La Argentina vuelve a recibir una ayuda excepcional de la economía mundial. Los precios de sus exportaciones, en particular de las materias primas, atraviesan niveles históricamente altos respecto de los bienes que el país importa. Es el viejo “viento de cola”. Pero una mejora externa no garantiza por sí misma desarrollo, salarios altos ni una economía más compleja. Todo depende de qué se haga internamente con esas divisas. El problema es que el actual esquema económico combina precios internacionales favorables, superávit comercial y salarios deprimidos. Para Enrique Aschieri, si las divisas generadas por esta coyuntura no se transforman en mercado interno, inversión productiva, industria y mejores ingresos, la Argentina habrá atravesado otra oportunidad internacional extraordinaria sin modificar su estructura económica.
La Argentina tiene otra vez viento de cola. Los precios internacionales de buena parte de lo que exporta aumentan fuertemente y la relación entre el precio de nuestras exportaciones y el de nuestras importaciones se encuentra en niveles extraordinariamente favorables. Las materias primas, en primer lugar las energéticas, suben por razones vinculadas al mercado mundial y, particularmente, a los conflictos geopolíticos que atraviesan la economía internacional. No es un dato menor: una mejora semejante significa que, con la misma cantidad de exportaciones, la Argentina puede comprar más bienes en el exterior. O, dicho de otra manera, aumenta su poder adquisitivo internacional sin necesidad de realizar un esfuerzo productivo equivalente.
Eso ya ocurrió en otras etapas de nuestra historia reciente. Hacia finales de la primera década de este siglo, cuando los términos del intercambio también favorecían a la Argentina, buena parte del discurso económico dominante atribuía las políticas de mejora de ingresos precisamente a ese viento de cola. El razonamiento era sencillo: el gobierno podía distribuir porque el mundo le pagaba precios excepcionalmente altos por aquello que la Argentina vendía. Ahora vuelve a ocurrir algo parecido, incluso con precios relativos todavía más favorables. Pero hay una diferencia fundamental: en aquel momento, el viento de cola aparecía asociado a una política deliberada de expansión del mercado interno y mejora de ingresos. Hoy los precios de exportación suben mientras los ingresos de buena parte de la población bajan. La paradoja es difícil de disimular: mejora la capacidad externa de compra del país mientras empeora la capacidad interna de compra de los argentinos.
Las divisas no hacen desarrollo por sí solas
Ahí está el verdadero problema. El viento de cola existe. La pregunta es quién lo aprovecha. Un país puede exportar más, tener superávit comercial y acumular dólares sin que eso produzca automáticamente desarrollo. Las divisas son una condición necesaria para una economía como la argentina porque permiten importar máquinas, tecnología, insumos y bienes que el aparato productivo nacional no genera. Pero tener dólares no determina qué se hará con ellos. Pueden utilizarse para transformar la estructura productiva o para financiar importaciones de consumo y salida de capitales, pueden alimentar inversiones industriales o simplemente sostener el valor del dólar, pueden mejorar salarios y ampliar el mercado interno o terminar concentrados en los sectores de mayores ingresos. Esa decisión no la toma el mercado internacional. La toma la política económica.
Actualmente, el superávit comercial contribuye a aquietar el dólar. Al mismo tiempo, la economía interna se deteriora y los salarios permanecen deprimidos. En esas condiciones, la ventaja que proporciona el aumento del precio de nuestras exportaciones no se transforma automáticamente en una mejora de las condiciones de vida. Podemos vender caro y, sin embargo, seguir empobreciéndonos. Ésa es precisamente la contradicción que atraviesa la coyuntura argentina.
El problema no es exportar materias primas
Exportar petróleo, gas, minerales o productos agropecuarios no constituye por sí mismo un problema. Al contrario. Si el mundo está dispuesto a pagar precios altos por esos productos, la Argentina debe aprovecharlo. Vaca Muerta, la minería, el agro y las demás actividades vinculadas con nuestros recursos naturales pueden producir una masa importante de divisas durante los próximos años. La cuestión es qué ocurre después. Una economía que recibe dólares por exportaciones primarias puede considerar esas actividades un fin en sí mismas y conformarse con el ingreso de divisas o puede convertirlas en el punto de partida para desarrollar infraestructura, industria, proveedores nacionales, tecnología, empleo calificado, ciencia y mercado interno. La diferencia no está en la existencia del recurso natural. Está en la política.
Incluso el RIGI adquiere otro significado visto desde ese ángulo. Las empresas que invierten en determinados yacimientos o vetas probablemente hubieran mostrado interés por esos recursos aun sin semejantes beneficios. Pero una política de desarrollo debería preguntarse qué parte de las divisas, proveedores, tecnología y encadenamientos productivos queda efectivamente en la economía argentina. Una mina puede producir dólares, un yacimiento petrolero puede producir dólares y el agro puede producir dólares, pero solamente una política económica puede convertir esos dólares en desarrollo nacional.
