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¿Y ahora qué?

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Verdades presuntas y distorsiones graves

En un mundo atravesado por la multipolaridad, la persistencia del poder nuclear, la crisis de los viejos relatos ideológicos y la subordinación argentina a intereses externos, se vuelve imprescindible revisar las palabras que se presentan como verdades evidentes.

La necesaria referencia a la verdad, y la necesidad de buscarla siempre y en todo lugar, se ha desdibujado al ritmo en que se atomizan los discursos políticos faltos de coherencia. Más vale gobernar a masas confundidas que a ciudadanos exigentes.

El debate político en la Argentina se ha degradado al punto de hacerse irreconocible como intercambio de ideas sobre bases racionales. En su lugar aparecen operaciones deliberadas para crear confusión y una repetición de frases hechas que sirven de contexto a esa degradación.

Esto no ocurrió por casualidad ni fue inventado por la actual gestión. Su aporte —o contraaporte— fue rebasar los límites conocidos en la interacción entre las fuerzas políticas e instalar, en niveles nunca vistos, la mentira como mecanismo de corrupción de los conceptos. Ese fenómeno es, a la vez, síntoma de la degradación cultural que padece la sociedad argentina.

El problema viene de lejos, mediante errores fogoneados de manera persistente por usinas que pretenden imponer su sesgo por encima de análisis racionales, siempre necesitados de revisión crítica y autocrítica. Nada de eso domina hoy la superficie de la opinión pública, aunque existan núcleos que buscan tenazmente los hechos esenciales capaces de explicar el retroceso político y cultural de las últimas décadas.

De los grandes relatos a la nueva fragmentación

En un pasado no tan lejano, no sin cierta ingenuidad, se llamaba ideología a las formulaciones diferentes de las dominantes, casi siempre reservadas a las antípodas de las propias convicciones. Era la época de los grandes relatos, que tuvieron su apogeo en la segunda posguerra mundial, en el período que va de 1945 a 1991 y termina con la implosión de la Unión Soviética.

Ese período coincidió con el sistema bipolar. El gigantesco experimento de ingeniería política y social liderado por Rusia se contrapuso al sistema capitalista hegemonizado por los Estados Unidos y sus aliados occidentales. La existencia de arsenales nucleares capaces de destruirse mutuamente determinó que se impusiera una coexistencia pacífica como fenómeno histórico sin precedentes.

La paridad de armas hizo imposible la guerra total, pero también alimentó el autobombo. Y dio lugar, por esa misma paridad cualitativa, a ensayos de Estados de bienestar en formatos capitalistas y socialistas. Cada sistema, a su modo, trató de mostrar su superioridad mediante propaganda y pruebas de fuerza, incluidas guerras localizadas que no pusieran en riesgo la paz global.

Las tres décadas posteriores a aquellos años, que hoy pueden añorarse en lo que se refiere a la búsqueda de mejores condiciones de vida, dieron lugar a la aparición de nuevos protagonistas. En primer lugar, China, que tras la muerte de Mao y después de superar la Revolución Cultural permitió el regreso al poder de Deng Xiaoping y puso en marcha una veloz urbanización, una expansión productiva interna y una creciente influencia comercial sobre Eurasia, África y América Latina.

En paralelo, la consolidación de India y Brasil como grandes economías, y la recuperación de Rusia bajo el liderazgo de Vladimir Putin desde el año 2000, permitieron formar el bloque BRIC en 2009. Luego se incorporó Sudáfrica, como gesto geopolítico hacia el continente más postergado, y más recientemente se sumaron otros países como Arabia Saudita, Egipto, Emiratos Árabes, Etiopía, Indonesia e Irán. Para la Argentina, que estaba invitada y declinó su incorporación bajo el gobierno triunfante en 2023, se trató de una oportunidad perdida.

Multipolaridad, dólar y paz nuclear

Los acuerdos multipolares de los BRICS incluyen la creación de organismos financieros y buscan favorecer transacciones comerciales en monedas distintas del dólar. Son temas delicados para la hegemonía estadounidense, que también se expresan en la disminución de tenencias de activos de deuda norteamericana, un movimiento liderado prudentemente por China y acelerado por Japón, aliado histórico de Washington desde su derrota militar.

Al calor de esos negocios se derriten muchos de los argumentos que justificaban ideológicamente a los bloques en pugna. Pero la pregunta de fondo sigue abierta: ¿desapareció la paz nuclear con los avances de los países emergentes? En absoluto. Más bien, las cosas se han vuelto más complejas.

Desde el ángulo de esta nota —el deshilachamiento de los cuerpos ideológicos históricos—, la proliferación de armas atómicas generó una salida de escena de la cuestión nuclear, pero de ninguna manera la anuló. Las cinco potencias nucleares que integran de modo permanente el Consejo de Seguridad de la ONU —Rusia, Estados Unidos, China, Francia y Reino Unido— ya no son las únicas. También poseen armas atómicas India y Pakistán, Corea del Norte e Israel, con razones diversas pero asociadas a su propia seguridad regional.

