Donald Trump le acaba de declarar la guerra económica a Canadá y a Irán, una un gesto irracional, la otra una confesión de impotencia militar que lo consagra en la larga línea de presidentes norteamericanos que fracasaron en Medio Oriente.
Canadá es prácticamente el origen del imperio económico de los EEUU después de la segunda guerra mundial, signatario original de los acuerdos de Bretton Woods y un entusiasta capitalista con una economía integrada a la del vecino al sur. La historia moderna del país muestra un ir y venir de personas y mercaderías, y a los norteamericanos les cuesta tanto distinguir un canadiense como a los porteños un uruguayo. Pero Trump le tiene una inquina especial a su vecino al norte, pese a que es una economía del tamaño del Brasil con una población del tamaño de Argentina.
Como la Corte Suprema le recordó que no es un monarca y no puede poner impuestos de importación por decreto, Trump está usando legislación oscura, la sección 338 de la Ley de Tarifas de 1930, jamás usada hasta ahora.
Esa ley es una reliquia de las guerras de tarifas de la Gran Recesión, cuando todo el mundo cerró los mercados y la autarquía era la norma. Esta vez, la Casa Blanca la usa para punir unos veinte mil millones de dólares de importaciones canadienses con tarifas del cincuenta por ciento, el máximo posible. Los artículos incluyen autopartes, quesos y palos de hockey, y Trump ya anunció que si “siguen discriminando nuestros productos”, puede directamente prohibir esas importaciones.
Todo esto en medio de la habitual catarata de insultos por redes, donde llamó a los funcionarios canadienses “payasos” y “entre los peores del mundo”. Y donde gritó en mayúsculas que “NO NECESITAMOS AL CANADA, ELLOS NOS NECESITAN A NOSOTROS”.
La pelea de fondo es un feo apriete de Trump al primer ministro canadiense, Mark Carney, un prestigioso economista experto en finanzas públicas. Washington quería que Ottawa también pusiera altos impuestos de importación a ciertos productos, sobre todo insumos como el acero, para evitar que entraran a Estados Unidos previa importación a Canadá. Pero los canadienses empezaron a diversificar mercados hace algunos años, habiendo visto al Trum.01 en acción, y tienen o están negociando acuerdos comerciales por medio mundo, en particular en América latina. Entonces dijeron que no.
Ante la furia de Trump, Carney, que tiene modales, dio por cerradas las negociaciones y llamó a casa a sus representantes. Este martes 25 de agosto, anunció impuestos de importación de quince, veinticinco y cincuenta por ciento a una cuidada lista de productos norteamericanos, que hoy equivalen también a veinte mil millones de dólares.
En la lista figuran, conspicuamente, aceros y aluminio de EEUU, con el máximo de tarifa. Esto va de locomotoras y rieles, al papel metálico que se usa en las cocinas. También va a costar más importar ropa, pescado y electrodomésticos. Una bronca especial de los canadienses es el ataque de Trump a su industria automotriz. Canadá importa muchos más autos del sur de los que le exporta y, como nosotros con el Brasil, son casi siempre de las mismas marcas con fábricas en ambos lados de la frontera.
Pero ya hace un año y medio que los autos canadienses pagan un 25% extra, un lindo agujero para las cuentas nacionales. Este martes, no extraña, Carney anunció la misma tarifa para los autos norteamericanos, excepto para las marcas que también tengan fábricas en Canadá. Un día antes, Trump había amenazado subir las tarifas a los coches del norte a un 90%, lo que haría básicamente inviable la industria canadiense.
Canadá, a todo esto, importa 272.000 millones de dólares por año de su vecino al sur, con lo que el segmento afectado es menos de la décima parte del negocio total. Ottawa ya calculó que va a gastar bastante más en subsidios a las industrias afectadas de lo que va a recaudar con los impuestos nuevos.
Cambia todo cambia
Este nivel de violencia económica y verbal ya acercó a Canadá a China, para deleite de Xi Jinping, que ve una cuña bien cerquita del rival. No es el único beneficiado: el otro es nada menos que Suecia.
Resulta que Canadá tenía firmado, desde 2010, un contrato para comprar una flotilla de aviones de combate F-35, los más avanzados del planeta y los más caros. El tema venía muy demorado porque el avión no terminaba de estar listo y Ottawa no tenía apuro en gastar tanto, pero el año pasado, apretado por Trump para que gaste más en defensa, Carney firmó la compra de 16 aviones como primera entrega de 88 unidades. El apriete no fue inocente, porque el 70% del presupuesto de armamentos canadiense se gasta en Estados Unidos.