Sin salarios no hay mercado
Ahí aparece una cuestión que suele omitirse. Las manufacturas necesitan mercado. Y mercado significa ingresos. Una fábrica no amplía su producción simplemente porque el país tenga reservas de petróleo o porque aumente el precio internacional de la soja. Necesita compradores. Necesita una demanda capaz de absorber lo que produce. Por eso los salarios no constituyen solamente una cuestión distributiva. También forman parte de la estrategia productiva. Los salarios son mercado. Cuando se comprimen, disminuye la capacidad de consumo, cae la demanda y se vuelve mucho más difícil sostener actividades orientadas al mercado interno.
La actual combinación argentina resulta especialmente problemática: aumentan los precios internacionales de las materias primas al mismo tiempo que permanecen deprimidos los ingresos domésticos. Se obtiene así una economía con capacidad creciente para generar divisas por algunos sectores y capacidad decreciente para generar demanda en el resto. Una política nacional debería hacer exactamente lo contrario: utilizar el viento de cola externo para elevar fuertemente los ingresos internos, expandir el mercado y permitir que la disponibilidad de dólares financie un aumento de la capacidad productiva. Sólo entonces la mejora internacional puede dejar una estructura productiva más potente cuando los precios de las materias primas vuelvan a bajar. Porque inevitablemente volverán a bajar. Los ciclos internacionales siempre terminan. La cuestión es qué queda después.
Que esta vez quede algo
Éste es el punto decisivo. El verdadero resultado de una bonanza externa no se mide durante la bonanza. Se mide cuando termina. Si durante un período excepcionalmente favorable se importaron bienes de lujo, salieron capitales y aumentaron las ganancias de un número reducido de empresas, cuando los precios internacionales bajen quedará prácticamente la misma estructura económica. En cambio, si las divisas permitieron ampliar la capacidad industrial, mejorar infraestructura, incorporar tecnología, fortalecer proveedores nacionales y aumentar sostenidamente los salarios, cuando termine el ciclo externo el país será diferente.
De eso se trata aprovechar el viento de cola. No de negar que existe. Existe y es importante. La Argentina está recibiendo una oportunidad formidable. Pero una oportunidad internacional no constituye una política económica. El problema del actual modelo es que confunde generación de divisas con desarrollo. Puede haber superávit comercial y deterioro social al mismo tiempo, puede mejorar enormemente el precio internacional de lo que exportamos y deteriorarse simultáneamente el salario, puede haber más dólares y menos mercado interno. Y eso es precisamente lo que está ocurriendo. Los precios internacionales están haciendo una parte del trabajo. La política económica tendría que hacer la otra.
La explicación teórica: qué son los términos del intercambio
Conviene tener en cuenta una explicación técnica. La relación entre el precio de lo que un país exporta y el precio de lo que importa se denomina términos del intercambio mercantiles. Cuando ese indicador mejora, significa que por una determinada cantidad de exportaciones se pueden obtener más importaciones. La economía aumenta así su poder adquisitivo internacional. Eso es lo que está sucediendo actualmente con la Argentina.
Pero los términos mercantiles no cuentan toda la historia. Existen también los llamados términos factoriales simples del intercambio, que incorporan a la medición la productividad de los factores utilizados para producir las exportaciones, y existe una categoría todavía más compleja, los términos factoriales dobles del intercambio, que intentan comparar no solamente precios sino también las productividades relativas del país exportador y de aquellos países a los que compra. En términos sencillos, procuran responder una pregunta: ¿cuánto esfuerzo productivo nacional estamos entregando y cuánto esfuerzo productivo extranjero recibimos a cambio?
Ahí aparece el problema del intercambio desigual. El precio de una mercadería no depende solamente de su productividad. También intervienen los salarios. Un trabajador argentino con determinada calificación puede recibir una remuneración muy inferior a la de un trabajador igualmente calificado de Alemania o Estados Unidos. Esa diferencia salarial forma parte del precio de las mercaderías que ambos producen. Así, los bajos salarios de los países periféricos contribuyen a abaratar los productos que venden al resto del mundo. Los salarios altos de los países centrales, en cambio, contribuyen a encarecer los bienes que éstos exportan. En ese sentido, el salario es también un precio político.
Por eso puede producirse la paradoja que hoy atraviesa a la Argentina. Los términos del intercambio mercantiles mejoran porque el mundo paga más por nuestras materias primas, pero simultáneamente los bajos salarios argentinos deterioran los términos factoriales de ese intercambio. Estamos obteniendo mejores precios por aquello que vendemos, pero el trabajo nacional continúa siendo remunerado muy por debajo del trabajo equivalente en las economías desarrolladas. Los dos procesos pueden coexistir y coexisten.
Por eso una mejora de los términos del intercambio no constituye automáticamente una mejora nacional. Para que el viento de cola se transforme efectivamente en bienestar y desarrollo, la Argentina debería combinar la ventaja externa con una fuerte mejora de la distribución del ingreso. Eso significa salarios más altos, desarrollo del mercado interno, protección y expansión de actividades manufactureras, inversión tecnológica y utilización productiva de las divisas. De esa manera, los mejores precios internacionales dejarían algo detrás. De lo contrario, cuando el viento cambie, descubriremos una vez más que exportamos una enorme cantidad de riqueza sin haber transformado con ella la economía argentina. Y habremos desperdiciado otra oportunidad excepcional.
