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El pibe

Stella, episodio XXXVII.

El pibe demoró en contestar. El periodista era más alto, más adulto. Le acercó el micrófono y el pibe demoró, quizá medio segundo o un segundo entero en decir su nombre. En ese lapso tan ínfimo, Stella imaginó su vida:

Normal. Su vida era normal. La vivienda era chica, cocina, comedor y dormitorio integrado. El baño estaba afuera, era como una alcoba cerradita y siempre limpia. Los pasillos a veces acumulaban agua y eso daba más frío. Eran angostos, podías hablar con los vecinos de enfrente. La casa, por suerte, ya estaba terminada. La villa era tranquila, aunque se armaran guerras de una o dos semanas; las guerras eran tormentas con canas apostados en las puertas, eran como una invasión extraterrestre por esos uniformes que usan ahora y por esas armas largas, demasiado largas y fabricadas especialmente para matar villeros.

Un día, ya cumplidos los dieciséis, él salió de la escuela y volvió a su casa. Tranca, en el pasillo se encontró con Juan y el Taca. Eran más grandes y lo venían apalabrando. Le enseñaron los trucos del oficio. El pibe aprendió y guardó el secreto. Jamás le contaría a su mamá las nuevas técnicas. Fueron los tres primero a Cabildo y Juramento. La capital era un paraíso lumínico, muy ruidoso. No podía concentrarse al ver tanta chichi bonita, tanta humanidad en movimiento, tanta ropa, zapatillas, vidrieras enormes, autos, motazas, bondis. No pudo el primer día, se dispersaba. El Taca y Juan, sí. Volvieron los tres a la villa con cuatro celulares y dos billeteras sin abrir. Eso es tener oficio, aguantar la ansiedad, no abrir, no bardear, esperar a llegar, no sacar el botín de los bolsillos internos de la campera, no cubrirse la cabeza con la capuchita porque eso te bate, ir caminando despacio, subirse al tren los tres, no tentarse con ninguna cartera ni bolsillo de caballero. El camino de vuelta debe ser sobrio y liso hasta llegar a la casucha del Taca y ahí sí, ahí sí abrir billeteras, buscar el patrón de seguridad de celular o llevárselos al Facha Casimiro que sabía mucho de celus y de vender. Después, a festejar, a tomarse las birras un poco calientes y mezclarlas con algo, con la buena, que también la vende el Facha Casimiro. El pibe aspiró por primera vez y se quedó toda la noche en el frío jugando solo a la pelota en el descampado.

Las salidas se repitieron. Iban a esquinas comerciales, Santa Fe y Coronel Díaz, Acoyte y Rivadavia, Avellaneda y Nazca. Hasta que un día cayeron. Esto es como la ruleta. Un día perdés. Los tiraron boca abajo. Llegaron cinco yutas. El pibe alcanzó a contarlos. Después fueron más. Y llegaron más coches. El número de ratis sería de nueve o diez para cazar tres chorritos. La gente miraba de reojo, pasaba, esquivaba la vista, no sea que me tomen de testigo y me demoren, pasar rapidito, hacerse el feza. Era la esquina de Cabildo y Congreso.

En la comisaría fue peor. Él oía los gritos de Juan y el Taca. Serían golpes en los riñones, en la panza, en el hígado, en los testículos, en la boca. No llegó a verlos. Él, como era menor, estaba confinado en una pequeña celda. Ya le iba a tocar. Y le tocó. Le doblaron el brazo, le dieron patadas en la columna, en el coxis, y dos piñas en la cara que le sangraron. Cantó todo. Pudo hablar con su mamá. Una llamada sola. Se iba a quedar unos días para aprender. Si hacía buena conducta lo dejarían libre y le darían el trabajito, que era remunerado. Un canoso vestido de civil le fue enseñando el nuevo oficio: “Acá vas a estar más protegido. No vas a llevar armas porque sos muy pendejo y no sabés. Tirás solamente a las vallas. De la gente nos ocupamos nosotros. Te vas a entrenar para que no te pesen las piedras en la mochila. Vas a correr y saltar en el patio con tus colegas. El entrenamiento es sagrado, me entendés. Y en la calle, siempre anónimo. No te hacés amigo de nadie. Mirá que nosotros vemos todo. Te vigilamos todo el tiempo. Ojo. No digas tu verdadero nombre. No saludes a nadie. A la menor falta te comés el arresto. Acá vas a entrenar, vas a saltar mejor que el Cuti Romero. Nada de asustarse con los estruendos ni con las balas. Las piedras se arrojan recto. Ahora te vas al patio con el cabo Ramírez. Andá.

Llegó el día. Había gente llegando y gente volviéndose. Había gente cantando consignas, puteando al presidente, había jubilades, madres y padres con hijes, había alegría. Empezaron estos a correr entre la gente. Se les nota. Tienen una destreza física superior a la de cualquier manifestante. En Callao y Bartolomé Mitre el pibe empezó a tirar las piedras contra las vallas. Otro, que había venido con él, cuyo nombre desconocía, fue más zarpado, tiraba con más fuerza. Cuando vino el agua ya se habían desplazado. Él sin saberlo apareció en Avenida de Mayo, la gente se dispersaba. Había gases. Él, igual lo soportaba, una pastillita lo había ayudado antes de salir de la comisaría. Estaba contento, medio eufórico, un chorro lo había mojado y tirado al piso, pero se había levantado como un héroe, ni frío sentía, él era su propio ídolo, a él no lo iban a detener; es más, lo iban a llevar en auto hasta la entrada de la villa como a un duque, un duque con empleo. Seguro que Juan y el Taca lo iban a felicitar, mamá lo abrazaría, sus hermanitos se le subirían a babucha, y, además les regalaría la plata. Vio el móvil de Crónica. Por imprudencia o por vanidad, se acercó. Recordó la instrucción. El periodista, que era más alto y más adulto, le acercó el micrófono y le preguntó:

–Vos, ¿cómo te llamás?

El pibe demoró medio segundo porque pensó. Y contestó:

–Eeeh, Joaquín .

–¿Y con quién o con quiénes viniste?

–Eeeh, con unos amigos…

El periodista miró para los costados, vaciló un poco y le dijo:

–Bueno, andate.

El pibe salió de la cámara. El periodista siguió haciendo el móvil.

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