El cisma de la Unión Cívica Radical posterior al derrocamiento de Juan Domingo Perón en 1955, la emergencia de la Intransigencia Radical y su posterior transformación en desarrollismo constituyen un tramo de la historia contemporánea argentina que no siempre recibió la atención política, histórica y sociológica que merece. La hipótesis de este trabajo es que la intransigencia radical, al mutar en desarrollismo, procuró constituir una identidad política populista capaz de articular trabajadores, clases medias, empresarios y tradiciones políticas diferentes alrededor del desarrollo nacional. Para analizar esa experiencia se utilizan, entre otras, las categorías elaboradas por Ernesto Laclau, Chantal Mouffe y Gerardo Aboy Carlés.
Cinco claves:
- El desarrollismo es analizado como un intento consciente de construir una identidad política populista.
- Yrigoyenismo y peronismo son los antecedentes argentinos de articulación de demandas diversas en un pueblo.
- El Pacto Perón-Frondizi buscó reconstruir después de 1955 el Frente Nacional quebrado.
- Frondizi y Frigerio propusieron al desarrollo nacional como nueva bandera articuladora de trabajadores y empresarios.
- La experiencia reunió las condiciones políticas del populismo, pero no logró transferir a Frondizi la dimensión afectiva concentrada en Perón.
Omisión científica
Existe un tramo de la historia contemporánea argentina que, en general, se omite en la reflexión política, histórica y sociológica. Es el referido al cisma de la Unión Cívica Radical ocurrido posteriormente a la caída del segundo gobierno peronista —cuyo mandato constitucional correspondía que fuera entre 1951 y 1957 y que el golpe de Estado de 1955 interrumpió prematuramente— y a la emergencia, entonces, de la llamada Intransigencia Radical.
Reflexionaremos sobre todo el proceso iniciado con la llegada del entonces coronel Juan Domingo Perón, primero a la Secretaría de Previsión Social; luego, al Ministerio de Trabajo y, finalmente, a la Presidencia de la República. Queremos verificar cómo se fueron articulando las cadenas equivalenciales, rompiendo las mismas, rearticulándose, y cómo ello se expresó en el seno del Partido Radical, dando origen, después, al movimiento conocido inicialmente como Intransigencia Radical, luego como integracionismo, para más tarde identificarse como el desarrollismo. El propósito es constatar si el movimiento liderado por Arturo Frondizi y Rogelio Frigerio y el gobierno que le siguió constituyeron una identidad política populista.
El populismo como identidad y lógica política
A estos fines aplicaremos las categorías de análisis desarrolladas por Ernesto Laclau, Chantal Mouffe, Gerardo Aboy Carlés y otros cientistas que han reflexionado sobre el populismo como una identidad política singular, superando y complejizando las interpretaciones canónicas, peyorativistas o celebratorias que, en general, son las que se han popularizado.
