Pasados unos días conviene recordar que, en pocas horas, el Gobierno debió retroceder en tres puntos vinculados con la soberanía: derogó la desregulación del practicaje marítimo y no logró aprobar la eliminación de los límites a la extranjerización de tierras ni la flexibilización de la Ley de Manejo del Fuego. Fueron victorias parciales, nacidas de la organización gremial y la movilización popular.
El Gobierno sufrió dos derrotas parciales en pocas horas. Primero tuvo que derogar el decreto que desregulaba el practicaje marítimo.
El Decreto 690/2026 eliminaba, básicamente, la obligación de contar con un práctico. El práctico es un capitán especializado en el ingreso y la salida de buques en tramos reducidos de los ríos o en zonas portuarias, y su trabajo está directamente relacionado con la seguridad de la navegación.
La norma fue elaborada por Federico Sturzenegger bajo el discurso de la modernización.
Los prácticos iniciaron una medida de fuerza. Se congeló el movimiento en todo el Río de la Plata y en parte de los puertos patagónicos. Más de 150 buques fueron afectados. La Prefectura intimó a los prácticos a retomar la navegación y se enviaron, específicamente, 536 intimaciones.
Los trabajadores se negaron a volver a sus tareas, amparados en una medida gremial.
El Gobierno terminó derogando el decreto que había dictado apenas cinco días antes. Se mantuvo el régimen de practicaje y se conformó una “mesa de diálogo” para discutir los nuevos valores del servicio.
Fue una victoria de los prácticos y de los gremios vinculados con la actividad, que actuaron como un bloque en defensa de la soberanía y la seguridad en el agua.
La segunda derrota parcial se produjo cuando, a partir de la enorme cantidad de manifestaciones de organizaciones de todo tipo, fueron eliminados por completo los capítulos referidos a la venta de tierras a extranjeros y al manejo del fuego.
En medio de movilizaciones masivas en todo el país, a pesar de las lluvias y los temporales registrados en diferentes zonas de la Patria, se desarrolló una sesión maratónica, con más de 40 oradores y varias horas de debate.
La Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada fue aprobada por 38 votos afirmativos y 33 negativos.
El Gobierno necesitaba aprobar la ley y mostrarla como un triunfo. No pudo hacerlo plenamente. La victoria pírrica que obtuvo, según a quién se le pregunte, puede ser considerada un empate o una derrota.
Para ser aprobada, la ley debió excluir completamente los artículos relacionados con la venta de tierras a extranjeros y el manejo del fuego. Eso significa que el límite de tierras que pueden estar en manos extranjeras no podrá superar el 15 por ciento, que de todos modos sigue siendo un porcentaje exageradamente alto, pero se mantiene como estaba.
Por otro lado, las tierras que sufrieron incendios forestales no podrán ser vendidas. El proyecto de modificación de la Ley de Manejo del Fuego dejaba expresamente abierta la posibilidad de enajenar tierras arrasadas por las llamas.
Con decenas de miles de hectáreas quemadas año tras año, no era difícil imaginar un negocio inmobiliario en el cual alguien incendiara un bosque o una montaña para comprar por monedas enormes territorios antes de que las cenizas terminaran de enfriarse.
No pudieron hacerlo.
Los puntos más importantes, defendidos a rajatabla por el Gobierno y por los principales voceros de esta ley —Patricia Bullrich y Federico Sturzenegger—, fueron siempre la venta de tierras a extranjeros sin límites legales y la posibilidad de vender terrenos afectados por incendios, tanto accidentales como provocados. Ninguno de esos dos puntos pudo ser aprobado.
Hasta los aliados del Gobierno retrocedieron ante la presión ejercida en cada provincia.
Eso no implica que la ley sea buena en los puntos que finalmente fueron sancionados. No lo es. Pero los triunfos populares nunca son lineales.
El teniente general José de San Martín le decía en una carta al brigadier general Juan Manuel de Rosas: “Los argentinos no son empanadas que se comen con sólo abrir la boca”.
Las reservas de patriotismo son inagotables. La bandera con la leyenda “Las Malvinas son argentinas”, desplegada por la Selección argentina después de ganarle a Inglaterra en el Mundial, demostró que era falso que el pueblo estuviera dormido y, mucho menos, vencido. El pueblo se moviliza en defensa de la patria, no por cotillón. El sentido heroico de la vida no es un chiste. Es una fuerza espiritual que lleva a librar, con toda la energía disponible, batallas que deben darse.
Eso no sucede todo el tiempo. Ocurre cuando una cuestión es lo suficientemente importante como para poner en marcha semejante energía.
La ley, intrínsecamente mala, fue aprobada en el Senado y pasa ahora a la Cámara de Diputados para su tratamiento. Pero sus puntos más nocivos, como la extranjerización de las tierras y la modificación del régimen de manejo del fuego, no fueron aprobados.
En todo el país se movilizaron cientos de miles de personas. Y la discusión no se produjo de un día para otro: llevó meses de organización y debate.
Nuestro pueblo es manso, pero no es zonzo, decía el general Juan Domingo Perón.
La batalla por la soberanía no tiene una receta ni un camino escrito. Tampoco tiene fecha de finalización. Siempre continúa y encuentra nuevas formas de avanzar. Como el agua, que siempre encuentra por dónde pasar.
Se pelea con lo que hay y como se puede, pero con la fuerza de un pueblo que defiende su Patria.
Simbólicamente, las batallas en las que el Gobierno intentó entregar soberanía en el agua, mediante la desregulación de los prácticos, en la tierra, mediante la extranjerización, y en el fuego, mediante la posibilidad de enajenar superficies incendiadas, se produjeron durante el aniversario de la Reconquista de Buenos Aires frente a las Invasiones Inglesas.
El soberanismo como una forma de resistencia.
Todo esto debe señalarse teniendo en claro que la ley aprobada es mala, que la sesión estuvo acompañada por la represión, que no se permitió votar a los senadores Sagasti y Fama y que argumentos como los de Benegas Lynch representan nuevos niveles de cinismo.
“Bertie” tiene una empresa dedicada a la venta de tierras a extranjeros. Sin embargo, puso como ejemplo el caso de un médico que, según sus palabras, no podría votar un proyecto relacionado con la salud. Sin comentarios.
A pesar de todo eso —o también con todo eso—, el pueblo, sin una conducción nacional, desperdigado e incluso desunido, consiguió avanzar en lo importante.
Los triunfos, incluso parciales, sirven para acumular fuerzas, aprender y seguir avanzando.
Leopoldo Marechal lo decía de una manera más hermosa: “Nuestro pueblo recoge todas las botellas del naufragio”.