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Preocupaciones Sub-30

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Hay una tendencia a reunirse en pequeños grupos de afinidad.

Frente a la política neoliberal que se disfraza de libertaria para parecer algo nuevo hay que oponer acciones e ideas convocantes que sean capaces de revertir la fragmentación comunitaria. Ello implica reconocer que no sólo hay una crisis dirigencial sino la necesidad de construir un programa para dar trabajo y alcanzar el esquivo bienestar que merece toda la sociedad argentina. Con especial atención a los jóvenes.

En esta misma edición Ricardo Auer escribe sobre un tema de enorme actualidad: “Los jóvenes serán la columna central de la transformación argentina”. Puede leerse haciendo click aquí: https://yahoraque.com.ar/politica/jovenes-transformacion-argentina/

El artículo impulsa todavía más la importancia de analizar los desafíos que enfrentan quienes se sitúan en la franja etaria que está debajo de los 25/30 años, con la prolongación de la dependencia familiar y las dificultades para forjar un camino propio.

Lo primero es la dificultad para comunicarse. Se han evaporado los temas que contenía el debate nacional. Las preocupaciones pasan por territorios no convencionales de consumo como la ropa y la música u otro tipo de espectáculos que tampoco son vividos con la atención cuasi religiosa con que escuchamos todavía hoy las obras clásicas que reproduce, por ejemplo, el canal Allegro (a través de operadores de televisión por cable y plataformas de streaming). Otro mundo.

Estudiar no parece una prioridad para numerosos jóvenes que dejan de lado el mandato tradicional de asumir la mejora personal y comunitaria, sino más bien se la entiende como un modo de vivir a determinada edad siempre que las familias banquen, lo cual no ocurre en las capas más desprotegidas de la sociedad.

Hay, sí, una tendencia a reunirse en pequeños grupos de afinidad, cualquiera sea éstos, sobre un espectro muy variado de temas, desde los gustos de moda hasta la política (esta última francamente minoritaria), pasando por atracciones de ocio o entretenimiento, pero también las hay con inquietudes deportivas, literarias, religiosas, filosóficas, o pseudo cada una de ellas, simulando asuntos más serios.

Con una figura de la física podríamos describirlo así: moléculas que agrupan átomos que no quedan a la deriva, pero que se adaptan a las condiciones que impone el individualismo reinante. Esto no es nuevo, viene por lo menos desde los ’90, pero se ha ido afirmando como una cultura que excluye el sentimiento de pertenencia a una comunidad mayor.

Esa deriva de fragmentación golpea profundo sobre la nación, amenazándola como entidad histórica capaz de contener con amplitud y orgullo el conjunto de los componentes de una sociedad institucionalizada. En materia de integridad territorial Milei anuncia un presunto giro de “defensa” del Atlántico Sur y la “proyección” (¿antártica?) de Malvinas con un discurso nacionalista en las formas pero que incluye una contradicción insalvable al hacerlo depender del éxito de una política económico social que debilita las capacidades nacionales y degrada las condiciones de vida de su población.

Hablamos entonces de una nación que abarca y articula, entre otros componentes, las diversas clases y grupo sociales, todas ellas con sus particularidades lingüísticas, sus acentos, sus paisajes y todo el capital físico y simbólico acumulado por las generaciones precedentes.

Esas cualidades se van degradando a medida que avanza el designio de convertir a la Argentina en un territorio con varios enclaves exportadores manifestándose ello con la pérdida sin pausa del lazo común y así se abre una perspectiva de disgregación mayor, pese a la paradoja de que el nervio patriótico se reactiva, de modo ficto, cada cuatro años, con los mundiales de fútbol.

La propia sociedad se disgrega y por supuesto que eso pasa no sólo porque unos cuantos talentosos jugadores son contratados en el exterior, sino porque emigran muchos profesionales especializados en las disciplinas todavía requeridas en los países más avanzados, desde músicos hasta médicos, y desde arquitectos hasta ingenieros nucleares que formamos en Bariloche con grados y posgrados de excelencia en el Instituto Balseiro.

Es una pérdida de recursos humanos capacitados con el esfuerzo de toda la sociedad que a través de sus impuestos contribuye a sostener la universidad, (tanto la pública como la privada en diversa proporción), donde se forman profesionales y especialistas que luego tienen que buscarse trabajo en otros países.

Y son requeridos por sus aptitudes y, fuerza es decirlo, porque son más baratos para similares competencias.

Así, los que se quedan, en una alta proporción o no tienen trabajo o tienen que emplearse en condiciones salariales muy desfavorables.

Excepciones son las contrataciones que realizan el puñado de empresas de nivel multinacional que operan en el país como argentinas. Esos parecen puestos de trabajo bien remunerados cuando en comparación a lo que se paga en el exterior por iguales tareas se trata en realidad de honorarios equivalentes o inferiores a los externos. Esas firmas tampoco dejan de aprovechar el talento argentino a precios módicos.

Y en contraste con lo que se paga en el resto de la industria, sobre todo en las pymes, son salarios de lujo. Así son de cambiantes las condiciones en que trabajan nuestros profesionales, según con quién y sobre qué se comparen en un mundo donde en apariencia la información está al alcance de todos.

Dijimos jóvenes, porque el uso frecuente es contratar a quienes se están iniciando o tienen menor experiencia laboral. Se repite un aserto que tal vez no sea cierto en toda la extensión con que es enunciado, de que “después de los cincuenta años no te contrata nadie”, pero que tiene una proporción muy alta de verosimilitud.

