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Trump entre corsarios, guerreros y colonos

Trump privatiza la guerra a los narcos en el mar, se venga del desaire de Netanyahu y sigue atrapado en el Estrecho de Ormuz.

A principios de marzo, el pesquero ecuatoriano Negra Francisca Duarte II se resignó a salir a trabajar en las aguas del Pacífico. La flota de pesca de Ecuador está paralizada por miedo a que los bombardee la Armada norteamericana, si alguien concluye que andan traficando drogas. Pero hay que ganarse la vida, con lo que los pescadores salieron y pasaron algunos días allá afuera con sus redes. Eventualmente, llenaron la bodega y pegaron la vuelta. Como es rutina, la Guardia Costera de Ecuador los interceptó, les revisó la carga y los dejó pasar. Era un lindo día, con el mar tranquilo.

Pero esa misma tarde, vieron por allá un barco de casco azul y de pronto escucharon un zumbido fuerte. Era un dron que iba hacia el pesquero, lo sobrevoló y luego lo bombardeó con al menos cinco bombas pequeñas, tipo granadas. El barco empezó a incendiarse y los tripulantes, varios heridos y quemados, saltaron a los botes y se dirigieron al barco azul. Hernán Flores, el capitán del pesquero, contó que no fueron bien recibidos: los apuntaron con armas largas y les ordenaron en inglés levantar los brazos. Los hicieron subir al barco azul, los bajaron a la bodega y los dejaron ahí atados, sin médico ni agua.

Recién a la mañana siguiente hubo un cambio, cuando interrogaron al capitán, con un traductor, y escucharon que la Guardia Costera los había inspeccionado. Claramente, contó Flores, no sabían de eso y era importante. El marino concluyó que los atacantes se habían equivocado de blanco. El barco azul puso rumbo al norte y llegó a un puerto en El Salvador, donde desembarcó a los prisioneros para que fueran atendidos por la marina local. Dijeron que eran náufragos que habían rescatado.

¿Quiénes eran los atacantes? Flores y sus hombres contaron que no usaban uniforme, apenas ropa estilo militar con una banderita norteamericana en la manga y que hablaban inglés con acento yankee. 

Una clave para entender el incidente es la discusión que hubo a principios de año en Washington sobre la posibilidad de emitir patentes de corso, como se hacía hace siglos. La idea es contratar a empresas privadas de seguridad, mercenarios, con capacidad de actuar en alta mar para combatir el narcotráfico sin necesidad de involucrar a la Armada. Estos nuevos corsarios no se ganarían la vida con el botín capturado sino con cheques oficiales. En mayo, el proyecto circuló entre varias agencias de seguridad y para junio ya no se hablaba más del tema en público. El Pentágono se niega a decir si se emitieron patentes o no, por cuestiones “de seguridad nacional”.

Lo que sí se sabe es la enorme presión que están sufriendo varios países de la región para “colaborar” con Washington en su nueva guerra contra las drogas. En mayo, Guatemala fue presionada para imitar a Ecuador y realizar ataques aéreos conjuntos contra narcos, lo que en buen romance significa permitir que los norteamericanos bombardeen libremente con permiso oficial. La idea gustó tanto que hace una semana el Comando Sur de las fuerzas armadas anunció una flamante Fuerza de Tareas Conjunta para el Hemisferio Occidental que amplíe el modelo con nuevos “aliados”.

El Estrecho

Privatizar la guerra contra las drogas, con corsarios y todo, es una opción que Donald Trump no tiene en Medio Oriente, por una simple cuestión de escala. Es su desgracia, porque parece que nada le sale bien en la guerra que se le ocurrió hacerle a Irán y que, cada vez es más claro, no estaba planeada. Se suponía que los ayatolas se iban a derrumbar al primer bombardeo, que liquidó a la conducción del régimen teocrático. Se suponía que Irán no iba a aguantar el costo económico del ataque, la inflación, la escasez de productos esenciales. Pero resulta que el costo humano no es un factor determinante para Teherán, que ya mató más gente reprimiendo protestas de los que mataron los norteamericanos.

La llave de este aguante es el descubrimiento del daño económico global que produce cerrar el Estrecho de Ormuz, por el que pasa la quinta parte del crudo mundial. Teherán activó sus aliados hutíes en Yemen para que atacaran los petroleros en el Mar Rojo, asfixiando a los sauditas. Mientras construye a toda velocidad un nuevo oleoducto al norte, Ryad entró efectivamente en la guerra, que cada vez se extiende más.

Ni con Israel le va bien al Presidente Naranja, que el 30 de julio anunció un “evento histórico”, algo “fantástico” que “nadie creía que fuera posible”. Era un plan de quince puntos para desarmar a Hamas, cosa que los israelíes se retiraran de Gaza. Pero el aliado Benjamín Netanyahu, ya considerado por unanimidad el que convenció a Trump de atacar Irán, aumentó la intensidad y frecuencia de los bombardeos en la Franja y este domingo dijo que rechazaba “enfáticamente” el plan de Washington. “Quiero ser claro: Israel no acepta el documento de quince puntos”.

La venganza fue inmediata. El jueves, el embajador norteamericano en Israel Mike Huckabee denunció a los colonos israelíes en Cisjordania como “terroristas” por expulsar palestinos por la fuerza. Estos desalojos son cosa regular desde hace años, fueron denunciados y filmados por años, pero solo ahora merecen el peor calificativo que el trumpismo puede usar. La excusa fue que uno de los palestinos afectados es ciudadano norteamericano. Huckabee, a todo esto, es un profundo conservador, un ministro bautista y un partidario ardiente de la derecha israelí, que por algo lo mandaron de embajador.

