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Cerimedo, las operaciones regionales y la compulsión a eliminar mujeres incómodas

El operador digital de Milei, Bolsonaro y Rodrigo Paz está detenido en Bolivia, imputado como presunto autor intelectual del ataque a su expareja. El caso no es una anécdota privada: es la última escala de una operación que la ultraderecha regional viene ensayando hace una década.

Está escrito, según la pericia, en la aplicación de notas del celular. No en un chat cifrado, no en un canal clandestino: en el mismo bloc donde uno anota la lista para los mandados. “No digas a nadie. Pero nos vendió la amiga de Enrique te acordás? La Nadia. O la eliminamos ya o estamos jodidos.”, dice. Y agrega una pregunta de siete palabras, dirigida a otro: “Conocés alguien que pueda hacer el trabajo?”

Esa pregunta es la pieza más perturbadora de todo el caso, y no por lo que pide sino por cómo lo pide. No hay furia ahí. No hay arrebato, ni celos, ni el desborde con el que se intenta justificar habitualmente la violencia contra las mujeres. Hay una gestión. Alguien evaluando un problema, decidiendo una solución y buscando un proveedor. La eliminación de una persona tratada como una tarea a tercerizar.

El texto lo reveló el abogado de Nadia Beller, Jerjes Justiniano, atribuyéndolo a la pericia policial sobre el teléfono de Fernando Cerimedo, y el Ministerio Público Fiscal lo incorporó a la causa. La defensa lo discute: sostiene que no son pericias sino capturas, que se obtuvieron ilegalmente y que ni siquiera está probado que el teléfono sea de su defendido.

Todo eso está por resolverse y hay que decirlo cada vez. Lo que no está por resolverse es que Beller recibió disparos en el cuello, el tórax y el brazo el 17 de agosto, a la salida de un hotel en Santa Cruz de la Sierra, de manos de dos hombres en moto vestidos de repartidores. Que sobrevivió porque se hizo la muerta. Y que lo primero que hicieron los atacantes, antes de escapar, fue quitarle el celular.

Ese detalle ordena todo lo demás. Beller no es solamente la pareja de alguien: es una abogada con información, con pruebas de una trama de corrupción que estaba a punto de publicar y con un aparato lleno de capturas. Es, en el sentido más literal, una mujer que sabe.

El operador

El imputado no es un particular. Fernando Cerimedo es uno de los operadores digitales más influyentes de las nuevas derechas latinoamericanas: armó la estrategia digital de la campaña que llevó a Javier Milei a la presidencia, trabajó para Jair Bolsonaro, hizo campañas en Honduras a través de su empresa, intervino en la disputa constitucional chilena, en Bolivia el vicepresidente Edman Lara lo describió como asesor personal de Rodrigo Paz y amenaza públicamente a Claudia Sheinbaum en sus redes sociales.

Fundó La Derecha Diario, con ediciones en cinco países. La Policía Federal brasileña lo menciona sesenta y seis veces en la investigación sobre el intento de golpe de enero de 2023 y lo indició en noviembre de 2024, aunque la Procuraduría no lo incluyó después en la denuncia “por falta de pruebas suficientes”. En marzo del año pasado su propio medio anunció que representaría en América Latina las empresas tecnológicas de Brad Parscale, exjefe de campaña de Donald Trump. Está imputado, detenido y sin condena.

Seis meses antes del atentado, el 10 de febrero, ese mismo hombre estaba en esmoquin en el Mar-A-Lago Club de Palm Beach, recibiendo el premio al consultor político del año en la Hispanic Prosperity Gala, organizada por Latino Wall Street junto a su propio medio. Lo presentó Eduardo Bolsonaro, que lo describió como un valiente argentino con coraje para denunciar.

La medalla de las tres “i”

No era la primera vez que Eduardo Bolsonaro oficiaba una ceremonia de esa clase. Veinte meses antes, el 7 de julio de 2024, en la CPAC de Balneário Camboriú, había sido él quien le entregó a Javier Milei la llamada medalla de las tres íes: una condecoración no oficial, con la cara de su padre grabada y tres palabras alrededor. Imorrível, imbrochável, incomível. Y fue él quien se encargó de explicarle a Milei, delante de Karina Milei, qué significaba cada una.

Imorrível (inmortal) remite a la puñalada que Jair Bolsonaro recibió en la campaña de 2018. Imbrochável no está en el diccionario: designa al varón que nunca falla en la cama con una mujer, y para ilustrarlo el diputado hizo un gesto con el brazo derecho. Incomível fue la tercera, y es la que más importa en este análisis. Significa que ningún otro hombre puede penetrarlo. Se lo explicaron a Milei con esas palabras y con esa crudeza. Milei celebró el regalo. Se rieron los tres.

