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Aparecida vuelve a aparecer: la Virgen popular que entró en la campaña brasileña

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Nuestra Señora de Aparecida, patrona de Brasil.

Una versión que atribuía a Flávio Bolsonaro la intención de quitarle a Nossa Senhora Aparecida el título de patrona de Brasil terminó colocando a la Virgen en el centro de la campaña presidencial. Lula respondió abrazando el símbolo: su esposa Janja difundió una foto suya con la imagen, el presidente la defendió públicamente y, en Fortaleza, recibió una Aparecida de manos de la gente y la levantó desde el vehículo de campaña. Pero reducir Aparecida a un momento electoral sería no entender el fenómeno. En 2025, 10,5 millones de personas peregrinaron hasta su santuario. Su culto nació más de dos siglos antes de que Roma la declarara patrona de Brasil y antes de que presidentes, partidos o iglesias intentaran apropiarse de su potencia simbólica. La política llegó después: primero estuvieron los pescadores, las promesas, los milagros, las romerías y una pequeña Virgen de barro convertida en madre nacional. 

En los últimos días de septiembre, Nossa Senhora Aparecida dejó por un momento los altares y las peregrinaciones para instalarse en el centro de la disputa electoral brasileña. El detonante fue una versión según la cual Flávio Bolsonaro, candidato presidencial y evangélico, pretendía quitarle a Aparecida la condición de patrona de Brasil para satisfacer a sectores neopentecostales.

El proyecto que proponía modificar la denominación de Aparecida para convertirla en “patrona de los brasileños católicos apostólicos romanos” había sido presentado en 2007 por el entonces diputado Victório Galli, no por Flávio Bolsonaro, y fue archivado en 2008. Flávio negó que tuviera intención alguna de impulsar una medida semejante. Pero para entonces la cuestión ya había dejado de depender de la exactitud de la versión original. Había tocado algo mucho más profundo: la relación de millones de brasileños con la patrona del país.

El 25 de septiembre, Janja publicó una fotografía de Lula sosteniendo una pequeña imagen de Nossa Senhora Aparecida. La acompañó con una invocación inequívoca: “Nossa Senhora Aparecida, patrona de Brasil, vela por nosotros”. Era una fotografía religiosa y, al mismo tiempo, inevitablemente política, publicada en plena controversia. 

Tres días después, en un acto electoral en Belém, Lula fue todavía más explícito. Dijo: “Conmigo de presidente de la República, nadie va a perjudicar a Nuestra Señora Aparecida”. 

Hay un detalle significativo que conviene contar bien. Al terminar aquel acto de Belém, la imagen que Lula recibió de Helder Barbalho y levantó ante la multitud no era Aparecida sino Nossa Senhora de Nazaré, la gran advocación mariana de Pará y centro del Círio de Nazaré. La escena hacía todavía más visible el lugar que ocupa la religiosidad mariana popular en distintas regiones de Brasil. 

Y el martes 29 de septiembre ocurrió la escena que termina de construir el comienzo de esta historia. Durante la recorrida electoral por el centro de Fortaleza, Lula recibió esta vez una imagen de Nossa Senhora Aparecida y la alzó desde el vehículo en el que marchaba junto al gobernador Elmano de Freitas, Camilo Santana, Cid Gomes y Luizianne Lins. También recibió una bandera brasileña. Virgen y bandera aparecieron juntas en la recta final de una elección presidencial. 

La imagen es políticamente poderosa. Pero sería insuficiente interpretarla solamente dentro de la campaña.

Antes de la política está el culto

La fuerza de Aparecida reside precisamente en que la política no inventó su devoción. Los políticos intentan apropiarse de un capital simbólico construido durante tres siglos por millones de personas.

Los números permiten dimensionarlo. Durante 2025, exactamente 10.486.118 personas visitaron el Santuario Nacional de Aparecida, un 15% más que en 2024. Sólo entre el 3 y el 12 de octubre, durante la novena y la fiesta de la patrona, llegaron 494.689 fieles. El 12 de octubre hubo 152.161 peregrinos en un solo día. 

No se trata únicamente de las grandes ceremonias organizadas por la Iglesia. Son familias que viajan en automóvil, colectivos parroquiales, personas que caminan durante días, ciclistas, jinetes, promesantes que llevan fotografías, objetos, velas o exvotos. En mayo pasado, sólo la peregrinación anual de la diócesis de Osasco reunió alrededor de 15.000 personas y la tradicional romería de la arquidiócesis de São Paulo llevó otras 10.000. 

Ese fenómeno popular es anterior a la basílica monumental, anterior a la República, anterior a Getúlio Vargas e incluso anterior a la independencia brasileña.

Y ahí está la mejor puerta para entrar en la historia.

Porque Nossa Senhora Aparecida nunca se apareció a nadie. No hubo una niña vidente como en Lourdes ni tres pastores como en Fátima. En 1717, lo que apareció fue una pequeña imagen rota en las redes de tres pescadores pobres del río Paraíba do Sul.

Primero salió el cuerpo. Después apareció la cabeza.

Y sólo entonces, cuenta la tradición, llegaron los peces.

De aquella escena mínima —tres hombres, un río, una imagen de barro de apenas 36 centímetros y una pesca inesperadamente abundante— nació una de las construcciones religiosas, culturales y políticas más poderosas de la historia brasileña. A tal punto que la reivindicó el Getúlio Vargas de 1939, luego los movimientos populares e incluso una rama ultracatólica de la dictadura que asumió en 1964.

Ahí seguiría exactamente la nota anterior con el relato de 1717, para después pasar por esclavitud y Zacarias, Imperio e Isabel, la coronación de 1904, Pío XI y Vargas en 1931, 1964, la “Mãe Negra”, Juan Pablo II, Aparecida 2007, Bergoglio-Francisco, y finalmente regresar a la batalla católico-evangélica de 2026. 

La relación con el entonces arzobispo de Buenos Aires Jorge Mario Bergoglio no es menor. En la reunión de los obispos latinoamericanos de 2007, justamente en Aparecida, el cardenal argentino fue el elegido por sus pares para ser el jefe de la coisión redactora del documento final, sobre la justicia, el medio ambiente y la protección de los vulnerados. Y tanto el encuentro como las negociaciones por el texto forjaron buena parte de los vínculos con los cardenales que lo harían Papa en 2013. Otro dato: lo ayudó en la redacción un obispo de buena prosa, Víctor “Tucho” Fernández, que terminaría siendo su mano derecha en el Vaticano. Todavía sigue junto a León XIV como responsables de la Congregación para la Doctrina de la Fe.

La religiosidad popular tiene esas cosas. Una pequeña imagen de barro puede alterar una campaña presidencial.

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