La idea de que el crecimiento de los sectores más ricos o de las actividades exportadoras termina beneficiando por sí solo al conjunto de la economía no encuentra respaldo en la evidencia. Estudios del FMI y de la London School of Economics muestran que una mayor concentración del ingreso aumenta la desigualdad sin generar un crecimiento adicional significativo. La Argentina ofrece hoy otra versión del mismo problema: sectores extractivos que deberían funcionar como motores conviven con una industria metalúrgica en retroceso y con apenas el 39,6 por ciento de utilización de su capacidad instalada.
El “efecto derrame” es una de esas ideas que sobreviven no por su respaldo empírico, sino por su capacidad de repetirse. Su forma más difundida es interpersonal: si a los que están arriba les va bien (por menores impuestos o por ganancias extraordinarias), el bienestar gotea hacia abajo y alcanza al resto. Pero existe una segunda versión, menos discutida y más relevante para la Argentina: la idea de que el dinamismo de unos pocos sectores exportadores terminará irradiando prosperidad sobre el conjunto de la economía. Ambas comparten un mismo supuesto implícito: que el crecimiento se distribuye por sí solo. La tradición del pensamiento económico del desarrollo dudó de esa premisa desde el comienzo, y la evidencia contemporánea le termina dando la razón.
Lo que dice la evidencia
Joseph Stiglitz sostiene desde hace tiempo que el derrame nunca operó como se prometió. El cuestionamiento decisivo, sin embargo, provino de una fuente insospechada: el Fondo Monetario Internacional. Un estudio de 2015 encabezado por Era Dabla-Norris, sobre una amplia muestra de países, halló que un aumento de un punto en la participación del 20 por ciento más rico en el ingreso reduce el crecimiento del producto en 0,08 puntos durante el quinquenio siguiente, mientras que el mismo punto en manos del 20 por ciento más pobre lo eleva en 0,38.
La asimetría no es casual: el ingreso concentrado en la cúspide tiende a filtrarse hacia el ahorro financiero o los activos externos, en tanto el de los sectores populares se vuelca al consumo y sostiene la demanda. Es la vieja intuición de la propensión marginal a consumir, ahora respaldada por datos.
A la misma conclusión llega el trabajo de David Hope y Julian Limberg, de la London School of Economics, que analizó medio siglo de rebajas impositivas a los más ricos en dieciocho economías avanzadas: esas reformas incrementaron la desigualdad sin producir efecto perceptible alguno sobre el crecimiento ni sobre el empleo. El derrame prometido, una y otra vez, no aparece por ningún lado.
El derrame sectorial y por qué no ocurre
La segunda versión del mito exige herramientas más finas, y aquí la tradición estructuralista del desarrollo resulta insuperable. Albert Hirschman enseñó que la contribución de un sector al desarrollo no depende de su tamaño ni de su rentabilidad, sino de la densidad de sus encadenamientos: hacia atrás, con sus proveedores, y hacia adelante, con quienes procesan su producto. Una actividad ricamente eslabonada arrastra inversión, tecnología y empleo calificado. Una actividad de enclave, intensiva en recursos y volcada a la exportación en bruto, crece encapsulada, sin transmitir su impulso al resto del tejido.
Gunnar Myrdal fue aún más lejos con su principio de causación circular acumulativa: los polos dinámicos no siempre “derraman” sobre las regiones y los sectores rezagados. Con frecuencia los drenan, absorbiendo capital, talento y recursos en lo que denominó efectos de retroceso. Nicholas Kaldor, en la misma línea, mostró por qué la industria manufacturera, y no la extracción de commodities, es el verdadero motor del crecimiento: es en ella donde operan los rendimientos crecientes y la difusión de productividad hacia el conjunto de la economía. La hipótesis Prebisch-Singer completó el cuadro al advertir que una estructura especializada en materias primas queda a merced del deterioro de los términos del intercambio y no genera, por sí sola, transformación productiva.
La síntesis moderna de esta línea la ofrecen Ricardo Hausmann y César Hidalgo: el desarrollo es, ante todo, la acumulación y difusión de capacidades productivas, y esas capacidades se propagan a través de encadenamientos, no por la mera proximidad geográfica a un yacimiento. Donde no hay cañería, esto es, eslabonamientos, no hay derrame posible. El crecimiento del enclave se exporta junto con el mineral o el barril.
La foto de agosto
La coyuntura argentina ofrece una ilustración precisa. Según el índice de ADIMRA, la producción metalúrgica cayó 6,1 por ciento interanual en agosto y 3,9 por ciento respecto del mes anterior, y acumula un retroceso de 5,6 por ciento en lo que va del año. El uso de la capacidad instalada apenas llega al 39,6 por ciento: seis de cada diez máquinas permanecen detenidas. No se trata de un sector cualquiera. La metalúrgica produce los bienes de capital con los que fabrican todas las demás ramas, de modo que su nivel de actividad funciona como termómetro anticipado de la inversión: cuando se enfría, se enfría la formación de capital de la economía entera.
El dato que desarma el relato es la simultaneidad. Todos los sectores que demandan productos metalúrgicos retrocedieron a la vez (consumo final, construcción, agro, energía eléctrica, alimentos y bebidas, automotriz) y, con ellos, los supuestos motores del modelo: la minería cayó 6,4 por ciento y el petróleo y gas 4,4 por ciento. Los enclaves que debían traccionar la cadena se contraen junto a ella. La prueba empírica del no derrame es difícil de refutar: si el auge extractivo irradiara prosperidad, la industria que lo abastece no estaría operando a menos de la mitad de su capacidad.
Del mito a la política
Nada de esto convierte a la estabilización en un error. Ordenar la macroeconomía, contener la inflación y equilibrar las cuentas son condiciones necesarias, y conviene defenderlas sin ambigüedades. El error de diagnóstico es otro: suponer que, alcanzada la estabilidad, el crecimiento se distribuirá de manera espontánea, por goteo interpersonal o por irradiación sectorial, sin una política que lo promueva. La evidencia internacional y la propia foto local coinciden en que el bienestar no cae desde arriba ni brota de los enclaves.
Se construye. Requiere demanda interna que sostenga la producción, inversión que amplíe la capacidad y, sobre todo, una trama productiva que encadene los sectores dinámicos con el resto, agregue valor y difunda productividad. Esa es, en definitiva, la diferencia entre crecer y desarrollarse. Mientras esa cañería no se construya, el efecto derrame seguirá siendo lo que siempre fue: un mito urbano, repetido con convicción y desmentido, con paciencia, por los hechos.