Abundan los privilegios y una pequeña franja de ciudadanos que los usufructúa mientras difunde un relato mistificador, al tiempo que a las grandes mayorías les toca desmentirlo, aunque sea por pertinaz presencia en las calles. Así comienza la caída del régimen, en relación inversa a la movilización popular organizada.
En los barrios residenciales de las ciudades más importantes del país y en las urbanizaciones cerradas de sus alrededores, con automóviles de altísima gama recién llegados del exterior que van y vienen de aquí para allá, se registra cierto clima de euforia desbordante de felicidad y de anhelos de ver y de ser vistos satisfechos. Hay quienes viven muy bien en la Argentina libertaria, acariciando con los dedos del espíritu el sueño del poder para siempre, aunque alguna vez habrán de rendir cuentas ante los tribunales a causa de repentinos enriquecimientos ilícitos, coimas o comisiones indebidas.
También hay quienes gozan de una vida sin sobresaltos por participar de un funcionariado que no se caracteriza, precisamente, por su frugalidad. Ni por haber llegado a la conclusión de que ciertas normas referidas al conflicto de intereses (aunque ocupar cargos públicos bien remunerados y simultáneamente ser proveedores estatales quede feo, al igual que tomar créditos subsidiados, y un amplio etcétera) son de cumplimiento para toda la ciudadanía, no exclusivamente para los otros.
Pero en las calles el panorama es distinto. Allí se registran múltiples motivos que justifican per se los guarismos difundidos por la última entrega del QMonitor, en el cual se dio cuenta del creciente deterioro de la gestión libertaria. En las calles se dilucida por qué desde enero de 2026 el nivel de aprobación de Milei y su troupe ha caído al 38%, mientras que la desaprobación aumentó del 45 al 53%. ¿Y por qué son francamente minoritarios quienes perciben un Gobierno con uñas de guitarrero para remediar los problemas? Sencillamente porque consideran que más del 60 por ciento de sus miembros son corruptos y toman decisiones que no dan prioridad al bienestar general sino a los intereses de sectores privilegiados.
Esto es coherente, según surge del trabajo de QMonitor, con lo visto cotidianamente en las calles, donde quienes cumplen tareas diversas para los beneficiarios del régimen, desde el servicio doméstico y el cuidado de sus niños hasta el mantenimiento de sus casas y la atención de sus jardines, deben con frecuencia viajar desde muy lejos, en colectivos que son carísimos y funcionan, pero escasean, y por retribuciones que no soportan la menor comparación con el creciente nivel de precios. Para ellos los alquileres, los remedios, los alimentos, todo está por las nubes, y cuando la propaganda gubernamental les dice y repite que no es así, y que incluso bajó la pobreza y la indigencia (al 28% y al 6% respectivamente) sienten que son objeto de una provocación insoportable.
Se comprende entonces por qué tampoco mide bien Milei, siempre de acuerdo con el estudio QMonitor, para sostener el vínculo afectivo con la ciudadanía (que en enero –en un rango de 1 a 10– era 4,4 y en marzo apenas marcó 3,6), ni en otras cuestiones clave para completar su mandato con tranquilidad y eventualmente aspirar a un segundo periodo. Sin embargo no es menos cierto que todavía alrededor de un tercio de los encuestados, el que constituye el núcleo duro del conservadurismo local, el sabedor de que no es cuestión de nombres lo que está en juego, le ha transferido la fidelidad que oportunamente brindara a Macri, y preserva intacta.
Así que en las grandes ciudades, además de músicos callejeros que desafinan tocando a la gorra al pie de cada monumento (porque ya no pueden concurrir a sus cursadas en los conservatorios, dado el derrumbe de las clases medias), hay familias enteras que viven (y duermen) a la intemperie. Si alguien les regala leche, arroz o fideos, le dicen: “Estamos en situación de calle, ¿cómo quiere que cocinemos?” Y si les dan un yogur, replican: “Compranos también una cuchara.”
Las calles parecen un escaparate largo, ininterrumpido, porque demasiados comercios han cerrado sus puertas y exhiben las vidrieras intervenidas por carteles de confección casera que ofrecen servicios de tarotistas, reposteras, magos y adivinos, reparadoras de dramas conyugales, curanderas desatanudos y anacronismos flagrantes como los anuncios de remienda virgos, damas de compañía para adultos mayores, embusteros profesionales, masajistas, políticos evangélicos de derecha, cosplayers y maquilladores.
