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El cuento de la productividad

Vincular la mejora de los ingresos a la productividad es un error conceptual porque beneficia principalmente a la rentabilidad empresarial y no al trabajador.

El salario no es un precio como los demás precios, y además es el resultado de tensiones políticas y sociales. Inyectar dinero es una herramienta necesaria para recuperar el poder adquisitivo, e ignorar esta realidad económica condena al país a un estancamiento que afecta mayoritariamente a los sectores populares.

Un ex candidato a legislador nacional hace unas semanas hizo público su deseo de anotarse en la carrera a Presidente en las elecciones nacionales de 2027. Este aspirante opina que el actual primer mandatario denuncia a la “casta” mientras negocia con la “casta”. Y distingue que hay una “casta” verdadera, conformada por la dirigencia sindical y los cuadros del poder judicial.

Pero no mencionó quiénes -a su juicio- no son casta pero semejan serlo, muy a su pesar.

Ese espíritu de rancio gorilismo de acusar a los sindicatos no le impide al aspirante asumir compromisos con la realidad. Reconoce que el poder adquisitivo promedio de la población está estropeado y estima que para recuperarlo hay que vencer hondas dificultades.

Es indiscutible la afirmación del candidato de que este desmadre en los ingresos de las mayorías no es achacable únicamente al actual oficialismo cárdeno, aunque en la tarea demoledora los libertarios se lleven las palmas.

A decir verdad, eso de desinteresarse de los ingresos populares o sólo considerarlos para bajarles el copete es un rasgo atávico de buena parte de la clase dirigente argentina que por la fuerza de los hechos se divide en dos bandos: están los que no los quieren empeorar, pero hacen poco y nada para mejorarlos; y, por el otro, pululan los que los quieren bajar aún más, en nombre de la eficiencia y la salud de las cuentas externas de la Nación.

Es un lugar común de la política argentina (con sus excepciones, claro está) que mejorar los ingresos de las mayorías entraña ir hacia un puente demasiado lejos, al que se debe llegar -para cruzar- aumentando la productividad, lo que insume un tiempo considerable.

Entienden que inyectando plata es -en el mejor de los casos- un mero paliativo que nunca recupera el salario, y encontrarle la punta a este ovillo no solo se imbrica con el verdadero estatuto de la productividad para observar su incumbencia en la determinación del poder compra de los salarios, que hay que recomponer, sino que aleja a la Argentina de desatar un proceso de desarrollo que integre a cada uno a de los argentinos y argentinas.

¿De qué hablamos cuando hablamos de productividad?

Una breve digresión antes de proseguir tiene que ver con la definición de productividad que -para variar- no es pacífica.

Caracterizamos a una empresa como un conjunto compuesto de una pluralidad de unidades de producción, dotada de autonomía comercial y financiera, que opera en vista de captar una parte del producto social.

Las unidades de producción que conforman la empresa son los seres humanos y los instrumentos -máquinas entre otros- relacionados orgánicamente con el proceso productivo. Si es una empresa agraria o minera, la tierra, las vetas y los yacimientos son activos que producen renta.

La ganancia la proporcionan los seres humanos y los instrumentos de que se dispone para volverlas productivas.

El criterio y medida de eficacia de la unidad de producción es la productividad y el criterio y medida de eficacia de la empresa es la rentabilidad.

La productividad se define como la cantidad de insumos utilizados para la obtención de una unidad adicional de un producto. O, a la inversa, cantidad de productos obtenidos con una unidad adicional de un insumo. Estamos hablando en términos físicos. Si en una hora promedio en 2024, en una fábrica cualquiera, se producían dos sillas y en 2026 se producían cuatro sillas, se observa que la productividad en 2025 aumentó 100 por ciento respecto de 2024.

La rentabilidad se refiere al precio de adquisición de los insumos con relación al precio de venta de los productos. O, a la inversa, precio de venta de un producto con relación al costo de adquisición de los insumos. Estamos hablando en términos de valor. La rentabilidad diverge, en consecuencia, de la productividad y puede devenir en antinómica.

De dos empresas, la más rentable no es necesariamente la más productiva. Una buena organización comercial y financiera puede compensar y sobre compensar las deficiencias en la organización técnica y productiva.

La productividad se corresponde necesariamente con el óptimo social, porque lo que mide o pondera es el grado en que los seres humanos se apropian de la naturaleza. No es así con la rentabilidad. Porque además de esta apropiación, mide la participación en el producto social, en otras palabras: la transferencia de valor desde un sujeto económico a otro. La que se lleva cada uno.

