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Escudé, Galbraith y los que meten el perro

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A Carlos Escudé, ya fallecido, le habría interesado el debate de hoy.

La política exterior de Javier Milei vuelve a poner en escena el viejo debate sobre el realismo periférico. Enrique Aschieri revisa a Carlos Escudé y a John Kenneth Galbraith para analizar una política exterior argentina alineada con Estados Unidos e Israel, en un mundo atravesado por asimetrías de poder, conflictos geopolíticos y disputas tecnológicas. La pregunta de fondo es si la subordinación a una gran potencia puede traer desarrollo o si, por el contrario, deja al país expuesto a los intereses, contradicciones y conflictos de los sectores de poder de Washington.

El interés nacional argentino exige autonomía relativa, desarrollo y mercado interno. Exactamente lo contrario de lo que expresa la política exterior libertaria.

En esta semana se desarrolló la Asamblea General de las Naciones Unidas, en la sede del organismo multilateral en Nueva York. Casi todos los que mandan en cada país del mundo, incluido el primer mandatario argentino, se hicieron presentes en el cónclave y pronunciaron su discurso.

Escenario adecuado, entonces, para echar una mirada a la política exterior argentina en el plano conceptual. Dar con un esbozo de los supuestos de la política exterior del gobierno libertario debería funcionar como criba para desgranar la coyuntura electoralista de las relaciones exteriores argentinas. El actual sesgo hacia lo que yace irredento bajo un manto de neblina, muy a contramano de la atmósfera que envolvía la política exterior de los libertarios, provoca el sentimiento que expresa la pregunta natural que surge cuando se enfrenta la infrecuente situación de un perro descansando en lo más alto de la copa de un árbol: ¿cómo llegó ahí?

El sustrato teórico

Las condiciones del discernimiento de lo que, en el plano de la política exterior, le conviene o no a la Argentina, en el gobierno libertario las fijan los intereses de una minoría, a la cual expresan y representan los cárdenos. Tales réditos minoritarios están en franca contradicción con los de la mayoría.

Bien advirtió Paul M. Sweezy que, en principio, es clave aquilatar que la política exterior está moldeada y dominada por los intereses nacionales clasistas. Y consigna que “esta afirmación vale tanto para los Estados Unidos de hoy como para el Imperio Romano o la Francia de Luis XIV”. ¿Qué decir distinto de la Argentina de hoy?

En consecuencia, con relación al ámbito de las relaciones exteriores, el gobierno irá afianzando su comportamiento en pos de su cada vez más arduo propósito de supervivencia política, tratando de sortear el escollo de mayor volumen que tiene ante sí: aquello que se identifica como el interés nacional.

El interés nacional se define en términos de poder ejercer la autonomía relativa. Para eso se necesita impulsar y sostener el desarrollo. Para eso se necesita impulsar y sostener el mercado interno. En resumen: lo que está en las antípodas del gobierno.

Los libertarios también en política exterior son hijos putativos de los años 90 y de la impronta dada a las relaciones internacionales por el realismo periférico. El realismo periférico fue la justificación conceptual que pergeñó Carlos Escudé para la política exterior de los años 90. Más allá de que el autor fue variando de postura desde entonces, las ideas primigenias resumidas en la voz realismo periférico avanzan hoy con plena vigencia por la fuerza de los hechos.

De manera que revisar algunos de sus contenidos ayuda a formarse un criterio sobre las consecuencias, en el ámbito de la política exterior, del comportamiento cárdeno y de sus berretines oportunistas coyunturales.

Desarrollo económico

Escudé estipula que el eje de la política exterior es el concepto de interés establecido en términos de desarrollo económico, pero nunca definió qué entiende por desarrollo económico. Simplemente infiere que éste sobreviene por asirse a los objetivos de la gran potencia.

En otras palabras, desarrollo es lo que vuelve necesario el realismo periférico. A partir de esta afirmación por necesidades de la causa, y por lo tanto sin fundamento lógico atendible, con prudencia previene que, asimismo, es necesario minimizar los costos del seguidismo.

Es que “la política de la gran potencia puede volverse contradictoria e impredecible frente a cualquier provocación, sin costo alguno para la gran potencia, y con costos enormes para el Estado periférico, que se convierte en el juguete de un gigante”, anotaba Escudé en los escritos de aquella época. Y señalaba que eso es una “peculiaridad del proceso de toma de decisiones norteamericano”.

Frente a este horizonte, Escudé deduce que los Estados periféricos “tienen pocas posibilidades de obtener concesiones significativas cuando se adaptan a los objetivos políticos de la gran potencia”. Pero si se adaptan percibirán, según Escudé, que “la gran potencia tenderá a ser ‘ingrata’ y a demostrar poco interés por su alineamiento: no estará dispuesta a sacrificar casi nada para asegurarlo, porque ese alineamiento vale poco”.

