¿Y ahora qué?

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¿Milei se va?

Los gráficos del QMonitor de junio muestran una tensión central del clima político argentino: el rechazo al adversario sigue siendo un motor poderoso del voto, y a la vez la economía personal aparece deteriorada Una mayoría se siente peor que hace dos años. Pero el Gobierno conserva una reserva política en el antiperonismo y en el voto anti. Una pregunta hacia 2027 es si alcanzará con votar contra alguien o si la experiencia material terminará reordenando las lealtades. Y algo más, o algo Musk: ¿a esa altura quedará algo de la Argentina como Estado-nación?

Lo dijo con voz suave, y con las pausas de quien está acostumbrado a dar misa y observa el efecto que causan sus palabras. Responsable de la Pastoral Social de Buenos Aires, el sacerdote Carlos Accaputo fue uno de los presentadores de Alejandro Slokar cuando el jurista recibió el Honoris Causa de la Universidad de Morón. La disertación de Slokar sobre la justicia social como condición necesaria para la democracia se publica en esta edición. Es una pieza maestra. Accaputo, que tiene 73 años y trabajó codo a codo con Jorge Mario Bergoglio, contó que cuando estudiaba en Roma, en 1988, un día cayó un grupo de señores vestidos de negro, relucientes y atildados. Uno de ellos dijo: “El mundo será global. Y no se preocupen por las naciones. Habrá un CEO por país”.

–Un CEO por país –repitió Accaputo ante Slokar y doscientas personas.

Después hizo silencio.

Doce ceros

Unos días después, la empresa SpaceX de Elon Musk salió a la Bolsa y convirtió a Musk en la primera persona de la historia que supera un patrimonio neto de un billón de dólares. Es decir, un millón de millones de dólares. Es decir, un uno y doce ceros de la moneda verde.

Space X ya no es solo una compañía de cohetes. Combina lanzamientos espaciales, internet satelital, inteligencia artificial, infraestructura digital y contratos estratégicos.

No es sólo una noticia de Wall Street.

Es una noticia que ilustra cómo se va conformando el nuevo poder mundial.

Según informó la agencia Reuters, la compañía colocó acciones a 135 dólares, recaudó unos 75.000 millones de dólares y alcanzó una valuación cercana a 1,77 billones de dólares. Al debutar en el Nasdaq bajo el símbolo SPCX, SpaceX quedó entre las compañías más valiosas del mercado estadounidense.

Musk conserva el control de SpaceX mediante una participación mayoritaria y un poder de voto dominante. También acumula influencia en Tesla, Starlink, Neuralink, xAI, X y The Boring Company.

La noticia despierta las mismas preguntas que provocó en la Argentina la llegada de Peter Thiel, el fundador de Pay Pal y principal accionista de Palantir, la firma que tiene negocios que van desde la estructura de vigilancia de ICE hasta los drones de Medio Oriente.

El espacio, la infraestructura energética, la comunicación de masas, la defensa, la energía y la innovación tecnológica durante el siglo XX eran privativas del Estado-nación.

¿Sigue siendo así?

¿Surgió un poder mayor a la propia Casa Blanca o en todo caso se articulará con el Estado norteamericano y sus diferentes agencias de inteligencia y guerra?

Los Estados financian, contratan, habilitan, regulan (o no regulan, como Su Excelencia en la Argentina), pero cada vez más dependen de plataformas privadas. Es una discusión permanente en los Estados Unidos, pero no un dilema para el Presidente Javier Milei: ya decidió la dependencia respecto de corporaciones privadas y a la vez de las decisiones geopolíticas de Donald Trump, que fue su jefe de campaña en octubre de 2025.

Los Milei y León XIV

La salida a la bolsa de SpaceX dialoga directamente con Magnifica humanitas, la primera encíclica de León XIV. El Papa no condenó la tecnología. Condenó su absolutización como herramienta de concentración aún más aguda del poder y de su aplicación bélica. El Papa opuso a esta tendencia los criterios de bien común, dignidad humana, justicia social y gobernanza pública.

Es natural que el Estado de los Milei no vea señales de alarma soberana. Es extraño que la oposición pase por alto la magnitud de esta novedad. La concentración tecnológica implica no solo desigualdad económica sino límites cada vez más agudos a las decisiones autónomas. Desde qué satélite se coloca en el espacio a qué sectores de la salud se les otorga prioridad.

El voto contra el otro

Manuel Adorni desplegó su campaña porteña de 2025 con un lema: “Adorni es Milei”.

Con las novedades de los últimos días, queda claro que el lema puede ser reversible: “Milei es Adorni”.

En el caso $LIBRA, hay un dato nuevo que es crucial. Un informe técnico preliminar de la Dirección General de Cibercrimen de la Policía Federal, incorporado a la causa judicial, concluyó que el contrato inteligente necesario para comprar el token no era público antes del posteo presidencial. Según la reconstrucción difundida, la publicación de Milei del 14 de febrero de 2025 fue la primera difusión pública del contrato para adquirir $LIBRA. Eso contradice la explicación del Presidente, que había dicho que lo había encontrado en internet.

