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¿Y ahora qué?

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El papel indispensable del Estado nacional

Y ahoraqué inaugura una nueva sección dedicada al rescate del pensamiento lúcido que sirva para reflexionar sobre la actualidad. Formado en las filas del Partido Comunista, de donde fue expulsado en 1953 por promover un entendimiento con el peronismo, Juan José Real fue columnista y colaborador de la revista Qué dirigida por Rogelio Frigerio, junto a figuras de la talla de Arturo Jauretche, Raúl Scalabrini Ortiz, Ernesto Sábato, Dardo Cúneo y Marcos Merchensky. Entre sus numerosos escritos políticos se destacan Treinta años de Historia Argentina (1962), la edición de los cuadernos Qué hacer por la nación y el socialismo (1964) y Lenin y las concesiones al capital extranjero (1968). El texto que sigue fue publicado el 13 de agosto de 1975 en el semanario “Reconstrucción”.

1. La Nación es la comunidad política de nuestro tiempo. El Estado territorial y soberano es la forma específica de organización de esa comunidad política. Como Estado nacional, la comunidad política contemporánea debe dar las respuestas que han sido propias de las comunidades políticas de todos los tiempos, a saber concretar el bien común, lo que equivale a crear las condiciones para el pleno desarrollo de las posibilidades espirituales y materiales del pueblo. Se tratan—el Estado y la Nación— de realidades históricas, tanto en el sentido que nacen en la historia como que corresponden a un ciclo de ella. Han nacido en el tiempo y el tiempo contemplará el nacimiento de nuevas formas que eventualmente las superen.

2. El Estado, como centro soberano de decisión en un territorio relativamente grande, independiente de otras entidades políticas externas, apareció en Europa en un momento determinado de la evolución de las fuerzas económicas y sociales y del desenvolvimiento de la cultura en general. Dio respuesta política a nuevas necesidades creadas por la evolución de la técnica y por la aparición de las primeras formas del capitalismo. Demostró una particular eficacia en la administración de esas respuestas, en particular en la tarea de arrasar con los particularismos feudales que se expresaban en el campo del derecho, de la estratificación social y de la producción y la circulación de bienes. Su principal balance histórico en el campo político consistió en la creación de un tipo nuevo de comunidad política, unida por íntimas solidaridades y capaz de erigirse en fuente, tanto de la legitimidad del poder político, como de la creación del orden jurídico. Esa nueva comunidad fue la Nación, en la cual se sintieron progresivamente identificados y afines todos los miembros de pueblos antes unidos tan sólo por la común vinculación a una autoridad dinástica. Aunque esa comunidad llevaba en germen las tensiones propias de su estratificación clasista, supo imponer con sumo éxito su pretensión de ser el ámbito común de los que eran iguales y que expresaba en consecuencia los fines de todos.

3. Tal identificación, de naturaleza democrática, se correspondió históricamente con el salto del capitalismo tradicional al capitalismo moderno a partir de la Revolución Industrial. En los países que fueron su vanguardia, el Estado nacional pasó en adelante a asumir una tarea nueva. Pasó a constituirse en una organización al servicio no tan sólo del poder y la seguridad, sino del desarrollo económico. El desarrollo económico aparece como posibilidad histórica inédita a partir de la industrialización. El Estado nacional asume la tarea de promoción de esa perspectiva, aunque, desde luego, como Estado clasista. Y lo hace, por otra parte, en un cuadro internacional, mundial, en el cual los primeros Estados imponen su dominación a todos los otros tipos contemporáneos de comunidades políticas.

4. Ese Estado nacional que construye el desarrollo dentro de sus fronteras asegura el cuadro de condiciones que lo hacen posible por medio de un esquema político global que se corresponde con la dimensión, también global, de los factores de producción que han nacido dentro de sus fronteras. Tal esquema se funda en la difusión del modelo propio, el Estado territorial, bajo la forma de Estado colonial al resto del mundo. Con la dominación, por supuesto, difunde ideas nacidas en Europa y asegura un esquema internacional de tareas que condicionan la posibilidad de una gran acumulación en ciertos países. Fueron suficientes unas pocas décadas para que la humanidad entera apareciera integrada de alguna manera en un sistema de condición mundial como nunca antes se había conocido.