También en las grandes ciudades no hay árbol o columna del alumbrado público que se salven de la intervención publicitaria de los menesterosos. Allí aparecen otro tipo de carteles porque en la Argentina libertaria todos quieren ganar una moneda enseñando algo, cualquier cosa para la cual se autoperciben capacitados, desde ajedrez hasta matemáticas financiera, o desde poesía hindú mezclada con posmodernidad démodé hasta rudimentos de la teoría psicoanalítica. Así es el paisaje urbano en las postrimerías de la gestión libertaria. Aunque ciertas rutinas sigan su curso, como la evocación en las escuelas del ciclo primario de varias fiestas patrias, destacándose muy especialmente aquellas en que por motivos pedagógicos se representan escenas de la vida cotidiana en tiempos de la Colonia.
El contraste salta a los ojos: en vísperas de la Revolución de Mayo, por elegir un punto de referencia, aunque sin velar las tensiones propias del momento histórico animaban al paisaje los vendedores ambulantes que pregonaban sus productos y recorrían las calles de tierra, visitando a los vecinos casa por casa. Los vendedores de pan, agua, leche, empanadas, pescado, pasteles, frutas, así como los vendedores de velas, escobas, o las lavanderas, eran esenciales para la vida de la comunidad en tiempos de la Colonia. ¿Cómo imaginar una evocación escolar por el estilo no ya dentro de un par de siglos, sino apenas transcurridas un par de décadas, cuando se trate de representar algunas escenas callejeras de la vida cotidiana durante la fallida intentona de revolución anarcocapitalista en Argentina, a fines del primer cuarto del siglo XXI?
Hacerla no será fácil. Seguramente ocuparán gran parte del escenario los trabajadores precarizados de las aplicaciones, animadores de la economía de plataforma con sus mochilas coloridas de acuerdo a su patronal algorítmica, montados en monopatines, triciclos, bicicletas, motonetas o motos. Y lo harán junto con aquellos que mendigan por el portero eléctrico de los edificios algo de ropa o calzado usados, para después comercializarlos en las ferias de las plazas del conurbano o en las salidas de las estaciones de tren.
Serán evocaciones melancólicas, con toda seguridad, matizadas con niños representando a los vendedores ambulantes de medias que no agradecen a sus clientes sino que les dicen: “Bendiciones, bendiciones.” Y a quienes tratan de hacerse el día vendiendo lo que les dona la gente o la Iglesia: ropa, cubiertos, ollas viejas, platos desparejos y floreros. O a quienes venden en las veredas, cuando no los reprime la policía, lo comprado en Once o Avellaneda, aunque serán los menos porque toda compraventa requiere un “sagrado capitalito” que no siempre se tiene, como sí lo tiene Caín en Terrenal. Pequeño misterio ácrata, la obra de Kartun.
Por supuesto que en el centro del escenario habrán de colocar, al promediar la representación, un contenedor de basura rodeado de quienes constituían “el eslabón principal en la cadena de la economía circular”, según la retórica oficial. Eran quienes en circunstancias normales recogían, recuperaban y acondicionaban materiales reciclables (como plásticos, vidrios, papel y cartón) provenientes de los contenedores o las calles, para después venderlos a las plantas de clasificación y procesamiento. Contribuían así a disminuir los residuos dispuestos en rellenos sanitarios o basurales a cielo abierto, evitando la generación de gases de efecto invernadero y la contaminación ambiental. Pero el trabajo de los recuperadores, presente en la mayoría de las ciudades del país, también fue sensible a la gestión libertaria, fue disputado por otros y cambió entonces el panorama urbano que le daba cierta contención.
En la evocación del futuro los nuevos recuperadores o recicladores ya no serán individuos, a veces organizados en cooperativas y plantas procesadoras, sino familias enteras tomando por asalto los contenedores para revolver la basura en busca de cualquier objeto con un valor presunto en el mercado, y restos de comida. Si el fondo del contenedor, dado el agotamiento de los mayores, quedara demasiado lejos, incluso introducirían a sus hijos pequeños para que buscaran algo más elegante que la libertad libertaria, algo tan simple como los restos de un plato de fideos, la parte de la prosperidad que les fuera prometida, o un pedazo de pan.