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El falso soberanismo: Milei y la gran Galtieri

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Javier Milei y Leopoldo Fortunato Galtieri.

El discurso del Presidente Javier Milei sobre Malvinas revela que el Gobierno pretenderá “maquillarse” de soberanista, aunque seguirá a pie juntillas lo que se le ordene desde Washington. Nadie le creerá a este Gobierno después de seguir incentivando la destrucción de las bases permanentes del auténtico poder nacional: ciencia, tecnología, educación y salud. Se llenarán de palabras y gestos huecos.

Donald Trump ha dicho “que ponía en duda su posición de neutralidad norteamericana sobre el conflicto de Malvinas”. Obviamente, presiona a los británicos porque sabe que es un tema importante para la política exterior británica. El claro objetivo de Trump es que Gran Bretaña aumente su contribución a la OTAN y le pasa una “factura” por no acompañarlo, como él quisiera, en la guerra contra Irán. Haciendo una carambola a tres bandas, sabe que sus dichos también serán aprovechados para apuntalar a la pobre y conflictiva gestión gubernamental de su “amigo” Milei y también sacarle provecho. El secretario Bessent completa la maniobra para intentar fortalecer a Milei, calificando a la gestión económica del ministro Caputo como un “ejemplo extraordinario”.

El objetivo central de Trump se deduce porque sus palabras fueron confirmadas por un email del Pentágono y no del Departamento de Estado, que es el que se ocupa de las estrategias de la política exterior. Los hechos que originan las palabras de Trump tienen dos fundamentos principales: no haber podido usar algunas bases británicas en el Atlántico durante los ataques a Irán y que los laboristas no quieran aportar tres puntos del PBI al financiamiento de la OTAN antes de 2030 o más. Esto también le sirve para seguir empujando a Europa en el mismo sentido y para que le compren armas a Estados Unidos. El combo está completo.

Milei y su grupo, conscientes de la maniobra de Estados Unidos, coordinan con ellos acciones para aprovechar la ayuda que se les presta y se ofrecen para colaborar en lo que haga falta. Por eso, preliminarmente, indican que habría avances “fuertes sobre el pedido de soberanía”. El discurso de Milei lo muestra prometiendo eventuales sanciones a empresas extranjeras que extraigan recursos naturales de las islas y a sus proveedores internacionales. ¿Y a los pesqueros que ya extraen? También propone realizar acciones declarativas o parlamentarias de orden político interno contra los intereses británicos en Malvinas, pero de escaso efecto real o que sean conducentes a una mejora efectiva de la posición nacional. También habla de construir una base militar argentina. Será con “ayuda” norteamericana, porque para el resto de los argentinos “no hay plata”. La sentencia del “Mago de la Rosada”, Caputo, “Inglaterra es el pasado y la Argentina es el futuro”, muestra claramente que sigue siendo el maestro de ceremonias mediático y principal escriba del discurso pronunciado por Milei y del montaje “soberanista”.

Los intereses cruzados

La tradicional posición argentina, política de Estado, siempre ha sido muy clara: no hay posibilidades de “autodeterminación” de los kelpers porque, según reglas diplomáticas, no hay pueblos originarios en la tierra en disputa, dado que los isleños son población implantada en 1833. Tesis que cuenta con el apoyo de la mayoría de los países representados en la ONU. Estados Unidos e Israel nunca lo hicieron. Modificar esa histórica postura nacional generaría un enorme malestar con nuestros aliados (G7 + Sur Global) en los debates sobre las descolonizaciones. Es decir, nos debilitaría enormemente para continuar negociando, lo cual facilitaría la permanente ocupación.

Para Estados Unidos, la importancia de la zona está en los pasos interoceánicos, claves desde el punto de vista militar, porque permiten el cruce entre el Pacífico y el Atlántico por el Estrecho de Magallanes o al sur del Cabo de Hornos, en un eventual conflicto con China. Recordemos que los grandes portaaviones de Estados Unidos no pueden atravesar el Canal de Panamá.

La alianza de Estados Unidos con Gran Bretaña, sostenida a lo largo del tiempo, fue integral, estratégica y de iguales, aunque hubo diferencias mutuas. La realidad es que a Estados Unidos le interesa que los británicos sigan controlando Malvinas, pero podría estar interesado en tener mayor control militar sobre el Atlántico Sur y su proyección antártica. Tal vez generando una comandancia militar conjunta en Mount Pleasant o con la instalación de una base militar en Tierra del Fuego. Es muy improbable que le den demasiado juego en el largo plazo en ese terreno a la Argentina, que podría cambiar de posición internacional en el futuro y pasarse al BRICS. Ningún gobierno norteamericano va a correr ese riesgo. El centro del actual debate con los británicos es un problema de dinero y de facilitar el acceso a sus bases militares. Ese es el verdadero interés norteamericano.

La presión del lobby isleño sobre Londres se encamina a la explotación de recursos petroleros por parte de un consorcio integrado por la israelí Navitas y la británica Rockhopper, cuyo proyecto Sea Lion cuenta con una inversión total de 4.000 millones de dólares para explotar reservas detectadas de 300 millones de barriles. Las regalías le interesan a Londres para financiar el gasto que ocasiona la base militar RAF Mount Pleasant, inaugurada en 1985, donde viven 2.000 efectivos entre soldados y civiles, adicionales a los 3.000 pobladores habituales. Si el proyecto avanzara, se radicarían aún más pobladores, lo cual facilitaría trasladar la discusión desde el criterio de la descolonización al de autodeterminación de los pueblos. Tal vez, conociendo su modo indirecto de negociación, Trump también esté pretendiendo entrar en el negocio petrolero de Malvinas y para eso necesita las “sanciones” que impulsaría desde la Argentina sobre Sea Lion.

