Las acusaciones de racismo lanzadas contra los argentinos después del Mundial reproducen las mismas representaciones coloniales y los prejuicios de clase que pretenden combatir. Los bienpensantes del norte global construyen estereotipos sobre la Argentina mientras permanecen ciegos ante sus propias historias y violencias. La bandera de Malvinas desplegada después del partido contra Inglaterra alteró el guion del megaespectáculo futbolístico y activó una campaña contra una identidad nacional híbrida, desprolija y antiestablishment. El problema es el desacato a los modales del orden global.
Jauretche tenía razón en todo. Hay zonceras argentinas, sandeces despectivas sobre nuestra historia, nuestra cultura y nuestras capacidades, repetidas una y otra vez por la intelligentsia. Pero hay también zonceras internacionales: representaciones de lo “otro” bajo el registro del “otro abyecto” o del “otro pobrecito” al que hay que emancipar de sus propios fallos, como el de no haber nacido alemán o estadounidense.
Los tarados que salen en jauría a acusarnos a los argentinos de villanos y racistas se bañan en las mismas aguas lodosas del prejuicio de clase y el espíritu supremacista que pretenden denunciar.
El fútbol fue el disparador. Todo venía bien en el megaespectáculo de apuestas y videojuegos del capitalismo de plataformas. Messi era la mercancía estrella de la cadena de valor político-religiosa del Mundial de América del Norte. Religión, de esa que era el opio de los pueblos.
Pero la cosa puede fallar. Y falló, porque los argentinos, como los peronistas, son incorregibles. Hay algo en nuestra identidad que sabe perturbar. No construye, pero por lo menos late. No es mera conciencia zombi.
Y hay intereses en la red de zonzos.
Las maniobras del antagonista, que quiere quedarse con nuestro territorio y doblegar el programa de civilización humanista que forjó desde su origen esa maravilla que es Iberoamérica, siempre apuntan a esmerilarnos la alegría y conducirnos al autodesprecio.
Las balas vinieron esta vez del campo progresista, es decir, liberal izquierdista. Es decir, de esa patología tempranamente diagnosticada por el doctor Uliánov.
¿Pero esto forma parte de un complot contra la Argentina porque somos los mejores?
A ver: hay en el sentido común de los argentinos una propensión a leer los acontecimientos en clave conspirativa. Esta nebulosa que resulta inasible para los bienpensantes del norte global, “lo argentino”, padece una predisposición a la desconfianza sistemática. Los mecanismos del rumor funcionan bien en la Argentina y enturbian muchas veces, incluso deliberadamente, la interpretación sensata, razonable o científica de la historia.
Hasta ahí, la dimensión local de la condición zonza de la zoncera. Pero el sociólogo francés Gérald Bronner sostiene que ese no es un atributo exclusivamente argentino. Habla de la democracia de los crédulos, que creen porque quieren creer, no porque hayan sido convencidos con estadísticas y métricas.
También lo dice Daniel Kahneman, el gran ilustrador de lo que es un sesgo cognitivo. Porque de eso se trata. La boludez, la connerie, es materia de estudio serio en Francia y en los Estados Unidos. Los libros Idiot America y The Coddling of the American Mind son piezas indispensables para comprender a los angloboludos.
Lo que ocurre con los señores políticamente correctos del norte es que las estructuras dogmáticas del campo cognitivo burgués al que pertenecen iluminan y sobrerrepresentan algunas cosas, mientras invisibilizan otras. Los convierten en expertos en radiografías y en ciegos para verse los granos de sus propias narices.
Boludos, en síntesis.
Malvinas alteró el guion
Un mecanismo de fabricación de consenso se activó después de que enrostráramos, todos los argentinos, la bandera de la dignidad y la autoafirmación nacional a los piratas británicos al final del partido contra Inglaterra.
Esa compulsa terminó cambiándolo todo en las redes sociales y en los grandes medios. En fila, la agencia de noticias financieras que ama a Milei, Bloomberg, se colocó en el mismo campo del puritanismo moral de los izquierdistas de The Guardian.
La crónica de estereotipos construidos con datos sueltos obtenidos de las redes sociales fue patéticamente escrita por un autor afrodescendiente, como si eso le diera estatura moral para ser él mismo estereotipador y adjetivador.
