Las políticas económicas del gobierno libertario, con su enfoque ortodoxo basado en el recorte del gasto público y la contención salarial, agravan profundamente la crisis de estanflación. Los funcionarios gubernamentales están atrapados en dogmas ideológicos que ignoran cómo la contracción de la demanda efectiva destruye las ventas empresariales y dispara los costos unitarios en lugar de estabilizar la economía. Ante el fracaso persistente de estas recetas de austeridad, los libertarios optan por profundizar las restricciones en lugar de corregir el rumbo, haciendo inevitable un reemplazo político para superar la actual parálisis estructural.
Algunas almas bellas y de las otras sospechan que, frente a la posibilidad cierta del naufragio electoral que se enfrenta como todo destino en las presidenciales de 2027, los libertarios peguen el volantazo en pos de gastar más. Ciencia y experiencia permiten olfatear que tal proceder, aunque presione fuerte en función de darle aire a la cínica conjetura electoral, no está en los cálculos de los que deciden sobre la dirección de la marcha del gobierno.
Hay cuestiones de fondo y coyunturales que ponen en evidencia que los libertarios, más allá de amenazar, concretar represiones a los trabajadores, practicar un necio librecambio, recortar gastos y desfinanciar al Estado quitando impuestos al capital y a los flujos que genera, no saben hacer otra cosa. Y ese proceder también tiene límites, a los cuales un cúmulo de indicios sugiere que se ha llegado.
En los días que corren resulta cada vez más difícil o directamente imposible maquillar la cara torva de la política libertaria para que sus deletéreas consecuencias necesarias le sigan pareciendo benignas a buena parte del electorado que votó esta alternativa en las presidenciales de 2023. Ese colectivo, entonces, estaba más intensamente aguijado que el resto de la sociedad civil criolla por el desasosegado enojo existencial que padecía el conjunto.
Queda la crisis en marcha, luego de casi tres años de —digamos— gobierno. Casi se han disipado los humos y el vaho de los fuegos artificiales con los que se quería ataviar de seda a la gorilada del reaccionario y retrógrado quehacer político cárdeno. Para colmo de males, simbolizado por la motosierra como instrumento del verdugo violeta.
Papá, ¿qué es una crisis?
En la Argentina de hoy van en simultáneo una sobreproducción con respecto a la demanda efectiva y una subproducción con respecto a la potencial. La subproducción es consecuencia de la caída de la demanda efectiva. Eso es lo que define a una coyuntura como atravesada por una crisis. Por otra parte, esta subproducción constituye la dimensión única de la crisis, porque es la medida exclusiva de la pérdida económica que resulta.
Para maximizar sus beneficios, que andan por el piso, los empresarios disponen de una única herramienta propia: disminuir sus costos, o sea, mantener los salarios en el más bajo nivel posible. Pero los beneficios son proporcionales a las ventas. Y las ventas, proporcionales a los ingresos promedio que percibe el argentino de a pie. Como los salarios no constituyen solamente un ingreso social —sin dudas, el más importante—, los esfuerzos de los empresarios para maximizar los beneficios por la reducción o el estancamiento de los salarios conducen después a la minimización de las ventas y de los beneficios.
Como siempre hay un roto para un descosido, la receta del desastre se profundiza en gran forma, porque esa es la política que impulsa el gobierno. Chanchos burgueses y felinos libertarios se ilusionan con poder mantener la expansión del consumo sin crecimiento del empleo y sin subir los salarios. No faltan los que rezan para aumentar la inversión disociando el sector de los medios de producción del de los bienes de consumo, alentando al primero. La competencia impide a los empresarios hacer lo uno o lo otro. A saber, aumentar los salarios, o perseguir su expansión sin aumentarlos. En consecuencia, la crisis estalla.
Es el Estado el único que puede romper este círculo vicioso. La religión oficial cárdena impide semejante apostasía. Entonces, estamos pasando por una crisis porque su funcionamiento mismo engendra las fuerzas que lo enferman. Dicho de otra manera, la crisis no es otra cosa que un proceso acumulativo en el cual un impulso primario autónomo, en lugar de crear efectos secundarios que lo anulen, produce efectos secundarios que lo amplifican.
El “impulso primario autónomo” del asunto proviene de una contradicción insalvable, aunque se atenúe cotidianamente. Ocurre que una misma mercadería no tiene uno sino dos valores: un valor en el stock del vendedor, y es su precio de costo, y un valor cuando es vendida en el mercado: su precio de venta. Mientras un lote de mercadería es vendido como producto de consumo final o como bien de capital o bien de consumo intermedio, otros lotes de mercaderías salen de las fábricas y de los campos y toman esos lugares.
Este nuevo lote es de un valor superior que solo se embolsa como ingreso si se vende. Lleva en sí mismo la desigualdad fundamental de siempre —producto a vender mayor al ingreso que se generó al manufacturarlo— y, por lo tanto, realimenta el excedente de oferta sobre demanda de una suma respectivamente igual o superior. La fuente del desequilibrio no desaparece jamás.
La amenaza de la baja de los precios resulta de la evidencia del desequilibrio fundamental entre una producción con un valor mayor al ingreso que genera. La diferencia es la ganancia. Es la tendencia a la baja de los precios, si se está en deflación, o a que suban menos de lo necesario, si se está en estanflación, la que explica el atesoramiento y el rechazo a comprar después de haber vendido.
