Los demócratas no sólo recuperaron el Senado y la Cámara de Representantes. Consiguieron avances en estados que Donald Trump había ganado dos años antes. Protagonizaron una ola. Un bluenami. La experiencia deja preguntas fundamentales para la oposición a Milei. ¿Es posible construir una mayoría electoral sobre problemas compartidos sin resolver previamente todas las diferencias ideológicas? ¿Hay modo de unificar un estilo de campaña basado en la solución de problemas cotidianos? ¿Qué y cómo decir?
Cinco claves:
- Los demócratas recuperaron el Congreso con una coalición que reunió a socialistas, progresistas, cristianos y moderados.
- El costo de vida, la salud, la vivienda y los salarios conformaron una agenda común, aunque con distintas propuestas económicas.
- Talarico, El-Sayed, Jackson e Hinojosa demostraron que diferentes discursos políticos podían obtener victorias en territorios difíciles.
- Obama articuló apoyos entre distintas corrientes, Hillary respaldó a una candidata progresista y Bill Clinton reivindicó la tradición moderada.
- La victoria no resolvió la disputa sobre el futuro del partido: reformar con tibieza el capitalismo dejándolo tal cual es o impulsar transformaciones económicas más profundas.
La derrota de Donald Trump en las legislativas estadounidenses fue leída en la Argentina como algo más que una noticia internacional. En una encuesta nacional online de QSocial realizada el 4 de noviembre, apenas un día después de los comicios, el 58 por ciento consideró que el resultado era negativo para el gobierno de Javier Milei. Pero solo el 27 por ciento lo vio como negativo para la Argentina. Un resultado muy significativo: la sociedad distinguió entre el destino político de su presidente y el interés del país. En medio de esa certeza que no le va a gustar a Su Excelencia, hay otra que le va a complacer aún menos. Un 61 por ciento estimó que la derrota de Trump podía complicar mucho o algo su reelección en 2027.
La encuesta, realizada sobre 850 casos, con un margen de error informado de ±3,4 puntos y con la dirección de Rafael Prieto y Lucas Klobovs, muestra que no se trató de un episodio remoto. El 43 por ciento siguió la elección con atención, otro 54 por ciento escuchó hablar de ella y el 68 por ciento manifestó mucho o bastante interés por el resultado. Trump reunió un 55 por ciento de imagen negativa y un 41 por ciento de positiva. Para el 53 por ciento, la alianza con el presidente estadounidense había provocado más perjuicios que beneficios; el 50 por ciento opinó que Milei debería cambiar esa orientación internacional y apenas el 21 por ciento quiso mantener el alineamiento. Incluso entre los votantes de Milei en 2023, el 43 por ciento creyó que la derrota de Trump podía afectar su reelección.
Hay además, entre los consultados, una advertencia sobre la forma de hacer política. Un 61 por ciento atribuyó al estilo agresivo de Trump un papel importante en su derrota.
La pregunta a hacerse desde la oposición argentina, si es que aspira a terminar con el ciclo libertario en 2027, es qué hicieron los demócratas para triunfar.
Por la diversidad que quedó en evidencia tras las elecciones del martes 3 de noviembre, está claro que no abandonaron sus diferencias. Dentro del Partido Demócrata y sus adyacencias, socialistas, progresistas, moderados, cristianos y dirigentes del establishment convivieron alrededor de problemas materiales reconocibles. Lograron detectar una agenda de salud, vivienda, salarios y costo de vida, y respondieron con propuestas nítidas según estilos y Estados.
Esa es la fórmula (discutida, heterogénea y nada automática) que podría empezar a resultar de interés fuera de la potencia del Norte. ¿Movimientista? Es posible. Aquí se descompone esa fórmula en 20 puntos. Están pensados para ser leídos, salvando todas las distancias con los Estados Unidos, en la Argentina.
