Donald Trump dijo una frase antigua en la ONU: “Al vencedor le corresponde el botín”. En inglés,
to the victor belong the spoils. La fórmula parece salida de una guerra en el Medioevo, de una conquista o de una expedición colonial. Fue pronunciada ante la Asamblea General en pleno siglo XXI, cuando el derecho internacional lleva 500 años tratando de limitar que el vencedor pueda apropiarse de bienes, territorios, cuerpos o recursos por el solo hecho de haber ganado. Lula, en cambio, se opuso a la ley del más fuerte. Adivinen a quién de los dos elogió Milei en su discurso.
“Al vencedor le corresponde el botín” no es una expresión inocente. La palabra botín tiene una historia precisa. En las guerras antiguas designaba lo que el vencedor tomaba después de imponerse: podía ser oro, o también ganado. Tierras cultivables. Ciudades enteras. Recursos naturales. Sitios estratégicos. Esclavos. Y por supuesto, mujeres. Durante siglos, esa apropiación fue considerada parte normal de la victoria. No era cuestión de teoría sino de práctica pura. El triunfo militar habilitaba el saqueo y reconocerlo era tan natural como una peste.
Donald Trump, que junto a Benjamín Netanyahu es uno de los próceres de Su Excelencia Javier Milei, acaba de retomar tanto la práctica como la doctrina de las guerras antiguas. Al hablar ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, el 22 de septiembre, dijo en inglés: “To the victor belong the spoils”. Puede traducirse como “al vencedor le corresponden los despojos”. Y también, correctamente, como “al vencedor le corresponde el botín”.
Si Gregorio Selser estuviera vivo, escribiría un libro por semana. Ese gran periodista argentino nacido en Buenos Aires en 1922 y muerto en México en 1991 dedicó su vida a narrar las intervenciones de los Estados Unidos en el continente. Le interesaron sobre todo América central y el Caribe. Son memorables sus investigaciones de la trama económica del saqueo. Quien quiera meterse en una hermosa lectura puede buscar en mesas de saldos Sandino, general de hombres libres o Aquí Santo Domingo.O entrar en este link mexicano donde la familia donó sus obras y sus archivos: https://camena.uacm.edu.mx/fondosdocumentales
Selser, un tipo riguroso, sin duda citaría textualmente dos párrafos del discurso de Trump:
*”Las fuerzas armadas de Estados Unidos realizaron una operación masiva en Venezuela. Arrestamos a un criminal, Nicolás Maduro. Desde ese día, cientos de presos políticos venezolanos han sido liberados. Estamos trabajando con los líderes de Venezuela para forjar un futuro mejor. El mes pasado firmamos el mayor acuerdo petrolero de la historia, que cubre 65.000 millones de barriles de petróleo, beneficiando tanto a Venezuela como a Estados Unidos, y ayudará a bajar el costo de la energía en todo el mundo. Al vencedor le pertenecen los despojos”.
*”Estados Unidos ya no permitirá que las amenazas a América ganen terreno en ningún lugar del hemisferio occidental. Si es necesario, usaremos nuestro poderío militar inigualable para proteger nuestros intereses vitales”.
Igual que los militares de la dictadura argentina en el Juicio a las Juntas, Trump hizo una doble operación discursiva. Primero, presentó como actos de guerra la violación de la soberanía de otro Estado, el recurso al uso de la fuerza y el secuestro. Tres delitos. Luego, los justificó como si pertenecieran a la naturaleza de la guerra. Como si la guerra no tuviera, también, reglas inviolables.
Las expresiones de Trump no fueron sólo una bravuconada sino una definición del mundo deseado por el presidente de los Estados Unidos, en especial respecto de América latina. Si el derecho, las normas o la propiedad ajena molestan, allá ellos. El “poderío militar inigualable” se impondrá por sobre tantas pequeñeces. Aquí está el link al discurso completo.
Araca Vitoria
Trump volvió 500 años atrás. En el siglo XVI, el fraile dominico Francisco de Vitoria discutió la conquista de América y en su cátedra de Teología formuló una pregunta: ¿alcanza la fuerza para fundar un derecho? Su respuesta abrió uno de los caminos del derecho internacional moderno. Vitoria rechazó varios títulos usados para justificar la dominación española sobre los pueblos americanos y sostuvo que los indígenas no perdían el dominio sobre sus bienes, tierras y comunidades por no ser cristianos ni por vivir fuera del mundo europeo. En esa tradición, la guerra sólo podía ser pensada desde una causa justa, no desde la voluntad del más fuerte.
Más aún: incluso en caso de guerra considerada justa, el vencedor no recibía un cheque en blanco para cualquier acción depredadora. Si acababa de vencer en una guerra, podía reclamar reparación, e incluso restitución, pero jamás una apropiación sin límites.
Así empezaba Vitoria a regalarle a la humanidad la diferencia entre el derecho y el botín.
Un siglo después Hugo Grocio, en De iure belli ac pacis, publicado en 1625, intentó ordenar la guerra bajo principios de derecho natural y de derecho de gentes. Grocio no eliminó el concepto de guerra ni negó todas las formas de captura, pero dedicó parte de su obra a cómo moderarse en la devastación del territorio enemigo y al límite moral y jurídico frente a la destrucción.
Iba imponiéndose, poco a poco, la cuestión de cómo ponerle topes al vencedor.