En ese sentido, dice Ernesto Laclau: “Mientras que las lógicas sociales se fundan en el seguimiento de reglas, las lógicas políticas están relacionadas con la institución de lo social. Sin embargo, tal institución no constituye un fiat —del latín, hágase— arbitrario, sino que surge de las demandas sociales y es, en tal sentido, inherente a cualquier proceso de cambio social. Este cambio —continúa— tiene lugar mediante la articulación variable de la equivalencia y la diferencia, y el momento equivalencial presupone la constitución de un sujeto político global que reúne una pluralidad de demandas sociales. Esto, a su vez, implica la construcción de fronteras internas y la identificación de otro institucionalizado”. Y remata el sociólogo argentino: “Siempre que tenemos esta combinación de momentos estructurales, cualesquiera que sean los contenidos ideológicos o sociales del movimiento político en cuestión, tenemos populismo de una clase u otra”.¹
Nos explica Ernesto Laclau, adicionalmente, y luego de descartar concebir al populismo “como la ideología o el tipo de movilización de un grupo ya constituido”, que el populismo es “una de las formas de constituir la propia unidad del grupo” y que, a partir de esa elección, debemos aceptar sus implicaciones, pues “el pueblo” no constituye una expresión ideológica, sino una relación real entre agentes sociales; es decir que “es una forma de constituir la unidad del grupo”.²
Cuando analizamos la estrategia que Arturo Frondizi —el líder de la Intransigencia Radical, presidente de los argentinos entre 1958 y 1962—, junto con Rogelio Frigerio —su aliado estratégico para canalizar hacia la legalidad a la masa peronista excluida y proscripta por el gobierno de la Revolución Libertadora—, imaginaron para dar la batalla por el desarrollo nacional, empezamos a advertir que lo que intentaban era un alineamiento populista, pues sostenían que ese objetivo “requiere, indispensablemente, un instrumento político que encuadre la actividad de las clases y sectores de la comunidad tras sus objetivos comunes”.³
Laclau, reconociendo que “hay otras lógicas que operan dentro de lo social y que hacen posibles tipos de identidades diferentes de la populista”, nos enseña que “si queremos determinar las especificidades de una práctica articulatoria populista, debemos identificar unidades más pequeñas que el grupo para establecer el tipo de unidad al que el populismo da lugar”.⁴ Y, a continuación, nos indica que “la unidad más pequeña por la cual comenzaremos corresponde a la categoría de demanda social”. Y utilizando la “ambigüedad” que en inglés el término demand expresa, ya como una petición, ya como un reclamo, dice nuestro compatriota que “es en la transición de la petición al reclamo donde vamos a hallar uno de los primeros rasgos definitorios del populismo”.⁵
Contexto económico, político y social generado por la emergencia de Perón
En este punto parece oportuno realizar un escrutinio histórico de las condiciones que dieron origen, en forma de demandas sociales, tanto al fenómeno populista representado por el peronismo a partir de 1943 como a su reencauzamiento luego del derrocamiento de Perón y la reconstrucción del Frente Nacional a partir de la experiencia de la Intransigencia Radical.
Seguiremos el hilo reflexivo que nos han legado los dos gestores del Pacto entre Perón y Frondizi, Ramón Prieto Bernier, en sus libros El Pacto⁶ y Correspondencia Perón-Frigerio 1958-1973. Análisis crítico⁷; y Rogelio Frigerio, en sus obras Las condiciones de la victoria. Manual de política argentina⁸ y Condiciones y métodos para la reconstitución del Frente del 23 de febrero.⁹ Lo haremos así porque allí emergen con mucha precisión las demandas sociales que cada sector y cada clase de la sociedad iban construyendo a partir de sus reclamos específicos y que arrojarían, al decir de Laclau, “el resultado… si no es interrumpido por factores externos, [del] surgimiento de un abismo cada vez mayor que separe al sistema institucional de la población”.¹⁰
Rogelio Frigerio, en su Manual de política argentina, escrito en 1959 desde el exilio montevideano —decidido por él y Frondizi para descomprimir la presión golpista que ejerció un sector militar sobre la administración asumida en 1958—, sintetiza el advenimiento de Juan Domingo Perón diciendo que “apareció [el entonces coronel] a fines de 1943 en el gobierno militar surgido el 4 de junio. Intervino en los conflictos gremiales y transformó el Departamento de Trabajo, mera dependencia local del Ministerio del Interior, en una Secretaría de Trabajo y Previsión de jurisdicción nacional. Allí emprendió su obra de dignificación social y económica de las masas trabajadoras que hasta entonces habían sido relegadas a la única función de mano de obra barata. Los derechos del trabajo comenzaron a reconocerse efectivamente y en todo el país, el Estatuto del Peón Rural, los aumentos de jornales, mejoras sociales, fortalecimiento de los sindicatos, constitución de una poderosa central obrera y regímenes de previsión social cambiaron rápidamente la situación de las masas populares”.¹¹
Y luego el creador del desarrollismo reflexiona sobre la integración de la articulación populista que constituyó el primer peronismo diciendo: “El aumento de la población obrera, fomentado por el desarrollo de la industria liviana, permitió a Perón formar un gran movimiento político que barrió con los partidos tradicionales, impuso corrección en las elecciones y permitió normalizar el funcionamiento de las instituciones republicanas, hasta su derrocamiento en septiembre de 1955. Las Fuerzas Armadas, la Iglesia, los empresarios industriales y las capas medias de la población apoyaron el movimiento que se inspiraba en una fuerte tradición nacionalista y buscaba una distribución de la riqueza más justa”.¹²
Las circunstancias históricas causadas por la Segunda Guerra Mundial, con la concentración de las potencias del hemisferio norte en esa conflagración, habían ido generando la necesidad de una precipitada industrialización sustitutiva de las importaciones de maquinarias, bienes e insumos industriales que antes se realizaban desde Inglaterra, Alemania, Estados Unidos y algún otro país europeo. Ello, sumado a la interrupción del proceso migratorio desde Europa provocada por el conflicto, generó un proceso migratorio interno en Argentina, desde todo el interior hacia el Gran Buenos Aires, Rosario, Córdoba y algunas otras metrópolis, que daría la base humana del naciente movimiento obrero, totalmente diferente en su composición cultural y sociológica a las primeras camadas de trabajadores llegados del exterior. Eran los futuros “cabecitas negras”, por su masivo origen norteño.
