Al mirar con cierta distancia los números del operativo montado por el jefe de Gobierno porteño, si se sigue su lógica harían falta 1825 operativos anuales. Y el resultado sería sólo una reducción del 3 por ciento de la oferta de cocaína.
Mil quinientos efectivos de la Policía de la Ciudad de Buenos Aires, dos helicópteros, un camión blindado llamado Fénix e infinidad de vehículos de traslado constituyeron, según algunos medios, el mayor operativo contra el narcotráfico realizado en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.
El procedimiento, denominado “Tormenta Negra”, se llevó a cabo el 15 de mayo de este año bajo la consigna de “pacificación y orden”. La puesta en escena, con la presencia estelar del jefe de Gobierno porteño, fue digna de una película de acción o de una serie de Netflix: espectacularidad operativa, control territorial y una cuota nada desdeñable de estigmatización de la pobreza.
Vale la pena analizar “Tormenta Negra” a partir de algunos de sus números. En general, el éxito de estos operativos suele medirse por la cantidad de sustancias secuestradas. Pero esa valoración es incompleta y, en buena medida, falaz. Frente a una oferta que no deja de crecer y una demanda inelástica, reducir el problema del narcotráfico al secuestro de sustancias es una herencia del fracaso mundial de las políticas prohibicionistas centradas en restringir la oferta.
Los números detrás del espectáculo
Aunque la información fue difundida de manera dispersa, puede concluirse que se secuestraron unas 300 dosis fraccionadas de cocaína. Tomando datos de diversas fuentes, aun con margen de error, se estima un consumo diario de 200.000 dosis en el área metropolitana, de las cuales unas 50.000 corresponderían a la Ciudad de Buenos Aires. En ese escenario, las 300 dosis secuestradas representarían apenas el 0,6 por ciento del consumo diario porteño.
Supongamos que se quisiera eliminar la oferta por esta vía y que se realizaran cinco operativos diarios de magnitud similar durante los 365 días del año. El acumulado arrojaría el secuestro de 547.500 dosis frente a un consumo anual estimado de 18.250.000 dosis. Es decir, apenas una afectación del 3 por ciento del mercado.
Para lograr eso harían falta 1.825 megaoperativos anuales y 2.737.500 asignaciones policiales. La exigencia sería de cumplimiento imposible para la Policía de la Ciudad de Buenos Aires y también para cualquier otra fuerza de seguridad. Habría que multiplicar por diez la fuerza operativa policial, además de afrontar los gastos logísticos, de infraestructura y de despliegue.
Para el narcomenudeo, una pérdida del 3 por ciento de la oferta, o pérdidas aisladas y fraccionadas, no genera dificultades reales. Forma parte de los riesgos asimilables de la actividad.
Bunkers, delivery y reposición inmediata
Algunos podrían defender el operativo diciendo que se atacaron bunkers o puestos de venta. Según se informó, se inutilizaron cuatro bunkers. Pero la pregunta es inevitable: ¿alguien puede suponer que el abastecimiento de drogas ilícitas en la Ciudad de Buenos Aires puede deteriorarse de manera significativa eliminando apenas cuatro espacios de venta?
Si se clausura un bunker, se abre otro. En esta actividad, la demanda fija determina la oferta. Eventualmente, se fortalecen los sistemas de delivery u otras formas de comercialización. La sustancia secuestrada se repone rápidamente y, mientras tanto, en algunos estratos de consumo, para sostener la oferta, se aumenta “el corte” y se mantiene la demanda.
El impacto económico del operativo sobre el mercado ilícito también fue mínimo. Aunque las estimaciones monetarias en esta actividad siempre son aproximadas, por tratarse de un mercado ilegal, algunos cálculos ubican el negocio de la cocaína en la Ciudad por encima de los 250 millones de dólares anuales. En “Tormenta Negra” se habrían confiscado, a valor de mercado, alrededor de 3.000 dólares. Es decir, el 0,001 por ciento de la estimación anual total.
Lo perdido por el narcomenudeo representó aproximadamente seis minutos de actividad del narcotráfico en la Ciudad de Buenos Aires: la nada misma.
El parto de los montes y las aldeas de Potemkin
La fábula número IV de las Fábulas de Esopo, conocida como “El parto de los montes”, cuenta que los montes dan terribles señales de estar gestando algo inmenso. La naturaleza se estremece y los ruidos subterráneos generan un estruendo aterrador, como si estuviera por nacer algo colosal. Sin embargo, los montes dan a luz a un pequeño ratón. Mucho ruido y pocas nueces.
El operativo “Tormenta Negra”, con toda su espectacularidad, arrojó una insignificancia semejante: menos del 0,001 por ciento de la oferta destinada al consumo anual. Apenas una laucha dentro de la problemática del narcotráfico. Apenas una mancha insignificante dentro de un fenómeno mucho más amplio.
También puede compararse con el mito de las llamadas “aldeas de Potemkin”, cuando Catalina la Grande emprendió su viaje a Crimea y, a su paso, se mandaron a construir fachadas y pueblos simulados que se montaban y desmontaban para engañarla. Se pretendía que Catalina se sintiera orgullosa de conducir un imperio próspero. Era una simulación, un engaño.
Con “Tormenta Negra” se montó un espectáculo similar de engaño televisivo y mediático. Los bunkers filmados y derribados son apenas una fachada cínica para ocultar el fracaso de las políticas estatales frente al narcotráfico. Simulan control territorial mientras la actividad criminal, detrás de los decorados, continúa con la misma intensidad y permanencia.
El dinero narco quedó intacto
Hay otro número decisivo: ¿cuántas cuevas financieras se allanaron con motivo del operativo? La respuesta es contundente: cero. La ausencia de una investigación criminal compleja que ataque el circuito del dinero negro permite la más absoluta impunidad para los verdaderos dueños de este mercado criminal.
Por eso cobra relevancia la crítica del arzobispo de Buenos Aires, Jorge García Cuerva, quien cuestionó el operativo y definió “Tormenta Negra” como el nombre de las políticas que surgen cuando el Estado se retira y permite el avance del narcotráfico.
Frente a ese diagnóstico, resulta imprescindible desarrollar una política multidisciplinaria que instale una campaña de reducción del consumo, priorice la persecución de los eslabones superiores de la cadena criminal y dañe patrimonialmente a quienes organizan el negocio. También es necesario impedir el blanqueo de activos mediante una política multiagencial de persecución criminal.
Por supuesto, eso debe ir acompañado por políticas sostenibles de integración urbana e inclusión laboral. Todo otro intento ha demostrado su más rotundo fracaso.
Un operativo molinaresco
El narcotráfico es un tema demasiado serio como para transformarlo en un show mediático de alto impacto y nula efectividad material.
En Seis problemas para don Isidro Parodi, obra escrita conjuntamente por Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, aparecen dos personajes centrales. Por un lado, el comisario Molinari, quien ante cada crimen moviliza batallones y presiona a la prensa, pero más allá del show no termina descubriendo nada. Por otro, don Isidro Parodi, un antiguo peluquero preso por un crimen que no cometió, que desde su encierro esclarece hechos y descubre culpables mediante un método sencillo: escuchar y relacionar hechos y circunstancias.
Mientras el comisario Molinari genera grandes operativos y apenas produce confusión, Parodi, pacientemente, va marcando el camino.
“Tormenta Negra” parece un operativo molinaresco. Mucho ruido y pocas nueces. Tantas cámaras de televisión para, apenas, capturar un ratón.