¿Y ahora qué?

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El maldito péndulo derecha-izquierda

La simplificación heredada de la Asamblea de la Revolución Francesa, que divide el espectro político entre conservadores y progresistas, introduce más confusión que orden conceptual en la descripción de la política en general y de la Argentina en particular.

Durante décadas, digamos que buena parte del siglo XX en la Argentina, no existía una derecha autopercibida, y las que realmente lo eran resultaban vergonzantes y/o marginales.

Se prefería el púdico nombre de centroderecha, que tenía su reflejo en la centroizquierda, la versión civilizada (léase democrática) de la desacreditada zurda pura y dura, digamos revolucionaria.

La cosa se complicaba, para la izquierda, cuando se incluía la palabra socialismo, porque los había para todos los gustos: democrático, nacional, auténtico, popular, etc.

Se constituía así un amplio espectro de opciones ideológicas y afinidades más o menos sectarias que se caracterizaban por la paradojal ley sociopolítica de que no hay enemigo peor que quien fuera hasta la ruptura el más fraternal de los correligionarios.

Entre los patrones principales de sucesivas disidencias se encontraba el Partido Comunista Argentino, fundado en 1918 por luchadores que hasta entonces se consideraban a sí mismos socialistas.

Conocimos en la dinámica universitaria abnegados camaradas, reconocibles por su disciplina y consecuencia. Estaban también los jefes, menos accesibles en general. La vocación por la clandestinidad, justificada en más de un caso por el acoso de los servicios de inteligencia, determinaba a su vez no pocas simulaciones políticas.

Entre los primeros, militantes consecuentes en nuestra Mendoza natal, había laboriosos viñateros, agrupados en el Sindicato de Contratistas de Viña, una figura del derecho laboral que los teóricos y juristas ajenos a la izquierda se esmeraban en presentar como una asociación de trabajo y capital, es decir trabajadores carentes de protección legal específica.

Ello no impedía la vigencia del mito de algunos contratistas que lograban, mediante su esfuerzo y contando con la desidia de propietarios ausentistas, convertirse en dueños de sus parcelas y actuar como una clase media rural.

Ese gremio era comunista y por lo tanto estaba aislado o generaba desconfianza, cuando no rechazo, por parte del mayoritario movimiento obrero peronista. A pesar de esos conmovedores ejemplos, el PC mendocino no era sin embargo un partido proletario, pues se nutría de dirigentes y militantes de clase media.

El más destacado fue el abogado Benito Marianetti, (1903-1975), antifascista insobornable y respetado contendiente político hasta por sus opositores del peronismo, radicales y conservadores. Afiliado al Partido Socialista desde muy joven, formó parte luego de la escisión del Partido Socialista Obrero y, posteriormente, figura relevante del PCA, desde 1945 hasta su muerte.

Don Benito podía ser, sin problemas, vicepresidente del Colegio de Abogados acompañando a un conservador que a su vez no tenía pruritos en participar de actos antifascistas.

Tal era el prestigio del legendario dirigente de amplio sombrero y poncho al hombro al que Nicolás Guillén le dedicó este poema:

Canción para Benito Marianetti,
Señor de los Cerezos en Flor

Mendoza la bien sembrada,
ciudad de luz y arboleda,
en roca viva engastada…

Amor
de Marianetti, el Señor
de los Cerezos en Flor,
amor de granito y seda.

Estuve en Chacras de Coria,
donde Marianetti es
la geografía y la historia;

Señor
de los Cerezos en Flor;
señor
de la cabeza a los pies.

Y en Coria
vi a Benjamín Campesino
sacarse el sombrero rudo
para el saludo,
y a Marianetti, el Señor
de los Cerezos en Flor,
sacarse el sombrero fino
y saludar
a Benjamín Campesino,
que labra el ajeno lar.

De tal señor, tal honor:
¡Señor
de los Cerezos en Flor!

El aire, rojo de vino,
sostiene en alto un cantar,
que es como un rojo fulgor:

—¡A caminar
por el abierto camino,
y a caminar
con Benjamín Campesino.
y a caminar
con Marianetti, el Señor
de los Cerezos en Flor,
y a caminar…!

Socialistas en el peronismo

Poco importaba, a los fines de estas indagaciones, que el propio general Perón dijese que tenía en su gobierno colaboradores de “extrema” (sic) izquierda, cuando se refería a personalidades como Angel Borlenghi o Juan Atilio Bramuglia, dos sindicalistas con destacada actuación en los importantes gremios de Comercio y Ferroviarios, respectivamente.

No pocos militantes radicales, socialistas y hasta comunistas siguieron el camino de incorporarse al peronismo que proyectaba las fuerzas del trabajo al escenario político nacional como no lo habían hecho sus precursores “de izquierda”.

Borlenghi acompañó a Perón durante sus dos primeros mandatos presidenciales como ministro del Interior, entre 1946 y 1955, considerado absolutamente leal hasta que fue acusado de ordenar la quema de una bandera argentina en el Congreso de la Nación, durante la procesión de Corpus Christi de 1955.

Bramuglia, abogado que había redactado decretos clave para la secretaría de Trabajo y Previsión durante el gobierno de facto (1943-1946) ocupó la Cancilleria en el gobierno constitucional desde 1946 hasta 1949, con destacada actuación en los albores del panamericanismo. Es considerado un tanto forzadamente como uno de los inspiradores de la tercera posición, línea equidistante tanto de los EEUU como de la URSS, y sus respectivas áreas de influencia, aunque con claras inclinaciones pronorteamericanas.