Entre las unidades de producción no hay antagonismo, y bien puede haber emulación. Entre las empresas sólo hay competencia y antagonismo.

En el marco de la hipótesis de un mercado perfecto y de pleno empleo de los factores, las escuelas marginalistas y neoclásica, identifican rentabilidad con productividad.

También hay que considerar que los indicadores de productividad no están muy disponibles, y eso cuando los hay, lo que no es frecuente. Como para marginalistas y neoclásicos a falta de pan buenas son las tortas, como diría María Antonieta, ambas escuelas toman como una aproximación del crecimiento de la productividad el crecimiento del Producto Interno Bruto per capita (PIBpc).

Es un despropósito de uso muy frecuente, porque no es posible saber si las unidades productivas de la industria del sábalo subieron su productividad o las empresas sabaleras su rentabilidad, o si las unidades productivas de la industria de peines bajaron su productividad, en ambos casos recurriendo el PIBpc, una medida de valor que surge de sumar la remuneración de los factores y restarle el uso de las materias primas e insumos. Esto último, para evitar contabilizar dos veces la misma cosa.

Su pregunta no molesta

Hecha la salvedad, lo cierto es que si con ese espíritu van a encarar el difícil y peliagudo momento nacional, no parecen muy conscientes de las temerarias consecuencias de sus actos.

En efecto, la legitimidad de la fuerza política que eventualmente derrote a los cárdenos en las urnas proviene en gran medida de recomponer el poder de compra de los salarios hoy, no mañana.

Hacerse el oso con el cuento de la productividad, seguir engrampados en los mitos del monetarismo y su extravagante y falso enunciado de que se puede controlar la cantidad de dinero, incluso plañir las seis cuerdas con una sentida zamba por el empleo que potencialmente crearán las PyMEs, son los síntomas que certifican que siguen sin verla ni sentirla y van derecho a chocarla contra la pared a gran velocidad.

Ante este panorama se impone responder al interrogante clave que nace de esta situación: ¿los ingresos de los trabajadores son tan bajos ahora porque cayó su productividad?

Si fuera así, la legión de dirigentes políticos en la que revista el aspirante a Presidente, bajo su lógica tendrían razón y habría que aguardar a que se restablezca la mayor productividad para que puedan mejorar el poder de compra de los salarios.

Pero su lógica es muy defectuosa y chingada. En principio: ¿cómo podrían saber si la productividad cayó? No pueden. No tienen indicadores que lo certifiquen. Podrían recurrir a la inopia del PIBpc, pero da la casualidad que en 2025 subió, poquito pero subió.

Entonces, ¿cómo entra la productividad en la determinación del salario o -lo que es lo mismo dicho de otro forma- en la determinación del valor de la fuerza de trabajo?

Las teorías objetivas del valor indican que la productividad del trabajo es una forma de llamar al valor de uso de la fuerza de trabajo. La distinción viene a cuento porque el salario no es el precio del trabajo sino el precio de la fuerza de trabajo.

El valor de la fuerza de trabajo está determinado por su propia producción, o sea por la canasta que consume para reponer sus fuerzas y sostener a su familia el trabajador y/o la trabajadora.

La productividad del trabajo concierne al consumo productivo de la fuerza de trabajo no a su producción. De esto resulta incoherente manifestar que un trabajo más productivo vale más que uno menos productivo porque la productividad no entra en la determinación de su valor.

Sostener lo contrario, como sostiene nuestro aspirante a Presidente, y con él buena parte de la clase dirigente, sin distingos significativos por el etiquetado político diferente, y en algunos casos muy diferentes, equivale a aseverar el dislate de que una bandeja de sushi es más útil que un vinilo de Billy Bond y la Pesada del r’n’r.

La historia nos relata cómo fue la introducción de un elemento moral e histórico entre los factores que determinaron el valor de la fuerza de trabajo, muy alto en el centro y muy bajo en la periferia.

Hacia finales del siglo XIX, se registra un muy eficiente movimiento sindical en los países desarrollados, coincidente con la represión de actividades similares en los países subdesarrollados bajo regímenes coloniales o semi-coloniales y el dragado por medio del pillaje de la acumulación primitiva a escala internacional, que podrían haber permitido la negociación de aumentos salariales en estos países.

También por esa época tomó mucha fuerza la tendencia que venía intermitente desde hacía un par de siglos de la creciente movilidad del capital que consolidó la puesta en marcha del mecanismo de nivelación de la tasa de ganancia a escala internacional.