Conviene tomarse en serio esa medalla, porque es una definición. Establece que el varón ejemplar es el que penetra a mujeres, no es penetrado por varones y no muere. Dos de los tres atributos son sexuales, y el segundo se enuncia en negativo: no se define por lo que el hombre hace sino por lo que jamás debe ocurrirle. Ser penetrado es la desgracia. Y como ser penetrado es la desgracia, quien ocupa ese lugar —una mujer, un varón gay— ocupa por definición el lugar degradado.

Ahí la misoginia y la homofobia dejan de ser dos odios diferentes. Son la misma operación mirada desde dos ángulos: una jerarquía en la que penetrar es mandar y ser penetrado es haber perdido. Es exactamente la gramática de la frase que Jair Bolsonaro le dijo a la diputada federal Maria do Rosário en el recinto en 2014, la que le costó una condena por daño moral ratificada por el Superior Tribunal de Justicia: que no la violaba porque ella no lo merecía. Ahí la violación aparece como castigo disponible y, al mismo tiempo, como algo que hay que merecer. La medalla dice la otra mitad: el hombre completo es aquel a quien eso no puede pasarle nunca.

Y hay un tercer elemento en la escena de Camboriú, además de la medalla y de la explicación, que es el que más cuesta mirar: la risa. No fue una confidencia entre dos hombres. Fue un acto público, con un diputado como maestro de ceremonias, gobernadores en la sala, la hermana del presidente argentino presente y todos festejando. La virilidad como credencial de gobierno, entregada en formato de premio, entre carcajadas. Un año y medio después, el mismo maestro de ceremonias presentaba a Fernando Cerimedo en Palm Beach.

Al agradecer, según reconstruyó el diario brasileño Diário do Centro do Mundo, declaró que su equipo había ganado las elecciones en Bolivia y en Honduras, y reivindicó una batalla cultural contra la izquierda en América Latina.

Vale detenerse en eso, porque no es una anécdota de vanidad: es una declaración de autoría. Nadie tuvo que vincularlo con Honduras; lo hizo él, sobre un escenario, ante testigos y con un premio en la mano.

Y conviene mirar de cerca qué fue, exactamente, lo que se estaba celebrando esa noche.

Dos mujeres

El gobierno hondureño que terminaba estaba encabezado por Xiomara Castro, la primera mujer que presidió ese país, electa en 2021 en una elección en la que derrotó a Nasry Asfura, el mismo que la sucedió cuatro años después. La candidata del oficialismo en noviembre de 2025 era Rixi Moncada, cofundadora del partido tras el golpe de Estado de 2009 y exministra de Finanzas, que quedó tercera con alrededor del diecinueve por ciento. Dos mujeres: una saliendo del poder, la otra sin poder llegar.

Y en Honduras, a ese gobierno se lo nombra habitualmente por el apellido del marido de la presidenta. Se lo llama el “clan Zelaya”. No es una invención de la ultraderecha —lo usa también el periodismo crítico, es lenguaje corriente— y por eso mismo es más revelador. La operación no está en el insulto: está en la naturalización. Que para hablar del gobierno de una presidenta haya que nombrar a su esposo indica qué estatuto de sujeto político se le reconoce, y no es uno pleno.

La versión explícita de esa operación sí está documentada. En octubre de 2023, la congresista estadounidense María Elvira Salazar convocó una audiencia en el Subcomité del Hemisferio Occidental donde sostuvo, en el comunicado oficial de su propia oficina, que Manuel Zelaya había vuelto al poder catorce años después a través de una apoderada: su esposa. La presidenta no era la presidenta. Era el vehículo por el que gobernaba un hombre.

Esa tesis —que una mujer en el poder es en realidad la representante de un varón— es la misma que sostiene el resto del repertorio. Es la forma internacional de decir que las mujeres no son del todo sujetos.

En el mismo domicilio

Y acá aparece el hecho que vuelve innecesaria cualquier metáfora. El jueves, en allanamientos en la zona paceña de Aranjuez, la Fiscalía incautó más de medio millón de bolivianos en efectivo, dólares, euros, documentación, y desmanteló lo que el fiscal departamental Carlos Torrez definió como una mini granja de bots.

Es decir: la maquinaria de producir realidad y la causa por intentar borrar a una mujer estaban en el mismo domicilio.

No hace falta forzar el vínculo. Basta con mirarlo.

Lo que acorta la distancia

Porque la pregunta que importa no es si un hombre puede ser violento en su vida privada con independencia de lo que piense. Puede, y ninguna ideología explica un disparo. La pregunta es otra, y es más incómoda: qué acorta la distancia entre disciplinar a una mujer y eliminarla.

