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Directores: Martín Granovsky y Rafael Prieto | Edición: 140
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La caida de Milei en las redes

Fernanda Ruiz cuenta cómo cayó Milei en las redes. Cristian Módolo explica que la industria está peor que en 1895.

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Algo defectuoso volvió desde el futuro

POR

Musk quiere colonizar Marte.

Científicos e investigadores aseguraron que la inteligencia artificial podría terminar con la humanidad en los próximos diez años, noticia que exacerbó la imaginación distópica de Trump, que se encogió de hombros y dijo que sólo quiere ganar la carrera tecnológica con China.

La ciencia ficción -o al menos su manierismo lingüístico- se instaló en Occidente como relato hegemónico, y ya no llama la atención que SpaceX (Space Exploration Technologies Corp.), la empresa fundada por Elon Musk hace casi un cuarto de siglo, haga planes para colonizar Marte y convertir a la humanidad en una especie multiplanetaria provista de una suerte de “seguro de supervivencia” en un astro alternativo habitable ante una eventual catástrofe en la Tierra.

Con categorías por el estilo piensan los magnates tecnofascistas de Silicon Valley y ponen manos a la obra para que, llegado el momento fatal, los elegidos puedan emigrar rodeados de robots mientras el resto de la humanidad se hunde en las aguas pantanosas del final de la historia. Incluso ya dieron pasos importantes para que los muy (pero muy) pudientes del mundo se acostumbren a la idea y se consideren merecedores de los frutos derivados de las innovaciones tecnológicas por derecho consuetudinario. Como entrenamiento hacen fila desde ahora, compran tickets para viajar en órbita y se animan a realizar vueltas cada vez más audaces y más largas en cohetes espaciales.

Apuntes de legos para legos

Si bien la divulgación de teorías científicas, investigaciones en curso y probables nuevas técnicas y tecnologías trasciende los ámbitos académicos y sale al encuentro de públicos más amplios, siempre se convierten en algo alentador, interesante y productivo, aunque exhiba también algunos matices riesgosos.

Abundan las revistas dedicadas al tema (como las norteamericanas Scientific American, National Geographic y Popular Science, y otras más recientes como la española Muy Interesantey Conozca Más,o la argentina Ciencia Hoy), y libros y documentales audiovisuales con altísimo valor pedagógico que testimonian las diversas dimensiones del conocimiento y la acción humana interactuando entre sí. Pero además de informar y proveer herramientas para la orientación vocacional, son medios que estimulan la imaginación distópica y la propensión a cierta credulidad ingenua e imprudente, sobre todo cuando devienen objeto de abordajes artísticos.

Es caudalosa la producción literaria y cinematográfica con raíces en la imaginación distópica, en el relato del peor escenario posible operando como recurso psicológico y cultural a fin de purgar temores colectivos con cierto fundamento, y de paso criticar la situación presente. Se trata de un género, y sus estudiosos aseguran que imaginar eventuales futuros espeluznantes resulta útil porque funcionan como advertencias (ejemplos: 1984 de Orwell, Un mundo feliz de Huxley o Fahrenheit 451 de Bradbury, poniendo de manifiesto la génesis del autoritarismo y el control social que ya operaban en su época).

También esas entrevisiones alarmantes promueven la catarsis, el expresar en obras de ficción las emociones intensas (a raíz del avance descontrolado de la tecnología, por ejemplo, el cambio climático o la política) para que los miedos sean procesados intelectualmente sin padecerlos en la vida real. Y dado que la imaginación distópica amplifica hasta la enésima potencia los problemas actuales (como la adicción a las redes sociales, la contaminación y un largo etcétera) fuerza una toma de conciencia de los mismos y sus probables derivaciones.

Mirar un poco para mirar mejor

Una suerte de leitmotivde la imaginación distópica radica en la vida social bajo un control absoluto del Estado, si por añadidura éste ha convertido a la tecnología en un eficaz mecanismo de vigilancia. En tales hipótesis la imaginación distópica trata de comprender y explicar simbólicamente por qué un deseo patológico de seguridad tiende a forzar la desaparición de la libertad, y por qué estas anomalías, previamente intolerables entre muchas otras, terminan aceptadas por la sociedad como normales.