Milei no debería hacerse ninguna ilusión sobre cambios reales y, tal como quedó demostrado, cualquier tipo de cooperación favorecerá la ocupación del Reino Unido, que ya se ha aprovechado del paraguas de soberanía de los años noventa, del posterior pacto Foradori-Duncan y no tiene ninguna intención real de cedernos soberanía. Tal vez Estados Unidos también use a Gran Bretaña para seguir condicionando a la Argentina. Por otro lado, Milei siempre se mostró cerca de la posición inglesa sobre la autodeterminación de los kelpers y reprochó públicamente el despliegue de una bandera malvinera en un estadio mundialista, brillante maniobra criolla de impacto geopolítico incuestionable.

El poder que hace falta

La disputa de soberanía de Malvinas es un tema de poder nacional. El debate sobre su recuperación se realiza mediante discursos, resoluciones internacionales o negociaciones diplomáticas. Pero sin alcanzar un poder nacional material importante es poco probable que avancemos seriamente en ese sentido. Poder económico, científico, tecnológico, militar, diplomático, educativo, social y cultural.

Recuperar un poderío industrial moderno y una capacidad de producción militar de aviones, barcos, submarinos, drones y satélites, y contar con algoritmos propios y las IA correspondientes, son algunos de los sustentos básicos. Debatir sobre los mapas, hacer actos el 2 de abril y reclamar en la ONU son hechos importantes para mantener vivo el espíritu popular sobre Malvinas, pero es sólo lo más básico.

El poder nacional exige también tener escuelas de pensamiento estratégico, que deben comprender la interrelación entre territorio, recursos, comunicaciones, tecnología, educación, cultura, información y la formación de élites pertenecientes al sistema del poder nacional, que tengan responsabilidades en la conducción del Estado. La guerra contemporánea nos muestra que el poder no puede medirse solamente contando divisiones, buques y aviones. Existe también el poder de la guerra cognitiva, el poder del soft power, el control del discurso en los medios, el poder tecnológico, el poder financiero y el poder cultural.

Todo ello constituye el poder nacional, principalmente visible cuando se trata de formar a los funcionarios que deben tomar decisiones políticas o aconsejar al Presidente sobre las mejores políticas para defender los intereses nacionales.

Todos los Estados serios ejercen influencia sobre los demás, tratando de sacar ventajas. Para ello construyen redes internacionales y tratan de captar simpatías para sus visiones y sus intereses. Nada objetable.

Necesitamos sanos intercambios con las universidades y centros académicos de todo el mundo, sean ingleses, norteamericanos, rusos, alemanes, franceses o chinos, de carácter científico, cultural y, por qué no, también político. Necesitamos dialogar y conocer cómo piensan las grandes potencias y, más importante incluso, aprender de ellas. No para copiarlas o ser sus aduladores o seguidores, sino para afianzar nuestra identidad, nuestras fortalezas y actualizar las estrategias que más nos convienen.

No vemos conspiraciones, sólo hay intereses en juego. Un lobby de bajo costo fue creado por la Embajada Británica y organizaciones como Chevening, que maneja el programa global de becas del Gobierno del Reino Unido, orientado a “personas con potencial demostrable para convertirse en futuros líderes, tomadores de decisiones y formadores de opinión”. Las áreas promovidas son políticas públicas, gobierno, análisis político y de opinión pública, energía, relaciones internacionales, finanzas, petróleo y gas, minería, comunicaciones y medios. Nada sorprendente. Hay influencias que en los momentos oportunos son muy eficaces y no necesitan recibir órdenes, estando previamente adoctrinadas.

No es conveniente que propios o terceros nos adoctrinen unilateralmente para conseguir sus objetivos. Para ello necesitamos conformar nuestra propia élite nacional, que sepa debatir mano a mano con todos y con proyectos propios, no los de terceros. Se podrá decir que somos muy pretenciosos, dados los desniveles de poder económico. Pero nada es comparable con que nuestros funcionarios, luego de ser “cooptados” por las visiones de terceros interesados, les faciliten, en negociaciones con la mesa inclinada, todos los negocios y las facilidades para adquirir ventajas materiales o la compra de nuestros recursos a precio vil, o que les permitan degradar nuestros recursos ambientales sin castigo o sin tomar las medidas preventivas. Esa pérdida de valor es infinitamente superior al costo de preparar nuestra élite nacional.

El Gobierno pretenderá “maquillarse” de soberanista, aunque seguirá a pie juntillas lo que se le ordene desde Washington. Nadie le creerá a este Gobierno después de seguir incentivando la destrucción de las bases permanentes del auténtico poder nacional: ciencia, tecnología, educación y salud. Se llenarán de palabras y gestos huecos. Eso sí, será acompañado por una corte de funcionarios y de algunos clubes de diplomáticos que saben profetizar adecuadamente sus propias ideologías, pero no hacer análisis objetivos e independientes sobre la geopolítica global.


(*) Ricardo Auer es integrante de Fuerza Suma y experto en riesgo geopolítico.

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