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El cosmos es un zapallo III

POR

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Episodio XL. Medio recostada en la silla, Stella preguntó:

-Gise, había algo, un detalle, una cosa que nos dijiste que les pasó en el ensayo. Contanos, dale.

-Bueno, les dije, sí, que buscábamos un lugar que estuviera fuera de esta internalidad todocontrolada en la que vivimos. Como ahora, que, aunque hayamos apagado los celulares, igual sabemos que alguien nos puede escuchar…

Las chicas habían perdido un poco la noción de tiempo. Las más mayores, Stella y Giselle, tenían relojes pulsera, pero se habían negado a mirarlos, o se habían olvidado. Romina y Natalia dejaron de usarlos. La noche seguía oscura, era luna nueva, era una de esas noches que parecen no tener fin. O quizá ellas, también por el corte de luz, habían apartado de sus mentes la idea de un final, o, más bien, de un amanecer.

Los platos ya estaban vacíos. Natalia fue tanteando los cuellos de botella que también estaban vacíos, y, sin derramar, sirvió y señaló:

-Yo estoy tranquila. Apagué igual el celu, pero si me espiaran, no me importaría, porque no creo que nadie, ningún servicio de inteligencia o cosa por el estilo, se interese en mí o en nosotras.

-Pero siempre hay algoritmos que se inclinan.

-Sí, mamá, pero qué me importa.

-A mí tampoco me importa.-agregó Romina.

– Les sigo contando, chicas. Hay un detalle que me faltó. – Giselle se irguió en la silla.- Uno de los actores tiene una quinta abandonada que era de los abuelos. Bueno, ahora está casi abandonada porque la vamos a habitar, pero es un lugar que no tiene internet ni señal. La casa es vieja y hay que arreglarla toda, cosa que vamos a hacer en un futuro próximo. Era y es un lugar ideal para ensayar, pero es difícil llegar. Ese día dejamos los coches a un costado de la ruta y seguimos los pasos de Julián, un actor que en la obra hacía de uno de los jóvenes martirizados. Llevábamos el poco vestuario que teníamos en dos carros con ruedas de goma como los coches. Había que tener cuidado porque en el suelo hay unas espinas durísimas que caen de los nidos que las cotorras construyen en los eucaliptos. Hasta se podían pinchar las ruedas de los carros.

Llegamos a un claro, quiero decir, a un terreno rodeado de árboles y pasto bajo. Era el atardecer. Al costado, a unos metros se veía un pastizal muy crecido y hasta parecía que corrían animales chicos por ahí. Había poco viento. Ustedes me conocen, yo soy medio miedosa en el campo, pero como estaba con Fede y con todo el grupo, me sentía tranquila. Bueno, nos instalamos ahí. Hicimos el fueguito,-cosa que también me da miedo. Nos tomamos unos cafés de termo con licor y empezamos a ensayar. Fede y yo, a mirar y a filmar, porque yo sólo escribí la obra y lo único que quería era ver cómo los actores y la directora la interpretaban, le ponían voces, pausas, cómo se reían entre ellos o cómo, de pronto, enmudecían o gritaban. Se sabían toda mi obra de memoria y me preguntaban cosas a mí que yo no recordaba. Se la sabían mejor que yo y eso me asombra.

Cuando estaban ensayando el cuarto acto, justo cuando los jóvenes confabulados van sufriendo la agonía doliente oí unos pasos en el pasto, como unas botas. Y eran unas botas. Vimos dos personas abrigadas como nosotros. Y vimos, bueno, yo vi, el agujero de una escopeta que me apuntaba a mí, pero, en realidad, apuntaba a todos, porque giraba el caño, bajaba, apuntaba a los actores que estaban en el piso. Fede pensó que era una wínchester, y lo era, bajaba y subía, apuntaba a la frente de todos, de los músicos, de los actores, de la directora. Iba con parsimonia como eligiendo. Eran un hombre y una mujer de cuarenta años. La mujer dijo:

-Ay, Adrián, bajá el arma. Son artistas.

-No. Son brujos. Es un ritual.

La directora tuvo reflejos rápidos:

-Baje el arma, por favor. Somos actores.

Julián, que estaba actuando en el suelo, se levantó despacio y los invitó.

-Por favor, no se asusten. Tómense un café con nosotros, que hace frío. Soy dueño de la casa de allá, aquella, la de los pastizales. Estamos ensayando.

Y le contamos que huíamos de la IA, que queríamos volver a sentir la libertad de la intimidad. Yo le hablé al hombre del cuento de Macedonio y él se identificó como escritor, como un escritor rosarino al que yo conozco, sí y que me encanta y que, además es letrista de canciones. Dijo que él también a veces busca refugios, lugares de anonimato, de intimidad. Fede dijo algo así como que la intimidad es el sitio de la verdadera libertad y que lo estamos perdiendo. Nos pidieron disculpas, dejaron el arma en el suelo. Se quedaron con nosotros. La chica, que se llamaba Miranda, se hizo amiga de las escenógrafas y les tiró ideas para hacer la obra ahí, al aire libre. La directora retomó el trabajo y Adrián y Miranda se quedaron con nosotros. Se coparon y quieren colaborar con la producción. Van a venir a ver la proyección a casa. Tenemos que coordinar el día. Nos prometieron no subir nada a redes ni convocar por guasap. Les creímos. Se unieron a nuestra pequeña y clandestina agrupación de fugitivos de la IA. Espero que ustedes también, chicas.

-Sí, claro que nos vamos a unir al grupo. Pero, esperá,-Natalia, con voz firme,- no sabemos el nombre de la obra, Gise.

-Nosotros tampoco. Le decimos “la obra”. Pero hay cuatro títulos para elegir. Uno es: “Muerte y banquetes”; otro es: “Los sirvientes felices”; otro es “Espectaculares agonías” y otro es: “Trillonarios voraces”.

-Giselle, disculpame lo que te digo, pero son títulos medio cómicos, medio graciosos, casi kitsch, y tu obra no es nada de eso.

-Sí, ya sé, Stella, pero no se nos ocurren otros. Voten por uno, chicas, y si no quieren ninguno de estos, bueno, propongan alguno.

Las chicas se pusieron a pensar.

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