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Murió Edgar Morin, filósofo de la complejidad que libera

Vivir 104 años no es poco. Hacerlo y dejar una estela de libros ensayísticos, artículos y reportajes preservando la lucidez y sin perder el entusiasmo es una proeza. En el caso de Edgar Morin, un filósofo que al principio de su carrera estuvo en los márgenes de la Academia y ganó espacio después, conforme ganaba influencia, la proeza radica en la actualidad de sus tesis principales, cuando arrecia un pensamiento reduccionista y reaccionario.

El 29 de mayo murió en París, a los 104 años, Edgar Morin. Filósofo, epistemólogo y sociólogo francés de origen sefardí, militó a favor de la República durante la Guerra Civil española, y también fue miembro de la Resistencia francesa durante la ocupación nazi.

Afiliado al Partido Comunista desde 1941, su creciente y manifiesto desencanto con Stalin lo condujo a la expulsión, una década más tarde. Había obtenido las licenciaturas en Geografía, Historia y Derecho, y encaraba la realización de estudios universitarios de Sociología, Economía y Filosofía.

Gran parte de su consolidación académica, por decirlo de alguna manera, se dio entonces a través de una intensa labor como investigador y autodidacta multidisciplinario. Trabajó en el CNRS (Centro Nacional de Investigaciones Científicas), en la Escuela de Estudios Superiores en Ciencias Sociales y en diversos institutos interdisciplinarios, donde desarrolló su teoría del “pensamiento complejo”.

En estos y otros centros de estudio, y fiel a su ideario referido a la interdisciplinariedad, profundizó conocimientos de biología, cibernética y teoría de sistemas, los cuales cristalizarían en El método, su monumental obra en seis tomos. De estos volúmenes, que fueron publicados entre 1977 y 2004, derivarían gradualmente las claves del “pensamiento complejo”, una metodología de reflexión multidisciplinaria e integradora de diversos saberes.

Importa destacar que la “formación” de Edgar Morin, al margen de títulos académicos, fue un proceso de vida continua ilustrándose a sí misma, yendo de la teoría a la práctica y de la práctica a la teoría, o sea, desplegando una praxis consciente para integrar conocimientos de las ciencias naturales, la política, las humanidades, la cultura de masas, el cine y la antropología. Morin fue una figura imposible de encasillar. Y fue también un pensador que se concibió (según sus propias palabras) como un humanista planetario que no vaciló en comprometerse con los grandes debates de su tiempo, desde el antifascismo y la crítica al estalinismo hasta la descolonización, la ecología, la globalización y la defensa de un nuevo humanismo.

El pensamiento complejo

El presidente de Francia, Emmanuel Macron, lo despidió en sus redes sociales con un mensaje tan solemne como desbordante de elogios. Escribió: “Soldado de la Resistencia, militante y liberado, escritor y pensador del siglo, defensor de la naturaleza y de los pueblos, Edgar Morin era el humanismo hecho persona. Con su benevolencia, su curiosidad, no dejaba de iluminarnos. Pensamiento complejo, vida fecunda, espíritu universal. Dirijo a sus allegados las condolencias de la Nación.” Nótese que en el mensaje necrológico del Presidente Macron hubo una referencia conceptual imposible de omitir, la que alude al “pensamiento complejo”, quizás el mayor aporte de Morin.

Es muy frecuentada una cita que sirve de aproximación al tema como ninguna otra. En efecto, aseguró Morin: “Se dice cada vez más a menudo «eso es complejo», para evitar explicarlo. Es necesario proponer una verdadera ruptura y poner de manifiesto que la complejidad es un reto que el espíritu debe y puede conquistar.” También planteó que la complejidad no es una ideología sino un desafío que requiere un cambio del pensamiento y de la educación para enfrentarlo, integrando diferentes saberes y soportando (y asimilando) diversas regresiones.

Siempre manteniendo presente el marco de la transdisciplinariedad que propugna integrar, buscando una visión más holística y humana, saberes superadores de los límites de las disciplinas académicas tradicionales, varios son los principios básicos que permiten una aproximación al enfoque de Morin.

Algunos ya son de general aceptación, como el “de recursividad organizacional”, que rompe con la idea lineal de causa-efecto y plantea que todo proceso es a la vez producto y productor –como los individuos, que son productos y artífices de la sociedad o de la historia.

Otro principio es el “dialógico”, que habilita mantener nociones contradictorias para inteligir un fenómeno, como una suerte de dialéctica en suspenso que postergue la síntesis a fin de que las partes contradictorias permanezcan al servicio de la comprensión. Y también es fundamental en Morin el principio “holográmico”, donde al tiempo que cada parte contiene la información del todo, las partes de un sistema están inscriptas en el todo y viceversa.