Con la inflación de países nucleares, la antigua puja entre rusos y norteamericanos vio desdibujarse los viejos argumentos entre buenos y malos. Sin embargo, la realidad cruda es que entre Rusia y Estados Unidos concentran alrededor del 90 por ciento de las ojivas atómicas disponibles, casi 11.000.

Ya no tiene vigencia real la vieja pulseada entre capitalistas y comunistas, salvo para Javier Milei. Lo que queda al desnudo es una cuestión de poder que se dirime en una relación de fuerzas sin el envoltorio ideológico de antaño, aunque siga subyacente el antisovietismo con el que se reemplazó la elaborada rusofobia que alimentó a Europa Occidental durante más de un siglo.

La nueva Babel y las palabras vaciadas

Las campañas anticapitalistas, y su espejo anticomunista, procuraban al menos presentar una apariencia de orden y coherencia. Hoy, al no existir en términos reales aquella polaridad clásica, se observa una atomización y una deriva de los términos que antes constituían, o intentaban constituir, un discurso consistente.

Fragmentado el palacio del discurso con pretensiones de valor universal, quedan sus partes sueltas y a la deriva. Eso es justamente lo que necesitan estos tiempos de verdades precarias y fugaces.

Como estas pedagogías no se aplican solo en la Argentina, pueden rastrearse en giros y palabras repetidas por burócratas internacionales. Una de ellas es la invitación a “abrazar el capitalismo”. Otra, la idea de la “apertura” como garantía automática de prosperidad. La acompaña la palabra “modernidad”, como si lo actual no lo fuese y como si ese término bastara por sí solo para convertirse en objetivo deseable.

El caso de Rusia permite ver las distorsiones. Antes de convertirse, para el relato dominante, en el monstruo verdugo de Ucrania, Vladimir Putin había implementado un régimen de apertura de la economía rusa. Su país había abrazado el capitalismo y, por lo tanto, había entrado en la modernidad. Todo eso dejó de computarse al minuto siguiente en que decidió no dejarse atropellar más por la OTAN, luego de considerar agotadas las formas de disuasión frente a la alianza occidental.

Cuando Rusia inició la llamada “operación militar especial” sobre un territorio íntimamente unido a su historia, la especulación dominante sostuvo que las sanciones y embargos llevarían a su economía a una rápida decadencia. Sin embargo, con el paso de los meses hubo que admitir que la economía rusa no solo no colapsaba, aun sin vender gas a Europa Occidental por la voladura de los ductos, sino que prosperaba al encontrar o ampliar mercados con socios como India y China.

Argentina, apertura y negocios externos

En estos días se nos volvió a informar que una nueva ofensiva ucraniana, esta vez con drones, estaba poniendo de rodillas al gigante ruso. Sería el primer caso de una guerra ganada sin soldados. Ese mensaje conecta con las esperanzas de los poderes tecnofeudales que descreen de la democracia y confían en sus propias libertades antes de que ellas se generalicen.

Debilitada como está la capacidad de decisión argentina, todo indica que el plan libertario consiste en facilitar negocios externos en estas playas, incluso bajo el pretexto de la defensa nacional.

Ese parece ser el caso de las 24 aeronaves F-16 con cuatro décadas de vida compradas a Dinamarca, país que las declara obsoletas y opta por la versión más avanzada F-35. Es imposible no asociar este negocio con la compra de los cinco Super Étendard Modernisé adquiridos por el gobierno de Mauricio Macri en 2018, que costaron 14 millones de dólares con repuestos incluidos.

La operación con Dinamarca, en cambio, es por 300 millones de dólares solo por los aviones, y puede llegar hasta 700 millones por la modernización que no proveerá el país europeo sino la fábrica estadounidense Lockheed Martin, sobre un diseño de los años setenta de General Dynamics.

Si los aviones franceses costaban casi tres millones de dólares cada uno, estos cazas norteamericanos baqueteados por los dinamarqueses cuestan diez veces más, incluyendo repuestos, entrenamiento y armamento guiado. La experiencia de Malvinas debería alcanzar como advertencia: entonces los franceses aseguraron a los ingleses que no cederían el software para hacer funcionar los Exocet, aunque la ingeniería argentina logró hacerlo de todos modos.

Hay más tela para cortar, pero por ahora alcanzan estos ejes para introducir nociones interesadas, cuando no meramente confusionistas. Quedan anotados dos núcleos de adoctrinamiento para ocasiones más propicias: la teoría del derrame y la meritocracia como modos de legitimar sistemas desiguales. Dos patrañas al servicio de conveniencias que, como todo lo que ayuda a formar estados de opinión, nunca conviene perder de vista.

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