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Ya que viene el Papa, hablemos de la caridad

Ya que viene el Papa, hablemos de la caridad
León XIV es fiel a la reina de las virtudes teologales.

En vísperas de la visita del papa León XIV, y cuando las tensiones sociales aumentan por el ajuste perpetuo dirigido contra la mayoría de la población, amerita recordar a la reina de las tres virtudes teologales para el cristianismo: la caridad que, en las antípodas del pensamiento pusilánime libertario, puede ser una bandera política y una plegaria de esperanza.

Cinco claves:

  1. León XIV llegará a la Argentina en medio de fuertes tensiones sociales y de las críticas de la Iglesia al ajuste económico.
  2. La caridad, considerada la mayor de las virtudes teologales, ocupa un lugar central en la tradición cristiana.
  3. La reflexión sobre el judaísmo y el cristianismo permite examinar las relaciones entre el amor al prójimo y el universalismo.
  4. La concepción libertaria de Milei enfrenta la caridad voluntaria con la redistribución estatal y la justicia social.
  5. La visita al Cottolengo Don Orione y a una prisión dará una dimensión social a la presencia del Papa.

En vísperas de que arribe el Papa León XIV al país donde naciera Jorge Bergoglio, su antecesor que asumió el pontificado con el nombre de Francisco, es aconsejable abordar algunas derivaciones políticas que emanan de su presencia en el contexto que atraviesa la Argentina. Para ello podría elegirse como eje, siempre desde la perspectiva de un lego que pretende compartir una opinión para iniciar el diálogo, a la que los cristianos juzgan la más importante de las tres virtudes teologales. En efecto, dadas la fe, la esperanza y la caridad, esta última (que consiste en amar a Dios sobre todas las cosas por Él mismo, y al prójimo como a uno mismo por amor a Dios), es considerada la reina de las virtudes.

Los evangelistas Mateo y Lucas apuntaron que un día se acercó un hombre a Jesús y preguntó: “Maestro, ¿cuál es el mandamiento mayor de la Ley?” Era una pregunta envenenada en boca de un tipo retorcido, según Mateo y Lucas (no así para Marcos, quien sólo transmitió que Jesús dijo, como alabanza: “tú no estás lejos del Reino de Dios”). Pero la cuestión referida “al mayor mandamiento” no era baladí en la tradición judía, y Jesús dio vuelta una página en la historia porque respondió: “el primer mandamiento es que amarás al Señor con todo tu corazón, con toda tu mente, con todas tus fuerzas; el segundo es semejante al primero: Amarás al prójimo como a ti mismo”. Con esa respuesta erigió al Dios fundante, pero también al conjunto de la humanidad como única e inmediata referencia normativa.

Visto el tema desde otro lugar, y siempre sintéticamente hasta la temeridad, corresponde advertir que la Torá y la obediencia de las mitzvot (preceptos) ya eran en el judaísmo la manera de abandonar a “la primera naturaleza”, y que resultaba inconcebible que “la segunda naturaleza” fuera accesible sin el mandato de amar al prójimo. O sea que hubo reconocimiento de la cooperación que antecede y puede atravesar todo tipo de contradicciones comunitarias, pero también participó de la tradición judía (circunstancia expresada por los Sabios del Zohar, por ejemplo) la exclusión relativa de los gentiles (personas no judías), de quienes aunque realizaran eventualmente el bien, lo harían para sí mismos, sin cumplir con la Torá y los preceptos.

Los gentiles actuarían no por amor a Dios sino por un provecho, por una recompensa, basando entonces el amor a sus dioses, en caso de tenerlos, en el amor a sí mismos. Y un añadido de tipo hegeliano: quienes viven en “la segunda naturaleza” no pueden distinguir, siempre que actúen, entre las díadas sí mismo/prójimo y sí mismo/Dios, o sea que lo hacen por sí y para sí, pero a la vez para Dios o para el otro.

El amor circunscripto

Hilel el Anciano, entre otros sabios, planteó que de las 613 mitzvot, la que dice “y amarás al prójimo como a ti mismo” es la más importante. Según él, esa es la mitzvá (precepto) que deviene de todas las anteriores, que en verdad existen para llegar a ella. O sea que el amor al prójimo es la segunda naturaleza, pero siempre con la limitación de que se trata de la “naturaleza” de Israel, porque sólo “los miembros de Israel son responsables los unos por los otros”. En definitiva, el precepto de amar al prójimo como a uno mismo (Levítico 19:18) es fundamental y gravitó, aunque circunscripto a una comunidad determinada, tanto sobre la Torá como también sobre el pensamiento judeocristiano en general.

La relación del judaísmo con los gentiles (personas que no profesan la religión judía) involucró desde los orígenes cuestiones religiosas y una visión específica de la historia, la filosofía y la política. Pero la influencia fue mutua: abundan las creencias con raíces en los textos sagrados y en la exégesis rabínica y sus enseñanzas que se modificaron parcialmente, pese a sus animadores más entusiastas que los quisieron inmutables, merced a la praxis de quienes convivieron (y conviven) con los gentiles, con los ajenos al pueblo judío.

