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Mallimaci: “El Papa cuestiona la idea de la guerra justa”

Mallimaci: “El Papa cuestiona la idea de la guerra justa”
“León XIV habla de la paz desarmante”, destaca Mallimaci.

El sociólogo de las religiones Fortunato Mallimaci analiza el significado político de la llegada de León XIV a la Argentina. Su crítica a las guerras, la defensa de los migrantes, la justicia social y la disputa por el humanismo. Los intentos de apropiación política de una visita que promete movilizar multitudes. Profesor emérito de la Universidad de Buenos Aires y exdecano de la Facultad de Ciencias Sociales, considera que León XIV profundiza una transformación iniciada por Francisco: un catolicismo que busca hablar desde las periferias y el Sur Global, cuestionar a las extremas derechas y construir una perspectiva humanista frente a la concentración económica, las guerras y la exclusión.

Cinco claves:

  1. León XIV representa la continuidad de Francisco, con énfasis en el Sur Global, las víctimas, los migrantes y la paz.
  2. El cuestionamiento a la guerra justa supone revisar una larga tradición política y teológica de la Iglesia.
  3. La justicia social y el destino universal de los bienes entran en tensión con las ideas económicas de Milei.
  4. El Gobierno y la oposición intentarán apropiarse del significado político de la visita, aunque ninguno controla sus efectos.
  5. La influencia cultural de la religión persiste pese al retroceso de la identificación católica y de las prácticas religiosas.

En una entrevista realizada en el programa Y ahora qué por +Perfil, Fortunato Mallimaci compara la visita con las de Juan Pablo II, destaca el cuestionamiento de León XIV al concepto de guerra justa y anticipa que sus mensajes sobre justicia social y propiedad privada abrirán una disputa política en la Argentina.

La entrevista puede verse aquí:

—La Argentina se prepara para recibir a León XIV, con celebraciones multitudinarias en Buenos Aires, Córdoba y Luján. La primera actividad del lunes será en el Cottolengo Don Orione, que atraviesa graves problemas de financiamiento y debe recurrir a medidas judiciales para sostener la atención de los discapacitados. ¿Qué características tendrá esta visita y cómo la compararías con las anteriores?

—Primero hay que decir que los papas vienen cuando quieren. Francisco no quiso venir por motivos diversos. La otra experiencia que tenemos es la de Juan Pablo II. En 1982 vino en medio de la guerra de Malvinas, buscando intervenir en ese conflicto, y después volvió en 1987. En esa segunda visita recorrió varias ciudades con un mensaje centrado en la familia, el hedonismo y la defensa de una determinada idea de familia cristiana. Hizo una gran celebración en la avenida 9 de Julio y tuvo una reunión con el movimiento obrero en La Matanza, en cuya organización estuve bastante involucrado. Se hablaba de realizar el encuentro obrero más grande después del de Solidaridad en Polonia.

–Era la época de Saúl Ubaldini.

–Sí, con un movimiento sindical muy fuerte. Hubo dificultades organizativas y también políticas. Juan Pablo II terminó hablando contra el divorcio y, poco después, el Congreso argentino aprobó la ley de divorcio vincular. Eso demuestra que una visita papal no produce necesariamente las consecuencias políticas que algunos esperan. Además, aquella era otra Argentina, la de Raúl Alfonsín, con una sociedad que había recuperado la democracia y vivía un clima de esperanza. Recuerdo que durante esas visitas aparecían cantitos que mezclaban religión y política. En un momento se cantaba contra la «sinagoga radical» y después, durante el menemismo, contra el «gorila musulmán». La religión estaba presente en el lenguaje popular, en la disputa política y también como instrumento de doctrina y disciplinamiento. La situación actual es distinta.

—¿Cuál es la diferencia principal entre aquel papado y el de León XIV?

