Es desafiante para el análisis preguntarse por qué una amplísima mayoría de la población no logra generar una alternativa superadora del pasado indeseable y sea capaz de rescatar al mismo tiempo una herencia organizacional que distinguió a nuestro país en el mundo.
Podría decirse que lo que adjudicamos a la casualidad o a la inercia son apenas fenómenos complejos no suficientemente estudiados o que carecemos de las herramientas para desentrañarlos. Tal vez con la fama (buena y mala) que está teniendo la inteligencia artificial podremos desentrañar variables más complejas de las que estamos acostumbrados a manejar en nuestros balbuceos analíticos o, simplemente, incorporar más factores intervinientes en aquellos temas que sometemos a un escrutinio para refinar el estudio de las interacciones acaecidas. Cuento de nunca acabar, ojalá dispongamos de tales herramientas en un futuro cercano, como para poder ver y probar. Sería como tener a mano a los grandes “cráneos” de todos los tiempos.
Es curioso que ciertos libros de ciencias sociales envejezcan más rápido y de un modo más irreversible que las grandes obras de la literatura, aun cuando no pocos clásicos de la academia, cuando están bien escritos, sobreviven a su cometido temporal y permanecen como referencias permanentes.
Con todo, las sociedades y sus culturas tienen complejidades que convierten las mejores descripciones en meras aproximaciones y no faltan acontecimientos inesperados que no estaban incorporados al conocimiento. Allí es cuando se queman las bibliotecas y entonces sólo los muy audaces, o los ignorantes profundos, se animan a decir que anticiparon tales o cuales sucesos.
Todo este circunloquio viene a cuento de la realidad política y social argentina. En ella está concernida la cultura entendida como el conjunto de acciones humanas, materiales o intangibles, que van modificando nuestras vidas día a día, a veces en forma perceptible, pero casi siempre mediante procesos profundos no del todo evidentes.
El reino del revés
Hemos definido anteriormente la aparición del fenómeno Milei como expresión extrema de la crisis de representación que padece el país señalando que se trata de una calamidad autoinfligida.
Las pruebas de la torpeza, ignorancia, autoritarismo y carencia de responsabilidad de quien ejerce la primera magistratura de la República (ejerce es un decir, porque ocupa la mayor parte de su tiempo al espectáculo de sí mismo, aquí y en exterior) son más que abundantes, pero no conmueven sustancialmente a su piso de adherentes.
Así, el ridículo continuo no es un descalificador invalidante para una porción importante de la sociedad, lo cual lleva el problema a un plano que va mucho más allá de haber elegido un contradictor de todo lo construido anteriormente, incluidas las expresiones del antiperonismo convencional que se representaba en el PRO y sus aliados de la Coalición Cívica, también arrollados por el salto al vacío que significó la elección de noviembre de 2023, con el balotaje presidencial
Para contradecir la abusada metáfora de la rana cocinada desde el agua fría, pero manteniéndonos dentro de la cocina, digamos que se saltó de la sartén al fuego y aunque sus empeñosos seguidores (en su mayoría apolíticos o, peor, antipolíticos en diverso grado) mantienen su adhesión esperpéntica en una alta proporción, no hay indicios de cambio alguno en el panorama completo de las opciones políticas para un futuro inmediato.
Es hasta cierto punto comprensible que quien no tiene un real compromiso con la cosa pública, y vive los asuntos comunes como una lápida cuando son administrados por el Estado, mantenga su adhesión a políticas desintegradoras de la sociedad y su cultura.
Pero es más desafiante para el análisis preguntarse por qué una amplísima mayoría de la población no logra generar una alternativa superadora del pasado indeseable y sea capaz de rescatar al mismo tiempo una herencia organizacional que distinguió a nuestro país en el mundo.
Ese enfoque concebía la educación y la salud como valores universales que aún hoy, junto con la ineludible solidaridad con los adultos mayores que por su edad han perdido capacidades laborales, constituyen la base sobre la que se edificó la moderna sociedad argentina del siglo XX.
Valores que desde hace medio siglo tienen plena vigencia en cuanto a su necesidad, pero que siguen incumplidos al carecerse de recursos y capacidades para sostenerlos de modo cabal.
Paso a paso
Esa dispersión de quienes comparten lo esencial es el nudo del problema a resolver. Veamos algunas de las cuestiones que intervienen.
En forma relevante y prioritaria tenemos la confusión sobre el programa económico. Se trata, por un lado, del viejo enfoque conservador que pretende un Estado mínimo, descargando el peso del ajuste perpetuo que se requiere para ello sobre los menos protegidos, es decir, sobre los más vulnerables, familias pobres y desocupados o temporarios, y jubilados y pensionados incluidos.
El sector que así piensa añora una Argentina pastoril donde sobra gente en lugar de faltar para el inmenso territorio que tenemos, y cuando habla de manufacturas se refiere fundamentalmente a la agroindustria, es decir, complementaria del campo que -para desgracia de estos reaccionarios- se ha modernizado a un punto que también reclama salarios altos y acceso creciente a una alta calidad de vida
Allí ha hecho fuerte mella la prédica neoliberal que pretende destruir todos los mecanismos de protección e integración social para aumentar las ganancias de los pocos sectores prósperos en el marco de una estructura económica simplificada y notablemente ajena a las condiciones de la producción contemporánea basada -en última instancia- en el rédito financiero y especulativo que es donde van a parar las rentas del campo faltos sus empresarios de otras aplicaciones que amplíen la producción y ocupen el conjunto del territorio nacional.
