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La fantasía de bajar los precios achicando el país

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La moneda no es neutral ni técnica.

La política económica libertaria encara la inflación como si fuera un problema en sí mismo y no un síntoma de que el subdesarrollo no da para más. La austeridad, el enfriamiento del mercado interno y el equilibrio fiscal convertido en fetiche terminan ahondando los problemas que supuestamente deberían resolver.

Al escenario global de hoy es difícil encontrarle alguna virtud no inflacionaria. Es una importante presión extra para el actual proceso inflacionario argentino. Para no ser menos, el gobierno cárdeno se inserta en esa ominosa tradición nacional en la que la subida persistente del nivel general de precios se encara como si fuera un problema en sí y no el síntoma de que el subdesarrollo no da para más.

El resultado es que planes e iniciativas supuestamente diseñados para apaciguar al soliviantado nivel de precios ahondan las lacras del subdesarrollo. Situación que presume aguardando en el horizonte feas consecuencias políticas, económicas y sociales.

Pensar que se pueden crear expectativas favorables con un orden político que se basa en congelar el avance del mercado interno, lo que en la práctica se traduce en retroceso, es una fantasía sumamente peligrosa.

Si no se toma el camino de la ampliación del mercado interno, lo más probable es que la Argentina continúe patinando en el barro de la pobreza.

Estamos pagando los platos rotos de que una buena parte de la clase dirigente argentina no se haya tomado a pecho el simpático lema del Mayo francés: la imaginación al poder.

Estos lodos de la pobreza provienen de aquellos polvos de no hacer las cosas que hay que hacer. Parte considerable de la dirigencia malversó la vida y el porvenir de los argentinos con extravagantes propuestas destinadas a doblegar una huidiza e indomable inflación, y el poncho nunca apareció. La actual versión libertaria es una experiencia extremista.

El fetiche del equilibrio

No faltará quien salga al ruedo con la década de la convertibilidad. Pero se trata de alcanzar el pleno empleo, o lo que se considere o entienda por pleno empleo, sin inflación, con una notable mejora en la distribución del ingreso. La convertibilidad es nuestro asno de la fábula: una vez que aprendió a vivir sin pastar, se murió.

También, ya que nos situamos entre burros, cabe considerar que en algunos casos los jumentos tienden a comportarse como el asno de Buridán, que feneció porque frente a la avena y al agua no podía discernir si tenía hambre o sed. Los que creen estar en el ajo han constituido al equilibrio fiscal como un nuevo fetiche. Ni avena ni agua, equilibrio.

No son cuestiones monetarias o financieras, buenas, malas, peligrosas o mediocres, las que sirven para domar a la inflación. Son manifestaciones en el ámbito monetario, o que de monetario tienen sólo la apariencia, de un profundo problema político.

Las distintas propuestas que devienen impotentes frente a la inflación como síndrome del subdesarrollo, y la actual no es una excepción, presentan matices que las diferencian entre sí, pero tienen en común que las articula la meta de suprimir la política como medio para que la lucha de clases redunde en un nivel de acumulación de capital que acelere y eleve la tasa de crecimiento del producto bruto.

La moneda como institución obraría el milagro prescindiendo de los trastornos, obstáculos y molestias de la política arquitectural.

Tras una vista del estado de situación de la malaria, al examinar las razones de fondo de las propuestas de política antiinflacionaria se verifica que ninguna está pensada para mejorar la distribución del ingreso. Más bien lo contrario. Es así como se aseguran sacar el pasaporte al fracaso y al enseñoramiento de la violencia política.

La moneda es poder

La moneda es, nada más y nada menos, que poder político impreso. No hay hecho más abstracto en donde se materializa el poder más duro y concreto del Estado que la circulación monetaria.

De la moneda en tanto institución lo que importa como atributo primordial es el de la soberanía, o sea el poder que le da el Estado. Para entender el papel que juega la moneda en la cohesión para el desarrollo de las diversas sociedades, las contradicciones hay que buscarlas alrededor de los avatares de su soberanía, del alcance de su poder.

Es por eso que el debate se centra en la dirección y los límites de la actuación del Estado. De ahí la firme creencia liberal de que el Estado parasitario es el que perturba las relaciones mercantiles a través de sus manejos monetarios, por lo que hay que bajar su incidencia en la economía. De ahí que todas las propuestas antiinflacionarias de la derecha, desde la extremista irracional que en su momento izara el estandarte ya olvidado de la dolarización hasta la horrible fijación del tipo de cambio peso-dólar a través de aumentar marcadamente el desempleo, se proponen antes que nada suprimir la política a través de miniaturizar al Estado.

