El ajuste dejó de ser una percepción abstracta para convertirse en una experiencia cotidiana en los barrios populares: menos alimentos, más deuda y una economía doméstica cada vez más difícil de planificar. El informe Situación económica y posicionamiento político de jóvenes de barrios populares, elaborado por el grupo de investigación del Centro de Investigación y Acción Social (CIAS), parte de una encuesta presencial a 964 jóvenes de entre 16 y 24 años residentes en barrios populares del AMBA.
En esta entrevista, Gonzalo Elizondo, investigador del Instituto Universitario CIAS, analiza qué hay de novedoso en este deterioro, por qué Javier Milei conserva entre los jóvenes de sectores populares más apoyo del que muchas veces se supone y cómo se cruzan experiencia económica, voto y género. El descontento con el Gobierno crece, pero no necesariamente deriva en un regreso al peronismo.
—El informe Situación económica y posicionamiento político de jóvenes de barrios populares describe cómo están viviendo los jóvenes la situación económica actual. ¿Qué encontrás de novedoso en este momento?
—Los datos son bastante contundentes. Un 75 por ciento de los jóvenes considera que la economía empeoró durante el último año y un 60 por ciento señala que en su hogar tuvo que reducir el consumo o los gastos en lo que va del año. Esto coincide, en algún punto, con lo que también se vive fuera de los barrios populares, pero muestra con especial claridad cómo el ajuste económico impacta sobre los sectores más vulnerables. Hay una cuestión laboral muy fuerte: se cortaron trabajos y cada vez resulta más difícil conseguirlos, sobre todo en estos sectores. La informalidad es la forma predominante de inserción y eso implica que no haya regularidad en el empleo y que los ingresos sean extremadamente inestables e impredecibles. A eso se suma que la población joven es una de las que más sufrió el impacto del ajuste. La inversión en programas sociales destinados a este grupo cayó mucho. Si dejamos de lado a quienes tienen 16 o 17 años y pueden recibir la AUH, una gran parte de la población que estudiamos, de 16 a 24 años, no accede a una beca Progresar. Incluso muchos nos cuentan que antes la recibían y luego dejaron de cobrarla. También se discontinuaron programas de cooperativas en los que algunos jóvenes participaban.
—¿Qué significa que muchas familias hayan tenido que recortar incluso el consumo de alimentos?
—Nosotros hicimos una encuesta muy parecida en 2024 y los datos eran casi los mismos: cerca del 60 por ciento decía que había ajustado sus gastos y alrededor del 40 por ciento que el recorte había alcanzado a los alimentos. Si se miran esas dos imágenes juntas, lo que aparece es un deterioro progresivo y acumulativo que termina impactando principalmente en la alimentación. Si una familia llega a reducir la comida es porque antes ya ajustó en ropa, calzado, servicios, transporte o recreación. Por eso esas categorías aparecen con porcentajes más bajos: muchas veces ya habían sido recortadas antes. La alimentación es el último límite. Entonces se reduce el consumo de carne, se deja de comprar, se reemplaza por otra cosa o se achican las cantidades. También aparecen madres que dicen: “Yo no como para que coman los chicos”. Y todo esto sucede en un contexto en el que los comedores comunitarios y otros espacios alimentarios también sufrieron recortes en lo que pueden ofrecer a sus comunidades. Por eso no parece un problema meramente coyuntural, sino un deterioro que se viene sosteniendo y profundizando.
—¿Por qué el endeudamiento se concentra en familiares, amigos y prestamistas del barrio más que en el sistema financiero formal?
—Tiene mucho que ver con que estamos hablando de una población cuya inserción laboral es mayoritariamente informal. En esas condiciones, los canales formales de crédito resultan menos accesibles y cobran más importancia las redes familiares, los amigos y los prestamistas del barrio. Pero esos circuitos tampoco son necesariamente protectores. Un colega me comentaba el caso de una persona que prestaba dinero en un barrio con una tasa del 100 por ciento mensual: alguien pide 10.000 pesos a comienzos de mes y debe devolver 20.000 al final. Aunque haya bajado la inflación, las tasas siguen siendo terribles. Y también son muy altas en las tarjetas de crédito o en las billeteras virtuales. Eso genera un círculo del que resulta muy difícil salir.
