Sobre la evidencia de que no aparecen nuevas propuestas que superen el estancamiento del ajuste perpetuo (con o sin política sociales compensatorias) el autor sugiere que hay que partir de otro punto: el reconocimiento mutuo entre compatriotas para avanzar en una marcha que defina un programa que promueva el empleo y la multiplicación de inversiones en todo el territorio.
Los procesos electorales externos y previos que importan frente a la renovación de autoridades nacionales del año próximo son, en primer lugar, el de Brasil este próximo fin de semana (que puede requerir balotaje) y saber qué ocurrirá en los Estados Unidos con las elecciones de medio término, en noviembre.
El que está más lejos en el tiempo y en la geografía muestra una tendencia ganadora del Partido Demócrata, con un 52% de adhesión posible, restando para los republicanos un 46%. Como se sabe, ocurre con una enorme polarización, aunque luego, por tratarse de elecciones de mitad del mandato, hay que ver qué resulta estado por cada Estado en las representaciones que sean designadas para integrar el Congreso estadounidense.
Lula iba cómodo adelante hace un par de meses, pero por esa precariedad, vive Dios, ahora lleva en brazos a la virgencita de Aparecida. Es voto a voto a la hora de la verdad y lo que ya está no va a dispersarse por un acto de fe. De la condición de estadista del actual presidente brasileño no pueden caber muchas dudas, pero como paradoja a discernir en sus causas profundas, tenemos que asumir que el rechazo a quien gobierna es una contingencia muy presente, hoy, en casi todos los volátiles electorados occidentales.
Así, por absurdo que parezca, la cuarta elección para el hombre que surgió de las entrañas del mundo laboral, en el vecino gigante, se presenta harto difícil. Y se nos encoge el alma con ello. Es inútil comparar a Lula con Bolsonaro junior, porque en un punto ambos se convierten en objeto (de consumo) de tendencias tan igualadoras como injustas. Es la propia democracia representativa, manejos de la opinión pública mediante, la que nos pone en esta situación. Quien tenga un sistema mejor, por favor, que lo acerque.
De conciencia política y tendencias
Lo que estamos viendo afuera, con los vuelcos en las compulsas electorales recientes en países vecinos, es el reemplazo de una pretendida conciencia política por expresiones de tendencias que, en lugar de disputar concepciones del mundo, tienen más que ver con la crisis sociocultural que caracteriza este momento evolutivo de la humanidad (o, al menos, en lo que con tan poca precisión llamamos Occidente).
Los avances en la tecnología de comunicación se articulan con la fluidez de los mercados, empezando por el trabajo (cada vez más deliberadamente reemplazado por máquinas, palabra que, dicho sea de paso, hasta suena antigua) y siguiendo con las pautas y/o tendencias de consumo que no sólo determinan qué se come y cómo se viste y se habita, sino que (sobre todo) deshacen las estructuras de referencias conceptuales con que la gente común se maneja en estos tiempos. Lo más grave es que ello conlleva más confusión que oportunidades de reflexión serena y mejores decisiones colectivas. Se elige con el hígado o, en el mejor de los casos, con el corazón.
Por eso Milei insulta (para representar el amplio repudio que hoy tiene la política) y, salvando las enormes distancias en el contenido esencial, Lula pasea a la virgencita. Ambos tratan de capturar la adhesión de votos que no se expresarán pensando en el porvenir del género humano, sino a partir de situaciones mucho más pedestres y secundarias.
Así las cosas, hay que asumir la realidad y tratar de aportar a la conciencia colectiva elementos de referencia constructivosque se puedan. Cada cual con la amplitud que su voz permita, en repercusión coral. Esta reflexión inspira iniciativas como FUERZA SUMA+ corriente de opinión creada para contribuir a identificar aquellos elementos básicos que nos unen como pueblo y nos identifican como nación como base de superación de la crisis de representación actual.
Lo primero, entonces, es reconocer a quienes nos rodean como compatriotas, o sea como miembros de una misma comunidad que se expresa de modo diverso pero que tienen entre sí muchos más vínculos que divergencias o rechazos.
Hay que empezar a reconstruir desde allí, evitando con cuidado las simplificaciones sobre las que rápidamente se instalan, en primer lugar, la desconfianza, inmediatamente después, el rencor y luego el odio.