A muchos de esos creyentes les va mal, pero igual creen que la motosierra es un programa económico en sí mismo. Carne de diván, se diría, pero también de la sociología cuando se repite en amplios segmentos sociales.
Aquí viene a cuento aquello de que no les gustan los modales de Milei, pero creen que su destrucción de la armatura social dejará al país en mejores condiciones para trabajar y producir. Equivocación que no tiene nada de menor, porque es exactamente al revés, tal como lo muestra la experiencia histórica en los países que alcanzaron altos niveles de desarrollo y calidad de vida mediante la aplicación de sabias regulaciones para promover su mercado interno y su proyección al comercio mundial.
En la Argentina, en cambio, se ha establecido un “ministerio de desregulación” que no cesa de proponer acciones que, bajo pretexto de lo contrario, resta capacidad productiva y competitividad a las empresas locales frente a la exportación.
Un gobierno que se dice promercado pero que lo asfixia hasta la agonía por la caída de la demanda interna y la promoción de las importaciones que subsidia el dólar barato cae en la interesante y a veces mortal contradicción entre el discurso y los hechos.
El núcleo de la cuestión es desmontar los mecanismos ideológicos que están fuertemente instalados en los sectores que tienen su futuro unido al porvenir de la Argentina, o sea que no van a salvarse en el exterior. La idea de que necesitamos un Estado eficiente con funciones muy claras de nivelación social está ausente o aceptada a regañadientes.
Mucho peor está la ausencia de solidaridad con todo el cuerpo social porque no sólo se trata de nuestros compatriotas (y con eso debería bastar) sino que ellos (nosotros) -en conjunto- somos los consumidores potenciales que, mediante un mercado interno vigoroso, crean las condiciones para exportar con ganancias que podrán multiplicarse de inversión en un nuevo ciclo dentro del país.
Todo lo contrario del RIGI, (Régimen de Incentivos para las Grandes Inversiones) que persigue premiar corporaciones trasnacionales en su mayoría de carácter extractivo que emplean algo más de personal en la fase de construcción, pero luego no derraman mucho a su alrededor ni reinvierten aquí sus ganancias en actividades multiplicadoras de la producción y el empleo. Justamente estos señores brindan “incentivos” a quienes, por sus dimensiones y capacidades, pueden obtener financiamiento barato y disponen de la tecnología que mejor les convenga para sus fines.
El capital extranjero que sí hay que promover es el que aporta en sectores clave y multiplicadores de la actividad local y en los que -de otro modo- no habría inversiones locales, sea por las dimensiones de la inversión o por la disponibilidad del herramental técnico requerido. Son cosas bien distintas convertirse en un enclave de exportación con bajos salarios y alta marginalidad que promover una estructura económica compleja donde abunde y se diversifique la oferta de trabajo y, consecuentemente, los salarios reales suban al impulso de la tendencia al pleno empleo.
El neoliberalismo no apunta a enriquecer la Argentina y su pueblo, (para esa ideología los estados nacionales son obstáculos para sus negocios) mientras el programa nacional tiene ese objetivo como algo irrenunciable. Mayor producción como condición de la mejora salarial.
Como tibia explicación de la falta de construcción de la alternativa necesaria ha circulado recientemente que algunos dirigentes peronistas especulan con que el actual gobierno está haciendo el “trabajo sucio” de desmontar los costos sociales que el enfoque liberal destruye uno tras otro. No importa si es cierto. Lo grave está en el enunciado, o sea la presunción de que se comparte esa visión desintegradora de la sociedad y su economía nacional.
Algo imprescindible es que los servicios estatales, fuesen sociales (como salud y educación) o de administración general y promoción económica, sean absolutamente eficaces. Pero, como en nuestro historial resulta que lo han sido más bien como excepción, hay que asumir también los costos de una autocrítica que por ahora está ausente. Sin ella, la credibilidad cae notablemente y se crean condiciones para que se instale la prédica disolvente del neoliberalismo.
Es gracioso, dicho sea de paso, que Milei quiera hacer una crítica del neoliberalismo, pero lo hace desde un conservadurismo aún más primitivo y falaz, enmascarado detrás del rótulo de la Escuela Austríaca, una corriente ficcional que no se ha aplicado en ningún lugar del mundo y está confinada a las excentricidades de la literatura motivacional. Algo así como una autoayuda del reaccionarismo a ultranza.
Su gestión concreta, delegada en operadores financieros, es de corte monetarista y conservador usual, nada nuevo bajo el sol, pero con mucho más daño real en la medida en que la comunidad esté rota, fragmentada y confundida.
En síntesis, tiene sentido la batalla cultural planteada desde el campo nacional como una recuperación de lo que nos une al mismo tiempo, como condición necesaria, que apliquemos todo lo que el conocimiento humano ha ampliado y descubierto hasta hoy para mejorar la calidad de vida del conjunto del género humano.
La “batalla” que plantean los propagandistas del gobierno no entraña un debate en profundidad sobre el porvenir de la comunidad argentina sino que supone un conjunto de agravios, ataques tramposos y sobre todo avalancha de intervenciones confusionistas que no pretenden otra cosa que mantener dispersas las fuerzas de la Nación y diluir el perfil identitario de su cultura como inspiración de ciudadanía plena y con gobernantes aptos, cualidades que se requieren una a la otra.