Peter Thiel en Argentina es motivo de especial preocupación, sobre todo cuando a nivel planetario quedan cada vez menos dudas de que la Inteligencia Artificial debe ser severamente regulada. El impacto de su desenvolvimiento trasciende el plano socio político y puede provocar daños ambientales irreversibles.
Hay quien observó con malicia que en la sexta edición del Diccionario de filosofía de José Ferrater Mora,la última realizada íntegramente por él en 1979 y publicada por Alianza Editorial en Madrid, no se concedió una entrada al escritor y docente francés René Girard. Incluso para bajarle más el precio -y aumentar la malicia, aunque acotando la observación al mundo hispanohablante- no falta quienes advierten que en los cuatro tomos de esa edición, que suma casi 3600 páginas, Girard ni siquiera fue mencionado.
Docente en varias universidades estadounidenses, como las de Duke y la Johns Hopkins, René Girard dictó clases en la de Stanford desde 1981 hasta su jubilación, en 1995. Esta universidad está situada en la costa oeste, a 56 km de San Francisco, en el extremo norte de Silicon Valley. Su oferta educativa, amplia y variada, se destaca en áreas como Ingeniería (Mecánica, Civil y Aeroespacial), Física y Matemáticas, Informática(Computer Science), Biología y Ciencias Biomédicas, Economía, Ciencias Sociales, Análisis Financiero y Antropología. La orientación de los cursos de Girard, sin embargo, era marginal respecto del posestructuralismo, por entonces la mainstream hasta la obscenidad en las casas de altos estudios de los EE.UU.
Pero el éxito de un profesor no sólo sería mensurable por el reconocimiento de la moda hegemónica -y su visibilidad, como se dice ahora, resultante de algo así como una razón numérica o estadística-, sino también por el peso específico adquirido por algunos de sus alumnos.
En tal caso ameritaría destacar que Girard dio clases a Peter Thiel, quien devendría uno de los máximos magnates tecnológicos de Silicon Valley, aportante inicial de Facebook, cofundador de PayPal y Palantir y -desde hace un par de meses- indisimulable vecino de Palermo Chico, en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. También ameritaría destacar que esa relación docente-alumno, iniciada en Stanford a fines de la década de 1980, derivó en una amistad profunda y de largo aliento que duraría casi tres décadas, hasta el fallecimiento de Girad en noviembre de 2015, con 91 años.
Para Peter Thiel, que acostumbra obsequiar libros a sus visitantes, no hay mejor lectura, lo ha dicho y repetido hasta el cansancio, que la de algunas obras de René Girard, de quien asegura que es su pensador favorito y le debe gran parte de las motivaciones para el desarrollo de sus propias ideas y emprendimientos. De Girard, el libro preferido para obsequiar es Cosas ocultas desde la fundación del mundo (Things Hidden Since the Foundation of the World), donde el autor hibrida cuestiones propias de la antropología, la historia y la psicología para explicar la imitación humana y el deseo mimético.
Thiel también regala ficción, destacándose El Señor de los Anillos(The Lord of the Rings) de J.R.R. Tolkien, la máxima expresión de lo que se ha dado en llamar “fantasía épica moderna”. La frecuentación (y admiración) de los escritos de Tolkien lo influyó a tal punto que extrajo de sus páginas varios nombres para sus empresas y fondos de inversión como Palantir, Mithril Capital o Valar Ventures. Y otro libro que regala maníacamente a los fundadores de startups en las que invierte a través de Founders Fund es uno de su propia autoría, De cero a uno (Zero to One), sobre innovación y negocios.
Teoría Mimética y envidia miserable
Para bosquejar mínimamente lo que piensa Thiel, entonces primero habrá que aproximarse a René Girard y poner sobre el tapete su premisa central: los seres humanos experimentan necesidades biológicas básicas o fisiológicas -como alimentarse, hidratarse, tener sexo, descansar- pero sus deseos son algo que llega después, a partir de la satisfacción gradual de las necesidades básicas, porque no son autónomos u objetivos sino culturales y sociales.
De acuerdo con la Teoría Mimética, el deseo de las cosas -desde un automóvil hasta un estilo de vida- resulta de ver que otros también las desean, deriva de la imitación de un “modelo” o “mediador”. Y la aplicación pragmática de la Teoría Mimética de Girard, según Thiel, funciona en su caso como la que reemplaza la simple intuición financiera que impulsaría cada una de sus inversiones.
Un paralelismo interesante y productivo habrá de mejorar el abordaje del tema. En efecto, a fines de la década de 1960 en Stanford dictó clases por poco tiempo Abraham Maslow, uno de los principales exponentes de la psicología humanista. Ya era célebre desde la primera edición en 1943 de su libro Una teoría sobre la motivación humana (A Theory of Human Motivation), donde había jerarquizado “las necesidades” y provisto los elementos para el diseño de lo que se denominaría “La pirámide de Maslow”.
Sus ideas fueron bien recibidas tanto en el ámbito de la psicología como también en el ámbito empresarial, del marketing y de la publicidad. Y le hicieron el campo orégano a los aportes bastante posteriores de un Girard, entre otros, que sin negar las necesidades humanas básicas como algo individual y autónomo, y la correspondiente jerarquía propuesta por Maslow (o con variantes), las distinguieron de lo que emerge (los deseos) conforme son satisfechas y suben de nivel.