Siempre abusando de la síntesis y asumiendo el riesgo de cierta trivialidad irreparable, corresponde mencionar otra vez dos pasajes del Levítico que arrojarían algo más de luz sobre la cuestión: “No te vengarás, ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo, sino amarás a tu prójimo como a tí mismo. Yo Jehová (19:18)” es uno de ellos; el otro dice: “Como a un natural de entre vosotros tendréis al extranjero que mora entre vosotros, y lo amarás como a ti mismo; porque extranjeros fuisteis en la tierra de Egipto. Yo Jehová vuestro Dios (19:34)”.

Son ideas con alto contenido caritativo, pero que no alcanzaron a colocar en suspenso, pese a ello, la creencia de que Israel era el pueblo elegido por Dios y tenía una alianza particular con Él. Por lo tanto, cabría deducir (aunque no necesariamente) que recayó sobre Israel una responsabilidad religiosa especial, y que también la elección divina determinó una división jerárquica entre judíos y no judíos. Y es verdad: en el legado de la cosmovisión rabínica hay con frecuencia declaraciones de hostilidad hacia los gentiles, encendidos debates al respecto y expresiones discriminatorias.

En el judaísmo actual opera un ala ortodoxa, con variados matices, que defiende la revelación de la Torá directamente por Dios en el Monte Sinaí, y la quiere inmutable y vinculante en todos sus aspectos y para siempre. La Torá emana de un Dios infinito y omnisciente; por lo tanto, no puede ni podrá ser abolida, modificada o reemplazada por profetas posteriores, consejos rabínicos o cambios históricos.

El ala conservadora, por su parte, procura mantener la tradición rabínica para interpretarla, en algunos casos, dialogando con las condiciones éticas y sociales contemporáneas. Y también opera un judaísmo reformista, con mayor grado de apertura y sensibilidad hacia el universalismo, las consideraciones respecto de la igualdad humana de cara a las preferencias divinas, y el diálogo interreligioso.

En apretadísima síntesis, no es improcedente ver en el judaísmo una religión particular que planteó la existencia de una alianza especial entre Dios y el pueblo de Israel, al tiempo que el cristianismo, así como varios siglos después el islam, son religiones universalistas. Y si bien el judaísmo ha padecido numerosas persecuciones, expulsiones, progroms y genocidios por motivos religiosos, raciales y políticos, lo cierto es que continúa sobrellevando la tensión entre particularismo y universalismo, tensión que todavía condiciona su historia.

La caridad irrestricta

En los albores del movimiento judeocristiano hubo un represor entusiasta de semejante desviación herética, Saulo de Tarso (luego San Pablo), judío que poseyó también la ciudadanía romana, y que después de su conversión en el camino a Damasco y su intenso apostolado mereció que se lo conociera como el “Apóstol de los gentiles”. Viajero incansable, Pablo recorrió el Mediterráneo oriental y Grecia, fundando y estructurando múltiples comunidades locales de creyentes como “las iglesias de Galacia” o “la iglesia que está en Corinto”, con las que mantuvo un seguimiento activo hasta que lo detuvieron y degollaron en Roma.

Fue una pieza fundamental para la expansión del cristianismo primitivo, y una figura clave para sentar las bases de su concepción teológica. De él también quedaron las cartas (1 y 2 Tesalonicenses, Gálatas, 1 y 2 Corintios, Romanos, Efesios, Filipenses, 1 y 2 Timoteo, Tito, Filemón), otras encíclicas atribuidas a su escuela y los fundamentos de una concepción teológica rigurosa, de los cuales a efectos del presente artículo alcanzan los contenidos en 1 Corintios 12 y 1 Corintios 13.

Escribió San Pablo en 1 Corintios 12: “Y a cada uno se le otorga la manifestación del Espíritu para común utilidad […] Todas estas cosas las obra el único y el mismo Espíritu, que distribuye a cada uno según quiere. Porque así como, siendo el cuerpo uno, tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, con ser muchos, son un cuerpo único, así es también Cristo […] Y todos, ya judíos, ya gentiles, ya siervos, ya libres, hemos bebido del mismo espíritu […] Los miembros son muchos, pero uno solo, el cuerpo […] Los miembros del cuerpo que parecen más débiles son los más necesarios […] Todos aspirad a los mejores dones. Pero quiero mostraros un camino mejor”.