El nacimiento de la Intransigencia Radical
En ese contexto nació el Movimiento de Intransigencia y Renovación (MIR), que fue una agrupación política interna de la Unión Cívica Radical, creada en 1945, que se caracterizó por llevar adelante una posición política autodefinida como centroizquierdista y que se asumía como una reinterpretación del nacionalismo de Hipólito Yrigoyen. Sus integrantes se identificaron con la intransigencia política que caracterizó tanto el accionar de Leandro Alem como el de Hipólito Yrigoyen, y se llamaron a sí mismos intransigentes.
Los orígenes del Movimiento de Intransigencia y Renovación se remontan a la llamada Década Infame. Así se conoce a la serie de gobiernos que asumieron a partir del golpe militar que derrocó al presidente constitucional Hipólito Yrigoyen el 6 de septiembre de 1930. A partir de su encarcelamiento, la Unión Cívica Radical pasó a ser dirigida por Marcelo T. de Alvear y un grupo de dirigentes que se caracterizaron por sostener posiciones conservadoras, conocidas como “alvearismo” o “unionismo”.
En la segunda mitad de esa década se comenzaron a reivindicar, con alguna actualización formal, las políticas y visiones puestas en acción por Hipólito Yrigoyen durante sus dos gestiones. Se le adjudica a Moisés Lebensohn la autoría de ese aggiornamento del “nacionalismo yrigoyenista”.
Pero también fueron simiente del radicalismo intransigente la gestión gubernativa de Amadeo Sabattini en Córdoba, entre 1936 y 1940, y el grupo FORJA en la ciudad y provincia de Buenos Aires.
Así fue como, en abril de 1945, ya con Perón revolucionando la política argentina con su accionar gubernamental, un grupo de dirigentes radicales, entre los que estaban Arturo Frondizi, Ricardo Balbín, Crisólogo Larralde, Moisés Lebensohn, Oscar Alende, Juan Gauna, Raúl Rabanaque Caballero, Arturo Illia y Francisco Rabanal, se congregaron en el corazón industrial naciente del Gran Buenos Aires, la ciudad de Avellaneda, y suscribieron el acta de fundación del nuevo ideario radical, un documento “barroco” en su redacción y que pasó a la historia como la Declaración o Carta de Avellaneda. A los pocos meses el grupo volvió a reunirse en Rosario y, con el agregado de nuevos adherentes, entre los cuales se cuentan Ricardo Rojas, Adolfo Güemes, Elpidio González, Ernesto Giuffra, Miguel Mario Campero y Federico Monjardín, dieron nacimiento al MIR, Movimiento de Intransigencia Radical.
