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El alma de las cosas, biografía de una antología de poemas

POR

La edición original, firmada por Frigerio como Ferrando.

Una pequeña antología publicada por Rogelio Frigerio en 1954, agotada durante décadas y recuperada mediante fotocopias, se convierte en el punto de partida de una reflexión sobre la relación afectiva entre las personas y los objetos. Manuel García Solá reconstruye la historia de un libro que dejó de ser para él una mercancía para transformarse en una pieza única, ligada a su propia biografía. A partir de la idea del antropólogo Igor Kopytoff de que las cosas también pueden tener una “biografía cultural”, el autor recorre los recuerdos familiares, políticos y culturales asociados a la Pequeña Antología de Poemas. Borges, Olegario Andrade, Neruda, García Lorca y otros poetas aparecen unidos a una concepción de la cultura nacional que convirtió aquel volumen en una suerte de objeto vivo.

Igor Kopytoff, el gran antropólogo fallecido en 2013, propuso mirar los objetos de una manera poco habitual: no sólo por lo que valen o por la función que cumplen, sino por la historia que van acumulando a medida que pasan por distintas manos, situaciones y significados. Una cosa puede nacer como mercancía, circular en el mercado y, en determinado momento, dejar de ser intercambiable porque alguien le atribuye un valor especial. Kopytoff llamó “singularización” a ese proceso.

Decidí seguir esa idea y escribir la biografía de un objeto que para mí se singularizó hace muchas décadas. Es un libro que desapareció del mercado y que yo, hace más de cuarenta años, convertí en algo irreemplazable por las huellas emocionales que dejaron en mí su autor y la propia obra.

En el lenguaje de Kopytoff, ese objeto está para mí “sacralizado” y, por eso mismo, es “inalienable”. Dicho de otra manera, dejó de ser una cosa que podría comprar, vender o sustituir por otra. Su valor ya no depende de un precio, sino de la historia personal que contiene.

Se trata de la Pequeña Antología de Poemas. Selección de Poetas Argentinos y Extranjeros. Ediciones El Sol, Buenos Aires, 1954, de Rogelio Julio Frigerio, que a veces firmaba con Rodolfo Ferrando, fundador del desarrollismo argentino y mi maestro filosófico, político y cultural.

Como se advierte por los datos de edición, el libro tuvo su primera y única impresión a mediados del siglo XX. Frigerio abrigaba, según escribió, “la esperanza de que muchos jóvenes argentinos tendrán, cuando menos, la oportunidad de advertir que al lado de las obras maestras de la literatura universal —y formando parte de ella— existen otras, realizadas por connacionales que, por ser argentinas y expresar con veracidad y belleza nuestras particulares características —conjunción de emoción estética, geografía y psicología— deben ser cultivadas y amadas entrañablemente”.

Yo fui uno de esos jóvenes. Ese libro hizo mucho para que amara a nuestros poetas, cultivara sus obras y, sobre todo, las frecuentara sin timidez, parafraseando al autor.

Conocí el libro, ya agotado, a fines de la década de 1970, cuando empecé a colaborar profesionalmente en la “usina” del desarrollismo que dirigía Frigerio. Y me enamoré de la “cosa”, como diría Kopytoff. Ya no era un bien disponible en el mercado. Era imposible conseguirlo. Al único ejemplar que conservaba Frigerio lo descubrí en la extraordinaria biblioteca de su departamento de Arribeños y Teodoro García mientras lo esperaba para iniciar la faena diaria. Se lo pedí prestado para fotocopiarlo y “fabricar” mi propia edición, que obviamente terminó costándome mucho más que si hubiera podido comprar el libro nuevo.

Amé esa antología desde el primer día en que me mostró su ejemplar un entrañable amigo de aquellos tiempos, que conservo entre mis afectos mejor preservados, y colega de trabajo en la “usina” y en la militancia política, el licenciado Guillermo Ariza, por entonces director del suplemento Cultura y Nación del diario Clarín.

El amor hacia la obra fue a primera vista. Terminé de leer el prólogo y me encontré con el poema que inauguraba la selección de autores argentinos, “Consejo maternal”, de Olegario Andrade. Era la misma poesía con la que mi madre, cuando éramos niños, nos hacía lagrimear a mis hermanos y a mí. Todavía hoy no puedo terminar de leerla sin que se me cristalicen los ojos y se me cierre la garganta.

Gracias a esos versos, con los que me reencontré en la antología del “Tapir” —así llamábamos en la intimidad a Frigerio, por el ímpetu con que arremetía en defensa de sus ideas—, logré que mis hijos, formados en otra época y otra sensibilidad cultural, gustaran, no sé si con mi misma intensidad, de ese prodigio del genio y del espíritu humanos que es la poesía.

Luego recorrí el índice y me encontré con “La Fundación Mitológica de Buenos Aires”, de Borges, con Mario Bravo y su simbólica descripción de la vida a partir de “El Cedro”, con Conrado Nalé Roxlo y “El Grillo”, o con Pedroni y “Mijaí el Guardahilos”, entre los autores nacionales. Y también con Pablo Neruda en “Me gustas cuando callas” o “La casada infiel”, de Federico García Lorca, entre los extranjeros.

Ahí comprendí que ese libro sintetizaba magistralmente mi identificación cultural y moral con el cuerpo de ideas que había construido el antologista.

Hoy, cuando lo releo, en estos tiempos de zozobra que nos toca transitar como consecuencia de los excesos cometidos para diezmar a la naturaleza y a nosotros mismos, siento que no es un libro viejo ni caduco. Para mí se ha transformado en un clásico. Y, por expresar cada vez más profundamente una singularidad nacional, también lo siento cada vez más universal.

