacia el comprador, que es nada menos que su protagonista principal. Sin consumidores no hay mercado.

Es, además, la prueba concreta de que la libertad en abstracto no es la libertad real, pues hay posiciones dominantes que determinan el consumo.

Todo esto lo ignora, deliberadamente, la ideología libertaria que se degrada a frases huecas e insustanciales, restándole el enorme valor que tiene el concepto de libertad para las personas de nuestra época.

Como la unificación de los mercados mundiales se va llevando a cabo a través de los vértices de población con mayor capacidad de consumo en cada país, con la publicidad como factor determinante, este proceso se planifica a nivel trasnacional y se hace cada vez más potente, sin necesidad de halagar demasiado a los inadvertidos consumidores, pues simplemente se les impone sin que muchos adviertan sus condicionamientos.

Y el que manda, que es el oferente dominante (monopólico u oligopólico), necesita que los estados nacionales no interfieran, para lo cual se trabaja tanto en el plano ideológico como en el manejo de la administración y las propias leyes que se dictan para que esos mercados sean homologados, es decir, similares en todas partes.

Hay productos de consumo masivo y bajo precio como, por ejemplo, bebidas cola que compiten entre sí (entre corporaciones similares) consolidando una clientela establecida y compartida.

Lo mismo ocurre con los teléfonos, que no son tan baratos, pero al volverse indispensables también son mercancías a las que cada población debe disciplinarse. Y como de todos modos los mercados se saturan por sobreoferta allí está la obsolescencia programada para garantizar el sostenimiento de la demanda.

Diferencias entre países

Todas cuestiones identificables y corregibles mediante legislación que evite los abusos existentes. Funciona mejor, aunque tampoco de modo óptimo, en los países con dispositivos estatales capaces de hacer cumplir las leyes.

Ejemplo flagrante: la más conocida hoja de afeitar del mundo dejó de vender en la Argentina un repuesto en uso para imponer un nuevo instrumento con otro tipo de accesorio, lo cual logró ampliamente al dejar de vender el anterior. Años después de esa decisión exitosa de dominio del mercado, el antiguo repuesto de la maquinita que aquí se había declarado en desuso se vendía todavía en Canadá. La explicación de tal contraste surge como evidencia, pues en ese país del norte hay un estado que le impone a la empresa abastecer al usuario a quien había previamente surtido al mercado el aparato que luego declaró obsoleto. Aquí no.

El maltrato del usuario se vuelve legendario cuando se trata de los servicios públicos, que no por ser públicos son ajenos a los negocios privados porque se encuentran concesionados. Es curioso que esos “empresarios” se quejaran de tener que cobrar tarifas bajas o con sentido social, lo que afectaba su rentabilidad. Pero es curioso que no se fueron ni devolvieron la concesión, suspendieron o bajaron sustancialmente las inversiones en mantenimiento, todo a costa del usuario y terminaron en no pocos casos vendiendo sus tenencias accionarias a corporaciones locales.

Veamos un ejemplo reciente. Con las últimas lluvias intensas proliferaron los cortes de electricidad. El usuario damnificado que logra comunicarse con el “servicio de atención al cliente” responde a un cuestionario automatizado o, si tiene suerte, a las preguntas estándar que le formula el agente que representa a la empresa, en los hechos poco más que un telefonista. Se le contesta al final que en su zona hay un corte en la red de media tensión y que el servicio se restablecerá en cuatro horas, aproximadamente. Al cumplirse ese plazo la respuesta es la misma y así durante cuarenta y ocho hora de cuatro en cuatro con las esperanzas en declive.

El asunto se soluciona cuando intervine, casi por azar, un “personal de calle” quien llama por teléfono preguntando por otro usuario y otra dirección y se le explica el problema, ante lo cual concurre al domicilio afectado y en quince minutos resuelve la cuestión cuyo origen estaba en la toma de ingreso del fluido al domicilio, un fusible o algo así. Del cable de media tensión dañado, no más noticias. Todavía debe andar dando dolores de cabeza a otros usuarios.

Parece una anécdota sin importancia pero es un funcionamiento sistemático, de modo que merece señalarse como problema general, puesto que el conjunto de la población, de un modo u otro, sufre intermitentemente este tipo de contratiempos y atropellos burocráticos.

Descartado que sea sólo impericia o inercia burocrática hay que pensar, entonces, que es la concepción misma de quienes organizan y brindan esos servicios esenciales lo que esta en aplicación.

Existe además una instancia presuntamente superior a la empresa concesionada que brinda el servicio, (ente regulador) que en el caso de la electricidad es, como todo el mundo sabe, el ENRE.

Allí la atención es mucho peor, pues nunca atiende una persona de carne y hueso con voz propia, todo es grabación y apretar números respondiendo al cuestionario de opciones con la advertencia, eso sí, de que no se puede volver a realizar el reclamo en las próximas cuatro horas desde el último intento. En los hechos, el “regulador” está ausente y sin nada que aportar al problema, salvo ignorarlo fingiendo que lo registra y actúa en consecuencia.

Si el encargado de controlar a la empresa proveedora del servicio, en este caso el ENRE (Ente Nacional Regulador de la Electricidad) se borra de esa manera, el usuario está, en los hechos, desamparado. Es muy ilustrativo leer las opiniones de los consumidores/usuarios al respecto, donde las quejas y denuncias son abrumadoras mayoritarias.

Obviamente esta situación no la impuso esta gestión, pues viene de lejos en el tiempo, aún desde antes de las privatizaciones del menemato, pero la prédica libertaria de destrucción del estado le añade un estímulo al desaliento que se generaliza en el personal que tiene a cargo las tareas concretas, entre ellas la atención al público, misión difícil si las hay.