Dicho de otro modo: sobre las necesidades básicas, para Maslow los individuos despliegan necesidades cada vez más elevadas, como seguridad, afiliación, reconocimiento y autorrealización. Para Girard las necesidades básicas nacidas del individuo deben diferenciarse de los deseos, los que resultan más claros conforme aquellas son satisfechas. Además, la génesis de los deseos no radica en insatisfacción alguna de cada uno sino en la imitación de lo que otro (un modelo) también desea, ratificando de tal modo que los deseos son fundamentalmente culturales y sociales Y de ahí que la dirección del flujo del deseo, que para Maslow es vertical desde lo básico hacia lo más alto y coronado por la autorrealización, para Girard traza una figura triangular que va desde el Sujeto, pasa por la mediación del Modelo y llega al Objeto.
Quienes compararon estos autores aseguran que conforme se asciende en los niveles de la pirámide de Maslow, a medida que las necesidades se vuelven menos biológicas y apremiantes y más “psicológicas”, la teoría de Girard parece más consistente. Conforme se ascienden los niveles de La Pirámide de Maslow, cuando se pasa, por ejemplo, del nivel de la afiliación (amistad, afecto) al de reconocimiento (estatus, éxito) las ideas de Girard referidas al deseo mimético (y por ende cultural y social, aunque siempre sobre el pedestal de las necesidades básicas) se presentan aptas para que la formulación piramidal de la cuestión trascienda su carácter descriptivo y restaure su fluidez analítica.
Pero si algo abundó a lo largo de la historia es el conflicto, y abundaron los intentos de explicarlo. Los individuos insatisfechos, inhibidos por el entorno a satisfacer sus necesidades secuencialmente, para Maslow (con adhesión juvenil socialdemócrata sobre los hombros) devienen conflictivos. Girard vio que dos (o más) sujetos deseantes del mismo objeto (material o abstracto) por mutua imitación se convierten en rivales. Y si múltiples personas imitan el mismo modelo y desean exactamente los mismos objetos o estatus, no puede emerger otra cosa que la rivalidad mimética.
Como corolario, también Girard planteó que a mayor similitud entre los deseantes entre sí, más feroz deviene la competencia por los mismos recursos escasos, pudiendo precipitar la metamorfosis de los aliados en rivales obsesionados no con el objeto de deseo original, sino con la destrucción del otro. Y fue su alumno Peter Thiel quien adaptaría estas ideas y las aplicaría a la estrategia de inversión y gestión empresarial, como cuando hace poco más de dos décadas apoyó a Mark Zuckerberg en el arranque de Facebook. En esa iniciativa Thiel vio un verdadero acelerador mimético, quizás el non plus ultrade las redes sociales, a las que pensó “máquinas miméticas” que funcionan por la tendencia natural de los seres humanos a compararse e imitarse los unos a los otros.
También deriva de Girard una de las ideas centrales del libro De cero a uno (Zero to One), obra muy difundida de Thiel donde plantea que la competencia extrema no significa un mercado saludable sino una trampa destructiva. En esos mercados las empresas sólo piensan en superar a sus competidores directos y descuidan la creación de valor real (sic), peleando “por márgenes miserables en mercados saturados”.
La solución para Thiel es simple: aconseja buscar el monopolio mediante la creación de algo absolutamente nuevo (ir de cero a uno) y así distinguirse de la multitud mimética, como es lógico, por haber montado un negocio sin competidores directos. En otro orden, y a raíz de su tecno-optimismo inveterado, Thiel asegura que el camino del progreso tecnológico proviene de los “monopolios creativos”, más copiosos en países sin regulaciones que obstaculicen su despliegue y demostrativos, en última instancia, que la libertad y la democracia no son del todo compatibles (Thiel dixit).
La teoría de Girard fue más ambiciosa y planteó que toda vez que la rivalidad generalizada amenace la subsistencia de un conglomerado social, la descarga de la tensión requerirá una víctima unánime: el chivo expiatorio, el elegidopara expulsar o sacrificar, y restaurar así temporalmente la paz social. Thiel trasladó la idea al análisis político contemporáneo y consideró que tanto las dinámicas de polarización extrema como la cultura de la cancelación (cancel culture) y los linchamientos digitales participan del mismo paradigma, son chivos expiatorios necesarios para sociedades desencantadas y secularizadas, con escasos dispositivos que den cauce a la violencia. En estas sociedades, especula Thiel, la masa cada tanto busca figuras públicas a las cuales sacrifica simbólicamente hasta purgar el descontento colectivo y alcanzar un relativo consenso temporal.
En esto han quedado algunas de las buenas intenciones de René Girard: fundamentan ideológicamente la consolidación de monopolios tecnológicos, la acumulación financiera, el diseño de sistemas de vigilancia masiva a través de empresas como Palantir y la conversión de la IA en un asunto militar que vende, a través de una teología del miedo, la falsa imagen de un mundo estancado “a causa de los defensores ambientales y de los derechos humanos”.
También sirven para que al Estado nacional lo reemplace, como se propone el nuevo vecino residente en Palermo Chico, un Estado tecno-autoritario (tecnofascista) funcional a la Globalización Tecnocrática, que ha desembarcado en la Argentina a partir del triunfo de Milei.