Para Morin el pensamiento complejo no es una herramienta destinada a resolver mecánicamente los problemas que depara la realidad. Al igual que sus colegas existencialistas, de quienes fue coetáneo, prestó atención a la caída del ser humano en un mundo abismal, caída que lo colocaría al borde del precipicio, libre hasta la exasperación y lidiando con su propia finitud y la nada.

Pero ante semejante circunstancia Morin no plantea la necesidad de una herramienta para resolverla mecánicamente, sino de una estrategia para vivir y pensar en un mundo donde la incertidumbre, la crisis y la interconexión son constantes. Esa estrategia, con centro en el pensamiento complejo, sería fundamental incluso para abordar cuestiones globales y reformar la educación, buscando que el ser humano pueda contextualizar y volver a conectar los diversos saberes para enfrentar la desafiante problemática de la “era planetaria”. De ahí que sea imprescindible, además, la reforma educativa y civilizatoria que construya gradualmente una conciencia de la “era planetaria”, una conciencia propia de una humanidad que reconozca y asuma su comunidad de destino, la incertidumbre, la interdependencia ecológica, la crisis civilizatoria y la necesidad de un cambio sustantivo de la manera de pensar.

Esperanza y desesperación

Tres factores dan cuenta de la presente “crisis de la humanidad”, según Morin, los cuales se presentan con nitidez apenas se arroja una rápida mirada al entorno. El primer factor viene dado por la fragmentación del saber, o sea, la división del conocimiento en disciplinas aisladas (física, sociología, economía) incomunicadas entre sí. Esta circunstancia, que impide ver el “todo”, bloquea entonces el acceso a la visión de conjunto necesaria para resolver problemas globales.

El segundo factor que da cuenta de la presente “crisis de humanidad” es el dominio de la técnica y la economía, imponiéndose la lógica del mercado sobre la vida humana, hasta considerar incluso a las personas como meros números o engranajes en el marco del “paradigma de la simplificación”.

El tercer factor es la pérdida del sentido de pertenencia a una misma especie merced al imperio de la competitividad y el egoísmo, exacerbados por el individualismo moderno. En consecuencia, es peligrosamente menor la capacidad de responder solidariamente a las amenazas comunes que ponen en peligro la supervivencia humana, como el cambio climático o la desigualdad extrema.

Según Morin siempre, y especialmente cuando las crisis se intensifican, todo reduccionismo, el intento de explicar algo complejo de por sí reduciéndolo a sus componentes más simples, es inconducente. Máxime si coloca entre paréntesis y no acepta la incertidumbre, el hecho de que el futuro no pueda predecirse y que la verdad, lejos de ofrecerse accesible y estática, participa de un proceso en constante construcción.

Tampoco es conducente mantener al observador afuera del acto de observar, advierte Morin, sencillamente porque no existe una observación “objetiva” e independiente. El sujeto que observa, siempre influenciado por su cultura, su tiempo y su contexto, “contamina” el conocimiento y lo convierte en una reconstrucción. Eso respecto del observador; respecto de las cosas que son objeto de la observación, son sistemas abiertos, incomprensibles cuando se aíslan de su entorno.

Edgar Morin fue leído y asimilado en América Latina desde que daba los primeros pasos en su carrera, tal vez porque esas ideas referidas a la complejidad aportaban herramientas aptas para procurar el entendimiento de las crisis políticas y sociales, y el mestizaje cultural de la región. Y conforme Morin ganaba notoriedad y experiencia, a menudo se le preguntaba si era optimista o pesimista, a lo cual respondió, en 2005: “Soy un optimista-pesimista (…), tengo esperanza en medio de la desesperación.”

Esa respuesta recurrente podría habilitar, apelando a una interlocución posible en el seno de la filosofía de posguerra, un juego de complejidad a modo de homenaje y despedida. En efecto, una de las grandes figuras del existencialismo, Jean-Paul Sartre, ante el mismo panorama intelectual que compartía con Morin, lanzó una sentencia célebre: “Prefiero la desesperación a la incertidumbre.” Entonces quedó claro que la certidumbre tendría un costo demasiado alto por derivar en desesperación, borrando del escenario hasta la más mínima esperanza. Y que paradójicamente la incertidumbre, ubicada en las antípodas de los saberes tradicionales reduccionistas, simplificadores y reaccionarios, todavía puede generarla y preservarla.

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