Tal vez 1984 de Orwell sea la más radical formulación de la imaginación distópica. La novela cuenta que un Partido Único gobierna Oceanía, y el Gran Hermano es su líder omnipresente, infalible, conocedor de todo. Y así como en su momento el Tío Sam desbordó paredes y vidrieras con afiches de reclutamiento que reproducían su imagen y la consigna “I want you for U.S. Army”, en la novela de Orwell los afiches se agigantan y abundan consignas como “Big Brother is Watching You”(El Gran Hermano te vigila).

También Orwell incluyó -en su novela- un Ministerio de la Verdad, para ejercer la censura y modificar el pasado, porque el poder quiere el control de las condiciones de posibilidad que habilitarían la distinción, precisamente, entre verdad y falsedad. Lector de Marx y Engels, el socialdemócrata de armas tomar George Orwell habrá tenido en cuenta que éstos anotaron que “el lenguaje es la realidad inmediata del pensamiento”, motivo por el cual es comprensible que para El Gran Hermano controlarlo, achicarlo y hacerlo trizas permitiría reducir el espacio tanto de lo que se piensa en Oceanía como de lo pensable. Y la invención en el libro de la neolengua iría en tal sentido: además de prohibir determinadas palabras y en cierto modo inhibir el alcance de lo conocido, su máxima finalidad radicaría en estrechar el rango del pensamiento.

La vigilancia total y perpetua

El Gran Hermano de Orwell mejora el mecanismo y establece una vigilancia total y perpetua, permanente e intermitente. La gracia radica en que todos sepan que son vigilados, pero que no puedan precisar el momento exacto en que son observados. Es lógico: así no habrá procedimiento más expeditivo para que las personas interioricen el poder, al punto de terminar vigilándose a sí mismas.

Con la puesta en escena de un poder vigilante que no solo reprime, prohíbe o castiga, sino que también logra que las personas lo interioricen y acepten como inductor de conductas y creador de saberes y verdades, Orwell devino un precursor de las ideas de Foucault. En palabras de Žižek, entonces no es descabellado imaginar una distopía donde el poder no siempre opera desde afuera, sino que logra el consentimiento para instalarse adentro del sujeto.

A Žižek le interesa especialmente dar cuenta de ese consentimiento, pero no le alcanza pensar a la ideología como algo fundante de una falsa conciencia, de la interpelación manipuladora desde múltiples instancias estatales, o de la ilusión que vela y distorsiona la verdad. Para Žižek la ideología es la estructura simbólica que sostiene la realidad cotidiana y logra que las personas, aun conscientes de que se trata de una ficción ideológica, actúen cada día y voluntariamente como si fuera real. O sea: por la conjunción de hábitos, deseos, identificaciones, redes sociales, consumos y un larguísimo etcétera, el poder consigue que los sujetos deseen animar su propia dominación.

Al igual que Thomas Mann, cuando advertía que “si el fascismo llega lo hará en nombre de la libertad”, en apretadísima síntesis para Žižek los sujetos, aunque sepan que algo es mera ideología, son “libres” de seguir actuando cínicamente como si creyeran en ello. Incluso desean y reproducen al sistema, porque la ideología habilita ciertos espacios para la acción y para el goce inconsciente.

Respeto de la imaginación distópica, Žižek también ofrece un punto de vista original. El fin de los tiempos ha llegado, es ahora, y poco hay que imaginar porque la distopía ya se desplegó. Lo hizo, aunque no como catástrofe hollywoodense sino como algo rutinario, horrible y pesadillesco, pero normalizado en tanto “gestión administrativa”. Las crisis ecológicas, el calentamiento global o las guerras recurrentes, lejos de establecer intervalos en el funcionamiento del capitalismo global se integran como nuevas oportunidades de mercado.

Dejando al margen la imaginación distópica coronada por el cataclismo hollywoodense, al estilo de una Inteligencia Artificial liquidando la vida humana en el curso de la próxima década, quedaría la modalidad resignada, kafkiana, con sordina.