1. Fue la victoria de una coalición por encima de una ideología única.
La recuperación demócrata de las dos cámaras del Congreso fue mucho más amplia que una alternancia parlamentaria convencional. El partido que está ahora en la oposición consiguió bancas en Estados tradicionalmente republicanos, recuperó distritos competitivos y obtuvo gobernaciones importantes. Según el balance de Roll Call del 4 de noviembre, al menos 22 candidatos respaldados por el comité electoral de los moderados Blue Dogs habían ganado sus contiendas, mientras el Congressional Progressive Caucus calculaba que tendría por lo menos 25 legisladores. Ambos sectores encontraron motivos para reivindicar sus estrategias. La primera conclusión es que no existió una única fórmula ideológica. Los demócratas reunieron discursos diferentes. Lo notable es que lograron hacerlo bajo una identificación compartida de los problemas del país y una oposición al gobierno de Trump. Como Lula entre la primera y la segunda vuelta, consiguieron instalar al mismo tiempo un mensaje de anuncios palpables con la evidencia del miedo. A Flávio Bolsonaro en un caso. A Donald Trump en otro. Eso no significa que todos sus candidatos propusieran las mismas soluciones, ni que pueda atribuirse el resultado exclusivamente a sus programas. Justamente, el rechazo a la administración republicana fue también un factor decisivo. Pero nadie, en los 50 Estados, se salió de ese libreto.
2. El costo de vida fue el principal punto en común.
Affordability fue la palabra que atravesó las campañas. Puede traducirse como asequibilidad, aunque en términos políticos significa algo más concreto. Es la posibilidad de pagar el alquiler, comprar alimentos, atenderse en un hospital, mantener un automóvil y criar hijos con los ingresos disponibles. La izquierda demócrata de los socialistas enrolados con Bernie Sanders utilizó esos problemas para denunciar la concentración de riqueza. Los moderados los relacionaron con la necesidad de aumentar la oferta, mejorar la competencia y hacer más eficiente la economía. El discurso de los candidatos dejó de girar exclusivamente alrededor de indicadores generales como el crecimiento o el empleo. Y la campaña esquivo toda abstracción y toda teoría. La cuestión pasó a ser cuánto dinero queda en el bolsillo después de afrontar los gastos imprescindibles. Esa coincidencia permitió que propuestas económicas diferentes convivieran dentro de una misma campaña nacional. Sin un plan económico homogéneo, que por otra parte no era necesario en una elección legislativa de medio término, plasmó una convergencia real.
3. La izquierda demócrata llegó a las elecciones con un programa escrito.
El Congressional Progressive Caucus había presentado ya el 29 de abril la New Affordability Agenda, un conjunto de propuestas que buscaba combinar el combate a los grandes intereses económicos con beneficios mensurables para los hogares. Incluía establecer un programa público para vender medicamentos genéricos a menor precio, reducir un frasco de insulina de 300 a 50 dólares, limitar al 7 por ciento del ingreso familiar el costo del cuidado infantil y ofrecer 20 mil dólares de ayuda para la compra de la primera vivienda. Nada de consignas tipo “Estado presente”. Cada valor estuvo encarnado en una situación comprensible. También proponía garantizar dos semanas de vacaciones pagas y aumentar la remuneración de horas extraordinarias. Otro tema era la intención de gravar ganancias extraordinarias de las petroleras y prohibir que las empresas utilizaran inteligencia artificial e información personal para cobrar precios diferentes a cada consumidor. El blanco político eran, como se ve, los ultrarricos. La crema de la crema de la elite. Pero la forma atendía a instrumentos específicos para intervenir en la economía cotidiana. Y como la aplicación de esos proyectos depende de las legislaturas, estaduales y nacionales, y de las gobernaciones en juego en 36 de los 50 Estados, el pedido de voto quedaba justificado de hecho.