Aunque también ocurre que algunos telefonistas suenan como seleccionados por su crueldad, pues “se ponen la camiseta” mucho más allá de lo que su función impone, que debe estar caracterizada por la paciencia y la cordialidad como complemento de su eficiencia.

Así, tomando lo minúsculo como representativo de los males mayúsculos que padecemos los argentinos cabe preguntarse sobre si la pérdida de los lazos sociales solidarios es un estado al que se llega instalando la confusión en las mentes y la frialdad en los corazones.

La respuesta es alentadora cuando aparecen acciones y opciones que refuerzan los lazos comunitarios, que los hay por todos lados y su escaso registro existente también tiene que ver con el dominio de las redes por la manipulación que apela a la frivolidad antes que la información objetiva y completa.

La justificación del modelo

A pesar de sus consecuencias evidentes, despidos y cierres, el presunto “modelo”, no es otra cosa que la vieja política conservadora que descarga las crisis sobre las espaldas de los sectores de menores (o nulos) ingresos, pero remozada ahora por la argumentación libertaria que no se pretende neoliberal, siéndolo hasta los tuétanos.

Esa argumentación tiene distintos voceros, desde los meros provocadores y sádicos hasta sofisticadas formulaciones de personalidades que se constituyen en pontificadores sobre lo que está bien y lo que va mal, con un sesgo claramente confirmatorio de la línea desmanteladora oficial.

Tomemos un caso relevante y reciente: las opiniones del doctor Ricardo Arriazu vertidas en un seminario que registró La Política On Line en sus definiciones principales y puede verse más completa en: https://www.lapoliticaonline.com/economia/arriazu-advirtio-que-la-corrida-va-a-existir-y-afirmo-que-el-crecimiento-dependera-de-que-los-argentinos-dejen-de-comprar-dolares/

Para el reconocido experto la principal dificultad que presenta la economía argentina está centrada en la proclividad que tienen los argentinos a comprar dólares, como si fuese una predisposición subjetiva o propia del ser nacional. Es decir, toma un efecto como causa de nuestros problemas.

Lo suyo parece una cuestión atinente a la sociología o, incluso, a la psicología en cuanto lo ve como una ausencia de confianza que se sustenta a sí misma pues, dice, “el crecimiento dependerá de que los argentinos compren menos dólares y vuelquen una parte mayor de sus ahorros a la economía” suponemos que esto último se refiere a las inversiones reales y concretas, no mera especulación financiera.

Para Arriazu ese atesoramiento en dólares es lo que debilita la demanda agregada, cuando es sabido que ella se constituye con todos los consumos de las empresas, los asalariados y el sector pasivo, cuyos gastos –además de ser absolutamente legítimos– fortalecen el mercado interno.

Añádase entonces la criminal baja de las jubilaciones y pensiones y se tendrá un camino abierto para entender por qué del ajuste perpetuo nunca sale un factor realmente dinámico ni integrador de la economía y la sociedad argentinas.

Se trata de una mistificación que elude cuidadosamente las causas estructurales que llevan a tener tal o cual conducta (comprar dólares por ejemplo), determinada por la insuficiencia de una economía raquítica y expoliada salvo en unos pocos sectores que funcionan como proveedores de bienes primarios hacia los países altamente desarrollados.

Ello se debe a políticas que desalientan la inversión productiva y por lo tanto desmovilizan el factor trabajo, con lo cual se achica el mercado interno estableciendo un espiral descendente en los ingresos de la población. Al mismo tiempo, allana la economía local a las importaciones masivas de bienes de consumo, tanto durables como efímeros.

Arriazu no parece ignorar las consecuencias de ese mecanismo que justifica un inexplicable crecimiento mediante medidas contractivas, dado que admite que “hay sectores que van a desaparecer inexorablemente. Tienen que desaparecer.” (La negrita es nuestra).

Sin embargo, como su clientela está formada en parte por empresarios locales que están yendo a la ruina, aclara que “hay otros que hoy están sufriendo y no tienen por qué desaparecer. Eso hay que identificarlo». Apenas una señal, pero más que suficiente en esta etapa para quienes quieren creer.

Así, identificar a los que van a sobrevivir, no a los que van a desaparecer inexorablemente se vuelve una tarea necesaria para quienes quieren determinar las dimensiones y especialización de la producción en la Argentina.

Es curioso porque estas voces “prestigiosas” se cuentan entre quienes abominan, al menos de la boca para afuera, de toda intervención o planificación política sobre la actividad económica. Sólo ellos pueden diseñar el futuro.

Luego Arriazu se refiere a que con la apertura puede haber problemas: “bolsones de descontento, bolsones de desempleo y de pobreza» en las zonas políticamente más sensibles del país. Se entiende, el conurbano bonaerense en primer término, pero hay otros. No es sensibilidad con los desfavorecidos lo que inspira tales palabras.

La conexión de estos rodeos con la política neoliberal es inevitable, pues en esa visión dañina hay que terminar de destruir toda resistencia bajo la forma de industria diversificada y trabajo institucionalmente organizado en sindicatos.

Están cebando la bomba de la explosión social a la que pretenden diluir con la manipulación masiva de la opinión pública y entronizar la fragmentación, o sea la herramienta que les faltó con Menem ante un idéntico programa.

Bien mirado, parece ingenuo, pues no encaja con el refinamiento y la brutalidad del proyecto en aplicación y al mismo tiempo menosprecia la capacidad de reacción, organización y lucha del pueblo argentino.

Tal vez, simplemente, les gana la soberbia y creen tener la vaca atada.

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