Más de 300 dirigentes empresarios, sindicales, industriales y académicos se reunieron en Rosario convocados por la CGT, CAME, ADIMRA y la Federación Industrial de Santa Fe, FISFE. No fue sólo una jornada de diagnóstico. El objetivo declarado es construir un programa común alrededor de la producción, el empleo y el desarrollo, llevar la experiencia a otras provincias y poner esa agenda delante de la política. El encuentro dejó una fotografía poco frecuente. Todos compartieron la crítica al deterioro de la economía real, pero también una idea para el futuro: recursos naturales, agro, energía y minería pueden resolver restricciones históricas, aunque no alcanzan sin industria, ciencia, tecnología, proveedores nacionales, mercado interno y trabajo calificado. El documento final resumió la coincidencia: “la producción y el trabajo deben constituir un punto de encuentro”.
El momento que mejor explicó por qué estaban todos allí no estaba previsto en el programa.
La jornada Argentina Produce: Diálogo que Construye se realizó el jueves 27 de agosto en el Salón Empresario de la Asociación Empresaria de Rosario, en España 848. Los organizadores informaron más de 300 participantes. La Capital calculó cerca de 500 dirigentes políticos, empresariales y sindicales. Habían pasado por el escenario especialistas, empresarios y sindicalistas cuando, cerca del final, pidió la palabra Ricardo Cicarelli, vicepresidente de Cirubon, una autopartista de Alvear.
Cicarelli contó entre lágrimas que la fábrica familiar, que lleva dos generaciones y llegó a exportar a mercados exigentes, estaba trabajando alrededor del 30 por ciento de su capacidad y podía cerrar en apenas dos meses. Había perdido buena parte del mercado de reposición frente a productos importados a precios con los que sostiene que la producción argentina no puede competir. La empresa ya había tenido que realizar un ajuste de personal.
“Este encuentro es muy bueno pero no sé si podemos aguantar un año más”, dijo frente al auditorio.
Era una intervención desde la platea, pero terminó funcionando como síntesis de la reunión. La discusión sobre competitividad, tipo de cambio, impuestos, apertura comercial, empleo y crédito se convertía de pronto en una fábrica concreta que podía desaparecer antes de que madurara cualquiera de los proyectos que se estaban debatiendo.
El contexto santafesino ayudaba a explicar la preocupación. Según FISFE, la actividad industrial provincial acumuló una caída del 3,7 por ciento durante el primer semestre de 2026. La maquinaria agrícola registraba un retroceso interanual del 28 por ciento y llevaba ocho meses consecutivos de caída. Desde diciembre de 2023, siempre según la entidad industrial santafesina, se habían perdido 9.686 puestos industriales y habían dejado de funcionar 484 empresas manufactureras en la provincia.
Cuatro organizaciones que decidieron sentarse juntas
La particularidad de Argentina Produce estuvo en sus convocantes. No fue una reunión exclusivamente empresaria ni una actividad sindical. La organizaron la Confederación General del Trabajo, la Confederación Argentina de la Mediana Empresa, la Asociación de Industriales Metalúrgicos de la República Argentina y la Federación Industrial de Santa Fe.
El presidente de CAME y también de la Asociación Empresaria de Rosario, Ricardo Diab, abrió la jornada planteando que el deterioro industrial termina afectando también al comercio. Menos fábricas significan menos puestos de trabajo y menos asalariados con ingresos regulares significan menos consumidores. CAME representa, además, a una enorme cantidad de empresas con planteles muy pequeños, muchas de menos de diez trabajadores.
Diab formuló la pregunta que atravesó buena parte de la mañana: “Si hoy estamos todos acá expresando las mismas dificultades es porque algo no está funcionando”.
La coincidencia no supone que empresarios y sindicatos hayan descubierto que tienen los mismos intereses. Jorge Sola, uno de los cosecretarios generales de la CGT, se encargó de señalar precisamente lo contrario. Trabajadores y empresarios representan intereses distintos, pero pueden coincidir en la necesidad de “generar más y mejor riqueza para la Argentina”.
