¿Y ahora qué?

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Zylbersztein: “Los empresarios pymes pasamos a ser los malos de la película”

El empresario pyme es una de las figuras trágicas de la argentina de Milei. El daño material es evidente: más de 22.000 empresas cerraron en los primeros dos años de gestión, 30 por día, pero también son blanco de los ataques del Presidente en el marco de su batalla cultural. “Lo más doloroso es que pasamos a ser los malos de la película” plantea Raúl Zylbersztein, vicepresidente de la Confederación General Empresaria CGERA y fabricante en la industria del cuero. 

El directivo analiza el momento del sector y cuenta cómo es pararse frente a los trabajadores para decirles que hay que cerrar. “Los buenos autos que se compraron los empresarios pymes ahora los están usando para hacer Uber.”

—¿Este momento es peor que el 2001?

—Sí, y la expectativa a futuro es peor. En ese momento percibíamos que se iba a dar vuelta, que iba a venir una devaluación que te empujara para arriba. Hoy no pasa eso, el dólar baja y la inflación sube. Eso te revienta cualquier posibilidad de actividad.

—Además, ahora tienen que competir con lo que viene de afuera.

—Todos los días te sale más barato comprar en Temu. Hoy ni La Salada se salva. Compiten con fardos, kilos de ropa usada que vienen del primer mundo y se venden a precio basura. Es otro juego. Imaginate que para comprar una máquina tengo que poner toda la plata hoy y esperar tres meses a que me la manden. A mi competencia se la dejan en la fábrica, tiene dos años de gracia y diez para pagarla. Nosotros nos tecnificamos de milagro.

—¿Cómo aguanta hoy un empresario pyme?

—Todas las empresas están con rentabilidad negativa. Algunas apagan las máquinas y cierran, pero para eso necesitás plata para pagar indemnizaciones. Si no, te vas extinguiendo, quebrás y la gente se queda sin nada. Hoy no hay plata ni para cerrar. Nos subieron al ring a competir con una mano atada.

—Cuando un empresario pyme cierra, ¿qué hace después?

—Tienen muchas dificultades para conseguir trabajo, a veces más que sus propios empleados, porque no tienen experiencia en relación de dependencia. Otros empresarios no pueden contratarte porque no tenés oficio. Los buenos autos que se compraron ahora los están usando para Uber. Es muy triste.

—¿Cómo arrancaste vos en la actividad?

—Mi familia siempre estuvo en la cadena del cuero, mi viejo era marroquinero. En 1945 ya producíamos y yo arranqué desde chico. Exportábamos el 50% de lo que hacíamos y el resto se vendía al turismo. Siempre estuve muy vinculado, conozco todo el proceso, desde el frigorífico hasta la manufactura.

—¿Cómo te fuiste adaptando a los vaivenes de la economía argentina?

—Había momentos en los que ganaba y otros en los que perdía. Sabía que tenía que armar un “canuto” para las vacas flacas. Es la historia de cualquier pyme industrial, cuando podés, juntás todo lo posible porque después lo vas a tener que poner.

—¿Los 90 fueron años duros para el sector?

—Ahí podíamos exportar. El sector tuvo balanza comercial positiva: vendíamos más de lo que importábamos. Era raro para la época, pero al cuero le fue bien. Exportábamos en total 1.100 millones de dólares.

—¿Cuándo empezó la caída fuerte?

—En la época de Macri. El canuto ya estaba desapareciendo y tomé la decisión de usarlo para pagar indemnizaciones, porque si seguía sosteniendo el negocio me iba a quedar sin fábrica y mis trabajadores sin nada. Vendía a Europa y distribuían allá, pero todos los días tenía que aumentar precios. Un cliente europeo me dijo: “Flaco, vos me aumentás, pero acá los precios bajan”. Al poco tiempo me dejaron de comprar.

—En pandemia te hiciste cargo de Fonseca.