Seguidamente entonces (1 Corintios 13) Pablo se refiere a la caridad, y explica: “Si, hablando lenguas de hombres y de ángeles, no tengo caridad, soy como bronce que suena o címbalo que retiñe. Y si teniendo el don de profecía y conociendo todos los misterios y toda la ciencia y tanta fe que trasladase los montes, si no tengo caridad no soy nada. Y si repartiera toda mi hacienda y entregare mi cuerpo al fuego, no teniendo caridad, nada me aprovecha. La caridad es paciente, es benigna, no es envidiosa, no es jactanciosa, no se hincha, no es descortés, no es interesada, no se irrita, no piensa mal, no se alegra de la injusticia, se complace en la verdad. Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo tolera […] Ahora vemos por un espejo y oscuramente entonces veremos cara a cara. Al presente conozco sólo una parte, y entonces conoceré cómo soy conocido. Ahora permanecen estas tres cosas: la fe, la esperanza, la caridad; pero la más excelente de ellas es la caridad”.

Siempre incurriendo en síntesis temerarias y riesgosas, como queda escrito varias veces con anterioridad, amerita recordar que en el siglo XIII Tomás de Aquino procuró sistematizar las ideas de San Pablo vertidas en las epístolas, y se demoró en definir a la caridad como la “forma” de todas las demás virtudes. Además, la escolástica en general vio en la caridad a la suprema de las virtudes teologales, a la virtud cardinal o teologal suprema (junto con la fe y la esperanza). Y la idea atravesó los siglos como aquello que no busca el beneficio propio ni se basa en el mérito o atractivo del objeto amado, sino que ama al prójimo porque sí, por lo que es en sí mismo, buscando su bien y su plenitud.

En la actualidad, se piense como una emoción, algo afectivo o mero altruismo, o se la considere una virtud teologal que formaliza a la moral cristiana y al amor, lo cierto es que ha trascendido el ámbito religioso para incurrir en el ámbito secular, donde suele vincularse con la asistencia social o la filantropía, con los recursos destinados a socorrer a quienes lo necesitan y la provisión de ayuda material, emocional o espiritual para los más vulnerables y desamparados.

El altruismo y la caridad para los libertarios

Pero el papa León XIV, quien se asume heredero y continuador de la línea pastoral y magisterial de Francisco, llegará el domingo a un país gobernado por un libertario, Javier Milei, alguien que considera a la caridad privada voluntaria, y la acción del Estado en tal sentido, como cuestiones antagónicas e irreconciliables. Inspirado en Mises, Hayek o Rothbard, para Milei solamente son éticamente válidos el altruismo y la caridad cuando surgen de la libre voluntad del individuo utilizando sus propios recursos, lo cual implica una expresión legítima de libertad individual. La denominada “justicia social”, o sea, la redistribución estatal de la riqueza, no es caridad ni solidaridad sino coacción, y como el Estado se financia mediante impuestos (a los que califica de “robo”) se deduce que la transferencia de recursos impuesta por ley vulnera el derecho de propiedad y distorsiona el sistema de incentivos del mercado.

Queda claro entonces que León XIV, el sucesor del Papa Francisco, recibirá la bienvenida de un Presidente que ve en la Doctrina Social de la Iglesia una de las tantas claudicaciones de Occidente ante la expansión del comunismo, que se promociona agitando el trapo rojo de la caridad. Recibirá la bienvenida de quien no concibe el rol del Estado como un garante del bien común y de la justicia distributiva cuando la caridad privada o el mercado no garantizan la subsistencia de los más vulnerables.

Pero al Papa León XIV no lo recibirá un puñadito de guardaespaldas y presuntos militantes libertarios, como cada vez que Milei intenta mostrarse en un acto callejero, sino millones de argentinos. Y eso es difícil de asimilar, especialmente si desde la cúpula del Estado no se ahorran esfuerzos para presentar la visita papal como algo apenas tangencial a toda cuestión política, como algo que incluso contrastará con la visión crítica de la Conferencia Episcopal Argentina (CEA) y del obispado respecto de la crisis alimentaria, el corte de suministros a los comedores comunitarios y parroquiales, la situación de los jubilados y los pobres, el deterioro de los ingresos ante la inflación, y un largo etcétera. No será sencillo asimilar para Milei y sus íntimos que el Papa León XIV, rodeado de millones de creyentes, acuerda con los obispos locales y piensa que la justicia social no es una algo aberrante o un “robo”, sino un mandato evangélico e indispensable para la paz social.

Cuánto más feliz sería el Gobierno si lograra que las aguas permanecieran calmas, pudiera presentarse en sociedad la visita papal como una picardía turística, como algo que se le ocurrió al Vaticano para que León XIV pudiera llegar hasta Perú, donde estuvo casi dos décadas, y dar satisfacción a su nostalgia.

¿Y si todo quedara circunscrito a una misión pastoral, como también ha dicho la jerarquía de la Iglesia? Pero eso no parece posible, tanto por las tensiones acumuladas en tres años de gobierno libertario como por el contenido simbólico de gran parte de los sitios que visitará el sumo pontífice (el Cottolengo Don Orione, el penal de Villa Devoto) y, sobre todo, por lo que significa la movilización masiva de creyentes, carecientes y demandantes de caridad.

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