Por cierto, esta situación evidencia, una vez más, que, como bien dice Jeffrey Sachs, los ingleses son los inventores de todo lo peor que hay en el mundo, incluidas, sobre todo, las teorías de la pureza de sangre.
¿Qué es lo que no hay en la Argentina y que sí hay en los países donde se aloja la comodidad cultural de los bienpensantes?
No tenemos un Ku Klux Klan, que existe aún hoy en los Estados Unidos. Así que Samuel L. Jackson debe hacerse cargo de que es estadounidense y modelo, y de que convive como ciudadano, no solo como víctima, con ese orden en el que está todo bien con que haya logias masónicas protestantes racialistas y que sus grandes maestres se referencien en los tribunos de su Corte Suprema.
No todo afrodescendiente es un revolucionario. Y, cuando los hubo en el gran país del norte, sus emblemas fueron el Che Guevara, no, como ahora, Martín Lutero y Charles Ingalls.
La vergüenza debería llamar a silencio a los progres anglos después de haber tenido un presidente afrodescendiente que inauguró la era de los asesinatos discrecionales con drones y otro presidente demócrata, Joe Biden, que dio el puntapié inicial al genocidio en Gaza, acodado en la dupla de los Clinton.
Tampoco tenemos en la Argentina manifestaciones masivas de nazis, neonazis o neorreaccionarios racialistas encapuchados por las calles, pidiendo que expulsen a los moros y a nosotros, como sí las tienen en Inglaterra, España, Francia y Alemania.
Nuestra sociedad padece la misma indiferencia y apatía hacia la política y la democracia que el resto del planeta, pero no nos organizamos en falanges que desfilan, asustan y desafían bajo protección policial.
España tiene un presidente socialista que protege como puede lo que le queda del Estado de bienestar y se opone al genocidio en directo que ejecuta el lobby de Israel. Se saca un “muy bien, felicitado”.
Pero su país es una monarquía. Y Vox construye su llegada al poder sobre las incompetencias de esa progresía, cuyos proyectos más audaces mueren apenas nacen porque sus dirigentes priorizan sus braguetas antes que sus programas revolucionarios.
No tenemos tampoco fuerzas políticamente correctas, como la socialdemocracia francesa, responsables de 600 mil muertos en Argelia, porque los derechos humanos y la civilización francesa necesitaron inventar los vuelos de la muerte, las crevettes Bigeard, y la picana portátil, la gégène.
Sí, sí: la socialdemocracia francesa financia la cultura de vanguardia y los exotismos étnicos de historieta. Pero, cuando había que entregarnos los Exocet que podían diezmar aún más a la flota pirata en Malvinas, lo primero que hizo un socialista fue someterse a Margaret Thatcher, la madre de la criatura de este capitalismo de corporaciones.
Y, si parece que me fui al carajo, es porque efectivamente Malvinas fue la fibra que empañó la visión de una Argentina-Disneylandia, con un presidente payaso y Messi como goleador mundial, y activó la ingeniería de trolls que narran cuentitos de argentinos racistas para giles ilustrados.
¿Racistas nosotros?
Desde que se creó el país en el siglo XIX, las derechas globales quieren importarnos sus segmentaciones de otredades, que provienen casi siempre de la cabeza cuantificadora.
Pero si hasta Albert Camus fue siete años policía colonial. Dios me perdone por lo que acabo de escribir.
A los argentinos nos gustan Shakespeare, Harold Pinter, Samuel Beckett, Eugène Ionesco y Edward Albee, Wagner, Tchaikovsky y los Beatles. Somos fanáticos de Motörhead. Lemmy, por cierto, dijo que las Malvinas eran argentinas, pero que el tema le chupaba un huevo. También somos fanáticos de Kiss, Truman Capote, Norman Mailer y Woody Allen.
Más todo lo demás.
Eso es lo que nos hace nosotros.
Entonces, cada vez que se manifiesta esa cosita de identidad desprolijamente antiestablishment, nos impugnan porque somos nacionalistas. Ahora agregan que somos los “más villanos”, expresión estúpidamente anglo, porque para nosotros villana es Cruella de Vil. Nuestros antagonistas son hijos de mil putas.