Ya no se trata solo de que Milei “difundió” o “promocionó” una criptomoneda que después de dejarle ganancias a un grupo se desplomó desplumando a los demás. Resultó también que el código que publicó no estaba disponible para cualquiera. ¿Quién le dio a Milei ese contrato? ¿Por qué lo tenía a disposición? ¿Qué sabía antes de publicar el tuit que habilitó el negocio?

El gran Capone

Hay un costado penal. Al Capone, el gángster que Su Excelencia endiosa como un héroe, no cayó por los asesinatos sino, justamente, por la evasión impositiva que deslumbra al Presidente y, como acaba de verse, es un ejemplo para su jefe de Gabinete.

Al Capone fue acusado durante años de contrabando, juego ilegal, corrupción, extorsión y asesinatos. Pero lo que finalmente lo llevó a prisión fue no haber declarado ingresos. En 1931 fue condenado a once años de cárcel por evasión fiscal. El Estado no pudo probar todo el mapa criminal que le atribuía, pero sí que gastaba como millonario y no podía justificarlo ante el ente recaudador. Una seria inconsistencia.

En La Nación+, el jefe de Gabinete le admitió al periodista José del Río que él y su esposa tenían ahorros no declarados por alrededor de 500.000 dólares. “Ahorramos en negro, como todos los argentinos”, dijo. No especificó como cuántos de esos compatriotas, y si comparaba el negro de 100 dólares de una jubilada con el barrani del funcionario que según la Constitución es el administrador general de la Argentina.

QMonitor registra que el caso Adorni era “el frente más corrosivo para el oficialismo”, porque la consigna “créditos de la casta” invertía el eslogan más distintivo del Gobierno y conectaba el episodio con $LIBRA dentro de una conversación más amplia sobre “corrupción en cascada”.

El dinero físico, ya no sólo los números de la dichosa macro, tiene una potencia simbólica que los discursos no controlan. Sobre todo cuando los números son comprensibles y las triquiñuelas son visibles. O confesadas.

¿Una debilidad útil?

Más allá de torpezas personales y aun de violaciones éticas o delictivas, conductas como las de Milei o Adorni plantean una paradoja.

Por un lado, puede convenirles a los Musk o a los Thiel un gobierno débil que además esté dispuesto a regalar el control del Estado y a cederles un patrimonio social construido durante décadas.

Por otro lado, o los Estados Unidos y sus socios/competidores de gran porte preservan cierta legitimidad en sus vasallos de las colonias, o los reemplazan a tiempo antes de que lleguen las hordas populistas.

¿Llegarán?

El QMonitor de junio de 2026 deja una imagen incómoda para todos los espacios políticos y revela que la política argentina no escapa a una regla sudamericana. En Perú quien gane la Presidencia tras el recuento final lo hará por unos miles de votos sobre 16 millones de sufragantes. En Colombia el escenario ya es una copia de Bukele y Milei contra el centroizquierda de Iván Cepeda. En Brasil la pelea entre Lula y Flavio Bolsonaro (ahora bautizado Tariflavio) es voto a voto.

Si en esos tres países imperan las identidades negativas, ¿por qué en la Argentina no sería un argumento de votación, también, poner en la urna una boleta para impedir que vuelva otro? ¿Por qué no votar por rechazo antes que por entusiasmo?

La encuesta de QSocial fue realizada entre el 7 y el 28 de mayo de 2026, con 1.829 casos efectivos, muestra probabilística y estratificada, y un margen de error de +/- 2,3%. Ese contexto metodológico importa porque las páginas 69, 70, 79, 80 y 81 permiten leer no solo preferencias electorales, sino la estructura emocional que puede ordenar el voto presidencial de 2027. Con la foto de hoy, por supuesto. La mención a las páginas es porque si quieren, pueden descargar el trabajo completo aquí.

El primer dato aparece en la página 69. Ante la frase “Estoy dispuesto/a a votar a alguien que no me gusta del todo si creo que puede ganarle al candidato que menos quiero”, el país queda partido en dos partes casi exactas: 44% está muy o bastante de acuerdo, 44% está poco o nada de acuerdo y 13% no sabe. Es decir: el voto anti no es marginal ni residual. Es, o puede ser, masivo.

El dato se vuelve más interesante por segmentación. Entre los mileístas, el acuerdo llega a 57%. Entre los votantes del PRO, sube a 63%. Entre los radicales, trepa a 86%. Ahí aparece una señal fuerte: el voto anti funciona como pegamento posible de una coalición no peronista. Incluso si no hay especial entusiasmo por el candidato o candidata. Si no hay amor, puede funcionar el espanto.

En cambio, entre los independientes, el acuerdo con la frase propuesta desciende a 37%, con 46% en desacuerdo y 17% de no sabe. Ese segmento es decisivo porque no parece dispuesto a firmar cualquier cheque electoral solo para derrotar al adversario. Puede votar contra alguien, pero también puede abstenerse, votar en blanco o pedir una oferta más convincente. En la izquierda, el desacuerdo es aún más alto: 72% entre poco y nada de acuerdo. Allí puede pesar una tradición de voto identitario o programático. En este último caso la incógnita es qué sucedería en caso de balotaje.