Sigue conmoviéndome comprobar la unidad de concepción que posee la obra, a pesar de tratarse de una selección de 56 autores y 95 poemas. Pienso que esa coherencia se debe a la visión antropológica de la cultura nacional que profesaba Frigerio y en la que nos formó a sus discípulos.

Este libro, para mí, no tiene edad. No envejece. Es eterno, igual que Borges, en su oda a Buenos Aires, juzga a nuestra capital: “tan eterna como el agua y el aire”.

La poesía, universal y nacional, condensada en este objeto de veneración, construye el alma de los pueblos. Los hace vibrar en su singularidad y, de ese modo, los hace también universales y responsables, como el resto de los seres humanos, de construir una humanidad más humana. El libro cobra así una forma de vida y contribuye a tallar la personalidad de las generaciones futuras.

Cuando miro la biblioteca, en el estante correspondiente a los libros de poesía, y poso los ojos sobre el lomo verde inglés, con sus letras doradas, y la tapa dura con que hice encuadernar sus 214 páginas, todavía me sorprendo de la magia que sucede cuando lo abro para releer las estrofas más añoradas.

Sigo maravillándome y buscando respuestas sobre los mecanismos profundos del alma y de la biología que hacen revivir personas, lugares, olores y situaciones asociadas con las rimas.

Por eso todavía me asombra escuchar a quienes preguntan para qué sirve un libro o cuál es la utilidad de la poesía.

Para la vida, para el alma y para el cuerpo amalgamados en nuestra condición humana, me dan ganas de responderles.

Esos son los usos que tienen los libros que, cuando se los ama, como yo amo mi Pequeña Antología, cobran vida y laten con nuestros latidos. Dejan de pertenecer al mercado. Ya no son una cosa inerte. Se fusionan con quien los posee.

Una vez que hube “editado”, impreso y encuadernado la obra, le pedí al antologista que me la dedicara. Pienso que aquel 14 de julio de 1980, cuando Frigerio estampó su firma debajo de la dedicatoria, el libro adquirió una nueva vida.

En los términos de Kopytoff, allí comenzó una segunda singularización. Primero había dejado de ser una mercancía corriente porque ya no podía encontrarse en el mercado. Después, mi ejemplar fotocopiado y encuadernado se convirtió en algo todavía más único al recibir la dedicatoria de su autor y quedar definitivamente enlazado con mi propia historia.

Ahora que escribo este registro advierto que no lo hago sólo por consejo de las docentes.

Kopytoff explica que, en un mundo donde las mercancías tienden a parecer intercambiables, algunos objetos atraviesan sucesivas “singularizaciones”. Cambian de categoría porque cambia la relación que mantenemos con ellos. Lo que alguna vez fue simplemente un objeto comprado o vendido puede convertirse, a partir de una experiencia, un recuerdo o una relación afectiva, en algo que ya no tiene equivalente.

“Al igual que en las personas”, sostiene el antropólogo, también en las cosas existe incertidumbre respecto de su valoración y su identidad.

La idea me conmueve especialmente porque Kopytoff dedicó parte de su obra a comprender la esclavitud. Allí aparece una paradoja profunda. Los seres humanos pueden convertir a otras personas en mercancías y, al mismo tiempo, retirar determinadas cosas del mercado porque las consideran únicas o sagradas.

De allí surge una pregunta incómoda: ¿por qué somos capaces de humanizar ciertas cosas mientras, en otros momentos de la historia, deshumanizamos a las personas?

El regalo ofrece otra pista. Inspirándose en Kopytoff, Patricia Vargas recuerda que regalar también es una forma de intercambio fundada en la reciprocidad. Un objeto regalado no vale solamente por su precio. Lleva consigo una relación entre quien lo entrega y quien lo recibe.

También podría pensarse una ironía todavía más dura. Los mismos seres humanos capaces de esclavizar mujeres y hombres, explotar a otros, traficar con menores o comerciar con estupefacientes pueden atribuir un enorme valor sentimental o simbólico a determinados objetos.

¿De qué vale un Picasso en poder de un traficante de armas? Si eso ocurriera, imagino que las lágrimas del gran español despintarían la obra.

Pero la cultura también realiza el movimiento contrario. Entendida como la actividad humana que actúa sobre la naturaleza y sobre la sociedad, transformándolas y transformándonos a nosotros mismos, puede retirar determinadas cosas del circuito mercantil y jerarquizarlas moralmente.

Eso es lo que ocurrió con mi Pequeña Antología de Poemas.

Esos objetos que poseen una biografía cobran vida en contacto con los seres humanos. Somos nosotros quienes, en un proceso de diálogo, les insuflamos significado.

¿Qué serían mis casi 220 páginas de fotocopias, encuadernadas en tapa dura y cubiertas por grafías del idioma español, si no hubiera existido un ser humano que moldeó su contenido para conmover a otros? ¿Qué serían sin las añoranzas, los sabores, los besos, las caricias, los aromas y los paisajes que los poetas supieron convertir en palabras?

Serían apenas un pedazo de árbol transformado en celulosa, luego en papel y finalmente trabajado por un artesano encuadernador.

Nada más que una cosa sin alma.

En cambio, su singularización, su salida del mercado y la historia que fue acumulando la transformaron para mí en un objeto vivo. Un objeto capaz de proyectar hacia otras mujeres y otros hombres de ahora y de después, de aquí y de allá, la cultura de un pueblo que, desde su propia singularidad, ha contribuido al desarrollo de la humanidad.

Gracias, Kopytoff, por enseñarnos a registrar cómo las cosas, a veces, pueden hacernos palpitar como pocas otras experiencias. Y cómo, muchas veces, terminan trascendiendo incluso a quienes las hicieron.

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