—¿Cómo se explica que muchas familias se endeuden y, al mismo tiempo, tengan que seguir reduciendo sus gastos?
—Lo más preocupante es que se trata de deuda para cubrir gastos corrientes. La encuesta no pregunta por endeudarse para cambiar la heladera o arreglar el techo, sino para afrontar los gastos cotidianos. Estamos hablando de hogares muy vulnerables que toman deuda para sostener su existencia diaria. Endeudarse es una estrategia más dentro de una canasta de ingresos muy variable. En estos hogares no suele haber un único ingreso estable: se combinan distintos trabajos, algunas transferencias del Estado, principalmente la AUH, y recursos que llegan en momentos diferentes. Entonces la deuda permite cubrir un bache y seguir, pero no necesariamente evita que haya que ajustar. Es una lógica cotidiana en la que se evalúa permanentemente cómo terminar el día o llegar a fin de mes. Es el perro que se muerde la cola: se recorta, se pide prestado para cubrir lo indispensable y después hay que afrontar esa deuda. En esas condiciones, planificar se vuelve muy difícil.
—¿Cómo cambió el escenario político entre los jóvenes de los barrios populares desde las elecciones de 2023?
—Los números no son tan distintos de los que encontrábamos antes. En la encuesta de 2024, Milei estaba un poco más cerca del 30 por ciento. El peronismo siempre fue fuerte en los sectores populares y estos barrios forman parte de su base electoral. Que hoy casi el 70 por ciento de quienes expresan una intención de voto se incline por alguna expresión del peronismo muestra que esa identificación sigue presente. En una encuesta que hicimos en villas en 2017, por ejemplo, Cristina tenía alrededor del 80 por ciento de apoyo. Dicho esto, Milei logró llegar a un electorado joven y, especialmente, varón dentro de estos barrios. Retiene menos que el peronismo, pero conserva una parte importante del voto y tiene una presencia fuerte entre los nuevos votantes. Que todavía alcance alrededor del 25 por ciento de intención de voto entre estos jóvenes indica que no retrocedió tanto como a veces se supone. El fenómeno no se terminó ni se desarmó por completo en los sectores populares.
—¿Hasta qué punto el deterioro de la economía familiar está afectando el apoyo a La Libertad Avanza?
—La experiencia económica del hogar tiene un peso claro. El apoyo a La Libertad Avanza cae de manera marcada entre quienes tuvieron que ajustar sus gastos, y eso permite hablar de un componente de voto económico. Pero no explica todo. También hay una dimensión ideológica. Las propuestas de Milei resonaron en una parte de esta población joven, sobre todo entre los varones, porque conectaron con sus experiencias cotidianas y con muchas de sus frustraciones. Esto no aparece desarrollado en este informe, pero en nuestro trabajo de campo vemos que los jóvenes que votan a Milei suelen tener discursos más meritocráticos, un mayor rechazo a los programas sociales o de transferencias, posiciones más contrarias a la agenda de género y miradas más vinculadas con la mano dura. No es que simplemente hayan elegido una opción de manera circunstancial: el discurso y el relato de Milei encontraron eco en sus experiencias. Por eso el deterioro económico erosiona el apoyo, pero no necesariamente desarma esa identificación.
—¿Adónde están yendo los jóvenes que votaron a Milei en 2023 y hoy ya no volverían a elegirlo?