5. No es el caso analizar aquí la evolución y crisis posteriores de ese sistema. Lo que importa es retener su sentido inicial. Ese sentido es el de la íntima relación existente entre la forma política del Estado nacional, territorial y soberano, con la consolidación y el desarrollo de una comunidad histórica dentro de sus fronteras. Para el mundo de nuestros días, nación, democracia política y desarrollo económico parecen como contenidos de la forma estatal territorial y soberana. También aparecen como contenidos de esas formas, tanto las divisiones de clases internas y sus consiguientes enfrentamientos, como el fenómeno imperialista. A su vez, para el mundo que se constituye en el objeto de expansión de los grandes protagonistas, la forma de organización importada —el Estado territorial soberano— es el molde dentro del cual la construcción de la nación, su desarrollo y su democratización aparecen como la cara positiva del proceso de liberación del dominio imperialista.

7. Parece muy evidente la íntima vinculación tanto lógica como histórica que existe entre la descolonización, la afirmación de la identidad nacional y el reclamo del desarrollo económico. La temática ha aparecido conjuntamente en la teoría y los hechos han marchado, en efecto, así. Sin embargo es menos evidente la concurrencia esencial de estos fenómenos, es decir QUE LA TAREA DE CONSTRUCCION DE LA NACION Y LA DEL DESARROLLO ECONOMICO SON ABSOLUTAMENTE INSEPARABLES Y QUE LA ORGANIZACION QUE PUEDE HACERLAS EFECTIVA ES EXCLUSIVAMENTE EL ESTADO NACIONAL, TERRITORIAL Y SOBERANO. Para decirlo de otra manera: sólo dentro del marco del Estado es posible la tarea del desarrollo y la genuina construcción nacional. Es decir que no existe algo así como un proceso mundial, global, de desarrollo que arrastre a los pueblos al cumplimiento de sus metas nacionales.

8. Esto es así porque la realización nacional se proyecta como pretensión dentro de un sistema mundial en el que operan otras fuerzas. Esas fuerzas han sido desenvueltas por la civilización industrial y se corresponden perfectamente a su actual etapa. El signo de tales fuerzas es su condición supranacional, su condición global. Y su pretensión radica concretamente en la construcción de un mundo —o en la consolidación de un mundo— en el cual la realización de comunidades nacionales no sólo no es un fin sino que constituye en buena medida un obstáculo irracional, extra económico, a la más eficiente distribución de los recursos y de los factores de la producción. La dinámica inherente a ese sistema no sólo es poderosa sino que es uniformemente acelerada. La alimenta la formidable concentración financiera y tecnológica. Encuentra su justificación en su eficacia y su aval en su poder. No la impulsa, por otra parte, ambiciones subjetivas aunque existan, sino datos muy objetivos a partir del carácter acumulativo de aquella concentración que se sobrepone a la condición privada o colectiva de la propiedad de los factores de producción.

9. El mecanismo de integración mundial —con etapas regionales— funciona propulsado por fuerzas que son relativamente indiferentes a la base nacional de la que arrancan. Sin embargo, en los hechos, esas fuerzas pueden compaginar sus intereses con los de comunidades nacionales altamente integradas, verdaderas naciones, que figuran en el sistema como datos de la realidad. En cambio el mecanismo se alimenta espontáneamente de la desintegración del resto de las comunidades —en buena parte naciones en proyecto— la subsistencia de cuya situación actual es un dato de la estrategia de aquel mecanismo. No hay duda que a largo plazo el desarrollo creciente de fuerzas productivas de alcance mundial reclama como correlato un mundo integralmente desarrollado. Pero esto no sólo no es necesario en la actual etapa sino que parece más bien incompatible con el juego de los intereses concretos, históricos, en los que el sistema mundial se encarna. Maximización de beneficios, economías de escala, control racional y global de los procesos de producción, son criterios que juegan todos en favor de la conservación de un statu-quo en el que se proyectan, además, las condiciones de seguridad militar sobre las que se funda la coexistencia pacífica.

