El gobierno de Milei tiene un viento de cola muy superior al de todos sus antecesores desde 2003. Pero la validez de esa metáfora para explicar el crecimiento económico argentino está cuestionada. La mejora en la distribución del ingreso y de los salarios reales es el resultado de decisiones políticas y no de una simple coyuntura externa favorable. Los derechos de exportación son una herramienta para evitar que la renta extraordinaria sea capturada por sectores minoritarios en detrimento del consumo interno, mientras las actuales políticas de ajuste del gasto público y reducción de los ingresos profundizan el intercambio desigual.
Durante el primer gobierno de Cristina (2007-2011) era vox populi que las mejoras palpables en la distribución del ingreso se debían a una coyuntura favorable de la economía internacional. El margen de maniobra lo proporcionaba un infrecuente auge mundial de las materias primas, en el que el precio de la soja, por entonces la principal exportación de la Argentina, alcanzó un nivel inusualmente alto.
Un mes después de aquella noche del 17 de julio de 2008, la del “no positivo” del entonces vicepresidente de la Nación Julio Cobos, la posición más cercana del precio de la soja en el mercado de futuros de Chicago tocaba los 602 dólares por tonelada. En diciembre de ese año bajaba a 290 dólares. El año había arrancado con la tonelada a 360 dólares. Entre 2009 y 2010, la tonelada cotizó en promedio a 210 dólares. En 2012 anduvo por los 410 dólares y en 2014-2015, por los 210 dólares. Actualmente cotiza a 437 dólares la tonelada. En perspectiva, no parecen precios tan deslumbrantes como para hacerlos responsables del buen comportamiento general de la economía.
Según la visión que sí responsabilizaba a esos precios de la bonanza, fueron ellos los que alimentaron los afanes populistas. En esta versión, con los precios mundiales de siempre, Cristina habría hocicado. Fue la suerte que le tocó en la coyuntura del mercado mundial la que alimentó su popularidad, producto de un comportamiento demagógico. Esa visión de las cosas basa sus inferencias en que son los precios del mercado mundial los que determinan los ingresos de los ciudadanos argentinos.
Ni se toman el trabajo de ponderar el peso de los sectores exportadores y de los que trabajan para el mercado interno. Pasan el rasero: si se pagan salarios altos en el país es porque hay precios altos en el mercado mundial de lo que exporta, respecto de la media histórica.
Frank Williams Taussig, maestro y guía del que en su momento fuera quizás el economista más conocido del planeta, Paul Anthony Samuelson, se preguntaba retóricamente: “¿Cuál es la causa de los altos salarios monetarios? La respuesta no es difícil de encontrar. Los países con altos salarios monetarios son aquellos en los que el trabajo es eficiente en la producción de materias primas o mercancías de exportación y en los que dichas exportaciones obtienen un buen precio en el mercado mundial. La escala general de los ingresos monetarios depende fundamentalmente de las condiciones del comercio internacional y únicamente de esas condiciones. La escala de los precios interiores le sigue”.
El país periférico productor de soja se encuentra con un precio inédito de ese grano en el mercado mundial y, a renglón seguido, con salarios belgas. Taussig habla de “salarios monetarios” y no de salarios reales, al igual que los críticos de la etapa 2007-2015. Taussig y sus discípulos vernáculos suponen que los salarios reales permanecen en la lona, dado que, en el proceso desatado por la soja, los precios internos subieron a efectos de pagar esos mayores salarios. Es el origen del “te hicieron creer” que podías consumir muy por encima de lo poco acostumbrado, dicho por el epítome de la prudencia bancaria, Javier González Fraga.
Pero los salarios subieron más que los precios, lo que vuelve absurda toda la inferencia de Taussig, quien, para colmo, razona suponiendo el libre cambio absoluto, lo que arruina aún más su hipótesis. Y si los salarios monetarios subieron más que los precios (fueron al alza los salarios reales, medidos con el IPC de CABA), entonces resulta imposible que el pequeño sector sojero, en relación con el resto del PIB argentino, tuviera los recursos para pagar ese aumento del salario real argentino. Esta enormidad absurda, la de los precios mundiales determinando los salarios nacionales, aún hoy la siguen boqueando como si fuera la verdad revelada. Lo cierto es que los salarios monetarios son altos en los países en los que los salarios reales son francamente altos.
Metáfora
El escenario de aquella etapa se definía con la metáfora náutica del “viento de cola”, muy propia de la época en que se navegaba a vela. Las velas se inflaban sin problemas para dar la mayor velocidad de navegación, puesto que los vientos soplaban desde la popa (la cola del barco) hacia la proa (el sector delantero de la nave). Hoy hay más “viento de cola”, pero no parece que eso se registre ni en el debate público ni en el publicado.
Esa mayor velocidad era el nivel de actividad económica. Los vientos que inflaban al máximo las velas eran los altos precios de los hidrocarburos y de las materias primas agropecuarias. El contexto económico internacional favorable registraba un marcado crecimiento de la economía global hasta la crisis subprime de 2008. Las tasas de interés relevantes para las finanzas globales, hundidas hasta niveles cercanos a cero o negativos ahí nomás después de la crisis subprime, ayudaron a paliar el mal trago.