4. Abdul El-Sayed criticó el poder del dinero.
La campaña de Abdul El-Sayed, electo senador en Michigan, condensó su programa en tres objetivos: sacar el dinero de la política, poner dinero en los bolsillos de los trabajadores y aprobar Medicare para todos. Médico infectólogo y antiguo responsable de Salud de Detroit, El-Sayed, de 42 años, derrotó al republicano Mike Rogers. Así se convirtió en el primer musulmán elegido para el Senado federal. Su propuesta incluía impuestos a las grandes fortunas, restricciones a los aportes corporativos y reformas de la Corte Suprema. También la eliminación del filibuster, el mecanismo de chicana parlamentaria que permite bloquear decisiones del Senado. El-Sayed vincula la desigualdad económica con el funcionamiento institucional. Sostiene que las políticas sanitarias, laborales y fiscales no pueden entenderse separadas de la capacidad de las grandes empresas para influir sobre los legisladores mediante un lobby. También mantiene posiciones críticas de la política estadounidense hacia Israel, y naturalmente cuestiona el genocidio en Gaza y la invasión de Cisjordania con violencia creciente. Su triunfo valió doble. Ganó después de haber disputado una primaria contra un candidato respaldado por el poderoso grupo de influencia israelí en los Estados Unidos.
5. Troy Jackson trajo de regreso la identidad trabajadora.
Maine eligió al dirigente sindical Troy Jackson, un antiguo trabajador forestal que derrotó a la senadora republicana Susan Collins. Como en los viejos tiempos, Jackson construyó una propuesta explícitamente asociada con la clase trabajadora. Medicare para todos, impuestos a los multimillonarios y grandes corporaciones, fortalecimiento de los sindicatos, protección del derecho al aborto y reducción del costo de los medicamentos. También defendió la eliminación del ICE, la fuerza trumpista de choque contra los migrantes. Terminar la asistencia militar a Israel fue otro de sus puntos. Su lenguaje se distingue del progresismo universitario de las grandes ciudades. Habla desde su experiencia laboral y desde los conflictos de comunidades enteras que padecieron las consecuencias de transformaciones productivas. Efectos que Trump, habiendo ganado para revertirlos, ni siquiera mitigó. ¿Eso convierte automáticamente a sus posiciones en representativas de todos los trabajadores estadounidenses? Difícil afirmarlo. Pero su victoria impide sostener la idea de que las propuestas progresistas, para llamarlas de alguna manera, solamente pueden imponerse en distritos urbanos de tradición demócrata.
6. James Talarico encarnó el cristianismo progresista.
La victoria de James Talarico sobre Ken Paxton en Texas incorporó una dimensión particularmente interesante. Talarico, de sólo 37 años, es un exdocente de Literatura de escuela secundaria y seminarista presbiteriano que cuestiona la identificación entre cristianismo y derecha conservadora. Su discurso relaciona la fe con la justicia social, la dignidad de los trabajadores y (otra vez) la obligación moral de enfrentar la concentración de riqueza. Combina el componente religioso con el programa económico. Su New American Dream propone un salario mínimo federal de 15 dólares por hora, mayores impuestos sobre los ingresos y ganancias de capital de los multimillonarios, una carga especial sobre empresas cuyos ejecutivos ganen más de 250 veces el salario mediano de sus trabajadores y un seguro público de salud que compita con las aseguradoras privadas. También plantea ampliar el cuidado infantil, las licencias familiares remuneradas y la asistencia para comprar viviendas. Su novedad consiste en utilizar un lenguaje cristiano para defender propuestas redistributivas. Así, convocó a votantes que no necesariamente se identifican con la izquierda. Fue la llave de una victoria en el segundo Estado más poblado del país (el primero es California) y el sitio elegido como santuario por Elon Musk, que donó 300 millones de dólares para la campaña de Paxton y perdió.