—En primer lugar, esa pérdida habla del desencanto de quienes lo votaron en 2023 y hoy dicen que no volverían a hacerlo. Pero el hecho de que no se trasladen directamente al peronismo muestra un desencanto más profundo con la política. En las entrevistas aparece repetidamente una frase: “Sólo me tengo a mí mismo”. Nosotros hablamos de un individualismo empírico: no es un individualismo elegido, sino impuesto por la propia realidad cotidiana. Son jóvenes que muchas veces crecieron sin apoyos y con todo en contra, y que aprendieron que deben salir adelante solos. Esta fuga de Milei, que el peronismo no logra capturar, habla de esa experiencia. Para el peronismo no se trata simplemente de reconquistar a estos jóvenes, porque muchos nunca fueron realmente propios: tiene que conquistarlos desde cero, con una propuesta nueva que logre interpelar a una población que siente los discursos políticos como algo lejano. No alcanza solamente con ocupar el lugar de la oposición. Si no aparece una alternativa que los convoque, es probable que una parte termine sin ir a votar.
—¿Por qué Milei conserva más apoyo entre los jóvenes cuyos hogares no tuvieron que ajustar sus gastos?
—El trabajo de campo muestra que, dentro de los barrios populares, Milei tiende a generar mayor adhesión entre quienes están un poco mejor en términos relativos. Los jóvenes de hogares que no tuvieron que ajustar tienen una mayor propensión a seguir apoyándolo, y la diferencia que aparece en la encuesta es bastante elocuente. Eso refuerza la idea de que existe un voto económico: la continuidad del apoyo es mayor cuando la experiencia material del hogar no se deterioró tanto. Pero esa posición relativa también se combina con los componentes ideológicos que mencionaba antes. La economía importa, aunque no actúa sola.
—¿Qué explica que el peronismo retenga mejor su voto que La Libertad Avanza?
—Una primera explicación es que hoy el peronismo es oposición. Milei pierde más porque llegó al gobierno y la situación económica produjo descontento incluso entre quienes lo habían apoyado. Ese costo no recae sobre quien perdió la elección. Pero también hay que recordar que estamos analizando el núcleo electoral histórico del peronismo en las zonas urbanas. Los barrios populares forman parte de esa base, de modo que es lógico encontrar una retención mayor. Eso no significa desconocer que a Milei le está yendo mejor de lo que algunos creen en estos sectores. Cuando se comparan los resultados electorales de 2023 y 2025 por circuito electoral y nivel de pobreza en el Conurbano Bonaerense, se observa que Milei ganó muchos votos en los circuitos más ricos, en buena medida porque absorbió el voto de Juntos por el Cambio. Sin embargo, no perdió en los circuitos más pobres: mantuvo su base e incluso logró alguna mejora pequeña. Si uno mira sólo el resultado general puede concluir que Milei perdió a los sectores populares y creció entre los ricos, pero la dinámica es más compleja. Conserva una base de apoyo nada despreciable en los barrios populares.
—¿Cómo se explica la brecha de género entre el voto a La Libertad Avanza y el voto al peronismo?
—En parte, la brecha replica una tendencia nacional. Una de las novedades de la elección de 2023 fue precisamente la aparición de un clivaje de género y edad: no sólo en los sectores populares, Milei obtuvo más apoyo entre los varones jóvenes. Esto puede relacionarse con su agenda y sus propuestas, aunque todavía hay mucho debate al respecto. En la población que estudiamos también puede influir la experiencia de individualismo empírico que mencionaba antes. Esa experiencia parece haber impactado con más fuerza en las trayectorias de los varones. Además, hay una dinámica particular en los hogares: la figura estable suele ser la madre. Cerca del 40 por ciento son hogares monoparentales y, dentro de ese grupo, casi el 90 por ciento está encabezado por mujeres. Son madres que crían solas y funcionan tanto como principal sostén de los cuidados como principal sostén económico. La figura del varón, en cambio, suele ser más difusa e itinerante: puede haber un padre que se fue, un padrastro u otras presencias menos estables. En estos sectores existe un rol más desdibujado de los varones y algo de eso puede estar detrás de las diferencias tan marcadas en el voto. De todos modos, no lo plantearía como una conclusión cerrada: por ahora es una intuición que requiere seguir investigando.