—Lo que encontramos en León XIV, con mucha continuidad respecto de Francisco, es un papado que intenta disputar un sentido común a escala global. Hoy no hay una Internacional Socialista, una Internacional Comunista o una Internacional Demócrata Cristiana con la capacidad de organización y proyección que tuvieron en otros momentos. Entonces aparece una voz que habla desde el humanismo, desde las periferias, desde los descartados y las víctimas. En Europa, por ejemplo, tiene una posición muy fuerte sobre los migrantes, muchos de ellos musulmanes. León XIV ya no se enfrenta al mundo socialista y anarquista que preocupaba a León XIII, sino a las extremas derechas nacionalistas y ultraliberales. Ahí hay un cambio histórico. El discurso católico intenta posicionarse frente a ese escenario internacional. Me llamó mucho la atención que en uno de sus documentos hablara desde el Sur Global. No dijo simplemente países pobres, subdesarrollados o en vías de desarrollo. Habló del Sur Global. Eso supone una mirada sobre las consecuencias de las guerras, el poder de los grandes grupos económicos y petroleros, las desigualdades y la existencia de sectores que pretenden controlar el mundo mientras aumenta la pobreza. Hay otra cuestión que sigue generando resistencias en Europa: la necesidad de desplazar el centro de gravedad del catolicismo hacia otras regiones. Francisco avanzó bastante en ese sentido y León XIV parece dispuesto a continuar.

—¿La trayectoria personal de León XIV contribuye a explicar esa mirada?

—Sí, porque estamos ante un misionero. Francisco era latinoamericano, de una gran ciudad, descendiente de italianos, que recorría América Latina y conocía profundamente sus realidades. León XIV nació en Estados Unidos, pero decidió ir al Perú, vivir en el Perú, trabajar en zonas de misión y conocer otras formas de vida. Eso produce una mirada diferente de la de una Iglesia imperial que llega para imponer algo. El misionero tiene que empezar de cero, escuchar, aprender a convivir con otras personas, entender sus problemas y, muchas veces, hablar lenguas nativas. Esa experiencia modifica la manera de pensar el catolicismo. También está su pertenencia a la orden de San Agustín y su relación con la historia del cristianismo en África. Es interesante observar cómo alguien formado en esa tradición puede hablar hoy de multiculturalidad, de paz y de diálogo. Su trayectoria dentro de la Iglesia fue relativamente rápida para los tiempos vaticanos. Francisco fue decisivo en su promoción. Me parece que León XIV tiene una sensibilidad muy marcada hacia las víctimas. No es una mirada centrada en una Iglesia que domina, sino en una Iglesia que escucha y acompaña.

—León XIV habló duramente contra la guerra. ¿Por qué?

—Hay una expresión que me parece central: la paz desarmada y desarmante. León XIV insiste en ese concepto y cuestiona la idea de la guerra justa. Yo diría que es una de las definiciones más importantes de su pensamiento. La guerra justa es una categoría que atravesó durante siglos las discusiones teológicas y políticas. Se utilizó para justificar guerras, intervenciones y formas de dominación colonial y neocolonial. Entonces, cuando un papa empieza a cuestionar ese concepto, está discutiendo con una parte muy importante de la propia historia de la Iglesia. No es una frase menor. Recuerdo que, cuando estuve en Roma, pasé por una iglesia de los agustinos y encontré referencias a un Prevost muy joven, de unos 25 años, que participaba en actividades por la paz. Me llamó la atención esa continuidad. En plena Guerra Fría ya había una sensibilidad hacia la paz dentro de su congregación. Ahora, como Papa, esa sensibilidad adquiere una dimensión global. La expresión «paz desarmada y desarmante» también plantea algo sobre nuestras sociedades: la paz no debería ser simplemente una tregua entre quienes conservan sus armas y sus amenazas.

—Decir que la guerra justa es un concepto superado supone revisar siglos de historia eclesiástica, desde las Cruzadas hasta las justificaciones religiosas de las dictaduras.

—Exactamente. Es revisar una parte de la historia de la Iglesia y también de la filosofía política. Estuve trabajando con documentos de 1976 y encontré justificaciones religiosas de la represión de la dictadura argentina. Se pedía fundamentar por qué había que eliminar a la subversión, a los comunistas y a otros sectores, y se recurría a la noción de guerra justa. Esas argumentaciones no quedaron encerradas en el pasado. Si hablás con especialistas en relaciones internacionales o geopolítica, vas a encontrar que muchos siguen considerando perfectamente normal la expresión. Pero que algo esté normalizado no significa que no haya que discutirlo. León XIV plantea otra perspectiva. Hay una enorme diferencia entre aceptar que una guerra puede considerarse moralmente justificada y colocar en el centro la paz, el desarme y la dignidad de las víctimas. Esa discusión es teológica, pero también es profundamente política.