Muchos partidarios de aquel gobierno explicaban que la recuperación de la crisis de 2001 no marchaba a todo vapor por los altos precios de las materias primas. Sin ignorar que ello ayudaba mucho, ponían el acento en las posibilidades que les abrió un “tipo de cambio real competitivo y estable”, tras el abandono de la convertibilidad. Si el tipo de cambio es alto, no puede ser estable, por las consecuencias inflacionarias. Además, las exportaciones son inelásticas (las variaciones de las cantidades casi no responden a las variaciones de los precios), lo que vuelve interesante el atraso cambiario y desaconseja las devaluaciones.
Algunos opositores al gobierno negaban la incidencia del tipo de cambio devaluado, debido a que los datos desde la salida de la convertibilidad no reflejaban una relación sistemática entre el tipo de cambio alto y el aumento del volumen de las exportaciones. Tampoco había una tendencia definida en la caída de las importaciones. La apreciación cambiaria que observaban llevaba al crecimiento económico, porque engrosaba el ahorro interno y la inversión. Subrayaban que el crecimiento habría sido mayor si la demagogia populista, que malgastó el alto precio coyuntural de la soja, no hubiera malogrado la reducción del costo laboral y la mejora de la rentabilidad inducidas por el cambio de precios relativos a favor del sector transable. Ofertismo vulgar, puro y duro.
Términos del intercambio
La inspección rápida del cuadro comparativo de los términos del intercambio (la relación entre el precio de las exportaciones y el de las importaciones) ya deja en claro que la mejora de los ingresos de las mayorías nacionales depende de la voluntad política y que el nivel de los términos de intercambio es una consecuencia del bajo o alto nivel de los ingresos internos, desde el momento en que es la remuneración de los factores de la producción (trabajo, capital, tierra y Estado) la que determina los precios y no a la inversa.

Antes y ahora, la hipótesis del viento de cola navega en aguas de borraja. Hasta un liberal tan recalcitrante como Martín Lagos se vio obligado a reconocer en un diario de esa época que “el estudio de una serie de ciento diez años sugiere que la correlación entre los llamados ‘términos del intercambio’ y la performance relativa de la Argentina no es alta. Progresamos con precios altos (1904-1912, 2002-2010), pero también con precios bajos (1918-1934, 1991-1998) y retrocedimos con precios bajos (1952-1963) y altos (1946-1951, 1979-1984)”.
Encontrar la real ligazón entre los términos de intercambio y el desarrollo conduce a la misma conceptualización de los precios y a su determinación, pues la primera categoría es una relación de precios.
Pero no se trata de los precios de mercado, sino de los precios de producción o precios de equilibrio, tal como los concebían los clásicos. Son precios de largo plazo fijados por las fuerzas más profundas que operan en la lucha de clases. El precio efectivo de mercado va y viene alrededor del precio de producción o precio de equilibrio.
Al respecto, el economista greco-francés Arghiri Emmanuel sostiene que “en las relaciones capitalistas de producción se gana en función de lo que se gasta y […] son los precios los que dependen de los salarios [por lo que] para que un país […] extraiga una ventaja de su comercio exterior, es necesario que consuma más que los otros, ya sea bajo la forma de salarios directos, o como gastos improductivos, colectivos, o bien cualquier otra forma de consumo”.
Altos y bajos
Es porque pagamos salarios bajos en comparación con los altos salarios que pagan los países de los cuales importamos la mayoría de lo que utilizamos que, desde una perspectiva de largo plazo, la relación de precios entre lo que exportamos y lo que importamos tiende a malograrse. Es lo que se conoce como el deterioro de los términos del intercambio. Un simple ejemplo numérico ilustra su alcance. Partamos de un año base para el índice de términos de intercambio, que usualmente se cuantifica como 100 y que utilizamos en el cuadro de las presidencias comparadas.
En el año base, el índice de los precios a los que exportamos e importamos es igual a 100. Transcurridos 50 años, digamos, mientras nosotros bajamos los salarios o los estancamos, estos siguieron subiendo en los países centrales. Ahí, el precio promedio de lo que exportamos es 45 y el de lo que importamos, 540. Nuestros bajos salarios hicieron lo primero y sus altos salarios, lo segundo. El índice de los términos del intercambio se deterioró desde 100 hasta 8,3 [(45/540) × 100]. En términos prácticos, eso significa que 50 años después habría que entregar 12 veces más exportaciones para obtener las mismas importaciones que 50 años antes (540/45).
La desigualdad que se registra en el comercio exterior, generada por la disparidad salarial, conlleva una transferencia unilateral de valor desde quienes pagamos salarios bajos hacia los países de salarios altos. Eso es el intercambio desigual.
El ritmo del desarrollo
La variación de los salarios, que afecta los términos del intercambio y genera transferencias unidireccionales de valor de la periferia hacia el centro, impacta simultáneamente sobre el ritmo del desarrollo. Sin embargo, esto ocurre directamente y sin pasar por los términos del intercambio. El desarrollo es el resultado de la acumulación y de la inversión. En la economía en que vivimos, es una cuestión de beneficios y no de salarios.