—Sí. Me llegó la información de que estaba por cerrar una curtiembre grande. Sentí que tenía que hacer algo. Ya habían cerrado dos muy importantes. Empecé a juntar inversores y finalmente compramos Fonseca sin plata. Era la primera curtiembre de la provincia de Buenos Aires y una de las tres más grandes. Venía en caída y se especializaba en tapicería automotriz. Vendíamos semiterminados hasta que el gobierno de Alberto Fernández y los pro-industriales que yo conocía como Matías Kulfas y Ariel Schale decidieron habilitar la exportación de cuero salado. Antes estaba protegido y por presión de los frigoríficos lo liberaron. El cuero pasó de valer diez a setenta pesos el kilo. Imaginate lo que pasó con mi rentabilidad. Tuve que entrar en convocatoria, hacer retiros voluntarios y reconvertirme a marroquinería. Pasé de 800 a 250 trabajadores.

—¿La idea era aguantar hasta que cambie el contexto?

—Claro, el péndulo argentino. Pensé que en algún momento el tipo de cambio se iba a volver competitivo. Pero llegó Milei y la caída se profundizó. Me quedé sin capital de trabajo y el negocio que había reinventado se cayó. Vendí el 100% de mi participación en Fonseca porque hacía falta una inversión que yo no tenía. Pasé de 250 empleados a tener que cerrar. No hice ruido, no salí en ningún diario ni hubo protestas. Todo se hizo en acuerdo con los trabajadores y su representación.

—¿Cómo es pararte frente a cientos de trabajadores y decirles que hay que achicar?

—Yo caminaba la empresa, cualquiera que quería se me acercaba a hablar. Cuando la situación se complicó, hicieron una gran asamblea en el patio. Me dijeron: “No vengas, hay quilombo”. ¿Cómo no voy a ir? Quieren saber qué pasa con su sueldo, con su laburo. Fui y hablé con todos. Pedí que los que pudieran aceptaran el retiro voluntario, era la única forma de que todos cobraran. Les dije: “No estamos en el Titanic, estamos en los botes. Si nos subimos todos juntos, nos ahogamos”. Me hicieron todas las preguntas que querían y entendieron.

—¿Y con los 250 posteriores fue igual?

—Sí. Lo importante es el diálogo. Desde ese día entendieron. Una vez me dijeron: “¿Cómo vas a ir ahí? Mirá si alguno se pone loco y te tira una piedra”. ¿Cómo le voy a tener miedo a mi trabajador? Si un loco me tira una piedra va a haber 10 tipos que no están locos que lo van a frenar.

—¿Qué medidas tomarías para mejorar la situación del sector?

—Primero, segmentar a las empresas e identificar cuáles necesitan apoyo. No es solo una cuestión de tamaño: hay empresas grandes que producen para el país y también hay que ayudarlas. Después, hacer un coeficiente entre lo que pagás de salarios y lo que vendés —entre los formularios 931 y 730—.Al que paga mejor en relación a lo que vende hay que ayudarlo. Mejor tipo de cambio, menos impuestos, lo que necesite para desarrollarse.

—¿Y a nivel país?

—Tiene que haber un proyecto federal donde cada provincia defina qué sectores va a desarrollar. Acá hubo muchos proyectos que terminaron siendo curros y tampoco hubo buen criterio de los gobernadores para decidir. No hay magia. Muchos dicen que alcanza con una devaluación para ganar competitividad y frenar importaciones. Eso ya se hizo mil veces. Hace falta mucho más para construir una estructura competitiva.

—¿La reforma laboral puede ayudar?

—No me cabe duda de que hace falta una reforma laboral. Hace mucho que trabajo ese tema, pero tiene que hacerse en una mesa con todos los jugadores. No entre gallos y medianoche, porque así no va a funcionar. Yo negocié paritarias durante 10 años y sé que es con ellos con quienes tenés que trabajar. Acá faltaron jugadores en esa mesa. También hace falta reformar la ley de entidades financieras, porque con este sistema financiero no se puede desarrollar un país.

—¿Cuál es el mayor daño que le hizo el gobierno de Milei a la industria?

—No voy a hablar de lo económico, de eso ya hay mucho. Lo más doloroso es lo cultural. Se instaló la idea de que somos los malos de la película, que le robamos a la gente por cobrar más caro. Se construyó un sentido común donde el que invierte su plata, arriesga y genera trabajo pasa a ser el culpable. Y lo peor es que la sociedad compró esa idea.

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