—¿También advertís un cambio en la forma en que León XIV se relaciona con Donald Trump?

—Sí. Hubo un episodio en el que Trump habló de destruir la civilización persa, en el contexto de los bombardeos contra Irán, y León XIV reaccionó con una dureza extraordinaria. La pregunta que le planteó fue, en esencia, quién se creía Trump para hablar de esa manera. ¿Cómo puede alguien presentarse como cristiano y al mismo tiempo amenazar con destruir una civilización? Francisco tenía una manera distinta de intervenir en la política internacional. Era muy cuidadoso para no personalizar sus críticas. Podía cuestionar con enorme fuerza una política, pero normalmente evitaba poner nombres propios.

–En este caso León XIV pareció considerar que se había superado un límite. ¿Fue así?

–Eso muestra una sensibilidad particular ante las amenazas de destrucción y las guerras. No tiene necesariamente el mismo carisma político que Francisco, pero utiliza conceptos muy profundos y cuidadosamente elegidos. La paz desarmante, la crítica a la guerra justa y la dignidad humana son parte de una misma perspectiva.

—¿Cómo relacionás esa postura internacional con la historia argentina?

—Hay algo que me interesa especialmente y que no escucho mencionar con suficiente frecuencia. León XIV recupera figuras como monseñor Óscar Romero y monseñor Enrique Angelelli, dos mártires de las dictaduras latinoamericanas. ¿Por qué no se habla más de Angelelli cuando aparece citado por un papa? ¿Quién lo mató? ¿Por qué lo mataron? ¿Qué ocurrió con la Iglesia argentina durante la dictadura? Esas preguntas deberían reaparecer. La memoria de los mártires no es solamente una cuestión religiosa. Remite a las relaciones entre la Iglesia, el poder político, las fuerzas armadas y las víctimas de la represión. León XIV tiene una mirada que vuelve a colocar a esas víctimas en el centro. También está su frase sobre los migrantes: «La dignidad humana no tiene pasaporte». Ahí aparece una definición universalista, especialmente importante en un mundo donde sectores políticos proponen expulsiones, fronteras cada vez más cerradas y nuevas formas de exclusión.

—¿Qué imaginás que dirá León XIV en la Argentina?

—Creo que va a hablar de justicia social, de dignidad humana y de la necesidad de actualizar la enseñanza social de la Iglesia. Los distintos documentos de León XIV no son intervenciones aisladas, sino partes de un proyecto mucho más amplio. La inteligencia artificial es uno de los asuntos que aborda, pero no el único. También están el mundo del trabajo, las periferias, las transformaciones económicas, las condiciones de vida y las responsabilidades del poder. Hay una continuidad histórica con León XIII, que tuvo que pensar el mundo obrero de su tiempo. Ahora se trata de comprender un mundo distinto, donde aparecen nuevas tecnologías, nuevas desigualdades y nuevas formas de exclusión. En esa actualización de la doctrina social se habla de la dignidad de las personas, la justicia social, la subsidiariedad y el destino universal de los bienes. Son conceptos que tienen consecuencias políticas muy importantes.

—¿Por ejemplo, sobre la propiedad privada?

—Yo me levanto a la mañana y escucho publicidades que dicen que la propiedad privada es sagrada. Bueno, León XIV probablemente va a decir que no es tan sagrada, o que no es sagrada en ese sentido absoluto. En la enseñanza social de la Iglesia existe la idea del destino universal de los bienes. Eso significa que la propiedad no puede pensarse completamente separada de las necesidades del conjunto de la humanidad. La propiedad privada tiene un lugar, pero no es el principio que organiza todo lo demás. Ahí me parece que aparecerá una tensión muy fuerte con el discurso económico de Milei. También habrá millones de personas escuchando al Papa y cada una interpretará esas palabras desde su propia experiencia. Esa relación entre el mensaje religioso y la recepción social será uno de los fenómenos más interesantes de la visita.

—¿Por qué decís que cada sector va a construir su propio Papa?

