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¿Y ahora qué?

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La cloaca oral y la curva de Overton

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Javier Milei intentó desplazar el escándalo Cerimedo con nuevos excesos de su cloaca presidencial. Esa fue su estrategia en Chile, en la cumbre de las extremas derechas hispanoamericanas, donde trató de inundar el territorio otra vez con mierda y tapar lo sustancial con ruido, aturdir, confundir, distraer.

Hasta hace unos días, la conversación pública giraba en torno de Fernando Cerimedo, el operador político de terminales turbias al servicio de las derechas extremas detenido en Bolivia por un intento de femicidio contra su expareja embarazada. El hombre montaba granjas de trolls y campañas sucias para la campaña libertaria en Argentina, en Brasil fue investigado por su presunto papel en el asalto al Congreso bolsonarista y terminó asesorando al presidente boliviano Rodrigo Paz. Una joya.

La respuesta de Milei al escándalo fue la burla y la grosería, como señaló Guillermo Lipis en su nota de ¿Y Ahora Qué?. Es decir: la primera capa de mierda ya había caído sobre el elefante antes de que el presidente subiera al avión rumbo a Santiago el jueves. La cumbre del Foro Madrid -la quinta edición del encuentro fundado por los neo fascistas españoles de Vox- fue la segunda capa, mucho más gruesa.

Lo que dijo en Santiago

El discurso ante el Foro Madrid, horas antes de su cadena nacional filonacionalista pro yanqui sobre Malvinas, es del catálogo de buenas prácticas de desinformación.

Milei abrió celebrando la asunción de José Antonio Kast. «Tras el derrocamiento del comunista Allende, Chile entró en un periodo de estabilidad y crecimiento que se extendió por más de 40 años». El Golpe de Estado es el punto de partida de la prosperidad en su visión delirante de la historia chilena.

La izquierda, dijo, es un «cáncer» que las guerrillas cubanas llevaron «por todo el continente»; la tarea de cada nación es «quitar el cáncer de la izquierda de sus propias instituciones». La metáfora médica pertenece al vocabulario con que los que el terrorismo de Estado justifica la eliminación física del adversario.

Para no dejar nada afuera del repertorio conspiracionista, llegó la teoría del gran reemplazo porque también advirtió queel presidente españolPedro Sánchez y el PSOE «allanan[do] el camino para las hordas extranjeras que terminarán reemplazando» a los españoles.

La batalla del anarco-capitalismo es mesiánica y supernatural, en la más fina tradición luterano-calvinista de vigilancia de las trazas del Malo. Se trata de una disputa «a nivel global entre el bien y el mal»; el mal está «encabezado por la izquierda radical y el terrorismo». La izquierda, además, quiere transformar el mundo «corrompiendo la propia esencia humana».

La brutalidad y ebriedad retórica son su reaseguro ideológico, y su sello un discurso habitado por obsesiones, fantasmas, y una sobrecarga de memoria fabricada. Todo esto envuelto en la habitual avalancha de cifras disparatadas -14 millones de personas sacadas de la pobreza, 600 mil empleos, riesgo país «prácticamente eliminado», crecimiento del 20% en cuatro años- que funcionan menos como argumento que como ruido de fondo.

La esquicia es la fuente y el destinatario de la estrategia de estos líderes que se presentan como defensores del programa reaccionario de EEUU mientras su principal socio comercial es China.

El Foro Madrid no produce política; produce frases. Y cuando un gobierno no tiene mucho, las frases tienen que ser cada vez más ruidosas. Cuanto más grita Milei, menos se habla de Cerimedo, la impunidad fiscal para millonarios, el Súper RIGI, la Inocencia Fiscal II y los trolls.

Para un análisis de utilidad práctica, es menos relevante el estado mental del Presidente que la eficacia de la operación que ejecuta. Lo que importa no es lo que dice, sino que puede decirlo. Y lo hace ante dos jefes de Estado y una subsecretaria del Departamento de Estado. Esta eficacia sirve para trazar la variación en la curva “de Overton”.

La ventana

La ventana de Overton es una herramienta para medir el rango de temas y argumentos que resultan políticamente aceptables para la mayoría de una población en un momento dado. Debe su nombre a Joseph Overton, un operador conservador de EEUU, que sostiene que la viabilidad de una idea depende de su aceptabilidad.

Un político puede recomendar los postulados que están dentro de la ventana (compraventa de órganos humanos y niños, polución voluntaria de ríos, metáforas sexuales y pedófilas…) sin parecer extremista. Esa ventana se mueve, puede desplazarse, encogerse o expandirse, y la forma más rápida de correr los límites de lo aceptable no es argumentar en el borde sino decir algo que esté muy lejos afuera. Algo exponencial.

Una derivada de la técnica de Gran Mentira teorizada por Adolfo Hitler en su Mein Kampf y aplicada desde entonces hasta el presente por su descendencia. Cada barbaridad convierte la barbaridad anterior en posición razonable.

La actual ventana de Overton no se corrió de golpe: se corrió a razón de una abyección por semana durante tres años. Y la medida más precisa del desplazamiento no es lo que Milei, Bukele, Della Espriella, o Trump dicen, sino lo que ya no escandaliza.

Maleducados

Lo explica la socióloga eslovena Renata Salecl en su libro ‘Maleducados’, escrito antes de Milei, pero que parece un manual de instrucciones. Su punto de partida es que la crueldad se ha vuelto una parte aceptable del entorno cultural. Y que eso no es un accidente sino producto de la ideología del éxito neoliberal, asociada a la idea de que el ganador se lo lleva todo. Quien no gana es un ‘loser’(perdedor), y la humillación del perdedor no es una falla del sistema sino su espectáculo central.

Vivimos, escribe Salecl, en los tiempos de la grosería generalizada. La estrategia discursiva de dirigentes como Milei y Trump están llenas de autoelogios por ser los mejores y más exitosos, mientras sus adversarios son fracasados e ineptos.

«Nuestro programa económico está tan bien diseñado que soportó todos sus embates»; «vaya que estamos haciendo crecer la economía»; «vaya que el mercado genera trabajo». Y enfrente: «zurdos mugrosos», «gentuza», «ladrones», «presidiaria». No es, en todo caso, solo un rasgo de personalidad disfuncional sino, además, es la gramática de la ideología del éxito neoliberal en primera persona.

Hay una atmósfera que generaliza el comportamiento psicopático en idearios que hacen de la grosería una virtud. Porque puede que detrás de la cortesía pensemos las peores cosas del otro, pero las máscaras de la cortesía son una condición para la cohesión social. Milei vende la caída de estas máscaras como autenticidad -«cuando los argentinos me eligieron, eligieron a un tipo puteador»- y una parte de sus seguidores la compra como prueba de que «no se volvió político».

Salecl diría que lo que se está celebrando no es la sinceridad sino el fin de una condición de posibilidad de la vida en común.

En una sociedad donde ya no se oculta que el éxito es resultado de la mentira y el fraude, la apatía política convive con la avivada. La persona buscará todos los días cómo burlar al sistema y a sus connacionales. Y una sociedad sin valores comunes no puede luchar por objetivos comunes.

Y a pesar de que un estudio de la consultora QSocial demostró en julio que dos tercios de los argentinos rechazan el estilo del Presidente, con este estilo Milei sigue decidiendo la agenda. Esta semana se habla de los «zurdos mugrosos» y no de Cerimedo.

La cloaca no es un desborde. Es un sistema de drenaje. Y funciona.

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