Diría nuestra variante periférica de Kipling: es el peso de la responsabilidad del morocho.

Escudé ilustra el contradictorio comportamiento norteamericano historiando un episodio ocurrido en nuestro país. Para Braden, vender armas a la Argentina era peligroso. Para Messersmith, el peligro radicaba en no venderle armas, ya que preveía una carrera armamentista entre fabricantes europeos dispuestos a llenar el vacío dejado por Estados Unidos.

Se refiere a los embajadores norteamericanos Spruille Braden y George Messersmith. El primero fue embajador en la Argentina entre fines de mayo y fines de agosto de 1945. Messersmith lo reemplazó. Braden es el de la célebre disputa con Juan Perón. “Braden o Perón” fue el lema con que Perón hizo la campaña que lo llevó a su primera presidencia en 1946.

JKG

Un par de apuntes del afamado economista, ensayista y diplomático John Kenneth Galbraith, trazados a principios de los años 90 sobre el funcionamiento de la política exterior de los Estados Unidos, dan cuenta de cierta evolución dentro de la misma lógica que dicta que ahora, como antes, los intereses privados siguen tallando con peso en las zonas de menor relevancia estratégica.

Galbraith expresa que, dados el desenlace de la Guerra Fría y el grado de desarrollo alcanzado por los norteamericanos, “gran parte de la política exterior tiene un carácter pasivo recreativo”. Con esa caracterización, explica la situación por la que atraviesa la política exterior norteamericana, la cual, “carente del apoyo económico que fue decisivo en el pasado, depende notablemente de los militares y, en consonancia con una tradición bien asentada, es recreativa más que real”.

¿Cambió esa situación con el 11-S? No se ve cómo.

Para Galbraith, que el aparato militar norteamericano opere sobre la base de su propio poder interno “significa, entre otras cosas, que ya no es necesario un enemigo plausible”. No obstante, “el presupuesto militar se ha mantenido relativamente inmune. Esta es la prueba, repetimos, del poder autónomo de los militares”. Por lo que, en vista de estas circunstancias, prevalecerían “las guerras menores y aparentemente seguras”. El buen funcionamiento del equilibrio de poder dentro de los Estados Unidos evitaría los desmadres.

De acuerdo con Galbraith, en la esfera cotidiana de la política exterior norteamericana, el escenario delineado se traduce en que “cuando los comentaristas sesudos y la prensa informan de un deterioro en las relaciones entre los Estados Unidos y algún otro país, el cambio sólo se ha producido, en la práctica, en las actitudes de un número limitado de funcionarios de cada bando. No hay ninguna consecuencia o participación más amplia”.

Puntualiza que “un titular de prensa diciendo que el gobierno estadounidense observa con grave preocupación ciertos acontecimientos en distintos países sólo significa que ha reaccionado así un puñado de funcionarios del gobierno”. Y, con cierta ironía, Galbraith comenta que “al comunicar su preocupación, ellos son los Estados Unidos. Las posteriores consecuencias del acontecimiento son normalmente leves, como también cuando, más tarde, se dice que las relaciones han mejorado”.

Juegos de seducción

Poco antes de morir, en 2021, a los 72 años, víctima del coronavirus, Escudé reflexionaba con tono crítico que en la Argentina “se instrumentó una política exterior de realismo periférico, conducente a una mayor cooperación con las grandes potencias de Occidente, pero esta política exterior sirvió para lubricar una política económica de extranjerización, que privatizó muchas empresas públicas a precio subsidiado, poniéndolas bajo control foráneo”. Y agregaba: “Es precisamente lo opuesto de lo que hizo el realismo periférico exitoso de Deng Xiaoping”.

El esquema de Galbraith, frente al cual el de Escudé no es más que una desaconsejable respuesta que así lo confirma, incluso en su reflexión crítica, da elementos para encuadrar que lo único que se puede esperar de un gobierno extenuado en la carrera contra el tiempo, que por corazón, vocación, miopía, oportunismo y torpeza hace virtud de necesidad, es que agarre lo que le dé la principal potencia. Y así quedemos a merced de los intereses, contradicciones y conflictos que enfrentan entre sí a los sectores de poder a la vera del Potomac.

La propuesta de un “mundo multipolar interconectado” a efectos de poner en marcha una resolución “más equilibrada y representativa” del problema global de la desigualdad y la asimetría en el desarrollo es ajena a la política exterior argentina actual.

Y así fue como llegó a lo más alto de la secuoya lo que tiene cuatro patas, ladra y mueve la cola.

Indudablemente, están metiendo el perro.

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