10. El genuino desarrollo, entendido como la creación de bases materiales para una efectiva integración de la Nación, aparece entonces como una pretensión polémica, revolucionaria, que enfrenta la actual situación. Esto ha ocurrido históricamente, por otra parte, con la aparición de cualquier afirmación de soberanía. Aparece además, como una pretensión esencialmente política aunque desde luego opere en el campo de la realidad económica y como una reclamación «extraeconómica» o aun «antieconómica» en el sentido del «racional aprovechamiento de factores escasos». Sólo a través de la comprensión de los fines políticos del desarrollo se hace comprensible la lógica interna de su metodología y se pueden identificar con precisión los instrumentos que lo hacen posible.

11. El fin político del desarrollo es la consolidación de la comunidad nacional lo que equivale a su integración. La integración política es el proceso de creación de condiciones progresivamente similares entre todos los miembros de un grupo. Eso equivale a decir la creciente satisfacción de las aspiraciones totales de los miembros del grupo a través de todo lo que el grupo crea, tanto en el campo espiritual como material. La ley de la integración es propia de todos los grupos humanos, desde los más primitivos y se corresponde en cada época con los medios culturales correspondientes. En nuestro tiempo la forma de integración equivale a la democratización creciente. El éxito de un proceso de integración contemporáneo se mide por la difusión efectiva de condiciones de participación creciente en todos los sectores de la vida social, políticos, económicos y culturales. Como quiera denominarse esto: justicia social, creación creciente de oportunidades, progreso, bienestar para todos o lo que sea, corresponde en todos los casos a una afirmación progresiva de la comunidad, a una integración creciente. La contrapartida es, justamente, el quebrantamiento de solidaridades y la aparición de corrientes desintegradoras. Es evidente que un proceso de este tipo supone la concurrencia de un complejo de factores culturales y aun espirituales, pero también es evidente que reclama una base material.

12. La integración de la comunidad requiere un proceso de poder que en sus aspectos organizativos es asumido por el Estado. Una sociedad requiere para integrarse crecientemente una serie de factores que obran como afinidades más o menos espontáneas. Pero ni siquiera estos datos son indiferentes a la acción del poder. El poder por su parte opera por su propia cuenta para favorecer la integración interviniendo en el proceso histórico con fines racionales en todos los campos, desde la difusión de una educación universal y uniforme a la redistribución de los ingresos. Todo esto es bien conocido, pero no siempre se lo asocia a la necesidad de que el Estado disponga de instrumentos materiales y, desde luego, económicos, para el cumplimiento de sus fines. Es decir, no se asocia debidamente a la noción de poder del Estado, la base económica que lo hace realmente efectivo.

13. La base económica de poder del Estado se asienta en su base geográfica. Es decir, en una base territorial. Ni los argentinos ni los norteamericanos o los chinos o los brasileños pueden evadirse de esta realidad de lo territorial. En la práctica y con más razón cuando existe un sistema mundial en el que operan fuerzas supranacionales, el poder del Estado se encuentra en relación directa con la porción de riqueza mundial que se produce dentro de sus fronteras. Por la acción de un conjunto de factores culturales, desde la vigencia del orden jurídico al alcance del sistema monetario, un Estado ejerce un tipo de poder en las decisiones que se ejecutan dentro de su territorio y otro bien distinto sobre las que tienen lugar afuera. Ello ocurre aun en las relaciones entre superpotencias y países menores porque aunque sea exacto que la fuerza mide en última instancia el poder político, también lo es que el poder político tiene limitaciones de la índole más diversa, comenzando por las morales. El poder del Estado aparece entonces como un factor al servicio de la integración dentro de su territorio. Y la capacidad de integración que el Estado tenga estará en razón directa a las dimensiones de su poder una de las cuales es, naturalmente, la económica.

14. En un mundo de Estados, pero en el que coexisten los desarrollados con los que no lo son, el Estado nacional afronta:

  • la necesidad de ponerse al servicio de la integración democrática, es decir, la justicia social en la distribución de los bienes;
  • la necesidad de consolidar su poder como instrumento al servicio de esas metas, aparte de sus tareas esenciales en materia de seguridad y preservación de la propia identidad;
  • el dato de la base territorial que mide las relaciones recíprocas y que en el caso de los países subdesarrollados es todavía con mayor razón condición de subsistencia —principio de no intervención— ya que el territorio es el marco dentro del cual hay todavía que construir la nación.

