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La trampa de los salarios bajos

La trampa de los salarios bajos
Con la minería no alcanza.

La Argentina puede aumentar sus exportaciones de petróleo, gas y minerales y seguir siendo un país de salarios bajos y riqueza acumulada en el exterior. Enrique Aschieri cuestiona al modelo libertario, pero también las ilusiones de una parte del campo popular que espera encontrar empresarios dispuestos a invertir por mero patriotismo. La relación entre consumo, inversión y democracia.

Cinco claves:

  1. El crecimiento de las exportaciones de recursos naturales no garantiza que la riqueza generada se transforme en desarrollo nacional.
  2. Los empresarios no invierten por patriotismo, sino en función de las oportunidades de rentabilidad que encuentran.
  3. La fuga de capitales y la falta de inversión son problemas relacionados, pero no puede suponerse que todo dinero que no sale del país se invertirá productivamente.
  4. El RIGI demuestra que el gobierno libertario también selecciona empresas y sectores beneficiados, pese a proclamar la neutralidad del mercado.
  5. La democracia y el consumo popular sostienen la demanda que necesitan las empresas para vender, invertir y ampliar la producción.

Rumboso

Las fuerzas conservadoras reaccionarias criollas no son de amilanarse y no tienen mejor idea que proclamar que hay que preservar el rumbo —¿de estanflación?, ¿de la exacerbación de la desigualdad?—, o que las inversiones no aparecen porque el gobierno libertario no genera la «confianza» necesaria. Igual diagnóstico para el origen de la malaria reinante.

Por falta de «confianza» entienden que no lesionó lo suficiente los intereses de la clase trabajadora y de las mayorías nacionales. El León hizo mucho, pero falta más, pontifican, aunque con la careta puesta de innovación y esas cosas. Se ve que el ridículo no les preocupa en lo más mínimo y el cinismo menos.

En el ámbito de esta espléndida fe en la oquedad, ahora que el PIB (Producto Interno Bruto) está para atrás, resulta aleccionador lo que significaría su crecimiento sostenido en el tiempo, al amparo de la lógica libertaria y sus corifeos críticos.

Una Argentina pujante y creciente a causa de que se impuso la fe libertaria y se mantuvo el «rumbo» implica que esas enormes riquezas que generaría el país, causadas por las exportaciones de minerales, gas y petróleo, no quedarían en el país. La ordenada pobreza reinante que entonces hubiera madurado como paisaje social impulsaría a que la mayor parte de esos prometedores flujos se convirtieran en depósitos en cuentas de los bancos de los países desarrollados. Ese potencialmente voluminoso PIB no nos pertenece. A largo plazo es simplemente hacerles un regalo a los extranjeros, en razón de que aquí no habría mercados en qué invertir.

Sueños imposibles

Tampoco los criollos de tinte más izquierdista tamizados de «populismo», al menos una parte considerable de ese colectivo, les esquivan a los sueños imposibles. Desde hace años andan en la búsqueda del «burgués perfecto». Ese que sus sueños les prometieron a sus ansias.

El tal «burgués perfecto» invertiría todo lo que «debería» invertir y no fugaría nada. Una curiosidad antropológica que invierte imbuido por su nacionalidad de origen y no por la rentabilidad comparada. El muy real «burgués adefesio» es un ávido codicioso y solo invierte donde espera ganar más. A esos efectos, al adefesio la partida de nacimiento le importa tres rabanitos.

Según sus propugnadores, la política «populista», como la motejan con desdén y espanto los derechistas argentinos, no falla porque está mal formulada o concibe un panorama muy alejado de la dura realidad, sino porque no encuentra al «burgués perfecto».

Irónicamente, uno de los maltratos tradicionales de los derechistas argentinos hacia los criollos de tinte más izquierdista tamizados de «populismo» es caracterizarlos de «estatistas». Para un colectivo que recae en el Estado porque no tiene más remedio debido a que el «burgués perfecto» resulta muy elusivo y juega a las escondidas, es una verdadera afrenta.

Mientras se rumea el grado que este planteo tiene de neurosis analítica —por llamarlo de alguna manera—, no hacen las cosas más fáciles ciertas inferencias infundadas que lo articulan centralmente. FAE (Formación de Activos Externos) e inversión interna se llevan las palmas.

