Romina y Natalia. Episodio XXVI.
Mundo extraño, pensaba Stella, ¿Será por el tema de Santiago Motorizado que tanto le gusta a su hija Natalia? No, nada que ver, la letra de esa canción hablaba de otra cosa. El mundo se ha vuelto extraño. ¿Cómo puede ser que a la gente le guste rebotar entre ruidos disonantes, abrumadores, aturdidores? El papa Francisco fue un papa bueno, un grande, desde el poder criticó la concentración de capitales, lo abrazó a Maradona con verdadero amor, no fue homofóbico y se lo veía menos misógino que a la mayoría sacerdotal. ¿Por qué hacerle un homenaje con este barullo, por qué no una música armónica, melódica? Nosotros escuchábamos Quilapayún, Daniel Viglieti, Lito, Sui Generis y rechazábamos el tango de nuestros padres, que, a decir verdad, era una música mucho más melódica y armónica que la nuestra. ¿Qué pasa ahora? Esta mezcla de ruidos es insufrible. Bueno, por lo menos reúne jóvenes – pensaba Stella mientras esperaba un taxi que la llevara al teatro Regio a ver una obra bien cómica con una amiga. Estaba paradita en Pueyrredón y Las Heras a cinco cuadras de la casa porque por ahí pasan taxis. Esperó. Esperó más. Y más. Ningún negro y amarillo a la vista. ¿Qué pasa en Buenos Aires? No llego a la función. El corazón le empezó a latir más rápido y más fuerte. No llego a la función. ¿Qué podría hacer? Llamar a Nati. Su hija tendría la solución.
-Sí, mamá, venite rápido a casa que te pido la aplicación.
Corrió las cinco cuadras soportando su dolorcillo de rodillas hasta la puerta de su edificio en Juncal y Larrea y encontró un Renault Clío negro cuyo chofer le preguntó:
-¿Usted es Natalia?
-No, soy Stella. Natalia es mi hija.
-Mire, aquí me figura Natalia. La tengo que llevar hasta Avenida Córdoba 6056, (el hombre leía despacio).
-Ah, sí, soy yo.
Qué extraño es el mundo ahora, pensó Stella mientras se subía y se sentaba en un auto particular; qué raro todo esto, los hijos conocen mejor las reglas de supervivencia que los padres, aunque mi hija tenga más de cuarenta, eso también es extraño, o, quizá no tanto.
El hombre tomó Pueyrredón derecho mirando siempre el celular que tenía frente al volante. Stella quería sacarle conversación, como si estuviera con un taxista, poder hablar del clima, de la familia, y al final, terminar hablando de política, justo cuando hay que bajarse. No aguantó más y rompió el silencio.
-¿Usted puede manejar mirando una pantallita?
-Sí, es el GPS, vio. Me indica las calles.
– ¿Puede mirar eso y el tránsito a la vez?
-Sí, claro que puedo.
Se produjo un silencio tenso que duró dos cuadras. El auto siguió derecho hasta que Pueyrredón se hizo Jujuy.
-¡Eh, no, señor! ¿A dónde va? Tengo que ir a Córdoba y Dorrego.
– Sí, sí, es lo que me manda el GPS, mire.
-Pero está yendo para el otro lado…
-Es lo que me dice el mapa, mire.
-No, está mal, doble a la derecha, a ver, por esta calle… ¿Usted no sabe?
-No, señora, yo no sé, yo hago lo que me indica la indicación. ¿No ve?
– No, está mal…Yo tampoco sé ir bien desde acá. ¡No! ¿Qué hace? No tome ese callejón tan oscuro… Ay, no llego a la función… – el corazón otra vez a latir fuerte, Stella quiso preguntar a otros coches, sacó la cabeza por la ventanilla, no había gente a esa hora de un sábado a la noche, ¿qué pasa en Buenos Aires?
El auto dio unas vueltas sin que ella ni el chofer entendieran bien, además el tipo pegaba unas frenaditas muy molestas y zigzagueaba con el volante. Finalmente encontraron un camino que le resultó familiar, apareció la avenida Córdoba de repente y por ahí fueron derecho.
-¿Usted hace poco que es chofer?
-En realidad, señora, yo soy gastronómico. Y no podía más. Trabajé en la cocina de un restorán de Villa Urquiza. Se paga ochocientos pesos por turno. Desde las seis de la tarde hasta las dos de la mañana y un poquito más. Después me pasé a una parrilla de Palermo y me pagaban lo mismo pero me dejaban hacer dos turnos. Y ahí me quedé, hasta que no aguanté, así que aprendí a manejar y me saqué rápido el registro. Al coche se lo estoy pagando a mi tía, porque se lo compré a ella. Y tengo dos chicos que son grandes, pero, igual. Y mi mujer trabaja por horas. La aplicación me saca el treinta por ciento por cada viaje. Igual, prefiero esto, vio.
Stella sintió que tenía mucho para preguntar, para replicar, pero justo estaba el teatro en la vereda de enfrente. Quiso pagarle lo estipulado. El hombre no tenía cambio.
-En realidad, Doña, no tengo casi efectivo. Le dejo el importe a cuenta.
Se bajó sin pagar. O pagaría después. Cruzó corriendo por el medio de la avenida, entró al teatro. La función había empezado pero la dejaron pasar. En la sala oscura se empezó a reír, tan locos eran los cuatro actores. Se fue relajando despacio. Reconoció la cabeza de su amiga, atravesó las piernas y rodillas del público en la fila de butacas y encontró la suya, besó a su amiga, el corazón se le acomodó, encontró su ritmo y perdió la tensión, porque en el teatro el mundo no es extraño.