Ahí apareció una de las tesis políticas del encuentro. El conflicto social y la discusión entre capital y trabajo no desaparecen. Lo que falta, según Sola, es una mesa institucional donde esas diferencias puedan procesarse. Para la CGT, esos ámbitos de diálogo dejaron de existir y Rosario podía ser el comienzo de su reconstrucción.
La central obrera también llevó sus propios números. Sola habló de más de 30 mil pequeñas y medianas empresas desaparecidas y de centenares de miles de empleos formales perdidos desde diciembre de 2023. Y situó el encuentro dentro de una secuencia de acciones de la CGT que incluye la marcha de San Cayetano, las protestas vinculadas con la tierra y la movilización por el endeudamiento de las familias.
El dirigente fue un paso más allá. Planteó que una crisis de esta dimensión no puede resolverse sólo desde la actividad gremial y que la salida termina siendo política. Por eso el calendario 2027 sobrevoló una reunión en la que los organizadores intentaron evitar identificaciones partidarias explícitas. Antes del encuentro ya habían adelantado la intención de elaborar un documento común para entregarlo a quien resulte elegido presidente el año próximo.
Las máquinas paradas
Elio Del Re llevó a Rosario el diagnóstico de ADIMRA. La utilización de la capacidad instalada de la industria metalúrgica está en torno del 39 por ciento. Dicho de otra manera, “seis de cada diez máquinas están paradas”.
Pero Del Re procuró que Argentina Produce no quedara convertido en una defensa corporativa de los metalúrgicos. Su planteo fue integrar industria, comercio, agro, ciencia y tecnología dentro de un mismo proyecto. La explotación de Vaca Muerta, sostuvo, debe convertirse en proveedores, fábricas, tecnología y puestos de trabajo distribuidos por el territorio. Lo mismo planteó para la agroindustria. Su definición fue que la industria no constituye el problema argentino sino parte de la solución.
Javier Martín, presidente de FISFE, utilizó una expresión más gráfica. Definió la economía argentina como hemipléjica. Hay sectores con gran potencial y capacidad exportadora, especialmente petróleo, gas, minería y agro, mientras una porción importante de la industria y de las actividades que concentran empleo atraviesa una situación mucho peor.
Martín no negó los avances en estabilización macroeconómica ni la desaceleración inflacionaria. Su objeción fue otra. Esos resultados no están acompañados, según afirmó, por políticas capaces de expandir la capacidad productiva. A la caída de actividad agregó una alarma más reciente: el aumento de las demoras en la cadena de pagos y el endeudamiento de las empresas.
El presidente de FISFE también respondió indirectamente al discurso oficial contra los industriales. Recordó que el ministro Luis Caputo había utilizado el término “tarados” para referirse a empresarios que cuestionaban determinadas políticas. Martín ironizó sobre el calificativo y reclamó salir de la descalificación permanente. Su propuesta fue sentar en una misma mesa al Estado, los empresarios y los trabajadores para construir un programa que tenga sustentabilidad económica, institucional y social.
El argumento de fondo fue compartido por los industriales de ADIMRA y FISFE. Vaca Muerta, el litio, la minería, la energía y el complejo agroexportador son oportunidades extraordinarias para conseguir dólares y superar la histórica restricción externa argentina. Pero no constituyen por sí solos un modelo de desarrollo para 50 millones de personas. Para eso hace falta que las inversiones generen proveedores locales, conocimientos, tecnología, exportaciones industriales y empleo calificado.
La macro que no llega a la fábrica
La jornada tuvo dos paneles previos al debate de los cuatro dirigentes. Mario Oporto encabezó el primero, dedicado a la relación entre educación y producción. El eje fue cómo formar trabajadores para una estructura productiva atravesada por cambios tecnológicos cada vez más rápidos y cómo volver a conectar la educación técnica y profesional con las necesidades concretas de las empresas y del mundo laboral.
La pregunta del panel era reveladora: “¿Qué industria formamos, qué escuela producimos?”. El planteo fue que la innovación no debería utilizarse simplemente para sustituir empleo, sino traducirse en trabajo más calificado, productividad y nuevas oportunidades de desarrollo.