Pero ahora todo cambió y se está discutiendo comprar otros aviones, no tan caros, de otro proveedor. Canadá fijó como objetivo principal tener presencia en el Ártico, lo que incluye a la Groenlandia que Trump sueña con anexar. El F-35, super moderno como es, no es particularmente apto para este objetivo, que se puede cumplir con aviones más baratos, simples y fáciles de mantener.
Ahí entra la Saab sueca, que produce el Gripen, un excelente interceptor, más flexible y barato. Carney ya compró una flotilla de aviones militares de inteligencia y reconocimiento suecos, y Saab prometió que si gana el contrato por los cazas abre una fábrica de Gripen en Canadá.
Irán
La otra guerra comercial lleva el pomposo nombre de Día D, como el desembarco en Normandía de 1944. Como se sabe, los ayatolas le están haciendo el aguante a los norteamericanos, que siguen solos la guerra que empezaron el 28 de febrero con los israelíes.
Militarmente, la superioridad de EEUU fue abrumadora, pero resulta que esto de la guerra asimétrica no se aplica sólo a guerrillas versus gigantes, también funciona entre potencias de primer orden contra potencias de tercer orden.
Teherán cerró el Estrecho de Ormuz, descajetó los mercados petroleros del mundo, fogoneó la inflación norteamericana en año electoral, bombardeó a los emiratos aliados de Washington en el barrio y aguantó los incesantes bombardeos. Un lío.
Frente a esto, este domingo 23 arrancó la guerra económica, que va a ser difícil de sostener. Irán sufre sanciones de todo tipo desde 1979, cuando la revolución depuso al Sha, y lo que fue un país bastante próspero está ahora más acostumbrado a las devaluaciones, las hiper y la recesión que el argentino promedio. Cuando los iraníes salieron a protestar por su miseria creciente, el régimen los reprimió de un modo que Videla hubiera aprobado, a bala limpia, con miles de muertos. Con lo que las nuevas sanciones no van dirigidas realmente a Irán sino a quienes hagan el menor negocio con los ayatolas.
En concreto, esto quiere decir Turquía, Rusia y sobre todo China, principal y casi total compradora de petróleo iraní. El lunes 24, el ministro de Economía Scott Bressent hizo el anuncio formal y, el mismo día, su par Alí Madanizadeh lo acusó de “terrorista económico”. El colega de Seguridad en el gabinete iraní, Mohsen Rezaei, juró que, si los países vecinos al Golfo se unen a la movida de Trump, “no va a circular ni una gota de petróleo”.
La contraofensiva iraní sería más simple que la norteamericana porque el petróleo circula en buques bombardeables. Washington, en cambio, quiere ir a lo que le queda de economía internacional a su enemigo, esto es oro, criptomoneda y aviación. Los dos primeros blancos, explicaron en Washington, son los refugios del iraní común ante la inflación y las devaluaciones, que ya llegaron al 41% en lo que va del año. La posibilidad de salir del país en avión permite visitar a las familias que emigraron. En el menú se incluye hasta un esfuerzo por negarle internet a Irán.
China
Pero el problema es China. El martes 25, se publicó una lista de más de sesenta intermediarios comerciales y buques cargueros y petroleros ahora sancionados. La lista incluye a varias empresas pequeñas con base en Hong Kong y en China continental. Los que entienden de estas cosas enseguida notaron que en la lista no están los principales bancos chinos, señal de que la movida tiene sus límites. Beijing, igual, puso el grito en el cielo y avisó el mismo martes que tomará “todas las medidas necesarias para custodiar sus derechos e intereses”, en palabras del vocero de Cancillería Lin Jian.
Todo el mundo sabe que China importa buena parte de su petróleo de Irán y que sus barcos tienen inmunidad para circular en la región. A cambio, envía tecnología y materias primas, en cargueros que usan terceras banderas y navegan con sus transponders desconectados. Pero el presidente Xi va a visitar la Casa Blanca en septiembre, en plan pacífico, con lo que China es el límite, por ahora, al Día D.
Nadie se olvida que cuando Beijing se enojó y suspendió la exportación de tierras raras, varias fábricas norteamericanas tuvieron que suspender su producción por falta de elementos electrónicos.