Estas circunstancias históricas generaron salarios rígidos, ya sea al alza en los países hoy desarrollados o a la baja en los subdesarrollados, que no responden a los impulsos del mercado. Además, la tendencia a la igualación de la tasa de ganancia en el plano mundial impidió que las disparidades salariales sean apropiadas por las ganancias, es decir, que impidió que los salarios bajos de los países de bajos salarios se compensen con altos beneficios a fin de retener en el país la plusvalía extra exprimida a sus propios trabajadores.

La regla simple de las leyes del mercado y la competencia interna de los empresarios de cada país subdesarrollado, así como la competencia entre estos países, eliminó esta plusvalía adicional en beneficio de los consumidores de los países desarrollados.

Con la tuya

La insistencia o la coveraction de la productividad para dejar acomodados en el pantano de la subsistencia a los trabajadores argentinos, no es sólo una coartada cínica para algunos pocos, o inevitable para muchos que escriben en prosa neoclásica sin saberlo, sino también un plan político que grita y susurra la crisis en que andamos metidos.

El salario como precio de la fuerza laboral no es justamente un precio como los otros precios. Representando la parte de los ingresos nacionales que correspondan a la clase trabajadora, no es sólo el precio de una mercancía, sino que es el elemento constitutivo necesario y suficiente de distribución, siendo el ingreso de los no-asalariado, lo que queda una vez establecido el salario de los trabajadores.

Esto constituye uno de los principales elementos de las luchas políticas dentro del sistema económico en que vivimos.

Señala el economista greco-francés Arghiri Emmanuel que los devotos de “las armonías preestablecidas, basándose en el postulado según el cual la productividad del trabajo determina el salario, demostrarían que más allá de una divergencia momentánea, los intereses esenciales de los trabajadores y los empresarios resultarían convergentes a largo plazo, ya que el desarrollo de las fuerzas productivas y el acrecentamiento consecutivo de la productividad del trabajo irían determinando una elevación continua del salario real de los trabajadores”.

A renglón seguido, Emmanuel, advierte que el empresario no compra trabajo, sino fuerza de trabajo. Paga el costo de reproducción del trabajador y/o la trabajadora y su familia.

El excedente en la producción que puede resultar de un aumento de la productividad del trabajo pertenece al empresario y no al trabajador o la trabajadora. Si los sindicatos no batallan ese aumento de la productividad del trabajo se lo seguirá embolsando su dueño: el empresario.

El foco puesto en la “productividad” -y el desdén a la inyección de plata- pone en evidencia que buena parte de la clase política -de la que forma parte el ex candidato a legislador, primigenio candidato presidencial- no manifiesta la más remota idea de cómo sacar a la Argentina del embrollo en que está metida.

Se contentan con acudir a teorías muy débiles e incorrectas sobre el papel de la productividad del trabajo en la fijación del poder de compra del salario con la ilusión de que el liderazgo político adecuado timonee un mundo armonioso donde todos ganan.

La única herramienta válida y eficaz para frenar y revertir el marasmo es recomponer el poder de compra de los salarios gastando y financiando ese gasto con emisión. ¡Uy el tabú monetarista! Sí, es un tabú sin fundamentos teóricos atendibles. Una peticiónde principios de la que se aferran los conservadores argentinos, incluso los conservadores populares, para justificar su seriedad y compromiso con el presente y el porvenir de pobres, pero serios.

Es tan fetiche todo esto que entre el 11 de diciembre de 2023 y el 1 de abril de 2026 la base monetaria (suma del saldo de la plata que tiene los argentinos en efectivo y los depósitos de las entidades financieras en cuentas corrientes en pesos en el BCRA) aumentó 331% y el gobierno sigue diciendo que “frenó” la emisión y nadie se lo enrostra.

La cantidad de dinero se acomoda a los precios y no a la inversa como postulan los monetaristas.

Sí fue la decisión política la que bajó los ingresos populares en la Argentina. En un mundo donde en ningún lado el mercado tiene la menor incidencia en determinar el valor de la fuerza de trabajo, únicamente la decisión política puede revertir este proceso y llevar los ingresos al alza.

Ante este cuadro desalentador, cualquier atorrante del Gran Buenos Aires, mientras continúa solo y esperando, rumiará en su soliloquio que “con estos tarados estamos bien jodidos”.

Verdad, pero no son los únicos que tallan.

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