Como estamos en estanflación, los precios no suben lo que deberían para seguir con el mismo nivel de producción. Verdad: el alza insuficiente de los precios es menos real de lo que parece y toca sobre todo el nivel nominal. No obstante, todos los agentes económicos la perciben como una baja real. El empresario, en efecto, compara el capital del que dispone cuando vendió con aquel del que disponía al inicio del ciclo y no con el stock de mercaderías que puede adquirir con lo que le quedó. Viene perdiendo como en la guerra y el efecto se expande y multiplica.
Sin la “multiplicación”, la crisis sería una cosa imposible. Encima, en la subjetividad, agravada por el impulso autónomo de la ideología libertaria, que ve en el no gasto y la exacerbación de la desigualdad la quintaesencia del existencialismo libertario. El dudoso arte de echar nieve al agua helada.
Algunas almas bellas y de las otras sospechan que, frente a la posibilidad cierta del naufragio electoral que se enfrenta como todo destino en las presidenciales de 2027, los libertarios peguen el volantazo en pos de gastar más. Ciencia y experiencia permiten olfatear que tal proceder, aunque presione fuerte en función de darle aire a la cínica conjetura electoral, no está en los cálculos de los que deciden sobre la dirección de la marcha del gobierno.
Hay cuestiones de fondo y coyunturales que ponen en evidencia que los libertarios, más allá de amenazar, concretar represiones a los trabajadores, practicar un necio librecambio, recortar gastos y desfinanciar al Estado quitando impuestos al capital y a los flujos que genera, no saben hacer otra cosa. Y ese proceder también tiene límites, a los cuales un cúmulo de indicios sugiere que se ha llegado.
Cuestiones de fondo
Hace unos pocos años, el reconocido economista serbio-estadounidense especializado en distribución del ingreso Branko Milanovic escribió “Un breve ensayo sobre las diferencias entre Marx y Keynes”, que, según menta, estuvo inspirado por el “Ensayo sobre la economía marxista” de Joan Robinson.
La revisión de su punto de vista da curso a un boceto que, alimentado con los datos argentinos actuales, da fe de que los libertarios no tienen ya no la actitud política para enfrentar y revertir la crisis en marcha —que no la tienen—, sino tampoco una herramienta conceptual que les posibilite encontrar la punta del ovillo. Presos de los dogmas ideológicos, están inhibidos de dar con la herramienta intelectual que les evite a los argentinos comerse otro garrón indigerible.
Milanovic, tras confesar que no siguió “en absoluto la evolución macroeconómica keynesiana, y en general no me interesa la macroeconomía”, lo cual se nota claramente por algunas manifestaciones del “breve ensayo”, se aboca a hablar de lo que piensa “de Keynes, no de los keynesianos”.
El economista serbio-estadounidense —actual profesor en la London School y de la Universidad de New York—, que anduvo conferenciando hace unos días por la Argentina, postula que el objetivo “del ensayo de Joan Robinson era propiciar un acercamiento entre la economía marxista y la keynesiana, mostrando similitudes entre la visión de Marx sobre las relaciones capitalistas de producción que resultan en una falta de demanda efectiva y los temas de La Teoría General”.
En cambio, para Milanovic, “la diferencia entre Marx y Keynes no radica tanto en lo ideológico (aunque no negaría que es real), sino en el horizonte temporal que utilizan en sus análisis (…) Para Marx, el horizonte temporal es siempre a largo plazo, incluso cuando habla de crisis. Las crisis son manifestaciones temporales de los problemas inherentes a largo plazo que enfrenta la producción capitalista (…) En Keynes, la situación es diferente, casi la inversa. Todo el sistema de Keynes (no necesariamente de sus herederos los keynesianos) se centra en el corto plazo: el objetivo es estabilizar la economía y devolverla a una situación de pleno empleo o casi pleno empleo. A Keynes no le preocupa especialmente el futuro a largo plazo del capitalismo. Implícitamente, entiendo, creía que el capitalismo puede perdurar indefinidamente siempre que se ‘arregle’ de tal manera que produzca pleno empleo de los recursos”.
En esta trama de diferencias y similitudes, Milanovic la emprende con lo que Marx llamaba el “ejército industrial de reserva” y Keynes el desempleo, que “se contrae y se expande según la actividad económica. Para el alemán, el ‘ejército industrial de reserva’ es una característica constante y, por ende, a largo plazo del capitalismo. Los capitalistas la necesitan para disciplinar a la mano de obra, y si, en ciertos períodos, se reduce, disminuyendo así el poder relativo de la clase capitalista, se ponen en marcha de inmediato fuerzas que la reactivan: inversiones que ahorran mano de obra. En Marx, la reserva de mano de obra nunca desaparece. En Keynes, en cambio, el desempleo cíclico idealmente debería reducirse a cero. Es algo que el capitalismo, gestionado con criterio, puede eliminar. De nuevo, los horizontes son diferentes: para Marx, es la característica estructural a largo plazo; para Keynes, es la interacción a corto plazo entre variables económicas clave”.
De estas similitudes de diversidades, Milanovic concluye que “Marx fue el primer estudioso de los fundamentos históricos del capitalismo; Keynes, el último cameralista. Marx era un filósofo que creía que la economía moldea la historia; Keynes, el asesor más astuto del poder. En El Capital, tenemos la biblia del capitalismo; en Teoría General, El Príncipe, para la gestión económica del capitalismo”.
Para los libertarios argentinos se trata de dos demonios que encarnan indistintamente al anticristo. No está nada bueno irse al fondo del tacho sin brújula y sin mapa para encontrar la salida.