El consultor en riesgo geopolítico Ricardo Auer sostiene que el país no resolverá sus problemas eligiendo otro gobierno dentro del antiguo modelo. Necesita recuperar la capacidad de pensar anticipadamente, formular un proyecto propio y convertir sus recursos en autonomía, conocimiento y desarrollo antes de que otros los incorporen a sus propios proyectos. Muchos de nuestros problemas son comunes a los de todos los países vulnerables o dependientes, originados en que los conflictos modernos han adquirido un carácter multidimensional e interconectado, producto del proceso globalizador. Pero algunos ya han comenzado a resolver sus problemas: las potencias intermedias, que hoy les discuten a las grandes potencias y obligan a que atiendan sus posiciones y reclamos. La Argentina puede y debería estar entre ellas.
Argentina sólo piensa en el corto plazo. La política se encuentra absorbida, desde hace varias décadas, por la inmediatez económica, las elecciones y la confrontación cotidiana. Un círculo perverso. Todo ello ha contribuido a generar la progresiva decadencia de la Argentina, expresada en múltiples problemas: estancamiento económico, precarización laboral, desindustrialización, poca inversión productiva, empobrecimiento y aumento de la desigualdad.
Los recurrentes problemas de inflación, industria, universidades, planificación, ciencia y tecnología, IA, recursos naturales, energía, geopolítica, China, Rusia, Estados Unidos, Malvinas y Brasil dejan de ser problemas yuxtapuestos y deben ser considerados como diferentes dimensiones de una misma problemática. El viejo modelo político y económico está en franca crisis o, tal vez, ya no existe más.
El mundo se ha vuelto extremadamente complejo, cambiante, imprevisible y desordenado. Eso implica que, a los viejos problemas, se les sumarán otros aún mayores: desafíos de índole geopolítica, tecnológica, ambiental, laboral y de otras dimensiones. En consecuencia, la Argentina debería prepararse para enfrentarlos con ideas renovadas y actualizadas, dejando de lado, definitivamente, los viejos clichés y las polarizaciones ideológicas que han resultado absolutamente inconducentes para resolver los problemas de la mayoría de los argentinos.
Eligiendo otro gobierno dentro del antiguo modelo, la Argentina no resolverá sus problemas. Necesita recuperar la capacidad de pensar anticipadamente, formular un proyecto propio y convertir sus recursos en capacidades nacionales antes de que otros los incorporen a sus propios proyectos.
La Argentina no sólo enfrenta recurrentes crisis económicas o políticas. También atraviesa una enorme crisis de pensamiento y de capacidad estratégica. Posee recursos que otros necesitan, pero todavía debe construir las políticas capaces de convertir esos recursos en autonomía, conocimiento y desarrollo.
En este mundo tan incierto, la respuesta no puede ser abandonar la planificación sino cambiar su significado: planificar es construir capacidades antes de saber exactamente cuándo serán necesarias. Para ello hace falta recuperar ciencia, tecnología, industria, formación, infraestructura y poder de negociación, pero también una arquitectura política capaz de transformar conocimiento en decisiones sostenidas. Eso requiere políticos capaces de llevarlas a cabo.
La crisis de representatividad generalizada nos ha conducido al actual laberinto, desde el cual parece difícil salir. El surgimiento del fenómeno libertario no es un accidente fortuito. Es la culminación de una larga decadencia, producto de la desconexión de la política con los problemas reales que agobian al pueblo argentino.
La percepción que relaciona a la política con la corrupción, más las campañas del odio que alimentan en la sociedad argentina las corrientes de la antipolítica, nos condujeron a esta polarización, que nada resuelve y agrava aún más todos los problemas.
Hemos llegado a un punto en el que resulta casi imposible tener un diálogo abierto que permita recuperar la capacidad de decidir libremente sobre nuestro propio destino, restituyendo el tejido económico nacional en el marco de un proyecto nacional de desarrollo con justicia social. Si esto no se lograra, se profundizarán la desigualdad y la exclusión.
Hay esperanza. Aun en el rechazo a la política, la sociedad muestra que está en la búsqueda de una nueva y genuina representación. La dirigencia de signo nacional, la actual o la que surja en su reemplazo, tiene que demostrar finalmente estar a la altura de ese desafío.
La Argentina, al contrario de las campañas que buscan destruir la autoestima colectiva, sembrar el pesimismo y convencernos de que nada distinto se puede hacer, es un país que todavía, aun a pesar de la debilidad estructural que padece, cuenta con extraordinarios recursos humanos, económicos e institucionales capaces de aprender de su historia y reencauzarla.