Si nos reconocemos como compatriotas rápidamente podemos asumir que el espíritu a compartir es el de la fraternidad. Entender que hay una hermandad profunda entre quienes comparten historia, territorio, frustraciones, logros importantes y sufrimientos enfrentados con solidaridad, como la derrota en Malvinas o la caída en las condiciones de vida que desembocó hacia fines del 2001 con la crisis de la convertibilidad.
Sin ingenuidades, pero con voluntad real
Nadie dice que practicar la fraternidad sea fácil. Hay muchas cosas que actúan como obstáculo en un marco de frustración general. Tenemos un arco amplísimo de padecimientos comunitarios entre quienes pierden su empleo y deben reciclarse como “informales” y aquellos que, habiendo intentado diversos emprendimientos, se ven obligados a restringir o cesar sus actividades por la contracción general prescindiendo de personal si lo tuviesen, pasando por las legiones de jubilados y pensionados que han visto no sólo descender sus ingresos sino también encarecerse las prestaciones sociales necesarias para llevar una vida digna.
Tratar al personal de salud, los educadores y científicos como meros empleados públicos supernumerarios, cuando su función es primordial para mantener y mejorar la calidad de vida, es algo directamente perverso, cuando no criminal.
El poder actual condensa lo peor de los prejuicios que existen al considerar a cada ser humano meramente como un consumidor que para tener una digna supervivencia debe arreglárselas como pueda, contra el mundo entero, y con ello impone criterios de relacionamiento que excluyen la solidaridad.
Los argumentos antiestado, alimentados durante años por una activa propaganda individualista y la propia experiencia popular de pocos y malos servicios comunitarios, se han ido imponiendo a lo largo del tiempo para amplias franjas de votantes. Pero la solución a este daño en la conciencia colectiva no es maltratar o considerar un enemigo a quien se ha comprado la ideología sacrificial según la cual debemos pasar siempre por penitencias y padecimientos para acceder al cielo (una mejor existencia personal y social). Otra cosa son los ingenieros del caos que trabajan orgánicamente para instalar la discordia.
En el primer caso se trata, en cambio, de alguien equivocado que también es parte del todo social. Lo primero que hay que hacer es aplicar siempre y en todo lugar el respeto mutuo. Pero allí no queda la cosa, hay que avanzar en la construcción de una comunidad con alta calidad de vida, lo cual supone acceso no sólo a los consumos básicos sino también a la educación y la cultura.
Esto es realmente posible en esta etapa que vive la humanidad, gracias al enorme despliegue de las capacidades productivas con que contamos y que no existían de modo amplio en siglos anteriores. Esta en la que estamos es realmente una nueva etapa, donde resulta totalmente escandaloso la persistencia de la pobreza y la desprotección social.
Al bienestar no se accede por arte de magia, y requiere ante todo un esfuerzo inteligente, pero lo nuevo es que ahora es posible para beneficiar al conjunto de la sociedad. Lo obstaculiza la concentración obscena de la riqueza y que el progreso se maneje a cuenta gotas para que no se les ocurra a los electorados (ni por casualidad)elegir gobernantes que persigan un manejo solidario de los recursos públicos y, por lo tanto, que asuman como prioridad la promoción de todos y de cada uno.
No importa lo que declaren. Es lo que hacen a gran escala, aun cuando sea posible encontrar numerosos ejemplos a nivel local donde existe preocupación directa por la mejora comunitaria, lo cual establece también una suerte de contradicción entre los que están encumbrados en poderes inútiles y los administradores realmente representativos de sus municipios o provincias.
Esos ejemplos reconfortantes no son suficientes para fundamentar una nueva convivencia sobre un plano superior de vida material que sirva de base al despliegue del espíritu y la creatividad humana. Se requieren gobiernos nacionales capaces de plantear y llevar adelante un cambio de época, tal como todo lo indica posible.
Podemos, y seguramente debemos, reprocharles a los gobernadores que negocien sus votos en el Congreso a cambio ventajas para sus distritos, cuando con ello se enfeuda el porvenir de los argentinos. Pero eso no quiere decir que esté bien cuando hay que actuar correctamente, sin argumentar que sólo pueden dar manotazos de ahogado.
