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El planeta de las horas prohibidas: humanos, animales y plantas frente al calor de 2100

Investigaciones de científicos de la Universidad de la ciudad china de Guangzhou proyectan que hacia finales de siglo no sólo aumentarán las temperaturas máximas: también crecerá la cantidad de horas diarias de calor peligroso y disminuirá el alivio nocturno. La humanidad deberá rediseñar ciudades, producción de alimentos y jornadas laborales. La inteligencia artificial y los robots podrán evitar parte de la exposición humana, pero no serán inmunes a las temperaturas extremas ni podrán sustituir ecosistemas completos. En consecuencia, el futuro dependerá de lo que hagamos o dejemos de hacer los que todavía estamos por este plano y habitamos la Tierra. Esa “casa común” de la que habló el papa Francisco en la encíclica ´Laudato sii’.

Las investigaciones realizadas por equipos los investigadores chinos mediante modelos climáticos modernos advierten que, hacia 2081-2100, aumentarán conjuntamente la intensidad, duración y extensión de las olas de calor en el planeta. 

En el escenario de emisiones más elevado, la exposición de la población china al calor extremo podría multiplicarse aproximadamente por 14. En algunas regiones donde estos episodios hoy son infrecuentes, el incremento relativo sería de centenares de veces. 

Aunque las cifras corresponden a China, los modelos señalan una transformación mundial: Asia meridional, África, Medio Oriente, América Central, el norte de Sudamérica y algunas regiones mediterráneas enfrentarán temporadas más largas de calor peligroso. 

Algunas claves:

* El calor será un problema sanitario y alimentario. Afectará al cuerpo humano, reducirá la fertilidad animal y perjudicará la fotosíntesis, polinización y rendimiento de los cultivos.

* La IA podrá anticipar olas de calor, administrar agua y electricidad e identificar personas, animales y cultivos en peligro antes de que el daño resulte irreversible.

*Los robots reemplazarán trabajos riesgosos, pero también necesitarán protección: baterías, motores, sensores y procesadores pierden rendimiento y pueden fallar bajo temperaturas extremas.

El impacto sobre la salud humana será directo y acumulativo. Cuando coinciden temperaturas altas, humedad y poco viento, el sudor deja de evaporarse eficazmente y el cuerpo no consigue eliminar el calor. 

Primero aparecen deshidratación, calambres, dolor de cabeza, confusión y agotamiento; después pueden producirse lesiones renales, accidentes cardiovasculares, alteraciones neurológicas y golpes de calor potencialmente mortales. Los adultos mayores, bebés, embarazadas, trabajadores al aire libre y pacientes cardíacos, respiratorios, renales o diabéticos serán los más vulnerables. 

La Organización Mundial de la Salud (OMS) calcula que entre 2000 y 2019 se produjeron alrededor de 489.000 muertes anuales asociadas con el calor y que la mortalidad entre mayores de 65 años creció aproximadamente 85% entre comienzos de siglo y el período 2017-2021. Alerta.

Los animales tampoco podrán adaptarse ilimitadamente. Según la FAO, el estrés térmico comienza alrededor de los 25 °C para muchas especies ganaderas y a temperaturas inferiores para cerdos y aves, que no pueden refrigerarse mediante el sudor.

El ganado beberá más, comerá menos y reducirá su movilidad, fertilidad, crecimiento y producción de leche; una exposición prolongada puede provocar daños digestivos, fallas orgánicas y colapso cardiovascular. 

Los animales silvestres modificarán rutas migratorias, reproducción y áreas de distribución, mientras que especies incapaces de desplazarse podrían desaparecer localmente. En ríos y mares, el calentamiento reducirá el oxígeno disponible y en consecuencia aumentaría la mortandad de los peces. Cabe destaca que en 2024, el 91% del océano global atravesó, por lo menos, por una ola de calor marina. 

Las plantas sufrirán simultáneamente por temperatura, sequedad del suelo, incendios y proliferación de plagas. En numerosos cultivos, las pérdidas de rendimiento comienzan cuando las temperaturas superan los 30 °C, aunque la papa y la cebada presentan daños a niveles inferiores. 

El calor puede debilitar las paredes celulares, volver estéril el polen, acelerar la pérdida de agua y reducir la fotosíntesis. Si coincide con sequía durante la floración, una ola de calor de pocos días puede arruinar una cosecha completa. 

A su vez también se verá afectada la reproducción vegetal si desaparecen insectos polinizadores o si plantas y polinizadores modifican sus ciclos en momentos diferentes. 