La Argentina necesita un cambio de rumbo, sin volver al pasado, generando una nueva esperanza que permita disminuir la enorme incertidumbre y decepción que siente la mayoría del pueblo. Es necesario formular un nuevo modelo argentino, peculiar y exclusivo, que sea el más conveniente para sus intereses nacionales y que permita el máximo desarrollo integral de sus potencialidades, beneficiando así al bien común, para que nos abarque a todos.
Una gran estrategia que permita transformar el país y adentrarnos en el futuro con optimismo, aunque los desafíos sean enormes. Recursos materiales y humanos tenemos de sobra. Falta un plan estratégico que nos movilice hacia el futuro y que deje atrás un pasado de confrontaciones internas que tanto nos han dañado y atrasado.
Muchos de nuestros problemas son comunes a los de todos los países vulnerables o dependientes, originados en que los conflictos modernos han adquirido un carácter multidimensional e interconectado, producto del proceso globalizador. Pero algunos ya han comenzado a resolver sus problemas: las potencias intermedias, que hoy les discuten a las grandes potencias y obligan a que atiendan sus posiciones y reclamos. La Argentina puede y debería estar entre ellas.
Un primer escollo a superar es controlar y superar el fraccionamiento de toda la sociedad y la erosión del tejido social, que destruyó lentamente las formas organizativas de los pueblos y arremetió contra las identidades nacionales.
Enmascarados detrás de la defensa de la libertad (nadie puede estar en contra de ella), grupos concentrados globales y sus vasallos locales intentan “liberar” al hombre individuo de todas sus “ataduras”: el Estado, la patria, las nacionalidades, las religiones, las etnias, las identidades culturales, los valores morales, las comunidades organizadas, los partidos políticos, las agremiaciones, las fraternidades y los sindicatos.
Su ideal es un ser humano absolutamente aislado, solo, tal vez asexuado, y quizá con un chip instalado en su cuerpo, convertido en un cyborg. Un ser cada vez más deshumanizado, pero fácil de controlar mediante la inteligencia artificial y la big data.
Numerosas y variadas voces también se han alzado para mostrar la tragedia de este avance progresivo del liberalismo extremista libertario, que erróneamente se pretende asociar, mezclar o confundir con el capitalismo o con las leyes del mercado. Esa corriente exacerba el individualismo, el consumismo, la exaltación del éxito, el odio, la fragilidad social, el conformismo no crítico y la antipolítica.
La destrucción de los lazos comunitarios dentro de la sociedad y de sus fundamentos éticos es uno de los factores principales que impide resolver los problemas nacionales.
Los políticos y los medios de comunicación actuales tienen una mirada excesivamente economicista y se enfocan demasiado en los temas macroeconómicos y financieros. Es un grave error pensar que sólo las soluciones en ese campo llevarán a un país más vivible.
Una mirada más amplia sobre todo lo que ocurre en el mundo actual muestra que los problemas geopolíticos, las guerras, los fenómenos culturales y educativos, la aceleración del conocimiento científico y tecnológico, y muchas otras transformaciones influyen fuertemente sobre el destino de las naciones y de los pueblos.
Todas esas variables están interrelacionadas y resulta difícil no tomarlas en cuenta, ya que condicionan los proyectos nacionales.
Que casi no haya un amplio debate de ideas, una de las fortalezas del sistema democrático, hace que todos los gobiernos terminen gestionando mal por no escuchar al otro y terminen posponiendo los problemas.
Tan abrumados estamos por teorías ideológicas globales de todos los signos, tanto neoliberales como neomarxistas, que ya hemos perdido el rumbo de lo que realmente queremos ser, partiendo del supuesto de que sabemos quiénes somos.
Para contribuir al amplio y necesario debate de ideas, nos hemos reunido, junto con numerosos argentinos de todos los sectores en una nueva corriente de opinión denominada Fuerza Suma+ (FS+), desde donde proponemos pensar con realismo los problemas presentes y futuros, y encontrar las soluciones necesarias para enfrentarlos.
Eso no lo puede hacer ningún grupo de laboratorio. Tampoco lo puede hacer un solo partido político.
Surgirá de un gran debate público federal, donde se expresen todos los sectores dirigentes: políticos, gremiales, empresarios, profesionales, científicos y otros sectores populares.
Ricardo Auer es consultor de riesgo geopolítico y cofundador de FUERZA SUMA+.