El economista Fernando Grasso tomó después la macroeconomía. Su exposición giró alrededor de una paradoja que reapareció varias veces durante la mañana: puede haber indicadores fiscales y nominales que mejoren al mismo tiempo que la producción industrial pierde dinamismo.
Según la reconstrucción de La Capital, Grasso advirtió sobre la apreciación cambiaria, la pérdida de empleos en industria y construcción y la incapacidad de los sectores ganadores del modelo para absorber a la velocidad necesaria los puestos que desaparecen en las ramas castigadas. Calculó que para compensar mediante crecimiento esa destrucción de empleo la economía tendría que expandirse alrededor del 8 por ciento anual, muy lejos del ritmo actual.
También puso el foco en una cuestión que los empresarios suelen colocar en primer plano: los impuestos y los costos. Para el sector metalúrgico, señaló, la carga tributaria incorporada al precio final puede alcanzar aproximadamente la mitad del valor del producto y deja a las firmas argentinas en condiciones desfavorables frente a competidores de Brasil y México. A eso sumó dificultades de financiamiento, costos internos y ausencia de una política industrial explícita.
Pero Grasso no planteó que la respuesta fuera simplemente bajar impuestos. El margen fiscal para hacerlo, sostuvo, comienza a estar condicionado por la caída de la recaudación. Las provincias son especialmente vulnerables a esa situación. Y aun un mayor superávit externo derivado de petróleo, gas, minería y agro puede diluirse por pagos de servicios, deuda, remisión de utilidades y formación de activos externos.
La discusión terminó entonces donde había empezado. La estabilidad macroeconómica es necesaria, pero los organizadores de Argentina Produce sostienen que no alcanza si no se convierte en inversión, fábricas funcionando, empleo formal y capacidad de compra.
El documento y lo que viene
La reunión no terminó sólo con discursos. CAME, CGT, ADIMRA y FISFE produjeron un documento conjunto.
El texto evita definiciones partidarias y contiene elementos que tradicionalmente provienen de universos políticos distintos. Reclama más empleo formal, productividad y competitividad. Pide fortalecer a las pymes, atraer inversión productiva, incorporar tecnología y reducir costos. Al mismo tiempo reclama mejores ingresos, combate a la informalidad, diálogo social y compatibilización de los cambios en las relaciones laborales con los derechos de los trabajadores.
El Estado tampoco desaparece de la formulación. El documento le asigna la responsabilidad de generar las condiciones institucionales para la inversión, la producción y el empleo. Y propone un diálogo tripartito en el que sindicatos, organizaciones empresarias y Estado puedan expresar intereses diferentes y negociar acuerdos.
Hay además una definición sobre el modelo productivo. Argentina dispone de recursos naturales, conocimiento, tecnología y capital humano. El desafío es que la expansión de esos sectores no quede encapsulada. Las nuevas inversiones deberían convertirse en producción nacional, desarrollo de proveedores, incorporación tecnológica, exportaciones y empleo de calidad en todas las regiones.
La frase central del documento condensa la apuesta: “la producción y el trabajo deben constituir un punto de encuentro para la construcción de acuerdos duraderos”.
Rosario fue pensado como el primer capítulo. FISFE confirmó después de la jornada que la intención es replicar la experiencia en otros lugares del país y seguir elaborando propuestas para que la política pueda nutrirse de ellas. La etapa siguiente es transformar la coincidencia defensiva frente a la crisis en un programa suficientemente concreto como para responder qué producir, cómo financiarlo, qué proteger, qué abrir a la competencia, cómo incorporar tecnología, qué sistema tributario sostener y de qué manera repartir los beneficios de una eventual recuperación.
Ahí está también el límite y la novedad de Argentina Produce. Empresarios y trabajadores pudieron coincidir en que la economía real está en problemas y en que hace falta reconstruir una estrategia productiva. Eso no significa que hayan resuelto las diferencias sobre salarios, impuestos, regulaciones laborales, protección industrial o distribución del ingreso.
Pero decidieron empezar por algo que hoy no es menor: sentarse en la misma mesa.
Y hacerlo con una meta política de fondo. Que cuando llegue 2027 la discusión no sea únicamente quién gobierna, sino qué Argentina va a producir, con qué empresas y para dar trabajo a quiénes.