Por lo tanto, la agricultura deberá desplazarse hacia otras latitudes, sustituir variedades, utilizar semillas resistentes y recurrir a riego de precisión. Pero existe una paradoja: aumentar indiscriminadamente el riego enfría el terreno, aunque puede elevar la humedad del aire y agravar el estrés térmico humano.

Proyecciones para Europa hacia medidos de siglo 

El sur europeo y el Mediterráneo enfrentarán la mayor reducción de precipitaciones y humedad del suelo. Pero Europa central y septentrional también incorporarán riesgos antes considerados mediterráneos.

Incluso si el calentamiento mundial se limita a 1,5 °C, se proyecta que unos 100 millones de habitantes de la UE y el Reino Unido estarán expuestos cada año a olas de calor extremas hacia finales de siglo: diez veces más que durante 1981-2010.

En síntesis, se puede asegurar que hoy las altísimas temperaturas que azotan a Europa no son solamente una sucesión de días excepcionalmente calientes. El continente está ingresando en un ciclo en el que calor, sequía, incendios, mortalidad, pérdida agrícola y presión energética se potencian mutuamente.

España, Francia, Alemania, Italia, Portugal, Reino Unido, Grecia y Austria aparecen entre los países más afectados, aunque el problema ya se expandió al centro y norte europeo. 

La ola de este 2026 demuestra que las infraestructuras europeas: viviendas, hospitales, escuelas, redes eléctricas y sistemas de agua, todavía no están preparadas para el clima que comienza a instalarse.

La IA y los robots podrían ayudar 

La inteligencia artificial (IA) podría convertirse en una herramienta decisiva. Mediante satélites, sensores urbanos, historias clínicas y modelos meteorológicos podrá anticipar cuales serían los barrios que sufrirán las temperaturas más peligrosas, localizar adultos mayores aislados, organizar ambulancias, ajustar la apertura de refugios climáticos y administrar la demanda eléctrica para evitar apagones. 

También la IA   podría regular semáforos y transporte, orientar agua hacia los cultivos que realmente la necesiten, detectar estrés en plantas mediante imágenes y controlar ventilación y refrigeración en establecimientos ganaderos.

Investigadores de la Universidad de Ciencia y Tecnología de Hong Kong ya desarrollaron un sistema de IA que mejora en más de 15% la precisión de ciertos pronósticos meteorológicos extremos y extiende la anticipación de tormentas intensas hasta cuatro horas. 

Hacia 2100, sistemas más avanzados podrían confeccionar mapas de riesgo casi individuales y ordenar evacuaciones o interrupciones laborales antes de alcanzar límites peligrosos. 

Los robots en tanto podrían asumir tareas que resulten demasiado riesgosas para las personas: construcción, agricultura, incendios, mantenimiento de líneas eléctricas, entrega de agua y medicamentos, rescate y asistencia domiciliaria. 

Podrían existir humanoides que acompañen a los adultos mayores, controlen su hidratación y temperatura corporal o los trasladen hacia espacios refrigerados. Sin embargo, es poco probable que el planeta quede “gobernado” por humanoides autónomos. ¡Por suerte!

¿Los robots también sufren el calor? 

La respuesta es sí, lo sufren ya que sus motores se recalientan, las baterías pierden capacidad y seguridad, los chips reducen su velocidad y los sensores pueden deformar sus mediciones. 

Un experimento reciente con un robot cuadrúpedo mostró que un sistema convencional activaba la protección térmica y se detenía después de unos siete minutos; una IA entrenada para administrar el esfuerzo térmico prolongó su funcionamiento durante más de 27 minutos, pero no eliminó el límite físico. 

Por eso, el futuro más esperanzador no es una humanidad pasiva y cuidada enteramente por máquinas, sino una sociedad en la que humanos, IA y robots colaboren para reducir la exposición. 

La tecnología podrá proteger vidas, pero no refrigerar todo el planeta: sin reducción de emisiones, agua, energía limpia y adaptación pública universal, la automatización podría terminar protegiendo principalmente a quienes puedan pagarla.

Volviendo a nuestros días queda claro que el futuro dependerá, en gran medida, de lo que hagamos o dejemos de hacer quienes todavía andamos por este plano y habitamos la Tierra a la que debemos cuidar. 

En definitiva se trata de cuidar la “Casa común” de la que nos habló el papa Francisco en su Encíclica “Laudato sii”. El hogar compartido por toda la humanidad y por las demás formas de vida. 

Porque la Tierra pertenece a todos, pero también es responsabilidad de todos cuidarla y entregarla habitable a las próximas generaciones.

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