Esa es la razón de fondo del proyecto de ley en danza aludido como de independencia del Banco Central. El ejemplo que se trae de Perú como Santo Grial es apenas un episodio coyuntural, al igual que esas ideas que se discutían en los años 70 y 80 en la academia norteamericana, de un añejo sueño húmedo de la economía política.

De Galiani a Ricardo

Ilustrativamente, ya en el siglo XVIII apareció el tema cuando el abate Ferdinando Galiani trató de establecer el programa de la ciencia monetaria positiva, esbozando una primigenia hipótesis sobre la moneda y despojándola del carácter eminentemente político dado por la doctrina aristotélica. Galiani y su “ciencia de la moneda”, buscando como eje el valor natural de la moneda, estipuló para ella un valor “intrínseco que no deriva de su uso como moneda”, y cuya principal consecuencia para su validez vendría dada porque “no está al arbitrio del Príncipe el dar al metal acuñado el valor que le guste, sino que tiene […] que conformarse a su valor intrínseco”.

Para los termocéfalos de la derecha argentina, que el valor intrínseco no exista porque hay dinero fiduciario no es un obstáculo insalvable. Al contrario, permite que lo establezca gente como uno, en un nivel que deja, en el mejor de los casos, a dos tercios de la sociedad argentina bien a la intemperie.

Continuando las enseñanzas de Galiani, setenta años después David Ricardo señaló que “la experiencia muestra que ni un Estado ni banco alguno han tenido el poder irrestricto de emitir papel moneda sin abusar de este poder. Por ello, en todos los Estados la emisión de papel moneda debería estar bajo cierta vigilancia y control, y ninguno parece tan adecuado para ese propósito como el sujetar a los emisores de papel moneda a la obligación de pagar sus billetes en metal noble u oro acuñado”.

Los conceptos de Galiani y Ricardo estaban imbuidos del intento, no sólo de la economía, desde entonces bastante acendrado, de suprimir a la política como conflicto de intereses y transformarla en una cuestión meramente técnica, donde las cosas se resolvieran conforme a las ecuaciones pertinentes y relevantes.

Jugar al límite de la democracia

Posiblemente la imposible fantasía de Galiani y Ricardo de que se puede controlar la cantidad de dinero con un deus ex machina, asunto sólo posible en la fantasía monetarista, no en la realidad, hoy supérstite en cualquier liberal que se precie, fuera inocente en cuanto al grado de violencia estatal que hay que ejercer para que la gran mayoría perjudicada no haga sentir sus intereses. No parece ser el caso en la iniciativa cárdena de la independencia, de la política dictada por la democracia, del Banco Central. No se percibe inocencia ahí.

Al menos David Ricardo, como buen clásico, únicamente concebía el nivel de salario inmodificable en la zona de subsistencia, de la que se alejaba hacia arriba o hacia abajo para regresar a su precio de equilibrio perenne mediante el ajuste maltusiano.

La derecha argentina hoy no es inocente. Sabe con qué fuego está jugando. El sueño húmedo de los inefectivos planes antiinflacionarios de la derecha argentina, del cual el cárdeno es su expresión actual versionado como deporte extremo, es el de exacerbar la lucha de clases para definir a los garrotazos la derrota de los trabajadores. Tras la victoria se imaginan en marcha triunfal al equilibrio por lo bajo.

El drama para el resto de la sociedad de las propuestas fantasiosas e inconducentes de la derecha ocurre cuando son confrontadas con la realidad. John K. Galbraith observa sobre la verdad del sector público que “el Estado regula la demanda agregada de los productos del sistema planificador. Eso es indispensable para la planificación. Y, aunque lo haga discretamente y con debilidades, un poco como el clérigo conservador que contempla una estatua erótica, el Estado suministra una regulación de los salarios y los precios sin la cual el sistema de estos últimos sería insostenible en el sistema industrial”.

La integración nacional en nombre de las preocupaciones antiinflacionarias no puede regular los salarios a la baja. Está obligada a ir para arriba. Para esa tarea, lo quieran o lo deploren, no se puede prescindir del Estado. ¿Será que la derecha en su versión cárdena, intuyéndose amparada por el endeudamiento externo y justificándose en abatir la alta inflación, está dispuesta a jugar al límite de la democracia?

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