Tales pautas son comunes a todos los Estados y la presencia de factores supranacionales con dinámica propia como las corporaciones la fortalece todavía más. Pero evidentemente plantean tareas distintas al Estado desarrollado y al subdesarrollado.

15. Para el Estado subdesarrollado la meta de su liberación no configura un simbolismo unificador sino una realidad a conquistar. En esos estados, la Nación en proceso de afirmación reclama, hacia adentro, integración y hacia afuera liberación. La dependencia que padece se expresa en numerosos vectores, culturales, de seguridad y económicos, pero no cabe duda que es en éstos donde reside su verdadera esencia. Porque si en el mundo hay relaciones de dependencia —lo que nadie puede discutir— ellas se miden por el aprovechamiento efectivo que unos pueblos hacen del trabajo que se hace en los territorios de otros. La esencia de la relación de dependencia se expresa a través de una forma de intercambio estructuralmente deteriorada en la que no se trata tan sólo que unos vendan productos con más valor agregado y otros con menos valor agregado sino que unos crecen y los otros no. Lo cual, por supuesto, expresa una relación de causa a efecto.

16. En el cuadro, así completado, aparecen como factores concurrentes, la desintegración nacional, la desigualdad, la falta de poder del Estado y la dependencia, con el agregado que el proceso global, obrando de manera espontánea, tiende a reforzar cada uno de esos factores hasta el punto de desenvolver toda clase de elementos desintegradores. Porque el impulso espontáneo, en el mundo de hoy, mientras refuerza la concentración en pocos grandes centros (piénsese el dato evidente de las industrias de vanguardia como la electrónica o la aeronáutica), estimula un aprovechamiento «racional» de todos los factores de producción mundiales que poco o nada tiene que ver con lo que el Estado desee promover dentro de sus fronteras. De allí la lógica de las propuestas de integración regional que apuntan a ello con todo desenfado, pero que hoy parecen superadas por propuestas o prácticas todavía más ambiciosas. En esas propuestas o prácticas lo que hay en realidad es por una parte un grupo de pueblos que han alcanzado los más altos niveles de vida, poder y creación y por la otra una especie de Humanidad, amorfa, a la que se desaconseja ejercer su derecho a alcanzar la meta del desarrollo y la integración nacional planteando su supuesta superación en un mundo unificado por transportes, comunicaciones e intercambios. Desde luego, esa «Humanidad» no dispone de ningún factor aglutinante porque la Historia no salta etapas y un modelo de comunidad, como lo es la Nación, no lo descartan los pueblos porque se lo proponga un grupo de ideólogos de izquierda o de derecha.

17. Esto equivale a decir que el desarrollo no existe como meta abstracta sino como tarea asumida por un grupo, una comunidad. Como toda tarea política, exige un grupo que la asuma, grupo que tiene que encontrarse de alguna manera previamente unido, aunque más no sea por el marco territorial. No hay desarrollo sino como desarrollo nacional, protagonizado por un pueblo dentro de las fronteras de su territorio y bajo la conducción de su propio Estado. Esto ocurrió así con la Inglaterra del siglo XVIII, Estados Unidos, Alemania o Japón del siglo XIX y la URSS del XX. También en este cuarto de siglo que corre (se refiere al siglo XX) sólo hay desarrollo como tarea a realizar por un Estado Nacional. Más aún: en el ciclo que vamos a vivir, la perspectiva histórica no es de ninguna manera la del «desarrollo uniforme de la Humanidad», sino la convivencia de proyectos nacionales que tendrán éxito y proyectos nacionales que se frustrarán; de Estados que se sentarán en las mesas de las grandes decisiones y Estados que tendrán la formalidad de tales pero que en la práctica serán objeto de las decisiones que otros adopten.