Cuando los salarios aumentan, el beneficio disminuye, no aumenta. Y dado que la tasa de ganancia tiende a igualarse a escala mundial, un aumento de salarios, allí donde quiera que se produzca, disminuye la fuente de financiamiento de las inversiones en el mundo entero, pero las vuelve interesantes en el país que, por ese medio, amplió su mercado.
De resultas, los mecanismos que ligan directamente el desarrollo con las variaciones de los salarios, sin pasar por los términos del intercambio y por la transferencia de valor que de ello resulta, son el aliento a invertir, los movimientos de capitales internacionales y la elección de la especialización y de las técnicas que se adoptan. La dinámica de la realidad es exactamente contraria a lo que supone la dirección política del gobierno cárdeno.
Con sus más y sus menos, esa fue la causa por la que creció el producto desde 2003 hasta la crisis global que se desató en 2008 y pegó por acá en 2009. El aumento del gasto público, al sostener la demanda, fue un gran acicate.
Es esa iniciativa política la que se quiere menoscabar atribuyendo las mejoras obtenidas al viento de cola. Y encima se recurre a artes confusas. En principio, los términos de intercambio son relaciones de precios por unidad y no tienen que ver con las cantidades exportadas o importadas.
Se esgrimían y se esgrimen argumentos concernientes a la balanza comercial, donde sí entran las cantidades exportadas o importadas, para mezclarlos impropiamente con el impacto de los términos de intercambio favorables sobre el ingreso nacional.
Los problemas de hoy y mañana
Puede ocurrir que el hecho estructural del deterioro de los términos del intercambio se frene y se revierta por una cuestión coyuntural, como ocurrió en 2008 y sucede ahora.
Al enfrentar los norteamericanos la crisis global de 2008 con una pronunciada e inédita baja de la tasa de interés, los capitales en busca de rentabilidad pronto recalaron en el mercado de materias primas, que es bastante menor, e inflaron los precios. Eso determinó una subida del precio efectivo de mercado por encima de su centro de gravedad. Además, las materias primas subieron como compensación por la devaluación global del dólar.
Hoy por hoy, la especulación bursátil en torno a la inteligencia artificial, la política proteccionista norteamericana, el estrecho de Ormuz y los problemas climáticos empujan para arriba los precios de las materias primas.
El problema, entonces, para el gobierno que enfrenta una situación así es quién se queda con el pedazo de la torta que cayó de regalo. Ante un salto en el precio de las materias primas, cualquier gobierno consciente de sus responsabilidades está obligado a poner retenciones.
De lo contrario, sube el costo de la canasta familiar, los salarios se vuelven más caros para rendir menos y, al final, baja la inversión. La diferencia queda en manos de la renta de la tierra y de la renta minera, y sale del mercado interno porque este se enflaqueció.
Cabe consignar que la actitud compensatoria tomada por el gobierno argentino de entonces para engordar el mercado interno no fue un comportamiento común. Un estudio de Albert J. Bergesen y Michelle Bata sobre 72 países muestra que, entre 1965 y 1989, cuando los términos de intercambio favorables a las materias primas suben por efecto de una anomalía (un shock del petróleo o una baja de la tasa de interés), la distribución del ingreso en los países pobres tiende a deteriorarse, la tasa de crecimiento del producto bruto per cápita de los países pobres tiende a bajar y la de los ricos, a subir. O sea, se amplía la brecha. Esto es más o menos lógico porque una mayor renta de la tierra o minera refuerza el poder de las clases que detentan el poder, las usuales beneficiarias de la división histórica del trabajo realmente existente.
Como el agro y la minería son sectores de costos crecientes (si sube la producción, los costos suben más que proporcionalmente) y enfrentan una demanda internacional inelástica (las cantidades exportadas son poco y nada sensibles a los precios), las retenciones mejoran los términos del intercambio porque se trasladan al precio y las paga enteramente el consumidor extranjero. También mejoran la balanza comercial.
Lo curioso del caso es que, si los chacareros no son los que al final de la cuenta pagan las retenciones, ¿por qué pusieron el grito en el cielo?
Tendrá que hacerse un serio trabajo político sobre el sector para congeniar sus intereses con los del resto de la sociedad y evitar que se conviertan en instrumentos de los grandes pulpos que reinan en el mercado mundial de cereales. Lo mismo vale para el gas, el petróleo y los minerales.
La clase política que fue férrea opositora en aquel momento aciago de 2008 tiene que poner las barbas en remojo. El dudoso arte de escupir para arriba no es negocio para nadie, ni siquiera para el más ramplón oportunista.
El actual oficialismo está para arruinar cualquier mejora coyuntural de los términos del intercambio, como la que opera actualmente. Insiste en querer bajar las retenciones, aunque su política fiscal de “Hood Robin”, objetivamente, se lo impida. Estructuralmente, el oficialismo cárdeno, al querer bajar frontalmente los ingresos de los argentinos y adelgazar el gasto público, es un puntal para la profundización del intercambio desigual. El viento de cola también les deja la cola al aire.