Queda el frente financiero, ya que el comercio chino-iraní se hace en yuans o en criptomonedas. Pero igual impera la cautela: en 2018, Washington sancionó duramente a la firma de aluminio rusa Rusal y a su dueño Oleg Deripaska, y el mercado global de ese metal entró en crisis… Nadie quiere eso en los mercados financieros.
Guerreros
Hay muchas razones por las que la guerra en Irán es un pantano, tecnológicas y estratégicas. Pero hay una que es un verdadero tiro en el pie, disparado por el ministro de Defensa de Trump, Pete Hegseth. El ahora ministro sirvió como oficial subalterno de la Guardia Nacional en Irak y Afganistán, y volvió convencido de que toda moderación es una barrera al Rambo que todo uniformado lleva adentro.
Ahora le anda midiendo los niveles de hormonas a las tropas -no es broma, quiere gente “agresiva”- y ya lleva casi dos años limpiando las fuerzas armadas de generales que no le caen bien o no son rambistas.
En abril, Hegseth echó al general Randy George, jefe del Ejército, sin explicaciones y dejó el puesto vacío. Desde entonces, retiró a otros tres generales que podían haber ocupado el cargo, con lo que ya llegó a diez generales desde que asumió en enero de 2025. La purga fue tal que el Ejército, la mayor arma, perdió posiciones y ahora comandos como el del Medio Oriente o el de Asia tienen al frente marinos o aviadores. Peor todavía, el ministro cerró sin contemplaciones la división de guerra por drones, justo a tiempo para ver cómo rusos, ucranianos y ahora iraníes los imponían como el arma del momento. Un capo.
Fraude
Este lunes 24, la Corte Suprema le dió un gusto al Presidente Naranja al emitir una opinión de emergencia sobre los límites al voto por correo en las elecciones de noviembre. Trump detesta esa manera de votar, aunque él mismo la usó varias veces, porque por razones irracionales siente que beneficia a los demócratas. Este año, emitió un decreto ordenando que el Correo filtrara las listas, decidiendo quién tiene derecho a recibir la boleta y quién no.
Al mismo tiempo, le ordenaba a las Seguridad Nacional crear un padrón nacional para eliminar a ese fantasma republicano, el votante inmigrante ilegal.
El fallo del lunes dice que Trump puede avanzar con estas medidas mientras las cortes federales analizan las muchas demandas en contra. Esto es, no decide la cuestión de fondo, pero deja que el republicano se organice para noviembre.
El Naranja hace un par de meses que nombró nuevas autoridades postales y, quebrando toda la tradición política del país, lo llenó de republicanos militantes. Uno de los nuevos directivos es conocido por seguir diciendo que Trump ganó en las elecciones anteriores, y que el Correo ayudó en el fraude.
Crueldades
Un proyecto que Trump mantiene con energía, blindado de toda crítica, es el de deportar la mayor cantidad posible de extranjeros. El ritmo en el que ICE, la Migra, y varios departamentos locales de policía contratados por los federales, manotean gente no para de aumentar.
En junio hubo 43.000 detenidos, en julio llegaron a 49.000., y todo indica que antes de fin de año se va a llegar a los 60.000 por mes, los dos mil por día que prometió Markwayne Mullin, el titular de Seguridad Nacional. Estos números son crueles porque trascienden por mucho la promesa original de deportar delincuentes.
Ese segmento hoy apenas responde por el 4% de los detenidos. El resto son inmigrantes casados con norteamericanos y padres de norteamericanos, pero flojos de papeles, inmigrantes legales que pidieron asilo político y gente que recibió refugio en tiempos mejores.
Para justificar las razzias, se explicó que si alguien está sin todos los documentos exigibles está cometiendo un delito y debe ser expulsado como un criminal, igual que un narco o un asesino. ICE no para de crecer. Cada vez tiene más agentes, presupuesto y centros de detención.
Ucrania
Volodimir Zelensky tiene largamente vencido su mandato presidencial, pero se niega a llamar a elecciones por la guerra con Rusia. Su ex ministro de Defensa Mijailo Fedorov lo chucea con el tema, insinuando abiertamente que tiene miedo de que le gane una elección. Resulta que Ucrania está hace años bajo ley marcial, algo que Zelensky interpreta como una justificación para no llamar a elecciones.