La industria casi no repunta, y en el año sigue cayendo. La construcción permanece estancada y todo indica que continuará su desaceleración. Para reactivar la economía es necesaria una recomposición del mercado interno, inconcebible con este Gobierno. Los pronósticos de crecimiento se revisan a la baja.
En la semana anterior, se conocieron los avances de la actividad industrial y la construcción en agosto. La industria tuvo un repunte del 1,9% con respecto a julio. Frente a la caída del mes previo, que fue del 5,1% no es un dato alentador. La variación con respecto a agosto del año anterior es de 3,2 puntos menos, y en 2026 acumula un descenso del 2,7.
La construcción alcanzó una suba del 0,4%. En los dos meses anteriores había caído, respectivamente, 4,2 y 4,4%. En comparación con el mismo mes de 2025, la baja es del 4,4% con una variación anual acumulada del 0,8%. Prácticamente, se encuentra estancada.
La merma continúa
En vista de esto, parece que la merma en la actividad económica continuará, lo cual genera controversias dentro del Gobierno, que se ve frente a la urgencia de presentar un panorama mejor para adentrarse en un año electoral antecedido por un lapso en el cual la calidad de vida de la población empeoró. No obstante, los factores que lo permitirían entran en contradicción con las posibilidades objetivas y la idiosincrasia del oficialismo.
El requisito más importante es una recomposición de la demanda efectiva. Es decir, del gasto público y los salarios. En términos de esta política económica, eso implica abandonar la persecución religiosa del superávit fiscal y la desaceleración de los precios sostenida sobre la compresión de los ingresos.
Hay una variante que se suele traer a colación consistente en la baja de la tasa de interés y la devaluación para alentar la inversión y proteger a la producción nacional de las importaciones, alentando su competitividad. Es una opción prosaica, más de lugar común “ofertista” que de contenido genuino. Por eso, es más aceptable dentro de los círculos empresariales y financieros, ya que no pone en juego la ideología de esos ámbitos, pero totalmente inefectiva en la práctica.
En los hechos, la administración de las importaciones se hace de manera directa, y no mediante el tipo de cambio. La diferencia es que en ese caso se trabaja sobre productos específicos. El tipo de cambio rige de manera general, por lo que su aumento hace caer el conjunto de las importaciones al encarecerlas.
Esas razones explican que una devaluación, por sí misma, repercuta negativamente sobre la actividad. Pero en este contexto, sería necesaria para licuar la bicicleta financiera que se desarrolla desde 2024 antes de que se vuelque a una salida de capitales.
El escenario descripto acarrearía un costo político que difícilmente se pueda revertir hasta el próximo año, y si no se compensa con medidas específicas, empeoraría el panorama de los ingresos, agravando la situación. Con este Gobierno es inconcebible.
La baja de la tasa de interés también queda fuera del menú. Conduce a la salida de capitales, y contrariamente a la creencia difundida entre los economistas, no favorece a la inversión, que responde a la demanda y las posibilidades de realización de la ganancia. El costo del crédito, en el cual influye la tasa, es un factor secundario para la definición de inversiones. En la medida en la que tengan una rentabilidad potencial, se llevarán adelante de cualquier manera.
Finalidades superpuestas
Por último, vale remarcar que, si se busca alentar la mejora del mercado interno sin desactivar el carry trade, se genera la superposición de dos finalidades diferentes para las reservas internacionales: la baja de las importaciones que trae aparejada la contracción de la economía maximiza la acumulación mediante el crecimiento del saldo comercial, necesaria en estos esquemas para hacerle frente a las corridas cambiarias. Y los beneficios aparentes de la estabilidad cambiaria, sin importar su endeblez, son más perceptibles que los de la eventual reactivación económica, de resultados inciertos para el pensamiento del elenco gobernante.
El Gobierno se encuentra con limitaciones relevantes para llevar adelante un programa de reactivación. Sencillamente, el aliento al mercado interno, que es el único camino real, se contrapone con su ideología y su práctica.
Proyecciones recortadas
Frente a los datos recientes sobre la economía y los problemas que hacen al contexto, no es casual el recorte generalizado de proyecciones de crecimiento para Argentina.
En el Relevamiento de Expectativas de Mercado (REM) de septiembre, que publica el Banco Central, el valor que alcanzó la media de los pronósticos sobre el crecimiento del PIB en todo 2026 es del 1,5%, cuando en agosto había sido del 2,1. Desde junio, cuando se encontró cerca del 3%, se mantiene en retroceso.
El Banco Mundial (BM) y el Fondo Monetario Internacional (FMI) también ajustaron sus pronósticos. El BM, que estimaba una variación del 3,6% en junio, ahora la redujo al 2,1. El FMI presentó el mismo valor, cuando en julio proyectaba el 3,5.
Es destacable que el FMI también prevé un crecimiento del 2,5% para América Latina y el Caribe, y del 3,4% para la economía mundial. Lo que ratifica que Argentina es un país particularmente estancado.
Así todo, la proyección en torno al 2% parece desactualizada, considerando que la última medición del conjunto de la actividad, correspondiente a julio, mostraba un crecimiento acumulado del 1,7%, más cerca de lo previsto en el REM.
Lo curioso es que las previsiones para 2027 son más altas. El REM sitúa la variación del PIB en 2,5 puntos, el BM en 3, y el FMI en 3,5. No hay razones para esperar ese cambio de marcha. Por el contrario, en la medida en la cual el Gobierno no se ocupe de generar condiciones para una reactivación, la perspectiva es que la actividad siga cayendo.