7. Adam Hamilton disputó valores.
Kansas, con su respectivo batacazo, ofreció otra experiencia. Adam Hamilton, pastor metodista, derrotó al republicano Roger Marshall y consiguió una banca que los demócratas no ganaban en ese estado desde 1932. Nada menos que 94 años. Con tono respetuoso, Hamilton desarrolló una campaña orientada hacia la cooperación política y la necesidad de reducir los costos familiares. Entre sus propuestas figuraron eliminar aranceles que encarecen productos, ampliar la negociación sobre medicamentos, mejorar el acceso sanitario en áreas rurales y facilitar la construcción de viviendas, incluidas las modulares. También defendió imponer restricciones a las compras masivas de viviendas familiares por grandes inversores. Un tema mundial. Y si no que lo digan los votantes españoles. O los argentinos, si alguien atina a desarrollar una campaña política alrededor de ese punto tan sensible. Hamilton y Talarico comparten una tradición religiosa inclusiva, pero no tienen programas idénticos. Su presencia simultánea muestra que existe una disputa dentro del cristianismo estadounidense sobre los valores políticos y económicos que deberían derivarse de la fe. Una disputa que excede la confrontación habitual entre creyentes conservadores y progresistas seculares.
8. Gina Hinojosa consiguió su batacazo con promesas económicas.
La demócrata Gina Hinojosa derrotó a Greg Abbott y conquistó la gobernación de Texas, convirtiéndose en la primera hispana en alcanzar el cargo. Su propuesta se organizó alrededor de tres compromisos fácilmente identificables. Uno, defender las escuelas públicas. Otro, devolver dinero a los hogares. El tercero, acabar con prácticas que denunció como “corrupción” del gobierno estadual. Prometió un reintegro extraordinario de 1.500 dólares por hogar, financiado con reservas del Estado. Propuso ampliar Medicaid. Prometió aumentar los recursos educativos y limitar beneficios tributarios a grandes centros de datos. También cuestionó los subsidios públicos destinados a escuelas privadas. Aunque sus posiciones legislativas son progresistas, Hinojosa buscó construir acuerdos más allá de las identidades partidarias. Su caso demuestra por qué resulta insuficiente clasificar a los candidatos solamente por su ubicación ideológica. “La distinción es entre los de arriba y los de abajo”, dijo su socio político Talarico en su discurso triunfal, ya en la madrugada del 4.
9. Los New Democrats mostraron otra concepción del cambio.
La New Democrat Coalition presentó en mayo The American Promise, un programa que también coloca el costo de vida en el centro. A la vez, establece una relación distinta entre Estado y mercado. Sus propuestas incluyen construir cuatro millones de viviendas en diez años, simplificar permisos y regulaciones, fortalecer los subsidios de seguros médicos del Affordable Care Act, proteger Medicaid y facilitar nuevas inversiones energéticas. También plantean licencias familiares pagas, mayor capacitación laboral, estímulos a la innovación y asociaciones público-privadas. La diferencia con la izquierda no consiste en que los New Democrats rechacen toda intervención estatal. Su rasgo saliente es que conceden mayor importancia a la competencia, la inversión privada, la eliminación de trabas administrativas y los incentivos económicos. Para ellos, una parte importante de los precios elevados se explica por restricciones de oferta y problemas de funcionamiento del mercado.
10. Los moderados reivindican la amplitud territorial.
Los Blue Dogs y otros dirigentes moderados sostienen que la recuperación de distritos republicanos demuestra la importancia de adaptar el discurso a las características de cada territorio. Sus campañas enfatizaron objetivos y valores como responsabilidad fiscal, seguridad, servicios públicos, empleo y capacidad de gestión. Los resultados en Carolina del Sur, Kansas, Iowa y distintas circunscripciones de la Cámara de Representantes sirven como evidencia de los métodos utilizados. Sin embargo, no todos los candidatos que ganaron en Estados conservadores son moderados, como muestran Hinojosa y Talarico en Texas. Esa distinción importa porque se abrió una controversia sobre quién puede atribuirse la ampliación del mapa electoral hasta constituir un bluenami, un tsunami del azul característico de los demócratas. Rahm Emanuel, exjefe de Gabinete de Barack Obama, llamó a prestar especial atención a quienes transformaron distritos republicanos en demócratas. Los progresistas respondieron que también lograron victorias competitivas. La elección no resolvió la discusión, pero proporcionó argumentos a ambos sectores. Todos quedaron very happy.