18. Es por eso que el Estado aparece como el factor autónomo que traza sus fines propios en un cuadro mundial en que un grupo de grandes fuerzas quieren conformar de acuerdo a sus propios fines y razones. Las razones del Estado son diversas. Por de pronto, sus metas de seguridad, integración y consolidación de fines específicos para sus nacionales, no se confunden ni con la rentabilidad de las empresas ni con las oportunidades de mercado. Esto no quiere decir, desde luego, que el comportamiento del Estado pueda hacer caso omiso de las leyes de la economía sino, más bien que tiene que ajustar ellas a su propio tiempo y no al tiempo que le pretenden imponer factores ajenos. En realidad, la «antieconomicidad» de las decisiones que impulsan el desarrollo supone ajustarse de manera estricta al cumplimiento de las leyes de la economía. Así el Estado:

  • se orientará antes que todo a desenvolver y consolidar su mercado interno y sólo secundariamente podrá aceptar las metas exportadoras de las grandes corporaciones;
  • perseguirá drásticamente la integración de su aparato productivo a partir de la industria pesada y de la infraestructura de servicios con la meta inmediata de ocupar geográficamente la totalidad de su territorio;
  • apuntará, en consecuencia, a independizarse de la importación de todos aquellos productos que condicionan el funcionamiento de su economía, sometiendo su producción a la ley territorial al margen, por indiferente, de la condición privada o pública, nacional o extranjera de las unidades que los ajusten

19. A los fines de este documento no hay porqué extenderse en cuanto a la metodología detallada del desarrollo económico. Esos breves principios la resumen en lo esencial aunque más no sea porque sintetizan la experiencia histórica de todos los procesos nacionales de desarrollo. Nada más claro, por ejemplo, que el cuadro de inversiones necesarias para desenvolver la Patagonia sólo puede ser resuelto por el Estado nacional argentino aunque utilice todos los recursos externos de que se pueda disponer. Nada más claro, a su vez, que la aparente «antieconomicidad» de la «electricidad para las ovejas» es la falsa cara de la más primaria de todas las decisiones económicas, que es la ocupación territorial; o que el costo inicial de la siderurgia o la petroquímica medido en términos de economía de escala es la condición para disponer efectivamente de una economía «a escala» industrial.

La «antieconomicidad» de las decisiones de los que llegan tarde es el calco exacto de la sabiduría de quienes arrancaron temprano, sólo que ahora se plantea como alternativa específica un modelo mundial en el que quedó consolidado por décadas un statu-quo protegido indirectamente por el equilibrio entre las superpotencias. Este último, en efecto, en la medida en que pasa de la guerra fría a la coexistencia cooperativa, crea condiciones antes ausentes para el desarrollo nacional, pero no lo estimula de manera espontánea.

20. La posibilidad de un desarrollo nacional en el mundo de las grandes corporaciones y en la etapa actual de la coexistencia, radica justamente en que se trata de procesos particulares, realizados por una entidad histórica, el Estado Nacional y en un ámbito determinado. La estrategia de aquéllas podrá tal vez ser incompatible con «el desarrollo de la Humanidad», pero no lo es de hecho con el de uno de los Estado. Estos a su vez, conquistarán sus propias metas de realización en la soledad, con sus propias decisiones, aprovechando el carácter no concurrente de los fines individuales de las grandes corporaciones y sin mayor perspectiva de combinar esfuerzos orgánicos con sus iguales subdesarrollados, a no ser como apoyos tácticos. Demás está decir que ciertas realizaciones nacionales, como sería la de la Argentina, podrán convertirse en clave y sustento para la de otras naciones vecinas, pero no más allá de esto por ahora. También es un hecho que junto a las realizaciones habrá en el ciclo que nos tocará vivir, frustraciones nacionales, sea por la opción romántica de marginarse del progreso o por la subordinación a metas ajenas.

21. La experiencia argentina es tal vez, en todo el mundo, la que permite sacar más conclusiones para comprender este proceso. Largas décadas de estancamiento subsiguientes a la negativa de asumir un modelo nacional de desarrollo han comprometido, como era inevitable, las bases orgánicas de un Estado que era relativamente fuerte y de una nación que parecía altamente integrada. Ha quedado bien en claro para nosotros que ningún pueblo tiene asegurada su condición nacional en base a cualquier destino manifiesto. La construcción del desarrollo como tarea del Estado nacional aparece hoy como un término de la alternativa en cuyo otro segmento se perfila la desintegración y la definitiva dependencia. La reconstrucción del núcleo de poder en el Estado pasa a ser el instrumento indispensable para una tarea en la que el fracaso de otra generación puede ser sancionado por la Historia de manera irrevocable.

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