Y racistas.
¿A nosotros?
Somos el híbrido mejor cohesionado, con criollos, tanos y españoles, árabes y semitas de todas las religiones, coreanos, japoneses y chinos, colonizadores y princesas incas, todos mezclados y entrecasados.
¿Nos van a correr a nosotros, que tuvimos un presidente y líder político nieto de pueblos originarios, Perón se llamaba, otro árabe y musulmán, y ahora a este delirante que anda por ahí cabeceando el Muro de los Lamentos al grito de “soy el más sionista del mundo”?
¿De qué pureza racial creen que salimos los que ni apellido trazable tenemos?
¿Y pretenden que nos avergoncemos de nosotros mismos quienes añoran la recuperación de Alsacia y Lorena a los pies del Arco del Triunfo?
¿Porque una señora tarada emitió ante una cámara expresiones racistas y un pibe de barrio se agarró a piñas al final de la final?
¿Fueron alguna vez a un estadio de fútbol?
¿Y que nosotros, los demás argentinos, cada vez más entendidos de ese viejo nacionalismo revolucionario que nos enseñaron Ricardo Carpani y Juan José Hernández Arregui, tenemos el presidente que nos merecemos, mientras ellos eligen dos veces a Trump, al genocida Biden, al asesino serial Obama, al banquero Macron y al sionista Keir Starmer?
¿Quién en el norte se cree con derecho a fiscalizarnos?
La fabricación de un estereotipo
Algunos influencers se arrepintieron de subirse a la ola. Javier Bardem pidió disculpas. Patti Smith, a quien sacan del museo beat en raras ocasiones, y esta vez para hablar mal de nosotros, también.
Que los disculpen los bienpensantes.
Su pecado no fue hablar mal de algunos argentinos. Su pecado fue representar tipos humanos colectivos mediante estereotipos.
Eso es racismo.
E idiotez, porque esa mirada colonial fue construida sobre videítos de TikTok, enfoques de cámaras durante la transmisión de una premiación y comentaristas burros encargados de anclar sentidos.
Por otra parte, sus ilustrísimos representantes no llevaron este debate al Panteón o a Harvard. Lo hicieron a causa de un Mundial de fútbol.
Entonces, yanquis y europeos de todos los colores: déjense de joder.
Nosotros somos los explotados del mundo, los desheredados de la tierra. Les molesta de nuestros excesos el riesgo real de fractura del statu quo.
Que, además de gritar que las Malvinas son constitucionalmente argentinas, vayamos a querer que los ríos, el mar, la Antártida, el litio, el gas y la tierra sigan siendo nuestros.
Progresistas del mundo, desuníos. Dejen descansar esos deditos.
O, mejor aún, llámense a silencio.
Hagan cositas lindas: películas con actores argentinos, editen libros de nuestras autoras, cómanse un buen bife de chorizo.
Y tengan más respeto.
Nosotros no perdimos todo un continente arrebatado por uno que se llamaba Pepe Botella, ni tenemos un rey prófugo protegido por autócratas árabes.
Nuestro tiempo corto es de doscientos años, pero no nos chupamos el dedo.
Hablamos castellano. Somos parte de una civilización construida en España y luego en América del Sur, con hibridaciones de tres tradiciones religiosas, más todo lo ruso, armenio, francés, alemán, celta, judío europeo, judío español y judío árabe que se nos canta.
Nos reprochan la Patria
Finalmente, nosotros, los acusados, tenemos que agradecer que esta verdadera campaña sea, justamente, una campaña contra eso que la Argentina tiene de universal y humanista.
No contra la banderita patriotera que flamea en los taxis para celebrar mundiales, sino contra el valor del desacato a los modales del orden global. El orden de las burguesías y las tecnooligarquías todopoderosas que tienen como retaguardia a los izquierdismos zonzos de Europa y de los Estados Unidos.
A todos ellos, gracias por sacudirnos la modorra y por ayudarnos a entender que la excepcionalidad de este cambalache que es la Argentina sigue siendo el horizonte del humanismo anticolonial.
Nos reprochan la Patria.
Será porque la Patria existe.
Entonces, todo es posible.