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Giselle, la historia con las manos

Episodio XXXVI. ¿Es verdad que uno puede tocar la historia? Giselle recordaba, porque es muy recordadora, igual que su amiga Stella, y, sobre todo, porque en estos días se cumplía el aniversario número setenta y cuatro. Giselle llegó a ver en su infancia a los canillitas. Eran nenes de nueve a once años que vendían diarios en la calle que solían tener las piernitas finitas, muy flaquitas, y vociferaban el diario con sus voces infantiles y agudas. Eran parte del paisaje de Buenos Aires. Hoy nos asombraríamos al ver eso. Aunque no nos asombramos de cosas mucho más raras, como ver personas achorizadas durmiendo y viviendo en la calle. Como tampoco nos asombramos de ver diez o nueve efectivos policiales para un solo ratero. O de ver el despliegue de motos, carros hidrantes y canas drogados y ultraviolentos munidos de gas pimienta y machetes apaleando a los y las abuelas. Bueno, pero volvamos al recuerdo de Giselle, que es más lindo.

Esto que cuento le ocurrió en Madrid y sintió que palpó la historia con las yemas. Estaba en una milonga, que no era igual a las de nuestra ciudad, pero, bueno, había clima, y bailar tango en Madrid tiene su onda. El lugar era el salón de la Casa de Guadalajara en Plaza Santa Ana. Como en muchos salones de milonga, todo se hace a pulmón; se adaptan los ambientes, se ponen luces acordes, hay una pista en el medio, hay mesas alrededor y algunas sillas. En las tandas, a veces se baila, a veces se conversa. Pero, más allá del ambiente, un comienzo con la orquesta de Di Sarli, siempre crea la atmósfera tanguera y uno se siente volar. Giselle estaba muy a gusto en la milonga bailando. Ya era casi de madrugada, danzaba unos tanguitos de Pugliese con un señor español muy guapo, entrado en años muy bien llevados, y, ¡oh, sorpresa!, muy buen bailarín. Se pusieron a conversar después de bailar. Las parejas pasaban en ronda y era la tanda de los valses. El hombre le dijo que tenía sesenta y nueve, que siempre había bailado y practicado el paso doble, que por eso el tango se le daba muy bien y que ahora se dedicaba a eso, que el dolor de su viudez se había aliviado bajo el son del bandoneón, que su gran ilusión era ir a Buenos Aires y que lo haría aunque estuviera cercano a los setenta o a los ochenta. También le dijo que la Argentina estaba dotada de hermosas tierras a las que hay que cuidar y disfrutar. Porque, además de tanguero, el hombre, allá por el año 1947 había vivido un acontecimiento tan maravilloso que lo recordaba siempre, y lo recordaba con un halo de luz, o como una luz buena, y eso que, y lo dijo bien claro, él era una persona de izquierdas, hijo de padre y madre anarcosindicalistas, entregados a los seres humanos y a la tierra, sin dioses ni chorradas religiosas ni patrones. Aunque, bueno, hubo un patrón sanguinario que había fusilado a su padre y que por eso él y su hermano se habían quedado al cuidado de su madre sola.

Pero el haz de luz de su niñez, el gran acontecimiento fue, que una vez, en una de esas misas obligatorias y aburridas a la que los sometía el dictador, unas monjas se llevaron a los niños al patio de la iglesia para examinarlos. Hacía frío en ese patio. Pusieron a los chicos en fila y los hacían pasar y pararse frente a una o dos religiosas que los miraban de frente, les hacían abrir la boca para ver si tenían todos los dientes, les revisaban las cabezas a ver si había piojos, les miraban las orejas, las uñas,- todo sin ternura alguna-, los hacían dar vuelta, y también levantarse las camisas para ver si se notaban mucho las costillas. Les observaban las rodillas, que no estuvieran muy sobresalidas. Así iban pasando de a uno hasta revisarlos a todos y hacer una selección. Las monjas tenían que decidir quién iría adelante y cuáles serían los de atrás. Los de adelante serían los más morruditos, los más sanitos, los menos pálidos y flaquitos. Él tuvo la suerte de ser uno de esos, de los de adelante, “y no es que quiera presumir, es que mi madre conseguía muy buenas lentejas para ella y sus camaradas, y era tan sabiamente recatada, que sabía muy bien guardar los secretos del mercado negro donde conseguía los alimentos, porque era viuda de represaliado y nunca decayó en sus convicciones. Pero, bueno, mi hermano y yo éramos los niños más gorditos y nos pusieron adelante. Estaban organizando la recepción a Eva Perón. Era eso. Nos dieron camisas blancas a todos. Mi madre estaba contenta. Esperamos el día con ansiedad y el día llegó. Pude verla de cerca. Era como un hada. Una verdadera hada argentina. A muchos nos acarició la cabeza, y a mí me dio la mano. No tenía la solemnidad ni la altivez de nuestros gobernantes. Y te digo más, era una muchachita joven, como una madre primeriza que quería llevarnos a los niños a vivir con ella. Qué suerte tenéis los argentinos de haberla tenido”.

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