11. La salud pública unificó objetivos, pero no instrumentos.
La cuestión sanitaria permite identificar con precisión el consenso y sus límites. La mayoría de las corrientes demócratas defendió la recuperación de subsidios del Affordable Care Act, la protección de Medicaid y la reducción del precio de los medicamentos. Pero Medicare para todos, como proponen El-Sayed y Jackson, implica una transformación estructural del financiamiento sanitario que no comparten necesariamente los moderados. En los Estados Unidos, desde los años ’20 y ’30, hace casi un siglo, quienes buscan ampliar el cuidado social en salud son tildados de comunistas. En aquel entonces, eran tildados de bolcheviques, porque la Revolución Rusa de 1917 estaba todavía cercana. Talarico prefiere un seguro público que compita con las aseguradoras privadas, mientras los New Democrats plantean mejorar y ampliar el sistema existente. Después de las elecciones, Hakeem Jeffries explicitó la zona de acuerdo: revertir los recortes de Medicaid y extender los créditos fiscales del Affordable Care Act. Jeffries no es cualquiera. Actual jefe del bloque demócrata de diputados, puede ser el próximo presidente de la cámara baja en enero próximo.
12. Vivienda y cuidados fueron dos nuevas dimensiones de la economía.
La vivienda dejó de aparecer como un problema exclusivamente inmobiliario para convertirse, en la campaña demócrata, en una cuestión decisiva del ingreso disponible y de las posibilidades de formar una familia. Los progresistas plantearon ampliar la construcción, proteger a los inquilinos y utilizar financiamiento público. Los New Democrats pusieron mayor énfasis en la eliminación de obstáculos regulatorios y el aumento de la oferta. Talarico combinó asistencia para compradores de primera vivienda con reformas que faciliten construir. El cuidado infantil produjo una convergencia semejante. La propuesta progresista de limitar su costo al 7 por ciento de los ingresos convivió con compromisos más generales de ampliar el acceso y promover licencias familiares pagas. La novedad es que dos gastos tradicionalmente considerados privados pasaron al centro de las campañas económicas. Ya no se discutió solamente cuánto gana una persona, sino cuánto debe gastar para tener una vivienda y sostener una familia. Affordability, otra vez. Un buen tema para encarar en la Argentina la cuestión de fondo que está detrás del endeudamiento familiar y personal.
13. Los multimillonarios y los impuestos ocuparon un papel central.
La crítica a las grandes fortunas atravesó buena parte de las campañas, aunque no produjo un acuerdo sobre una reforma tributaria única. El-Sayed defendió gravámenes sobre la riqueza de los multimillonarios. Talarico propuso aumentar impuestos sobre ingresos y ganancias de capital, cerrar mecanismos de elusión y reducir beneficios fiscales extraordinarios. Los progresistas sostuvieron que una parte mayor de la rentabilidad corporativa debería financiar servicios públicos y aliviar los presupuestos familiares. Los moderados, en cambio, suelen tender a privilegiar reformas tributarias compatibles con incentivos a la inversión y la estabilidad fiscal. En esta discusión aparece una diferencia de interpretación del capitalismo estadounidense. ¿La concentración de riqueza es principalmente consecuencia de un sistema tributario mal diseñado? ¿O, más bien, se trata de relaciones económicas que requieren transformaciones más profundas? La respuesta, coming soon. O quizás no tan rápido. Habrá que esperar que un o una demócrata gane las próximas presidenciales de 2028 y encare su gestión.
