La afinidad ideológica del presidente Milei con Estados Unidos, Israel, Margaret Thatcher, Trump y el trumpismo solo logró la firma de un acuerdo testimonial. Mientras tanto, en acuerdo con Gran Bretaña y Estados Unidos, Brasil se consolida como gatekeeper del Atlántico Sur. Asume su rol de potencia intermedia no por la fuerza, sino por la combinación de tener con qué, generar confianza y, sobre todo, porque tiene voluntad política.
Noche del miércoles 6 de mayo. El dique flotante ARA Y-3 de la Armada Argentina se hunde silenciosamente. Único en su clase, con más de ochenta años de antigüedad, la Argentina pierde con este definitivamente su capacidad de reparar buques en Ushuaia. A partir de ahora deberemos enviarlos al extranjero. La voluntad política del control sobre el Atlántico Sur argentino se hunde, al mismo tiempo que Brasil va en la dirección contraria.
No es una novedad absoluta que este tipo falla. La Armada Argentina viene perdiendo hace tiempo capacidades operativas críticas para ejercer funciones de control, vigilancia y operaciones.
La Marina de Guerra no es la única fuerza con capacidad neutralizada; el conjunto del instrumento militar argentino viene deslizándose irremediablemente por un tobogán descendente desde la restauración democrática de 1983: constricciones presupuestarias agudas, estructuras sobredimensionadas, falta de equipamiento y limitaciones en la preparación. El presupuesto de defensa, que durante la administración de Raúl Alfonsín rondaba el 2 % del PBI, durante la década menemista descendió al 1,5 % y desde ese momento, no sin idas y vueltas, ha continuado descendiendo hasta fondear en un insignificante 0,7 %, la relación de inversión militar por PBI más baja de Sudamérica.
Del otro lado del espejo, desde 2008, las decisiones de los inquilinos del Palacio de Planalto traen un mensaje claro: Brasil es el líder de la región. Sin prisa, pero sin pausa, desarrolla un poder militar sobre el eje de sus tres Fuerzas Armadas, basado en desarrollo nacional, joint venture y transferencia de tecnología efectiva con Estados socios. Por ejemplo, en el desarrollo del primer avión caza supersónico de América del Sur, cuyo vuelo de bautismo fue acompañado por el propio Lula, y el primer misil balístico táctico. Debería ser el segundo, pero en esta historia larga de empequeñecimiento, la suerte del Cóndor II, desarrollado en los años ochenta en Falda del Carmen, Córdoba, es otro capítulo amargo.
En términos navales, compra submarinos a Francia, un buque multipropósito de gran porte de casi 20.000 toneladas de desplazamiento, el más grande hoy en Sudamérica para la proyección estratégica, al Reino Unido, e incluso continúa impulsando el proyecto de construcción de su propio submarino nuclear.
Acuerdo con el Reino Unido
Lula se cansó de las derivas de la Argentina y aprovecha la situación de debilidad del país a la que nos arrastraron décadas de diletantismo: un día guerra, otro entrega “carnal”; a continuación mandamos al ALCA al carajo y a George W. Bush en Mar del Plata; desafiamos a Obama en Naciones Unidas, para finalmente terminar de sepultar el proyecto soberanista —por las razones que fueran— en los últimos tres gobiernos democráticos.
Bajo el liderazgo de Lula, los ciclos de acercamiento con Buenos Aires se desarrollaron respetando siempre nuestra sensibilidad nacional con respecto al reclamo por las islas Malvinas. En 2012, Brasil y Argentina firmaron un tratado bilateral para la cooperación en defensa: Brasilia no brindaría colaboración a buques militares del Reino Unido, la potencia que ocupa las Malvinas.
El cambio estratégico argentino hacia una subordinación dogmática y declamativa a Estados Unidos y la parálisis de la diplomacia argentina fueron aprovechados por Brasil para quitarse de encima los condicionamientos que traía aparejada su asociación con la díscola Argentina. Y con las manos libres, en marzo de 2026, Brasil y el Reino Unido suscribieron un acuerdo de asociación estratégica, en cuyo marco concuerdan acrecentar las relaciones en materia de seguridad internacional y defensa, entre otras dimensiones de cooperación económica y tecnológica.
Trump empujó al primer ministro laborista británico, Keir Starmer, a buscar soporte diplomático directo con la potencia subregional ante la advertencia filtrada por la administración Trump de que, si no se plegaban a la guerra contra Irán, Estados Unidos pasaría a apoyar el reclamo argentino por Malvinas. Lógicamente, esto fue luego relativizado por el propio secretario de Estado, Marco Rubio. Pero ya el espanto había logrado unir a quienes ya no tienen razones como para no proceder de manera distinta.
Pero la diplomacia no solo es hard power. Itamaraty construye además soportes invisibles, subacuáticos.
La misma semana en que el investigador John Mearsheimer expuso sobre la relevancia estratégica que tiene América Latina para Estados Unidos, con una u otra administración, el Atlántico Sur era escenario de otra señal: el 12 y 13 de mayo de 2026, la Marina brasileña y la Armada de Estados Unidos realizaron un ejercicio bilateral en el marco del despliegue Southern Seas 2026, el undécimo de una serie iniciada en 2007.
No fue un ejercicio menor. Del lado estadounidense participaron el portaaviones USS Nimitz y el destructor USS Gridley. Los ejercicios incluyeron guerra antisubmarina, formaciones navales, comunicaciones y defensa aérea. El respeto global que se ganó Lula al no aflojarle a Trump es reconocido en el Oriente remoto. En diciembre, el jefe de la Marina india visitó Brasilia para discutir interoperabilidad y seguridad marítima.