¿Un ejemplo?: la imaginación distópica necesaria para desembocar en la exhibición de los argentinos si aceptaran seguir gobernados por Milei. Patético, está claro, pero en cualquiera de los casos amerita preguntar por sus orígenes, si los hubiera.

Imaginar sin tutelajes ni retornos

Con frecuencia la imaginación distópica recurrió a la teoría del caos, de la cual deriva una noción conocida como el efecto mariposa, que básicamente sostiene que en sistemas complejos y dinámicos cualquier pequeño cambio en las condiciones iniciales puede generar consecuencias enormes e impredecibles luego, a largo plazo. Y como es desaconsejable temer a la imaginación propia, los lectores de este artículo podrían suponer la hipotética existencia de un efecto mariposa al revés, con las condiciones iniciales en el futuro realizado, durante un viaje al futuro donde ha sucedido un pequeño cambio destinado a modificar la situación, pero no más allá y más lejos en el tiempo sino en el antes, retrocediendo hasta el presente.

O sea: Elon Musk “ya tuvo” su planeta Marte colonizado, pero algo pequeño salió mal allí (pudo quemarse una bombita de luz en un retrete espacial, por ejemplo), y las consecuencias son sus andanzas y las de su pandilla. Puesto al derecho, intentando circunscribirlo en el plano local y desde atrás para adelante, desde el pasado hacia el presente o desde el presente hacia el futuro, algo sutil y casi insignificante que pasó por debajo del radar de la investigación historiográfica daría cuenta de las penurias que todavía imponen diariamente a los argentinos Milei y sus cómplices.

Si ambas circunstancias (la del futuro y la del pasado) operaran simultáneamente, la imaginación distópica permitiría entrever una emboscada perfecta. Pero conviene demorarse algo más en el llamado efecto mariposa, expresión debida al matemático y meteorólogo Edward Lorenz en la década de 1970 cuando creó y probó un modelo de simulación para pronosticar el clima, y cuando lo quiso probar corriéndolo nuevamente con los mismos datos de entrada, pero redondeando mínimamente un número de seis decimales a tres,a causa de ese cambio diminuto alteró por completo el resultadoa largo plazo, formulando un clima totalmente diferente.

Luego Lorenz relató su experiencia y se preguntó, en el curso de un ciclo de conferencias y siempre dando por sentado que el tiempo lineal avanza en una sola dirección desde el pasado, pasando por el presente (lo que ocurre ahora), hasta llegar al futuro (lo que sucederá después): “¿Puede el aleteo de las alas de una mariposa en Brasil provocar un tornado en Texas?”

Pero el arte se había anticipado casi dos décadas a Lorenz. El ya nombrado Ray Bradbury había publicado un cuento en 1952, “El ruido de un trueno(A Sound of Thunder)” en el que una empresa llamada Safari en el Tiempo S.A.(Time Safari, Inc.) ofrece a cazadores millonarios viajes al pasado para matar, por ejemplo, algún Tyrannosaurus rex. Fácil imaginar el anuncio, y la principal regla del juego: para evitar alterar la historia los cazadores deben permanecer sobre un sendero flotante de metal que no toca el suelo, y solo pueden disparar a los animales que estén a punto de morir de forma natural, y debidamente señalados.

El problema es que uno de los cazadores, apenas divisa al imponente Tyrannosaurus rex que le toca, sufre un ataque de pánico y deja el sendero flotante, pisa el barro y mata inadvertidamente a una mariposa antes de regresar a la máquina del tiempo. No importan los detalles, pero cuando los viajeros llegan de nuevo a su presente, al tiempo de origen, ven que todo se manifiesta diferente: el aire y la atmósfera ya no son iguales, las palabras en los letreros y el entorno físico e inmediato tampoco, y operó un dramático cambio político.

En efecto, y como si Bradbury deseara ceder a los argentinos un déjà vu peligroso, agrega que antes de que los viajeros acaudalados iniciaran su safari por el tiempo un candidato moderado había ganado las elecciones y desplazado al dictador fascista de turno; al regresar, los viajeros descubren que el fascista no sólo ha ganado las elecciones, sino que también la ciudadanía celebra alborozada el ascenso de un régimen autoritario.

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