14. El trabajo y los sindicatos vuelven al centro.
La presencia de Troy Jackson, las propuestas de El-Sayed y el programa del Congressional Progressive Caucus muestran la importancia adquirida por los salarios como tema y la organización sindical como base de negociación. La nueva izquierda defiende fortalecer la negociación colectiva, limitar el poder empresarial y distribuir de otra manera los beneficios de la productividad. Pero la centralidad del trabajo no pertenece exclusivamente a ese sector. Los New Democrats también incorporaron propuestas de formación profesional, protección sindical, aprendizaje remunerado y licencias familiares. Las diferencias aparecen en la intensidad de las regulaciones, el alcance del poder sindical y la intervención estatal sobre las empresas. La inteligencia artificial agregó una nueva dimensión. Los demócratas vienen discutiendo cómo evitar que sus ganancias de productividad se traduzcan solamente en beneficios empresarios, en pérdida de empleos o en nuevas formas de vigilancia en modo Palantir, la empresa de Peter Thiel. No existe todavía un programa unificado para resolver esa transformación. Pero en numerosos Estados cada referéndum sobre la instalación de granjas de datos terminó con resultado inequívoco. Son rechazados porque generan ruido, quitan agua y elevan la tarifa eléctrica. Por eso la obsesión libertaria por instalar aquí las granjas. Un basurero que no genera puestos de trabajo.
15. Las mujeres indígenas ampliaron su representación.
Las victorias de Deb Haaland y Peggy Flanagan tuvieron una significación histórica. Haaland, integrante de Laguna Pueblo y exsecretaria del Interior de Joe Biden, fue elegida gobernadora de Nuevo México. Flanagan, perteneciente a la nación ojibwe y a White Earth, obtuvo una banca en el Senado por Minnesota. Son las primeras mujeres indígenas elegidas para esos cargos. Sus triunfos amplían la representación política de comunidades históricamente excluidas. Como en otros casos en este bluenami, también incorporan agendas vinculadas con salud, educación, ambiente, derechos sociales y desarrollo territorial. Flanagan, por ejemplo, defendió el cuidado infantil universal. Prometió mejores salarios. Dijo que protegería a los sindicatos.
16. Inmigración y política exterior fueron (son) las diferencias más arduas de zanjar.
La coincidencia económica dista de eliminar desacuerdos profundos en otras cuestiones. Troy Jackson propone abolir el ICE, mientras sectores moderados defienden reformar el sistema migratorio combinando controles fronterizos con procedimientos más rápidos y, en todos los casos, garantías para las personas migrantes. Con matices, es lo contrario de la política de represión y terror desplegada por Trump. En política exterior las distancias son todavía mayores. El-Sayed y Jackson mantienen posiciones muy críticas de la asistencia militar estadounidense a Israel, que de todos modos quedó cercenada en los últimos días por obra del mismo Trump, quizás atento al probable e desplazamiento de Benjamin Netanyahu, cosa que puede resolverse ese domingo 8 de noviembre. Otros demócratas proponen condicionar esa ayuda al cumplimiento de normas humanitarias, mientras dirigentes vinculados al establishment defienden la continuidad de la alianza estratégica. La guerra con Irán produjo críticas que atravesaron distintas corrientes, y además fue una de las palancas de la victoria demócrata, o de la derrota trumpista, pero eso no equivale a una posición compartida sobre el papel militar de Estados Unidos en el mundo. El partido demócrata puede reunir coincidencias sobre precios, salud o vivienda sin haber resuelto cómo actuar frente a Israel, China, Irán o las intervenciones militares estadounidenses. Otro tema para observar en la próxima gestión presidencial, si llega a ser azul y no republicana.
17. Barack Obama actuó como articulador entre generaciones.
Obama, un experimentado rosquero de Chicago, tuvo una intervención muy significativa cuando participó el 24 de octubre en un acto de campaña de Abdul El-Sayed en Detroit. El candidato había criticado aspectos de su presidencia, pero igual Obama decidió respaldarlo públicamente. Al defender sus objetivos sociales preguntó en un acto: «Querer que todos tengan atención médica, ¿qué tiene eso de radical?». El episodio muestra que el expresidente no se limita a apoyar dirigentes identificados con su propia experiencia gubernamental. Obama impulsó el Affordable Care Act, una reforma basada en aseguradoras públicas y privadas, mientras El-Sayed defiende Medicare para todos. La diferencia es sustancial. Sin embargo, Obama sostuvo que los desacuerdos sobre los medios no necesariamente implican desacuerdos sobre los objetivos. Su comportamiento durante la campaña permite interpretar que busca preservar una coalición amplia, capaz de contener proyectos más ambiciosos que los de su propia presidencia. El movimientismo no parece ser una característica exclusivamente latinoamericana.