Los «burgueses adefesios» son unos buenos para nada que fugan capital. Si ese capital se invirtiera, merengue para todos. No tan rápido. ¿De dónde sale la relación positiva FAE-inversión? De la cabeza atacada de neurosis analítica. La FAE y la inversión son partidas que se mueven por motivaciones económicas distintas. Solo sacarse la responsabilidad política de encima las une.

El superávit comercial (saldo positivo de exportaciones menos importaciones) es, contablemente hablando, idéntico a la FAE, porque es eso: un activo externo que se formó en el año. La inversión es lo que pusieron durante ese mismo año los empresarios y el sector público para hacerles frente a las amortizaciones y a las nuevas máquinas, edificios y software que necesitan para materializarse los nuevos emprendimientos. Es de chicos listos hacer las cuentas ex post y decir que con esa FAE habría más inversión. Y si no la hay, no es porque la política económica es poco efectiva, sino porque en vez de «burgueses perfectos» operan los malévolos «burgueses adefesios», una típica maldición argentina.

Ambos bandos

Tirios y troyanos acostumbran a poner cara seria para caracterizar a la economía de la Argentina como muy heterogénea, por ejemplo al trazar el escenario del actual declive del crecimiento. Lo dicen en serio. No es un vulgar ejercicio de cinismo. Lo que sí parece es que ignoran que la tasa de crecimiento es un promedio y, como tal, comprende en su cálculo sectores que crecen, sectores que permanecen sin cambios y sectores que caen.

Si el crecimiento del producto bruto es negativo o retrocede, son más los sectores que caen que los que andan bien. Obvio. Sin embargo, no deja de llamar la atención el persistente auxilio que solicitan a la «heterogeneidad» ni bien los hechos no resultan como esperaban, en distintos temas como inflación o pobreza. El ejercicio de logomaquia, naturalmente, enlista más temas en que se ningunean los promedios que estos tres ítems clave.

También los dos bandos en pugna reconocen similitudes en el asunto de la movilidad internacional de capitales y su impacto decisivo en la integración económica global, debido a su potencial para conectar mercados y producción de una manera más directa, compleja y profunda que otros flujos transfronterizos.

La movilidad de capitales para analizar la globalización tiene sus bemoles. Los economistas nunca se han sentido del todo cómodos con el concepto de capital y, si bien este implica un enfoque más directo en la empresa como vehículo de la globalización, el concepto de empresa en sí mismo ha tenido una presencia algo difusa en el discurso económico.

«De hecho, existe un dilema recurrente en gran parte de la literatura sobre globalización entre basar el análisis en la lógica del mercado —que se fundamenta en la coordinación de precios— y la lógica de la empresa —que se basa en el fracaso de dicha coordinación—. Aun así, tomar la movilidad del capital como punto de partida para un debate sobre la globalización resulta útil para resaltar la distinción entre las actividades productivas (comercio e inversión) y financieras en el proceso de integración», consignan Paul Bairoch y Richard Kozul-Wright, en un paper de unos años atrás.

Acá hay un parteaguas entre tirios y troyanos. El dilema que señalan Bairoch y Kozul-Wright se traslada a la arena política. Los libertarios, cuando están en el llano —lugar que únicamente abandonan en dirección a la manija cuando las mayorías nacionales tienen la mala idea de no congeniar—, viven predicando que los populistas ignoran los mensajes del sistema de precios. Su tarea coordinadora.

Si respetaran el mensaje del sistema de precios y no lo distorsionaran con la demagogia populista, la Argentina se especializaría en aquellos sectores y optaría por aquellas técnicas dentro de esos sectores que hacen el mayor uso de su factor más abundante —que también se supone que es el más barato—, por lo tanto lograría una maximización de su propia producción y una optimización de la división internacional del trabajo.

Por cierto, en la práctica esa política bloquea el desarrollo, ya que relega al país al gueto de las técnicas de producción trabajo-intensivas (agricultura, industria liviana, etc.). Es decir, lo lleva a la producción con la tecnología y la productividad más baja, lo que, a su vez, preserva los salarios bajos y reproduce las mismas condiciones de pobreza.