Pero ese nucleamiento, que es la actualización de la antigua división radical entre antipersonalistas e yrigoyenistas y que anticipa los futuros cismas que sobrevendrían en la siguiente década en función de la actitud que cada fracción adoptaría frente al gobierno de Juan Perón, no era otra cosa que los alineamientos internos de la clase media argentina —vigentes actualmente— entre los enamorados cultural, política o económicamente de un hemisferio norte imaginario y quienes quieren construir y desarrollar un proyecto nacional de cara a la realidad propia de los hombres y mujeres de todas las regiones del país, de sus riquezas naturales, tradiciones populares, formas de producción; en fin, expresivos de la cultura nacional argentina.
Digo de la cultura, entendida esta como la acción del hombre argentino sobre la naturaleza, transformándola y transformándose a sí mismo, buscando elevar sistemáticamente su realización material y espiritual.
Alain Rouquié, en su ensayo Radicales y desarrollistas,¹³ nos recuerda: “El gobierno ‘puro y duro’ de los ‘oficiales unidos’ comienza por disolver en diciembre de 1943 a todos los partidos políticos. Alvear muere en 1942, el radicalismo está en pleno desorden”. Y más adelante relata que “el 2 de marzo de 1945 la UCR, que recibió el derecho a retomar sus actividades políticas, decide la reorganización de su equipo político. El 30 de julio se realiza en 9 de Julio, provincia de Buenos Aires, una gran reunión de personalidades radicales. La oposición a la dictadura es unánime, pero la nueva comisión —que en realidad es la precedente reconstituida— se inclina por un frente común de los demócratas”.
Y allí Rouquié cita a uno de los fundadores de la Intransigencia, Gabriel del Mazo, quien, recordando aquella reunión a la que asistió, escribió: “No cabía ninguna duda de que dos caminos estaban trazados para el futuro del radicalismo”.¹⁴
Y este, el de la conducción recién asumida, en mucho se parece al que sucedió a Alvear. “El 28 de agosto —nos precisa el historiador francés— la dirección ‘unionista’ adhiere al Consejo de Coordinación Democrática. El 19 de septiembre la ‘Marcha por la Constitución y la Libertad’ reúne, desde los comunistas hasta los conservadores, a todos los partidos que rechazan la dictadura y la ‘demagogia obrerista’ de Perón”, nos rememora Rouquié, y remata: “El radicalismo pacta con las fuerzas conservadoras”. Era la Unión Democrática.
Como se ve a partir de esta sucinta historia del surgimiento de la Intransigencia Radical —a la que volveremos y también desarrollaremos cronológicamente—, desde sus orígenes estuvo presente “la noción de un antagonismo constitutivo”, lo cual exige “una frontera radical”, consecuencia de “un espacio fracturado”, por lo que se debe “analizar las diferentes dimensiones de esta fractura y sus consecuencias para el surgimiento de las identidades populares”.¹⁵
Yrigoyenismo: primer encolumnamiento populista del siglo XX y cuna intransigente
Recuerda Gerardo Aboy Carlés, en su lúcido análisis del radicalismo yrigoyenista, que “tras la muerte de Alem —se suicidó en julio de 1896—, el radicalismo queda bajo la conducción nacional de Bernardo de Irigoyen, mientras que Hipólito Yrigoyen —sobrino del muerto— controla al radicalismo de la provincia de Buenos Aires. Es precisamente en 1897 cuando para impedir la confluencia del sector mayoritario del radicalismo con el mitrismo de la Unión Cívica Nacional (UCN), Yrigoyen quema las naves. Minoritario en el partido, dispone la disolución del radicalismo bonaerense, quitando toda posibilidad al acuerdo de una fórmula presidencial encabezada por de Irigoyen con respaldo mitrista que tenía como condición el acuerdo del radicalismo de la provincia para dejar la gobernación bonaerense en manos de las huestes del expresidente. Luego de eso, pacta en las sombras con Pellegrini —ya presidente, por haber sido destituido Juárez Celman—, garantizando el respaldo del oficialismo nacional a la candidatura de de Irigoyen a la gobernación y, de allí en más, mantendrá a las huestes radicales de la provincia alejadas de la contienda electoral a través de la ‘abstención’. En tanto, el referente de los sectores coalicionistas, Bernardo de Irigoyen, languidecería en la gobernación platense preso de las alianzas con los antiguos autonomistas”.¹⁶
Excepcional operación táctica.