La página 70 precisa el componente ideológico del rechazo. Ante la frase “Si el peronismo o el kirchnerismo vuelven al poder, será un retroceso para Argentina”, el 44% está muy o bastante de acuerdo, el 47% está poco o nada de acuerdo y 9% no sabe. Otra vez, la sociedad queda prácticamente dividida. No hay mayoría aplastante antiperonista, pero sí una masa suficiente para ordenar una elección competitiva.

La segmentación muestra una polarización extrema. Entre los mileístas, el acuerdo llega a 92%. En el PRO, a 93%. En la UCR, a 80%. En el PJ-kirchnerismo, el desacuerdo domina con claridad: el 81% no está nada de acuerdo con la afirmación y el 13% poco de acuerdo. Entre los independientes, el resultado es mucho más abierto: 43% acuerda, 42% desacuerda y 15% no sabe. El antiperonismo atraviesa a los independientes, pero no los domina por completo.

La fantasía antiperonista

El oficialismo puede estar soñando con la repetición de su triunfo de 2023. Su fantasía es que el antiperonismo siga tan vivo que ordene al PRO, arrastre a la UCR y pueda condicionar a una parte del electorado sin partido. Pero también hay una advertencia: si el Gobierno depende demasiado de esa identidad negativa, puede encontrar un techo. El independiente no es necesariamente mileísta. Puede ser antikirchnerista, pero al mismo tiempo estar descontento con el presente económico.

En este punto entra el análisis descripto en las páginas 79, 80 y 81.

En la página 79 el QMonitor pregunta por la situación económica personal actual. En mayo de 2026, apenas el 18% la evaluaba positivamente, el 45% la consideraba regular y el 36% negativa. El dato es duro porque muestra un deterioro respecto de enero, cuando la evaluación positiva había llegado a 34%. Desde entonces, la percepción personal cayó de manera clara. La mejora macro con la que insiste en machacar el Gobierno no se traduce en una sensación extendida de bienestar individual.

El desglose por segmentos confirma que el optimismo económico está políticamente encapsulado. Entre los mileístas, la evaluación positiva es de un 43%. En todos los demás grupos queda muy por debajo: 5% en el PJ-kirchnerismo, 13% en el PRO, 9% en la izquierda, 16% en UCR y alrededor del 13% entre los independientes.

Incluso dentro de electorados no peronistas, la economía personal no aparece como un logro contundente.

El contenido de la página 80 agrava el cuadro. Al comparar su economía personal con la de hace dos años, el 54% dice estar peor, el 25% igual y solo el 21% mejor. El dato tuvo un leve alivio para Su Excelencia respecto de marzo, cuando el “peor” había llegado a 64%, pero sigue siendo mayoritario. Más de la sociedad siente que perdió respecto del pasado reciente.

El único segmento donde una porción importante declara estar mejor es el mileísta: 47%. En los independientes, apenas el 18% dice estar mejor. En el PRO, el 13%. En el PJ-kirchnerismo, un 5%. La conclusión es clara: la narrativa del sacrificio con recompensa ya no se distribuye de manera transversal. Sobrevive con fuerza en el núcleo oficialista, pero pierde potencia en el electorado intermedio.

La página 81 del QMonitor introduce la expectativa futura. Cuando se pregunta cómo creen que estará su situación económica dentro de un año, el 30% dice que estará mejor, el 23% igual, el 39% peor y un 9% no sabe. Hay algo de esperanza, pero no suficiente para compensar la evaluación del presente y del pasado. La expectativa positiva se mantiene lejos del pico de noviembre de 2025, cuando había alcanzado 48%.

Otra vez, el optimismo está concentrado. Entre mileístas, un 92% cree que su situación económica estará mejor dentro de un año. Entre independientes, solo un 19%. En el PRO, 18%. En la UCR, 16%. En el PJ-kirchnerismo, el optimismo es prácticamente nulo. Esto muestra una brecha decisiva entre fe política y percepción económica.

El mileísta cree en la recompensa futura. Casi una postura sacrificial.

El resto, en general, duda o directamente no la ve.

La combinación de estos cinco gráficos permite una lectura de fondo. El Gobierno conserva un activo electoral poderoso, que es el rechazo al peronismo y al kirchnerismo. También cuenta con una disposición relevante que consiste en el eventual voto táctico contra el candidato menos querido. Pero el módulo económico muestra que ese activo convive con una fragilidad material cada vez más visible. La pregunta de 2027 no será solamente quién puede ganarle a quién. Será quién logra convencer a una sociedad que, en gran parte, se siente peor, duda del futuro y no encuentra todavía una mejora concreta en su vida cotidiana.

El oficialismo necesita que el voto anti pese más que el bolsillo, y sobre todo que la percepción del bolsillo, porque ahí entran en juego factores de relativo conformismo o señales de disgusto.

La oposición precisa que el bolsillo pese más que el miedo al regreso. Sobre todo, al regreso de una caricatura de fracaso que la maquinaria de redes libertaria agranda permanentemente, casi dueña de la cancha ante la pasividad, suicida si no reacciona a tiempo, del peronismo y sus precandidatos.

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