Los libertarios en el poder son la negación práctica de lo que predican, salvo en reproducir en forma ampliada la pobreza. Su necio ofertismo los obliga a olvidarse de los mensajes de los precios y decidir manu militari (o, en castellano, RIGI, Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones) qué empresas ganan y cuáles pierden en pos de la factoría de bajos salarios. El verso de los precios encubre la prosa de elegir las empresas.

Los troyanos del campo popular en el llano, meta y meta con el «burgués perfecto». En el gobierno, caen en la cuenta de que los precios no son «normales» y les tratan de meter mano. Con las empresas se meten poco, por cuestiones de costo político.

Para los libertarios, precios normales es una noción sin sentido. El precio es el que surge de los gustos y necesidades de los consumidores. Esta es también la razón por la que se distinguen los dos grupos de teorías del valor. Para Ricardo y Marx es porque en la canasta histórica típica cotidiana de una familia argentina un paquete de manteca cuesta más o menos (ex ante) un kilo de pan que se intercambian (tendencialmente) un paquete de manteca contra un kilo de pan. Los costos determinan los precios. Y el costo principal, el salario, es determinado por la disputa política.

Para los neoclásicos, al contrario, es porque un paquete de manteca se intercambia contra un kilo de pan que se puede decir (ex post) que un paquete de manteca equivale en valor a un kilo de pan. Los precios determinan los costos.

Como para los troyanos, en la tarea que se imponen en el gobierno, la intuición juega mucho más que el enfoque teórico, que casi no pincha ni corta, las ambigüedades, contradicciones e idas y vueltas terminan malogrando la consecución de los objetivos que se impusieron sobre los precios.

Laureles democráticos

Todo este panorama conlleva, asimismo, la necesidad de reverdecer los laureles democráticos. En una Argentina perentoriamente necesitada de retomar la senda del crecimiento integrador, vale considerar el entrecruzamiento de la teoría del crecimiento económico con los impactos generados por el régimen democrático, tal como lo describe un trabajo académico de mediados de los años ’90, de los politólogos Adam Przeworski y Fernando Limongi. Y eso en relación con el ofertismo, dominante en la ideología argentina.

En ese paper, Przeworski y Limongi tratan de responder al interrogante de cómo la democracia afecta el crecimiento. Los autores dicen que «el principal mecanismo a través del cual la democracia es vista como un obstáculo al crecimiento está constituido por las presiones en favor del consumo inmediato, que reducen la inversión. Solo los Estados preservados institucionalmente contra tales presiones —lo cual no es el caso de los Estados democráticos— pueden contraponerse a ellas. A su vez, el principal argumento contra las dictaduras consiste en que los gobernantes autoritarios no tienen interés en maximizar el producto total […] Objetivamente, la respuesta a la cuestión […] es que no sabemos si la democracia favorece o retrasa el crecimiento económico. Todo lo que podemos ofrecer por ahora son algunas suposiciones».

Falso dilema, falsaria conclusión. La visión cartesiana de Przeworski y Limongi de más ahorro-más inversión-más producción no tiene nada que ver con la realidad de un capitalismo que es el mundo parado sobre su cabeza, no sobre sus pies. La inversión es una función creciente del consumo. Menos consumo, menos inversión.

La democracia, lejos de ser un obstáculo, es el reaseguro de la acumulación. Su estabilidad política impele a no menoscabar al consumo. Przeworski y Limongi ignoran que la clave de funcionamiento del capitalismo es vender, no producir. Las razones de su desconocimiento las dan ellos mismos cuando comentan que en las variantes de los modelos neoclásicos no encuentran argumentos convincentes y, entonces, «sin un buen modelo económico de crecimiento, no constituye sorpresa que los efectos parciales de la política sean difíciles de evaluar». A partir de ahí, en vez de intentar conocer la realidad con otro prisma teórico, caen en el agnosticismo y toda la nada que tienen para decir es que «el impacto de los regímenes políticos sobre el crecimiento es una cuestión ampliamente abierta a la reflexión y el debate». En eso estamos, mientras las papas empiezan a quemar.

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