Venimos hace meses relevando el discurso público de los referentes de derecha y ultraderecha de la región en QSocial, y hay un hallazgo que nos sorprendió por lo aburrido: no hay creatividad, hay circulación. Las mismas operaciones, con variaciones locales mínimas, de Buenos Aires a Bogotá, de Madrid a Berlín. Y la más eficaz de todas consiste en fabricar la condición de eliminable.

No se elimina a un adversario. Se lo derrota, se lo denuncia, se lo desplaza. Eliminar es otra operación: presupone que lo que está enfrente no es un sujeto con el que se disputa sino un obstáculo que estorba. Esa conversión —de sujeto a obstáculo— es el trabajo cotidiano del aparato discursivo que el imputado ayudó a construir.

El cuerpo como infraestructura

Miremos qué se dijo esta misma semana. El mismo día en que se difundía la nota, el presidente argentino habló ante empresarios en el Consejo de las Américas y sostuvo que el país paga muy caro «la locura de los pañuelitos verdes», y que «esa pasión por asesinar niños en el vientre de la madre» cuesta caro en crecimiento y en el sistema previsional. Dos movimientos en una frase. El primero, patologizar: no es un error ni un delito ni una posición política con la que se discrepa; es locura. El segundo, más profundo: el cuerpo de las mujeres evaluado como infraestructura demográfica, insumo del sistema jubilatorio.

Y no es un exabrupto aislado. El mismo presidente que hoy reclama natalidad sostuvo en marzo de 2024 que su madre no había trabajado y que las amas de casa merecían asistencia social antes que jubilación. Las dos frases arman una cuenta única: al sistema se le aportan hijos o se le aportan cotizaciones, y quien no puso ninguna de las dos cosas no tiene derecho a nada. La mujer entra a la contabilidad pública sólo como productora.

Una operación de gramática

La genealogía regional está documentada y es vieja. Bolsonaro le dijo a una diputada, en el recinto, que no la violaba porque no lo merecía, y terminó condenado por daño moral con ratificación del Superior Tribunal de Justicia. En Colombia, el hoy presidente Abelardo de la Espriella sostuvo en campaña que había ganado voto femenino por el tamaño de sus genitales, y un juzgado de Bogotá, resolviendo una tutela, calificó el hecho de profundamente violento y le ordenó disculparse. En Perú, la actual presidenta Keiko Fujimori sostuvo que las esterilizaciones forzadas del gobierno de su padre —más de dos mil denuncias formales, mil trescientas con lesiones graves, cinco muertas, casi todas campesinas, indígenas y quechuahablantes— fueron en realidad un “plan de planificación familiar”.

Juntas, esas frases describen una operación de gramática: quitarle a las mujeres la condición de sujeto. Si el feminismo es locura, no hay con quién discutir. Si la violencia no tiene género, no hay a quién proteger. Si las esterilizaciones fueron planificación, no hay a quién reparar. Y si nada de eso existe, tampoco existe del todo la persona que lo denuncia.

Ahí el caso deja de ser una noticia policial.

El aparato que Cerimedo construyó —granjas de trolls potenciadas con inteligencia artificial, que él mismo describió en entrevistas; campaña negativa como método declarado; una red de medios en cinco países— es la maquinaria que ejecuta esa operación todos los días, a escala industrial y sobre mujeres concretas.

En Argentina eso tiene nombres: Lali Espósito rebautizada, María Becerra convertida en meme, Julia Mengolini con un video falso generado con inteligencia artificial que la acusaba de incesto, amplificado desde cuentas oficiales, que derivó en amenazas de violación y muerte. Ninguna fue atacada por lo que hizo. Fueron atacadas por lo que son, en un registro que a los varones del mismo oficio no se les aplica: a los periodistas varones se los ataca por lo que hacen, y lo que uno hace lo puede dejar de hacer. A las mujeres se las ataca por lo que son. No hay conducta que corregir, no hay acusación que refutar: el reproche es la existencia.

Y en Argentina esa escala ya se saltó una vez. El 1° de septiembre de 2022, en la puerta de su casa de Recoleta, un hombre le puso una pistola a centímetros de la cara a Cristina Fernández de Kirchner y gatilló dos veces. No hubo disparo porque nunca accionó la corredera: el arma tenía munición real en el cargador, pero no había una bala en la recámara. La diferencia entre una vicepresidenta viva y una vicepresidenta muerta fue un gesto mecánico que el agresor no supo hacer.

En octubre de 2025, tras más de quince meses de debate, el Tribunal Oral Federal N°6 condenó a Fernando Sabag Montiel a diez años de prisión por tentativa de homicidio agravada por el uso de arma de fuego, y a Brenda Uliarte a ocho como partícipe necesaria. El tercer imputado fue absuelto.