“Iniciado el nuevo siglo y abocado a la organización de un vasto aparato territorial en la provincia de Buenos Aires que demostraría su potencial en la intentona revolucionaria de 1905, el radicalismo yrigoyenista comienza un socavamiento sistemático de las autoridades nacionales a través de la denominada ‘abstención revolucionaria’, mostrando al régimen como una mera excrecencia irrepresentativa, al tiempo que el peso efectivo de un radicalismo que eludía el camino del comicio, denunciado como fraudulento, era imposible de mensurar. Es precisamente en este contexto, con los radicales yrigoyenistas fortalecidos en el camino elegido de cerrar la vía comicial y con la consecuente deslegitimación de los gobiernos vigentes que, sobre la base de los amplios y generales postulados que dieron origen a la UCR, Yrigoyen realiza una torsión inédita sobre los principios de su fuerza política. Cuando Yrigoyen en su reunión con el presidente Figueroa Alcorta —rememora Aboy— del año 1908 le indica ‘no he conocido ningún gobierno de origen constitucional en la República’, esa transformación ha llegado a su fin. La UCR no será en la concepción de Yrigoyen una fuerza política más, junto a otras, sino la representante de un verdadero país expoliado en sus derechos por un régimen corrupto e irrepresentativo. La identidad entre la UCR y la idea de Nación, característica del yrigoyenismo, se había consumado. En términos del propio Yrigoyen: ‘La U.C. Radical es —lo reitero finalmente— la patria misma. Movimiento de opinión nacional que enraíza en los orígenes de Mayo’. Es, en virtud de esta identidad movimientista entre la UCR y la idea de Nación, que Yrigoyen le indica a Molina, en la polémica que mantienen hacia 1909, que en la UCR caben todos los pensamientos y que el partido no tiene otra doctrina que la Constitución”.¹⁷
Es que Yrigoyen, al igual que Perón casi medio siglo después, entendía a las cadenas equivalenciales como algo más que la mera reivindicación del “sufragio libre” que reclamaban entre 1891 y 1912 los fundadores de la Unión Cívica.
Yrigoyen expresaba eso y algo más, y por ello le decía a Molina “en la UCR caben todos los pensamientos y el partido no tiene otra doctrina que la Constitución”: pleno movimientismo, del que, obviamente, los conservadores del partido abjuraban.
Y siguiendo el razonamiento laclausiano digamos: “La frustración de una serie de demandas sociales hace posible el pasaje de las demandas democráticas aisladas a las demandas populares equivalenciales”. Y continúa el sociólogo argentino: “Una primera dimensión de la fractura es que, en su raíz, se da la experiencia de una falta, una brecha que ha surgido en la continuidad armoniosa de lo social. Hay una plenitud de la comunidad que está ausente. Esto es decisivo: la construcción del ‘pueblo’ va a ser el intento de dar un nombre a esa plenitud ausente”.
Y concluye el diagnóstico Laclau: “Sin esta ruptura inicial de algo en el orden social —por más pequeña que esa ruptura haya sido inicialmente—, no hay posibilidad de antagonismo, de frontera o, en última instancia, de ‘pueblo’”. Y luego remata: “Una demanda siempre está dirigida a alguien. Por lo cual nos enfrentamos desde el comienzo con una decisión dicotómica entre demandas sociales insatisfechas, por un lado, y un poder insensible, por el otro”.
Y a continuación el profesor de Essex llega a una conclusión absoluta —que luego será relativizada, cuando no refutada o completada por diversos cientistas sociales y por la historia de los movimientos populares misma— al reflexionar: “Aquí comenzamos a comprender por qué la plebs se percibe a sí misma como populus. La parte como el todo”.
Por ello Aboy Carlés sostiene que “si el triunfo de la UCR en 1916 fue un fracaso para los reformadores de 1912 es precisamente porque la fuerza que se impuso en esos comicios no se concebía a sí misma como un partido político más sino como la representación unitaria de una voluntad nacional popular hasta entonces ocluida de la representación”.
