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Directores: Martín Granovsky y Rafael Prieto | Edición: 140
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El mapamundi que complica a la ultraderecha

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Un nuevo mapa para el TEG.

Las Naciones Unidas recomendaron revisar el mapa del geógrafo flamenco Gerardus Mercator para reflejar mejor los países y continentes del mundo. Otro mapamundi es posible en este juego de poder.

La crónica, casi desapercibida en la prensa local, decía que el 4 de septiembre la Asamblea General de la ONU aprobó una resolución que recomienda a los países, empresas e instituciones educativas “promover el uso de representaciones cartográficas que reflejen más adecuadamente los tamaños de los continentes y las realidades geográficas incluyendo la proyección cartográfica Equal Earth”.

La resolución, entre sus fundamentos reconoce que la distorsión cartográfica, “heredada de la historia”, ha contribuido a tener percepciones incorrectas llevando a una minimización simbólica del África en la imaginación colectiva y los sistemas de conocimiento”.

¿De qué se trata esto? El conocido “planisferio” o “mapamundi”, “heredado de la historia”, es el anticuado mapa del geógrafo Flamenco Gerardus Mercator, que data del año 1569, hecho con el objeto de ayudar a la navegación. Es el viejo mapa eurocéntrico que amplifica las dimensiones de las masas de tierra de casi todo el hemisferio norte. Entre ellas la propia Europa, Rusia, China, América del Norte y Groenlandia.

Esta distorsión proviene de cuando Mercator proyectó hace más de 450 años la curvatura de la tierra al plano. Esto hizo que se perdieran las correctas proporciones entre los tamaños de los continentes, de modo que cuando más se aproximaba a los polos, mayor era el tamaño de las regiones representadas, mientras que quedaban disminuidas en su tamaño relativo las regiones más cercanas al ecuador.

Así, por ejemplo, Groenlandia -en la proyección cilíndrica usada en el mapa de Mercator- se percibe casi del tamaño toda África, cuando en realidad su superficie es 14 veces menor. Esto ahora se ha sustituido por un mapa que respeta el tamaño relativo de las superficies de los continentes y con ello -obviamente- de los países.

Aquí vemos una comparación del antiguo modelo de Mercator y la nueva proyección Equal Earth donde se verifican claramente las modificaciones de la nueva cartografía.

Pero tanto o más interesante que la aprobación del nuevo mapa es la votación que lo trató. El curioso resultado fue de 164 votos a favor, 1 en contra y 6 abstenciones. El único voto en contra fue de Estados Unidos y se abstuvieron Estonia, Georgia, Lituania Moldavia, Serbia y Ucrania por razones particulares que no tienen que ver con el voto estadounidense.

El fundamento central de la oposición fue que este “pretendidamente inocuo” intento de actualización proporcional cartográfica” pertenece a un proyecto ideológico mucho más grande y radical”. La delegación estadounidense remarcó que “antes que ocuparse de un mapa del siglo XVI, la ONU debería tratar temas como el de la seguridad y las guerras Por último impugnó que una cuestión “técnica” como la nueva cartografía hubiera sido inapropiadamente vinculada con discusiones sobre “injusticias históricas”, “justicia cognitiva” y “reparaciones”.

Es cierto que, si se lo quiere analizar desde el punto de vista ideológico, el nuevo mapa puede verse como una suerte de reparación, como dijo la delegación francesa, a lo que se denomina “Sur Global” y al África en particular. El mapa de Mercator no era neutral desde este ángulo, pero tampoco puede ignorarse que la corrección de las proporciones de los continentes parece ser a la vez que un acto de justicia, algo que desde lo científico admite poca o ninguna discusión. Existen, incluso, otras proyecciones que son más “favorables” para el África, que la que escogió la ONU.

La soledad norteamericana llegó al punto que ni siquiera lo acompañaron sus aliados europeos, Israel o sus títeres latinoamericanos como Honduras, Colombia o la Argentina de Milei. Otros “perjudicados” por la nueva proyección Equal Earth como la Federación Rusa, China, India, Canadá, Gran Bretaña y hasta Dinamarca, a la que pertenece Groenlandia, también votaron a favor.

Parece muy preocupante que uno de los dos países más importantes del planeta crea que está librando una cruzada contra otros 164 que formarían parte del mismo “proyecto ideológico radical”. Incluso sus más cercanos aliados.

Los argumentos traslucen una reivindicación no solo de los viejos imperialismos, sino de la esclavitud, el sojuzgamiento y las limpiezas étnicas del pasado. Podría, de igual modo, pasar por algún desvarío terraplanista (a propósito del nuevo mapa plano) de no estar en boca de algunos de los personajes más poderosos de la tierra.

Los hilos conductores de la derecha

Debería pensarse tal vez que la situación es al revés y el “proyecto ideológico radical”, esté presente en el actual gobierno estadounidense, con su visión intolerante y dispuesto a todo es el hilo conductor que une a Stephen Miller, principal ideólogo del gobierno de Trump, con Barry Benett, Brad Parscale y llega a la Argentina vía Cerimedo y Santiago Caputo, hasta Milei. Una combinación de ideología autoritaria de derecha y fundamentalmente, negocios.

Es, también, una muestra exuberante de la profunda crisis que viven los Estados Unidos y sus problemas para lidiar con la pérdida de la primacía internacional que tuvo desde la segunda posguerra, y más en solitario desde la caída de la Unión Soviética.

Hoy China puso en tela de juicio y con ventaja en varios aspectos, la primacía económica y tecnológica, el conflicto en Asia Occidental discute la supremacía militar y Rusia demuele las bases de la Alianza Atlántica.

El historiador británico Paul Kennedy, en su obra “Auge y Caída de las Grandes Potencias”, plantea que una gran potencia declina cuando su base económica deja de sostener sus compromisos militares y geopolíticos o se producen severas tensiones entre los mismos. Y para ello, también se debe observar a la economía de un país y sobre todo a la economía en tiempos de paz antes que en los de guerra.

Respecto de Estados Unidos, afirma que la pregunta relevante no es si es un país rico -o incluso el más rico- sino si sus capacidades económicas y tecnológicas son suficientes para lograr sus objetivos internacionales en comparación con competidores como China, de cuya evolución económica y política hace una llamativamente ajustada descripción.

La política internacional según Perón

Kennedy señala que no se pueden tener ejércitos si no hay pago de impuestos, producción industrial, innovación tecnológica, infraestructura, energía, transportes y financiación para todo esto. La política argentina, en especial la oposición, debe tomar nota de estas situaciones, ya que el oficialismo, aun cuando en la votación del mapa se haya apartado, sabemos que está alineado de manera incondicional y acrítica.

Quienes aspiran a gobernar están en deuda y deben marcar la existencia de un proyecto alternativo desde lo económico, que no puede avanzar sin un correcto encuadre geopolítico de la realidad mundial o encerrado en categorías de la guerra fría.

Según Perón, la única política importante era la política internacional. O tal vez la situación sea peor y el proyecto de inserción internacional de Milei aparezca envuelto en un falso soberanismo.

¿Entrega, sin que parezca?

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