El panorama de las opciones es bastante pobre por no decir paupérrimo. Otra vez estamos en la ronda de nombres, que si este reelige o aquel le puede ganar, cuando es evidente que sólo se están evocando diferencias no cabalmente explicitadas. Tenemos derecho a pedir compromisos programáticos bien claros y fundamentados en la experiencia y el esfuerzo de los diversos grupos sociales, y esto nos lleva a la cuestión del programa.
No cualquier guitarra es un programa
Casi todos los que se autoproponen dicen saber y descargan la responsabilidad en los “equipos técnicos”, eufemismo para simular que se tiene una propuesta orgánica. La elaboración programática tiene dos fases sucesivas, 1) el relevamiento de las situaciones sectoriales y las demandas sociales incumplidas, por un lado, y 2) su armonización en una propuesta coherente, proyectada sobre el tiempo y las metas a cumplir, por el otro.
Requiere de la más amplia compulsa y participación popular, desde el arranque e introduciendo conciencia sobre la pertenencia a un conjunto comunitario que tiene que desenvolver, en conjunto, sus capacidades. De otro modo, difícilmente tendremos algo realizable, sino más bien un engendro tecnocrático olvidable al minuto siguiente de alcanzar las responsabilidades de gobierno.
Hay que confiar en el instinto de los electorados, pero con una condición sine qua non: que se les ofrezca opciones que supongan realmente una superación de sus dificultades actuales. De otro modo, la gente opta entre “lo que hay” y por eso probablemente es cada vez menor la participación en el comicio.
En 1983, tras el desastre de la aventura armada en las Malvinas con tal alto costo en vidas y salud de los combatientes, la opción que se percibió era cómo recuperar la institucionalidad democrática, acabar con los años de plomo y dejar atrás los padecimientos de la dictadura, algo que no garantizaba el candidato justicialista.
Otra opción brutal ocurrió en 1989, cuando había que salir de la hiperinflación y de la presunción de que con la democracia (más autopercibida que socialmente fecundante) se resolvían todos los problemas, se votó en otra “huida hacia adelante” (Borges dixit) persiguiendo una inmediatamente traicionada revolución productiva que incluyera un “salariazo”. En su lugar tuvimos la nefasta convertibilidad que sólo algunos aprovecharon para adquirir capacidad tecnológica con el dólar barato mientras cerraban en cadena industrias con aval tácito de los sindicatos, que en la mayoría de los casos se desentendían de sus compañeros despedidos.
Tras el interinato de Duhalde, la gestión de Néstor Kirchner volvió a poner la política y las prioridades populares en primer plano, pero desaprovechó la oportunidad única de los extraordinarios precios de las materias primas que exportamos (como la soja) que debieron servir para vertebrar una estructura productiva robusta que permitiera la acumulación interna y el despliegue de actividades necesarias para una expansión a dimensiones que el país no tenía o había perdido.
Por eso la gestión de Cristina, al mismo tiempo que se autovaloraba a nivel superlativo, fue experimentando caídas en el empleo y las remuneraciones que mostraban un estancamiento a nivel estructural en un mundo cambiante y competitivo que fue agravado por las gestiones de Macri y Alberto.
El triunfo de Milei, de carambola como él mismo lo definió, ocurrió justamente por el rechazo a esa situación combinada de parálisis y autobombo que se extendió en la mayoría de la población argentina. Fue, como lo definimos antes, una calamidad autoinfligida de la que no nos hemos repuesto aún.
La insistencia de los sectores dirigentes, del oficialismo y de la oposición, en mantener los esquemas previos que nos han llevado al retroceso actual ahonda la confusión y el desaliento, lo que hace explicable que los libertarios mantengan un importante apoyo de voluntades por parte de quienes no quieren volver atrás sin querer asumir la tragedia en curso.
La responsabilidad de que no surja aún una opción sólida, potente y participativa no cae sobre Milei, sino sobre la oposición.
Asumir este hecho llevaría a realizar una autocrítica sincera, con un paso al costado de los responsables, para contribuir a que aparezca una nueva dirigencia que congregue sectores, propuestas y protagonistas que hagan posible la transformación faltante.
Algo para rezar, no ya a la virgencita de Aparecida o la nuestra de Luján, pero eso sí, con el mazo (simbólico, se entiende) dando un campanazo con otra sustancial dirección de marcha hacia la revolución del desarrollo.