Y con gran lucidez señala: “El pueblo que emerge con el yrigoyenismo tiene una fisonomía muy distinta de aquel previsto por los reformadores, compuesto este último por ciudadanos individuales que se deberían expresar a partir de distintas agrupaciones políticas en competencia”.
Por el contrario, el pueblo que lleva a Yrigoyen a su primera Presidencia —y luego también a la segunda, en 1928, a pesar de que las concesiones al factor externo de Alvear entre 1922 y 1928 hacían temer por la victoria radical en esos comicios— era la articulación populista de los sectores y clases sociales que clamaban por tener la misma participación política que habían empezado a tener en la construcción de la economía nacional y su despliegue por el territorio argentino.
Obviamente, durante esos años sucedieron cosas que alterarían definitivamente y en diversas direcciones el orden establecido a partir de 1862, con el retorno triunfal bonaerense a la Confederación después de la insólita derrota de las fuerzas federales —¿traición masona de Urquiza?— en la batalla de Pavón del 17 de septiembre de 1861, y que entronizaron a la oligarquía en el gobierno de la naciente República: inmigraciones de agricultores y obreros europeos, expansión explosiva de las fronteras agrícolas, multiplicación de la productividad agrícola y ganadera, sanción de las primeras leyes organizadoras y tendencialmente universalizadoras de los servicios educativos, junto, por supuesto, a la Ley del Sufragio Libre y Obligatorio —aunque no universal, ya que las mujeres no votaban y tampoco los habitantes de los territorios nacionales que no formaran parte de las 14 provincias originales—, entre otras reformas.
Junto a ello, el acelerado despliegue de la morfología social y económica que implicaba la inserción argentina en la naciente división internacional del trabajo liderada por Gran Bretaña, el aliado predilecto de los terratenientes bonaerenses desde los albores del siglo XIX y cómplices de los “revolucionarios” de 1810,¹⁸ a partir de un complejo juego de alianzas que llevarían al primer grito libertario.
Y en su obra de gobierno, Yrigoyen demostraría que estaba dispuesto a llevar adelante esos principios nacionalizadores, como nos lo recuerda Aboy Carlés cuando describe: “El radicalismo yrigoyenista apenas puede reconocerse en los postulados iniciales de la fuerza conducida por Alem: el federalismo irrestricto del primero dejará paso a la más agresiva política de intervenciones federales hasta entonces desarrollada —diecinueve intervenciones durante la primera Presidencia de Yrigoyen, entre 1916 y 1922—; el liberalismo económico original mudó en la condena a Pedro C. Molina y el laicismo que radicales como Barroetaveña sostuvieron en el debate en torno al divorcio vincular hacia 1902 devino en la condena del divorcio y en la presión sobre el gobernador santafesino para que vetara una Constitución provincial que establecía la separación de la Iglesia y el Estado. Frente a un régimen anterior caracterizado como ‘falaz y descreído’, el yrigoyenismo supuso un nuevo acercamiento entre el poder político y la Iglesia”.
Fronteras “porosas” de los populismos latinoamericanos
Nuevamente se verifica en el alineamiento “populista” yrigoyenista el fenómeno de “la porosidad” de las fronteras de ruptura que tan bien caracteriza Aboy Carlés cuando dice: “Ni el pueblo del populismo fue siempre idéntico a sí mismo ni sus enemigos tampoco lo fueron”.¹⁸
Y es en este punto en el que Aboy marca las diferencias con el modelo populista laclausiano que aboga por un antagonismo radical, acercándose a las lógicas revolucionarias francesas del siglo XVIII, frente a las historias más institucionalistas de los populismos latinoamericanos, sobre todo los argentinos —yrigoyenismo, peronismo y, agregamos nosotros, intento frondifrigerista—.