No estamos diciendo que el aparato cultural y comunicacional de la ultraderecha haya apretado un gatillo, sino que un aparato dedicado a producir la inexistencia simbólica de mujeres específicas es un mal lugar para que aparezca la palabra eliminar escrita en una app de notas. La continuidad no es causal: es lógica. Es la misma operación en dos escalas.

Las dos defensas ya se probaron

Falta lo último, y es lo que va a definir cómo se discuta todo esto en las próximas semanas. Las dos defensas que se están armando en Bolivia no son nuevas. Ambas se probaron en Argentina y las dos funcionaron.

La primera es la del autoatentado. La abogada de Cerimedo sostiene que el hecho fue un ataque montado con fines de desestabilización política, apoyándose en la militancia previa de Beller en el MAS. Traducido: la mujer se hizo disparar.

No hay que ir lejos para saber cómo termina esa jugada. Dos horas después del intento de magnicidio contra Cristina Kirchner, las redes argentinas ya habían instalado la versión del montaje. Etiquetas como #TodoCirco, #OperetaK y #CFKSeVictimiza fueron tendencia. Una diputada escribió esa misma noche que era una pantomima armada para victimizarla. Y el resultado no fue marginal: una encuesta de Giacobbe realizada la semana siguiente encontró que el 65,1% de los consultados creía que el ataque había sido un montaje del propio kirchnerismo. Frente a un arma gatillada dos veces en la cara de la vicepresidenta de la Nación, con el agresor detenido en el acto y filmado, dos de cada tres argentinos eligieron creer que la mujer se lo había inventado.

Ese es el rendimiento comprobado de la operación. Por eso no es una ocurrencia de emergencia: es una pieza que funcionó.

La segunda defensa es la de fondo: que esto es un asunto personal, que un problema de pareja no dice nada de un proyecto político. Y acá el precedente argentino es todavía más contundente, porque no lo fijó una encuesta: lo fijó un tribunal.

En el juicio por el atentado, la fiscalía sostuvo que el hecho debía agravarse por violencia de género en su modalidad de violencia política. El argumento era exactamente el que venimos desarrollando acá: que a Cristina Kirchner no la eligieron como blanco solamente por lo que hacía, sino por ser una mujer que ocupaba ese lugar, y que años de degradación pública específicamente dirigida a su cuerpo, su edad y su condición de mujer construyeron la figura contra la que después alguien apuntó. El Tribunal Oral Federal N°6 descartó ese agravante. La fiscalía apeló ante Casación, donde el planteo sigue pendiente.

Conviene detenerse ahí, porque es el punto exacto donde la doctrina deja de ser discurso y pasa a ser jurisprudencia. Cuando Vox propone reemplazar la ley de violencia de género por una de violencia intrafamiliar, cuando el gobierno argentino impulsa sacar el femicidio del Código Penal, cuando se sostiene que la violencia no tiene género, lo que se construye es precisamente esa categoría vacía: que lo que le pasa a una mujer en manos de un hombre pertenece al orden privado y no al político. La operación no está esperando su turno. Ya ganó una vez, en un tribunal federal argentino, en el caso más grave que tuvo el país en cuarenta años de democracia.

Es decir: la defensa de Cerimedo ya estaba escrita antes del atentado. La escribieron sus clientes, y un tribunal ya la convalidó.

Sigue viva, sigue hablando

Nadia Beller, mientras tanto, pidió medidas cautelares a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, ese sistema regional que los gobiernos que ella conoce de cerca describen habitualmente como una intromisión ideológica. Dijo que tiene miedo de que entren al hospital. Cursa un embarazo de al menos cuatro semanas, según los partes clínicos. Sigue hablando igual.

Habrá que ver qué prueba la justicia boliviana. Pero hay algo que no depende del expediente y que ya está a la vista: una mujer con información fue baleada, lo primero que le sacaron fue el teléfono, y su palabra sigue siendo el hecho más incómodo de toda la historia.

Y hay una pregunta que va a quedar dando vueltas mucho después de la sentencia. No la de la nota. La otra, la que la nota supone: quién es el destinatario de un mensaje así. A quién se le pregunta eso con esa naturalidad, en qué clase de red hay que estar parado para que «conocés a alguien que pueda hacer el trabajo?» sea una pregunta aceptable.

“Vivas nos queremos”, dice el feminismo. Vivas y tomando la palabra.

Las preguntas inexorables que este recorrido implica para los proyectos políticos que pretendan enfrentar a los fanáticos referentes mencionados y a sus comunicadores tecnopolíticos se impone: ¿Cómo reponer el protagonismo vitalizante del feminismo en la política? “¿Conocés alguien que pueda hacer el trabajo?”

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