La lectura en “clave Mearsheimer” es directa: Brasil no se alía militarmente con China, aunque integra con la potencia asiática el bloque de los BRICS, pero sí profundiza su interoperabilidad con la única superpotencia del hemisferio. Eso es exactamente lo que Washington exige. Por otro lado, no se puede dejar de observar que China y Brasil densifican y diversifican sus vínculos económicos. Brasil concentró el 11 % de las inversiones chinas en el exterior, es el país que más inversiones chinas recibió durante 2025, y el sector eléctrico acapara el 29,5 %, la minería el 29 % y el sector automotriz un 15 %. El 27 % del flujo comercial de Brasil se canaliza en la relación con China.
En 2004, Brasil se convirtió en el segundo país, el primero “en vías de desarrollo”, en presentar una propuesta de extensión de su plataforma continental más allá de las 200 millas. Tres años después, la CLPC, Comisión de Límites de la Plataforma Continental de la ONU, aprobó el 80 % de la propuesta. En lugar de conformarse, Brasilia relanzó tres propuestas más en busca de maximizar el territorio reconocido, su Amazônia Azul. Para 2019, toda la propuesta fue aprobada: Brasil sumó 170.000 km² a su plataforma continental.
En marzo de 2025, Brasil se anotó otro tanto en esta agenda. Logró agregar 350.000 km² más, sumando un total de 530.000 km² a su plataforma continental.
En esta materia, el que quizás haya sido el último estertor de dignidad en nuestra política exterior, en 2009, la Argentina logró resultados mejores incluso con la presentación de un estudio técnicamente impecable de delimitación del área subacuática reclamada. Pero aquello forma parte de la historia, y el régimen de prácticas de lo que vino después se asegura de que todo lo que era sólido —pesca y petróleo—, la extensión de la soberanía en la Plataforma Continental, acabe apropiado por las dinámicas de poder corporativo con respaldo del Reino Unido.
La pinza cierra con África
En abril de 2026, Brasil asumió la presidencia de la Zona de Paz y Cooperación del Atlántico Sur, ZOPACAS, el mecanismo diplomático que agrupa a 24 países de América del Sur y África, en la IX Reunión Ministerial celebrada en Río de Janeiro. Un instrumento clave para proyectar influencia sobre el mar que compartimos. Un dato señala las continuidades antes que las rupturas en la progresiva pérdida de ambición argentina: de nueve presidencias, tres fueron brasileñas. Solo una argentina, y allá por 1998.
Al inaugurar el reciente encuentro, el canciller Mauro Vieira fue explícito: rechazó la “importación” de rivalidades y conflictos que “nada tienen que ver con los intereses de nuestros pueblos” y advirtió que el Atlántico Sur no debe convertirse en escenario de tensiones geopolíticas ajenas. Sin embargo, la presidencia brasileña del foro no será simbólica: Brasilia planea ejercerla por dos o tres años, con foco en defensa, seguridad marítima y ejercicios navales combinados, como los ejercicios Guinex en la costa occidental de África, que tuvieron lugar a comienzos de mayo.
Mientras tanto, la afinidad ideológica del presidente Milei con Estados Unidos, Israel, Margaret Thatcher, Trump y el trumpismo solo logró la firma de un acuerdo testimonial. Este es el modelo de transferencia de material y tecnología a Estados socios para ejercer, a través de ellos, la vigilancia y el control de áreas de interés, con todas las limitaciones de uso que eso implica. El material se transfiere bajo condiciones específicas y de espectro restringido de utilización.
Algo muy distinto a desarrollar capacidades propias, por ejemplo, de reunión de información y análisis; establecer objetivos nacionales para la vigilancia y el reconocimiento, y luego eventualmente establecer una “mesa” en común con Estados Unidos o con quien sea para intercambiar información. No rechazar el vínculo con Estados Unidos, construirlo en función de nuestras propias capacidades e intereses.
El célebre sociólogo francés Raymond Aron sostenía que la política exterior de un Estado se materializa a través de dos vectores complementarios y subordinados a la conducción política. El primero es la diplomacia: la dirección que el Estado imprime a sus relaciones con las otras unidades políticas, encarnada en el diplomático. El segundo es la estrategia: la dirección que asume el conjunto de operaciones militares, encarnada en el soldado. Ambas, decía Aron, no se excluyen en paz ni en guerra: “En tiempo de paz, la política se sirve de los medios diplomáticos sin excluir el recurso a las armas, al menos a título de amenaza”.
Brasil destaca hoy exactamente esa combinación.
Hegemonía en construcción
El contraste con la Argentina es el que es. No por falta de medios en abstracto, sino por la ausencia de esa voluntad política articulada que convierte los medios en poder real. Y en ese espacio vacío está el Atlántico Sur, con sus islas y su mar, inscriptos en la Constitución y en el ADN de los argentinos, pero bajo control, cada vez más, de Brasilia y Londres.
Ningún imperio paga traidores. Todo político debería saberlo. Las grandes cortinas ideológicas no deberían seguir enturbiando el análisis transparente de cómo llegamos al momento de “desarme” argentino. Porque la consecuencia de tanto zigzagueo no es solo externa —la pérdida de influencia frente a Brasil— sino interna: la imposibilidad de sostener una política de Estado que cuide lo nuestro.
Brasil opera simultáneamente como presidente de la ZOPACAS, socio estratégico del Reino Unido y contraparte naval privilegiada de la Armada estadounidense en el Atlántico Sur. Eso no es neutralidad activa. Es hegemonía en construcción.
Mientras Brasil suma voluntad política, volumen militar y aliados estratégicos, la Argentina se desarma sola, creyendo que el cambio de relato puede reemplazar a los buques, los aviones y la confianza que solo se construye con coherencia.