Como se ve, la pobre visión estratégica de Trump encontró límites perfectos en la región más complicada posible. Es evidente que el planeamiento fue pobrísimo y no existía un Plan B o un Plan C, apenas un borrador de Plan A. Un ejemplo, bastante patético, es el escándalo que se está armando con el portaaviones Abraham Lincoln, pieza clave del operativo en Ormuz. El Lincoln está navegando sin tocar tierra desde hace 252 días, cuando la rutina es que el máximo sea 60. El problema es que a nadie se le ocurrió que Irán fuera a bombardear la base naval en Bahrein, la única abierta a los norteamericanos en la región. Como no se puede anclar un portaaviones y su grupo de combate en un puerto bajo fuego, la nave sigue ahí dando vueltas.

El primer problema fue que todo lo que necesita esta enorme nave, con miles de tripulantes y marines a bordo, tiene que llegar en barcazas o helicópteros. Según los familiares de los marinos, que se comunicaron con diputados demócratas, hace rato que nadie ve un alimento que no salga de una lata y hubo varios intentos de suicidio a bordo. El Pentágono niega todo, pero admitió que otro portaaviones, el George Washington, está viajando desde Vietnam para hacer “una rotación”.

El primer martes de noviembre hay legislativas en Estados Unidos y los números no le cierran a los republicanos. Hasta la propia tropa está desalentada por el precio de la nafta, que es a los norteamericanos lo que el dólar a los argentinos, y por el permanente pantano de la guerra. Turquía, Arabia Saudita y Paquistán parecen haber llegado a la misma conclusión que los votantes norteamericanos y acaban de firmar un pacto de defensa mutua. Por las dudas.

Ucrania

La misma lógica de guerra económica se está imponiendo en el ya largo conflicto entre Rusia y Ucrania. Kiev se dedica a bombardear refinerías y depósitos de mercadería, con éxitos como que a veces falte nafta en las ciudades enemigas. También le está haciendo la vida difícil a los rusos en la península de Crimea, primer territorio ucraniano ocupado. La Crimea funciona como una isla, con una estrecha franja de territorio que la comunica con el resto de Rusia, que ahora está siendo bombardeado todo el tiempo. Moscú está devolviendo la cortesía atacando los cargueros que están yendo justo ahora, en pleno verano, a recoger la cosecha de granos. La campaña ya costó treinta vidas de casi otras tantas nacionalidades.

Como se ve, son blancos civiles. Rusia tuvo 327 muertos en bombardeos en lo que va del año, Ucrania tuvo 1.695. Ni hablar de la disrupción en los mercados de cereales que, se calcula, ponen a setenta millones de personas en riesgo de hambruna por la suba de precios. 

La expansión geográfica de la guerra no para de crecer. Los ucranianos atacan ya regularmente el tráfico naval ruso en el mar de Azov y en el mar Negro, y el miércoles atacaron en masa con drones a reacción el puerto de Novorossiysk. Los blancos eran las defensas aéreas y la infraestructura portuaria. Pero también le pegaron a sesenta edificios residenciales en los que murieron tres personas, incluyendo un nene de ocho años, y destruyeron dos de las principales cañerías de agua. 

Crueldades

Aunque Trump está ocupado con sus fracasos militares, no está distraído. Esta semana cambió por decreto el calendario de vacunación y recomendó oficialmente que no se le de a los chicos la triple. Es un gesto electoral a la banda de lunáticos antivacunas que ahora está a cargo del ministerio de Salud. También ordenó que su ministerio de Justicia no apele un fallo en Tejas que legaliza los silenciadores para fusiles y rifles, derogando de hecho una ley de 1934. Y le cortó los fondos a un programa de salud en el estado de Nueva York que le daba cobertura básica a 400.000 personas.

Facturación

Es notable el desparpajo con que Donald Trump SA se aprovecha de la presidencia. Al negoción de la criptomoneda, que le rindió miles de millones, el Naranja le acaba de agregar un chiquiteo patético. Resulta que la Presidencia se comunica ahora más que nada por Truth Social, la app de los Trump, cosa inédita. Pues la empresa acaba de lanzar un nuevo servicio, por apenas cien mil dólares por mes. Los suscriptores reciben los comunicados del presidente antes que el común de los mortales, cosa de poder operar en la bolsa o los mercados de dinero a tiempo.

El CEO del grupo Trump Media and Technology Group confirmó que ya tienen por lo menos cinco suscriptores.

Assad

Con tanta guerra en este mundo, es difícil recordar las que terminaron. En diciembre de 2024, terminó la terrible guerra civil en Siria con su feroz dictador Bashar al-Assad huyendo a la Rusia de Putin. El nuevo gobierno de Ahmed al-Sharaa todavía está trabajando para controlar el territorio, balcanizado por tanta secta y guerrilla que hizo la suya en la guerra. Esta semana hubo dos noticias importantes, que una guerrilla fundamentalista entregó las armas y que los tribunales empezaron a emitir condena contra Assad y sus secuaces.

Lo primero es de importancia inmediata porque todavía hay tropas norteamericanas en Siria y no se van a ir hasta que acabe la insurgencia fundamentalista. Damasco busca mostrar que puede sola y no necesita la ocupación extranjera. El segundo tema es más a largo plazo, porque Assad vive en el lujo en las afueras de Moscú y sus jerarcas tienen sus mansiones en Rusia y en los Emiratos, y algunos todavía están en territorio sirio combatiendo al nuevo gobierno. 

Los tribunales encontraron a Assad y a personajes como el jefe de seguridad de la provincia de Daraa, donde empezó la rebelión popular en 2011, culpables por torturas, asesinatos y desapariciones. Todos fueron condenados a muerte.

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