Impactos que desintegran

Estas tendencias apenas esbozadas se refieren a tendencias en el empleo que tienen dimensión casi mundial, pero que también aparecen entre nosotros con sus características particulares.

Por ejemplo, allí donde existen rigideces –como las hay ahora en nuestro país– para elevar los salarios no homologando oficialmente los aumentos establecidos en negociaciones entre el capital y el trabajo que apenas se acercan a la inflación registrada, la variable de ajuste pasa muchas veces por el tiempo de labor, que se adapta en horas o días a remuneraciones insuficientes.

Tener dos y hasta tres empleos pasa a ser algo de apariencia normal cuando en realidad impone la autoexplotación del trabajador.

La lucha histórica por la jornada de ocho horas que movilizó grandes transformaciones no sólo en el mundo del trabajo sino también en la organización de las empresas, ha sido hecha añicos por la mal llamada flexibilización laboral que se ha aplicado a un arco de conveniencia para los empleadores antes que una ventaja para los laburantes. Para éstos, hoy, puede ser una oportunidad para tener más tiempo para atender varios trabajos, pero todo en un plano que atenta contra su salud y el bienestar de su familia.

La división en tercios de las 24 horas del día (ocho para trabajar, ocho para descansar y otro tanto para compartir con su familia o sus grupos de afectos, mejorar su calificación mediante el aprendizaje o disfrutar del merecido ocio) hoy parece un mito imposible de alcanzar.

Lo logró el “progreso” que implicó orientar la innovación tecnológica hacia el reemplazo de la mano de obra por la máquina y lo completó la automatización y aplicación a la producción de la ciencia de datos conocida como digitalización. Un tremendo cambio que subvirtió la organización laboral y sus representaciones.

No fue obra de la casualidad, sino un proceso dirigido mientras se cantaban loas a la libre empresa o, todo caso, una transformación no inocente de las relaciones de producción. Por eso, para que nos entendamos, hay tanta agitación hoy para “defender” la propiedad privada que es en realidad apropiación del capital acumulado por el trabajo humano a lo largo del tiempo.

De eso no parece darse cuenta la máxima dirigencia de la UIA en la “celebración” reciente del día de su sector. El titular de la entidad fabril avala la reforma laboral oficial y admite como propio algo que va en contra de sus intereses, referido a que el estado sólo debe garantizar reglas de juego sin fijar prioridades para la inversión pública y privada.

Quieren restarle al Estado Nacional su función esencial de orientar la expansión productiva, el aprovechamiento completo y racional en términos ambientales de los recursos con que contamos y, de modo convergente y paralelo, la mejora continua en las condiciones sociales que vive el conjunto de la población, hoy gravemente deterioradas.

Por eso es imprescindible fijar un rumbo a la inversión pública para que no sirva a los mejores lobbyistas sino al interés general, y la privada para que no busque el lucro como sea, sin tener en cuenta las condiciones reales en que se desenvuelve la política económica en un país subdesarrollado. La ganancia empresaria es legítima y realimenta la inversión productiva cuando sirve a la expansión del país, de su economía y regiones, y la mejora de sus trabajadores, perose asemeja a un robo institucionalizado cuando se hace cómplice del desmantelamiento de una estructura industrial que ha llevado más de un siglo construir.

Por todo esto en el análisis político previo y necesario para diseñar un programa de desarrollo que sea, podríamos decir no sin amarga ironía, inmediato y profundo, hay que asumir que tenemos una crisis dirigencial muy amplia. Ella abarca no sólo a las expresiones gremiales del empresariado sino también las del trabajo, la intelectualidad, y no pocas de las expresiones religiosas que van detrás de los acontecimientos. Éstas se ven ahora constreñidas a ponerse al día, con la próxima visita del Papa León XIV, en cuanto a lo que significa hoy la justicia social, cuando la humanidad puede resolver sus problemas como nunca antes ocurrió en el pasado.

La voz del Santo Padre por cierto no es la única que reclama encontrar el camino actualizado de la justicia social, pero es una de las más escuchadas y, digámoslo también, detestada por quienes están operando la destrucción de la Argentina como un país con posibilidades de real autonomía desenvolviendo el conjunto de sus posibilidades materiales y espirituales.

La influencia de la Iglesia retrocede en la medida que las sociedades satisfechas se olvidan, entre los primeros mandamientos de su creencia, nada menos que de amar al prójimo como a uno mismo. Y eso ocurre aunque haya ahora en expansión cultos muy funcionales a la visión neoliberal del mundo, donde vales según cuanto tienes.

Ante el riesgo cierto de una desintegración irreversible de la Argentina hay que hacer un diagnóstico muy crudo y completo de nuestras debilidades como sociedad para poder actuar de modo constructivo sumando las fuerzas que tienen en común la necesidad de un progreso integrador de todos los miembros de la sociedad, no sólo atendiendo al beneficio de la casta dominante.

Al subdesarrollo programado que nos desintegra y desanima, llevando a nuestros jóvenes a la dispersión, la emigración o el encierro en grupos de autoayuda hay que oponer un llamado a converger en acciones que contengan una dirección de marcha compatible con el despegue de potencialidades para el conjunto de la sociedad argentina.

Una de las mentiras más dañinas que se han impuesto en algunas cabezas es la admisión de que la Argentina ya no es un país para quien quiera vivir y trabajar en nuestra tierra, capaz de ofrecer un futuro de dignidad personal y grandeza nacional a toda su población. Desenmascarar falsedades como esa, tanto en la lucha política como en el debate ideológico es una obligación que se nos impone con el avance de la conciencia integradora.

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