Ambos fueron figuras destacadas que no negaban sus orígenes socialistas, pero se amoldaron perfectamente al nuevo régimen que condujo Perón, sin perjuicio de tener, mientras pudieron, juego propio y caídas estrepitosas cuando su vínculo con el líder se desgastó.

Borlenghi había sido cofundador del Partido Laborista, luego disuelto y fusionado con otras fuerzas, para crear el partido peronista que llevó el nombre de Justicialista.

Bramuglia por su parte fue previamente convocado por la escisión radical UCR Junta Renovadora y no llegó a ocupar, como hubiese preferido, la cartera de Trabajo. Cuando fue desplazado de su puesto en el gabinete, se convirtió en sospechoso para el oficialismo peronista.

Su hora más brillante ocurrió cuando le tocó presidir el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas en 1948, con intervenciones oportunas para enfrentar, por ejemplo, la crisis provocada por el bloqueo de Berlín. Tanto en esa ocasión como en otras, se manejó con habilidad y cierta autonomía, lo cual lo alejó del eje del poder y por ello propició más tarde la fundación del partido Unión Popular como una disidencia del oficialismo justicialista.

En materia de entrismo habría que referirse a Montoneros, a propósito del presunto “socialismo nacional”, pero para ello deberíamos forzar las categorías analíticas porque se trató de un grupo de motivaciones oscuras, verticalista y militarista, que jugó el perfecto papel de agent provocateur para desatar la feroz represión que sufrió la Argentina en los años 70, sin perjuicio de la participación en sus filas de afiliados de buena fe.

Izquierdas amaestradas

Estos ejemplos muestran que la política argentina no responde demasiado bien a las categorías de derecha, centro o izquierda que son harto cómodas para evocar y poco certeras para explicar.

Esa diferenciación funciona en España y de algún modo en Francia, siendo más rígida como tradición en Alemania y muy poco reconocible en el Reino Unido. Decir hoy, por ejemplo, que Giorgia Meloni pertenece o expresa una “extrema derecha” es a todas luces una exageración, pero así funciona la comunicación masiva, sobre la repetición de presuntas verdades establecidas sin correlación con la realidad.

En la Argentina de estos días es frecuente calificar como de “derecha” al gobierno de Milei, que es apenas conservador rutinario y tiene como eje de su política el ajuste perpetuo tradicional, diferenciándose sólo por el continuo carnaval en el que viven sus representantes y voceros.

Si alguien dice críticamente que Milei y su grupo son de derecha, sin otra aclaración (semejanzas con regímenes patriarcales y misóginos siempre hay) está implícitamente asumiendo que lo hace desde una pretendida izquierda, más virtuosa. Puede ser también perfectamente otra confortable impostura.

Y aquí la confusión se hace mayor, pues es necesario hilar más fino: estos candidatos disruptivos suelen esconder más de lo que muestran en su asociación con el poder económico. No son los únicos, como se advierte cuando Paolo Rocca le pide a Macri que organice una representación sensata del programa liberal.

Nadie puede sostener con argumentos serios que Cristina Kirchner es una dirigente de izquierda, aun cuando puedan rescatarse de su gestión medidas de inspiración popular, como la AUH, (desde 2009), que sufrió retrocesos frente a la inflación acumulada. No por casualidad el gobierno libertario mantuvo y reforzó esta ayuda en contradicción con su ideario individualista, pues se trata de coberturas irrenunciables mientras persista la situación social actual, donde la mitad de la población padece dificultades de diverso grado para sobrevivir con un mínimo de dignidad.

Tendríamos así, con voluntad de autoengaño, derechas sin izquierdas o izquierdas autocomplacientes, sin olvidar izquierdas emocionales y centros desvanecidos, donde sin embargo y en definitiva todos buscan establecerse. Son formas de cobijo y pertenencia que no diferencian mucho la vida real de los argentinos.

No obstante, pueden expresar, como coartada, divisiones más profundas en el cuerpo social. Las que resultan de la fragmentación que padecemos con el retroceso cultural y socioeconómico inducido por políticas regresivas aplicadas durante años.

Alguien dijo que la derecha peca de cinismo y la izquierda de hipocresía, pero lo que parece más concreto y tangible es que todo encuadramiento ideológico que instala el antagonismo y la desavenencia como forma de envenenar la convivencia es por definición nefasto.

Y no hay inocencia en ello, sino acción dirigida a alimentar divisiones y odios injustificados. Tal la misión de los malvados ingenieros del caos, profesionales de la inquina, a quienes es preciso desenmascarar para neutralizarlos. Llevan el veneno en el alma y no lo tratan donde deberían, (en el diván del psicoanalista), sino derramando ponzoña sobre sus semejantes.

Los llamados trolls, que hacen sus provocaciones a cambio de dinero, tienen como misión excitar reacciones emocionales en el gran público, regularmente desinformado, distrayendo a sus víctimas de los verdaderos problemas (desafíos a resolver) que nos aquejan, como el empleo, el salario, la salud y la vivienda, sin olvidar la educación que es tarea de largo plazo. Influencias nefastas que hay que combatir en el marco de una defensa cabal de la libertad de expresión con los debidos anticuerpos encarnados en la conciencia colectiva.

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