—Porque va a suceder eso. Cada uno va a querer tener su propio Papa. Los grandes grupos económicos, el Gobierno, la oposición, sectores de la Iglesia, organizaciones sociales y distintos grupos políticos van a escuchar las mismas palabras y van a poner el acento en aquello que les resulte más conveniente. Se terminó aquella etapa en la que algunos presentaban al Papa como un anticristo o un enviado del demonio. Ahora intentarán apropiarse de una parte de su discurso. Unos dirán que habló contra la violencia, otros que habló contra los grandes grupos económicos, otros que defendió la justicia social y otros que destacó los valores espirituales. Una visita de esta magnitud toca numerosas dimensiones de la vida social. Produce una efervescencia colectiva, reúne multitudes y genera una conversación que continúa después de que el Papa se va. Pero la disputa por el significado de sus palabras puede durar mucho tiempo.

—¿Qué pensás de la organización de las actividades y de las medidas de seguridad?

—Creo que hay demasiado control. Lo conversábamos con colegas de Perú y Uruguay, y mi impresión es que en la Argentina se están organizando las actividades con una lógica que recuerda a una reunión del G20. Las vallas y los dispositivos de seguridad son muy grandes. Para llegar a Luján, por ejemplo, se habla de restricciones de circulación y de tener que dejar los vehículos a varios kilómetros de distancia. Había propuestas para que el Papa pudiera recorrer espacios más amplios y tener un contacto directo con la gente, pero se fueron descartando por razones de seguridad. En Córdoba parece haber existido una preocupación mayor, tanto del gobierno provincial como del cardenal Ángel Rossi, para favorecer la presencia del Papa en las calles y los recorridos en papamóvil. Me parece que habrá que observar esas diferencias. No es lo mismo una visita donde la multitud puede acercarse al pontífice que otra donde predomina una estructura de control y separación.

—De todos modos, ¿esperás una movilización masiva?

—Sí, creo que va a haber muchísima gente, también muchos jóvenes. Y después habrá que ver qué queda. Vamos a leer los diarios al día siguiente, a la semana, a los quince días y a los dos meses. Habrá conversaciones y discusiones sobre lo que dijo, sobre quiénes estuvieron presentes y sobre cómo interpretarlo. Ahí aparece un tema de largo plazo: quién consigue convertir ese acontecimiento en una experiencia social y cultural duradera. Pero pasar del discurso religioso al discurso partidario no es sencillo. Muchos van a querer utilizarlo, pero una cosa es convocar a unirse contra la violencia, contra las guerras o contra la concentración económica, y otra muy distinta es construir una organización política capaz de representar esos objetivos. La visita puede generar una sensibilidad compartida, pero eso no equivale a crear automáticamente una fuerza política.

—Llega en un momento de fragmentación de la oposición y del propio peronismo. ¿Podría contribuir a resolverla?

—Si el Papa se fuera de la Argentina y esa fragmentación quedara automáticamente resuelta, sería un milagro. Y podríamos calificarlo como tal. Pero no parece un escenario probable. Los tiempos religiosos no son los tiempos sociales y tampoco son los tiempos de la política partidaria. Tal vez dentro de cinco o diez años alguien diga que aquella visita de León XIV fue importante para iniciar determinados cambios. Ojalá no haga falta esperar tanto. Pero los efectos profundos de un acontecimiento religioso no necesariamente se producen al día siguiente. También es necesario que existan actores sociales y políticos capaces de interpretar las demandas y convertirlas en un proyecto. Si eso no ocurre, una multitud puede reunirse, emocionarse, escuchar un discurso y después regresar a una vida política fragmentada.

—¿Hasta qué punto León XIV puede influir sobre quienes no son católicos o ni siquiera son religiosos?

—Muchísimo, como ocurrió con Francisco. Nosotros hicimos una encuesta nacional en 2020 y encontramos posiciones muy diferentes frente al Papa. Había alrededor de un cuarto de los consultados que consideraba que intervenía demasiado en política, incluso entre católicos practicantes. Otro sector, donde aparecían muchas personas sin religión, lo veía como un humanista necesario en un mundo cada vez más violento. Y había una parte muy importante de la población que expresaba admiración o cercanía. Lo interesante es que, mientras la identificación católica y determinadas prácticas religiosas disminuyen, la influencia social, cultural y política de la religión sigue estando presente. Eso obliga a revisar las interpretaciones más simples de la secularización. No se puede suponer que, porque disminuye la cantidad de fieles, desaparece automáticamente la religión de la vida pública.

