El ataque de un grupo de hombres a mujeres trans y travestis en el Rosedal de Palermo, a pocos días de la Marcha del Orgullo, expone una violencia que se exhibe sin pudor en las redes sociales. Una de las víctimas sufrió lesiones graves en una oreja, aunque no corre peligro de vida. El vínculo entre los discursos de odio, el retroceso de las políticas de inclusión y las agresiones contra las personas LGBTIQ+.
Cinco claves:
- Un grupo de hombres atacó a mujeres trans y travestis que trabajaban en los Bosques de Palermo.
- Al menos seis personas resultaron heridas y los agresores exhibieron sus acciones en redes sociales.
- La violencia se produce en un contexto de discursos hostiles y retroceso de las políticas de inclusión.
- Las plataformas digitales permiten amplificar mensajes violentos y celebrar públicamente las agresiones.
- La Marcha del Orgullo del 7 de noviembre aparece como una respuesta colectiva frente al odio.
En febrero de este año me estaba cambiando en el vestuario de un salón de eventos, junto a trabajadores del lugar, cuando un hombre entró y gritó: “¡Pero qué olor a puto hay acá!”. Me quedé paralizado, sin saber cómo reaccionar. Lo dijo en broma, a sus compañeros, pero yo no los conocía y no sabía cómo podían actuar si se daban cuenta de que sí: de que yo era puto. Atiné a terminar de cambiarme lo más rápido que pude, volverme invisible y desaparecer de ese lugar cuanto antes.
A seis días de la 35ª Marcha del Orgullo en la Ciudad de Buenos Aires, un grupo de varones atacó a mujeres trans y travestis que estaban trabajando en los Bosques de Palermo. Fue el domingo a la madrugada. El hecho se difundió y viralizó a partir de los videos que los mismos agresores subieron, con orgullo, a sus redes sociales.
Una mujer trans que presenció el ataque contó a la agencia periodística Presentes lo que vivió esa madrugada. A las chicas “las cercaron. Fue así como un torbellino, un huracán. Las rodearon a todas ellas en la esquina de Ombúes y Bello. No podías entrar a defenderlas”, dijo Leticia. “Fue como a las tres de la mañana. Pude zafar porque cuando vi que ellos venían con esa intención, que empezaban a insultar, a gritar y tenían cosas en la mano, me metí en el bosque”.
Desde la Defensoría del Pueblo de la Ciudad de Buenos Aires informaron que, tras la agresión, hay varias mujeres trans heridas. “Lo que pudimos saber es que por lo menos hay seis compañeras lesionadas. Una bastante grave. No corre peligro de vida, pero tiene muy afectada una de sus orejas”, afirmó María Rachid, titular del Instituto contra la Discriminación de la Defensoría del Pueblo de la Ciudad de Buenos Aires.
Lo que ocurrió en el Rosedal de Palermo no es un hecho aislado. Sucede en una Argentina donde odiar ya no da vergüenza.
Javier Milei, la máxima autoridad del país, usa constantemente un lenguaje de odio, burla y agresión hacia quienes no piensan como él. En enero de 2025, el presidente sostuvo en su discurso en el Foro Económico de Davos que “en sus versiones más extremas, la ideología de género constituye lisa y llanamente abuso infantil. Son pedófilos”.
Por otro lado, el ataque se produce en un contexto nacional de desfinanciamiento de políticas de inclusión para los colectivos travestis y trans, de persecución a trabajadoras sexuales y de criminalización de personas LGBTIQ+. Entre agosto y octubre fueron asesinadas cuatro trabajadoras sexuales en contextos de trabajo. Según el Observatorio Adriana Zambrano de La Casa del Encuentro, en lo que va del año se produjeron nueve transfemicidios, mientras que en 2025, de acuerdo con el informe de la Federación Argentina LGBT+, hubo 227 crímenes de odio.
Asimismo, la “caza de travestis”, como se está nombrando al episodio en las redes sociales, se da en medio de una campaña del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, encabezado por Jorge Macri, de “Ley y Orden”, que persigue a trabajadores de economías informales y hostiga con enormes operativos a vecinos de barrios populares.
La proliferación de discursos violentos en las redes sociales prepara el terreno para lo que después sucede en el territorio físico. Y las víctimas de esos ataques —suena obvio decirlo, pero es necesario— son cuerpos de personas reales. Lejos de regular realmente esas manifestaciones, los algoritmos premian con más alcance los contenidos con emocionalidades amplificadas. El territorio digital sirve de ensayo y de ágora para que el odio crezca y se potencie luego en el plano físico. Uno de los jóvenes que atacaron a las trabajadoras del Rosedal publicó en sus redes una imagen en la que se presenta con la frase “Me dicen ahora el matatrans”, acompañada por emojis de burla.

En esa misma publicación pueden verse comentarios de usuarios que celebran, justifican o se burlan de la agresión.

Tanto el agresor como quienes lo apoyan muestran con orgullo el odio que sienten por las travestis del Rosedal. Se burlan sin cautela, se jactan de su poder. Elijo la palabra “orgullo” a propósito. Es un término que forma parte de la comunidad LGBT desde hace ya muchos años. Es una bandera, es una “respuesta política” ante una “sociedad que nos educa para la vergüenza”, como decía Carlos Jáuregui, activista gay y expresidente de la Comunidad Homosexual Argentina (CHA). ¿Por qué estos hombres violentos muestran tan impunemente el orgullo con el que sienten su odio? ¿No debería darles vergüenza? ¿Es una represalia por los pocos derechos que el colectivo de la diversidad obtuvo en la década pasada y que ahora está volviendo a perder? ¿Dónde radica ese odio?
Ya la historia nos ha enseñado qué pasa cuando se persigue a personas por sus formas de pensar, de sentir o simplemente de existir. Lo vimos durante el nazismo, lo vimos durante la dictadura del 76 y lamentablemente lo estamos viendo ahora: una acción organizada para atacar a una población específica que, como si fuera poco, está totalmente desprotegida por el Estado en su acceso al sistema público de salud, a la educación o a la vivienda.
El colectivo LGBT históricamente ha tenido que resistir estos embates de parte de quienes no pueden soportar que haya identidades que vivan de modos diferentes, más libres. En las primeras marchas del Orgullo, allá por inicios de los 90, los manifestantes cubrían sus caras con bolsas de papel madera por miedo a ser reconocidos.

El mismo temor que sentí en ese vestuario. Un temor a no poder ser, una amenaza que nos dice que nos escondamos, que no nos mostremos, por las dudas.
Es fundamental comprender la gravedad de lo ocurrido el domingo a la madrugada en el Rosedal de Palermo. Algunos creerán que no es importante. Las travestis están en la primera línea a la que el odio ataca. Pero es innegable que ese odio quiere avanzar —ya lo está haciendo— y, si nos distraemos, se va a meter con todas las otredades que el modelo encabezado por Milei detesta.
El sábado 7 de noviembre es la trigésimo quinta Marcha del Orgullo en Buenos Aires. La respuesta política en las calles será masiva.