El derecho contra el saqueo
En 1907 44 países, la Argentina incluida, firmaron el Reglamento de La Haya sobre derecho humanitario. En uno de sus puntos el documento prohibió el pillaje. Aun bajo ocupación y después de una victoria militar, el saqueo no podía ser tratado como un derecho del vencedor.
Después de la Segunda Guerra Mundial, la Carta de las Naciones Unidas fue más lejos. Su artículo 2.4 estableció que los países deben abstenerse de recurrir a la amenaza o al uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier Estado. La conquista dejó de ser una fuente legítima de derechos. La fuerza ya no debía producir soberanía, propiedad ni obediencia.
Más acá en el tiempo, el Estatuto de Roma de 1998 que puso en funciones cuatro años después la Corte Penal Internacional también incluyó entre los crímenes de guerra el pillaje de una ciudad o lugar, incluso cuando hubiera sido tomado por asalto. La idea central del derecho contemporáneo es exactamente la contraria de la frase de Trump: vencer no autoriza a apropiarse. Ganar una guerra no transforma los bienes del vencido en patrimonio del vencedor.
Ahí aparece el retroceso civilizatorio. Trump, como Su Excelencia cuando llamó “parásitos” a los funcionarios de la ONU, en un discurso que dicho sea de paso ignoró que la ONU está formada por Estados y que tiene un Consejo de Seguridad con derecho de mando y cinco potencias con derecho de veto, no sólo atacó instituciones multilaterales. Volvió a hablar el idioma anterior a esas mismas instituciones. Y anterior a Vitoria: sus conferencias en la Universidad de Salamanca fueron reunidas por sus alumnos en 1557.
Conviene destacar, otra vez, que Trump usó un subterfugio discursivo. No sólo la guerra no da derecho al saqueo. Ni siquiera fue el comandante en jefe de fuerzas en guerra con Venezuela. De guerra, nada.
Y a la vez, parte de la estrategia actual de la Casa Blanca es la crudeza. Si otros presidentes, como Barack Obama, enmarcaban sus intervenciones militares internacionales dentro de una presunta superioridad salvífica de Washington, Trump defiende el derecho de su país a depredar.
Lula, en la vereda opuesta
El contraste con Lula fue directo. En su discurso ante la Asamblea General, el presidente brasileño sostuvo que la ONU atraviesa un momento crítico, cuestionó el inmovilismo del Consejo de Seguridad y dijo que las concesiones a la ley del más fuerte ya pasaron todo límite imaginable. También afirmó que la guerra no es la continuación de la política por otros medios, sino la falencia total de la política.
Lula no idealizó el sistema internacional. Dijo que la ONU tiene fallas evidentes, que su credibilidad cotiza poco y que el poder de veto de las cinco potencias permanentes del Consejo de Seguridad convirtió en rehenes a los demás países del mundo. Pero la opción del presidente brasileño no fue la ley del botín sino la reforma del multilateralismo. Su frase ordenadora fue otra: el mundo debe elegir entre multilateralismo o unilateralismo, democracia o extremismo, soberanía o subordinación. Hasta dejó en el hemiciclo de la ONU una de esas frases para la historia: “Brasil no cabe en el patio trasero”. Se refería, claro, al backyard, el patio trasero al que aluden los estadounidenses imperiales cuando mencionan los países ubicados al sur del Río Bravo. El discurso completo de Lula, aquí.
Milei y el alineamiento
Milei habló al día siguiente que Trump y Lula. En su discurso del 23 de septiembre mencionó dos veces a Trump. Primero dijo que la inteligencia artificial o “superinteligencia”, “como dice el Presidente Donald Trump”, puede multiplicar la productividad en magnitudes todavía incomprendidas. Después afirmó que el desarrollo de la inteligencia artificial debía quedar en manos de Occidente y agregó: “En eso compartimos plenamente la visión del Presidente Trump”.
El dato importa por el contexto. Milei no citó a Trump en abstracto. Lo hizo después de que Trump hubiera defendido el brutalismo del botín. En la ONU, Su Excelencia eligió subrayar una convergencia política con el mismo líder que acababa de colocar el lenguaje del saqueo en el centro de una escena multilateral.
Esa alineación abre una dosis de realidad para quienes hasta ahora dudan de que la postura de Milei es galtieroide. Su Excelencia puede reivindicar la Cuestión Malvinas o hasta pronunciar la palabra “soberanía”. Pero al mismo tiempo quedó ubicado junto a Netanyahu y Trump, dos paladines de la fuerza pura y dura.
Para la Argentina, el asunto es concreto. El botín del siglo XXI no siempre tiene forma de cofre, lingote o ciudad saqueada. En una actualización del antiguo pillaje, puede adoptar distintos aspectos: petróleo, gas, litio, tierras raras, datos, rutas comerciales, infraestructura, deuda, alimentos, agua, inteligencia artificial o posiciones militares. La lógica es la misma: cuando el derecho retrocede, los recursos de los más débiles quedan más expuestos al poder de los más fuertes.
El derecho internacional no eliminó la desigualdad entre Estados. Está claro que tampoco impidió guerras ni convirtió al mundo injusto en un orden justo. Pero aunque decidan restituir su capacidad de disuasión militar, como el Brasil de estos días, o lo resuelva en la Argentina otro gobierno que no sea, como el de Milei, el que degradó a las Fuerzas Armadas y a sus integrantes, los países que no son imperio deben decidir si defienden sus riquezas o las regalan. Y encima aplauden a los depredadores.