—¿Cómo se expresa esa presencia religiosa en la política contemporánea?

—En la Argentina actual hay muchas personas del mundo católico que participan del Gobierno, aunque a veces la atención se concentra exclusivamente en los evangélicos o en sectores del judaísmo. Hay que reconocer esa diversidad. La religión sigue presente en las instituciones, en las identidades y en las disputas políticas. Y no solamente en la Argentina. Pensá en Trump, en Marine Le Pen, en Putin, en Zelenski o en los ayatolás. Los dioses no resucitaron de pronto: estaban ahí. Lo que ocurre es que existe una crisis fenomenal de la política partidaria y muchos dirigentes buscan apoyarse en referencias religiosas. Pero hay que tener cuidado, porque esas relaciones pueden volverse demasiado binarias. Y la política, si quiere construir consensos, no puede reducirse permanentemente a una división entre buenos y malos, creyentes y no creyentes o representantes de una civilización contra otra.

—La Iglesia y León XIV utilizan cada vez más la palabra humanismo. ¿Por qué creés que ocupa ese lugar?

—Porque se la están dejando regalada. ¿Quién habla hoy de humanismo? En Europa escuchás discursos sobre aumentar los presupuestos militares, prepararse para nuevas guerras, endurecer la situación de los inmigrantes y levantar barreras. El problema de la inmigración se presenta muchas veces solamente como una amenaza o como un costo económico. Francisco cuestionó permanentemente esa mirada y León XIV mantiene una sensibilidad semejante. Incluso en sectores intelectuales europeos que antes defendían otras posiciones aparecen argumentos que justifican restricciones cada vez mayores. Eso abre un espacio para que la Iglesia proponga un lenguaje centrado en la dignidad humana, la paz y los derechos de quienes quedan excluidos. También resulta interesante lo que ocurre en Silicon Valley, donde aparecen referencias religiosas, biblias y autores cristianos entre dirigentes tecnológicos. Para quienes investigamos las religiones son fenómenos muy significativos, porque muestran que las relaciones entre ciencia, tecnología, política y fe no pueden reducirse a la idea de que los científicos son progresistas y los religiosos reaccionarios.

—¿Van a investigar la visita desde el punto de vista sociológico?

—Sí. Tenemos grupos de investigación y becarios en Córdoba, Buenos Aires y Luján que van a observar qué sucede. Nos interesa estudiar los discursos, comparar los textos preparados con lo que efectivamente diga el Papa, analizar las modificaciones y, sobre todo, observar la recepción social. Una revista italiana también nos propuso comparar lo que ocurre en Perú, Argentina y Uruguay. Es el mismo Papa, pero los Estados y las sociedades son diferentes. Nosotros no queremos limitarnos a interpretar los documentos pontificios. Eso pueden hacerlo los especialistas en exégesis. Nuestro interés es el acontecimiento social, político y cultural que se produce alrededor de la visita. En América Latina las relaciones entre religión, política, sociedad y Estado están mucho más entrelazadas de lo que a veces reconocen las interpretaciones europeas. Es nuestra modernidad realmente existente.

—¿Y cómo se compara eso con Estados Unidos?

—Estados Unidos también tiene una enorme diversidad religiosa y política. Si uno quiere comprender la relación entre religión y movimientos progresistas, por ejemplo, tiene que conocer las iglesias bautistas afroamericanas. Allí existe una tradición de organización religiosa y participación política muy vinculada con los demócratas y con las luchas por los derechos civiles. Basta pensar en Martin Luther King y en las comunidades religiosas de Atlanta. Por eso no conviene hablar de la religión como si fuera un fenómeno uniforme. Hay que mirar las experiencias realmente existentes de cada país. En la Argentina, la visita de León XIV mostrará también esas diferencias. Habrá personas que lo escuchen desde la fe, otras desde la política, otras desde la defensa de los derechos humanos y otras desde una búsqueda de sentido frente a un mundo muy violento. Lo importante será observar qué sucede con esa pluralidad después de que termine la visita.

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