18. Hillary Clinton y Bernie Sanders confluyeron detrás de una misma candidata.
El respaldo de Hillary Clinton a Peggy Flanagan fue otro acontecimiento saliente. El 8 de octubre, la exsecretaria de Estado anunció su apoyo a la candidata de Minnesota, que también contaba con el respaldo de Bernie Sanders, su adversario en las primarias presidenciales de 2016. Hillary no adoptó el socialismo democrático. Bernie no renunció a su crítica permanente contra el establishment y los ultrarricos que tienen un patrimonio de miles de millones de dólares. La convergencia mostró que las diferencias históricas pueden coexistir con acuerdos electorales concretos. Después de la elección, Hillary resumió sus prioridades en dos conceptos: accountability y affordability. Rendición de cuentas y reducción del costo de vida. También reclamó responsabilidades por las actuaciones de la administración Trump y sostuvo que la etapa posterior al trumpismo comienza ya mismo. Pragmáticamente bilardista, su intervención representó una tradición liberal e institucional que pudo apoyar candidaturas progresistas sin identificarse completamente con sus programas económicos.
19. Bill Clinton ya no es la única referencia.
El expresidente Bill Clinton representa la tradición de los New Democrats que adquirió protagonismo en los años noventa. Su gobierno combinó disciplina fiscal, apertura comercial, crecimiento económico y reformas sociales, al mismo tiempo que impulsó decisiones sobre asistencia pública y desregulación financiera que posteriormente fueron cuestionadas desde el ala izquierda. Pero en esta última campaña Clinton destacó temas como la pelea sobre el costo de vida, la salud, la deuda pública, las guerras y los aranceles. También pidió que los demócratas reconstruyeran la confianza «con una mano abierta, no con un puño cerrado» hacia quienes no los habían votado. Su planteo conserva una visión centrada en la cooperación política bipartidaria, la estabilidad económica y la necesidad de atraer al electorado independiente. El contraste con Sanders y Ocasio-Cortez es de fondo. Mientras la tradición clintoniana privilegia reformar y administrar el capitalismo tal cual es, el sector socialista sostiene que es indispensable transformar las relaciones de poder que producen desigualdad.
20. Una mayoría electoral no es (todavía) un proyecto de gobierno.
La victoria dejó a Hakeem Jeffries y Chuck Schumer frente a una responsabilidad nueva. Los demócratas recuperaron el Congreso, pero deberán conciliar legisladores que defienden Medicare para todos con otros que quieren fortalecer las aseguradoras privadas reguladas. Tendrán que convivir partidarios de mayores impuestos a las fortunas con defensores de incentivos empresariales. ¿Cómo resultará el consenso, si es que llega a haberlo, entre los críticos radicales de la política hacia Israel con los dirigentes que sostienen la alianza histórica? Donald Trump conserva, además, la presidencia y el poder de veto, de modo que la mayoría parlamentaria no garantiza la aplicación automática de todas las propuestas demócratas. La disputa se proyecta hacia las primarias presidenciales de 2028. Por mencionar algunos nombres, Ro Khanna reclama una discusión ideológica profunda, mientras Rahm Emanuel enfatiza la experiencia de quienes ganaron en territorios republicanos. Obama intenta articular. Hillary acompaña nuevas candidaturas. Bill reivindica la tradición moderada. El interrogante decisivo es si la coalición puede transformar sus coincidencias electorales en un programa de gobierno sostenible. La unidad electoral no exigió uniformidad ideológica, pero la transformación de esa unidad en poder de gobierno seguramente requerirá decisiones programáticas que las elecciones todavía no resolvieron.
La fórmula para ganar elecciones, entonces, no se basó en una receta única. Fue la convivencia de propuestas distintas alrededor de problemas compartidos, en una coyuntura que podía ser favorable, en los papeles, para la oposición. La inteligencia de esa oposición fue que, en lugar de dar vueltas sobre su propio ombligo, transformó una probabilidad en victoria.