Según Aboy, “el primer Laclau definía al populismo como ‘la presentación de las interpelaciones popular-democráticas como conjunto sintético antagónico respecto a la ideología dominante’, esto es, una dicotomización del espacio comunitario que oponía al pueblo frente al bloque de poder. El autor argentino identificaba así cualquier identidad popular beligerante, cuya característica es recortarse negativamente frente al poder, con las identidades populistas”.¹⁹
Obviamente que esa definición de Laclau inspirada en el jacobinismo francés no se verifica en los populismos de nuestro continente, como muy bien lo remarca Aboy a continuación: “Visto como fuente de escisión antagónica entre pueblo y poder, el populismo sería considerado como una forma de dicotomización y polarización social que se opone a las lógicas institucionales. Lo que este último argumento pasa por alto es que el populismo constituye tan solo una, entre otras variedades posibles, de las identidades populares y que el tipo de polarización que produce tiene características particulares que, por ejemplo, lo separan notoriamente del modelo revolucionario”.
“Es el mecanismo particular de resolver esta tensión entre la ruptura y la conciliación comunitaria, entre la representación de la plebs emergente y la representación de la comunidad como un todo, el que caracteriza a las identidades populistas. Dicho mecanismo, consistente en una constante inestabilidad del demos legítimo a través de recurrentes movimientos de inclusión y exclusión del adversario que no guardan una secuencia cronológica y que muchas veces operan simultánea y contradictoriamente, es el que redunda en que la frontera entre la identidad populista y sus adversarios sea muy diferente de la que es propia del modelo revolucionario. No existe en el populismo una frontera irreductible que separe al pueblo de aquellos que se designan como sus enemigos, que es lo mismo que afirmar que el enemigo nunca es completamente el enemigo, el hostis. Existe un juego permanente en que ese límite se vuelve poroso, permitiendo el pasaje de uno a otro lugar. Aquí radica el hecho de que los populismos en su fase ascendente desarrollan por lo general, y a diferencia de las identidades revolucionarias, oposiciones bipolares; oposiciones que suelen confluir precisamente cuando este mecanismo de resolver la tensión entre la ruptura y la conciliación comunitaria tiende a agotarse: sea en 1930, en 1954 o en 1955”.²⁰
Concluye Aboy, y nosotros agregamos, en 1962, como intentaremos demostrar.
Conociendo a Frondizi
Hemos querido sintetizar hasta acá el contexto en que nació y evolucionó la Unión Cívica Radical para encontrar las dos grandes tendencias que confluyeron siempre en su seno y de las cuales una fue la raíz “populista” de la Intransigencia Radical que encarnó a mediados del siglo XX en el “desarrollismo” liderado por Frondizi y Frigerio.
Para reafirmarnos en este aserto, vale la pena finalmente incorporar el testimonio del propio líder de la Intransigencia Radical, Arturo Frondizi, que dice: “La historia contemporánea de la Argentina, especialmente a partir del establecimiento del voto universal, secreto y obligatorio (1912), ofrece interesantes ejemplos de esta oposición entre lo nacional y lo antinacional, entre lo efímero y lo permanente”, en una interesante alusión a las fronteras “porosas” —de Aboy— entre los antagonistas históricos del proyecto argentino.
Y agrega: “Siguiendo el itinerario de esta oposición, podremos explicarnos las causas reales de las victorias y de las derrotas del pueblo, del surgimiento y la caída de los gobiernos de inspiración popular y obtendremos la clave para comprender las contradicciones y vacilaciones de los actuales gobernantes”.²¹ Si bien esto fue escrito en 1964 por un actor central de la política argentina de los primeros 60 años del siglo XX, sigue siendo aplicable plenamente desde entonces a la actualidad, agregamos.
Interesa recuperar al Frondizi intelectual cuando hilvana con su inocultable metodología dialéctica los acontecimientos históricos que revelan la “crisis de los partidos políticos”.²² Y desde esa metodología historicista que, junto con Frigerio, aplicaron sistemáticamente a toda su actividad doctrinaria y práctica política, nos recuerda que “el pensamiento liberal fue muy coherente con los intereses que expresaba; su fundamento era el desarrollo agropecuario del país y su vinculación al mercado internacional, a Europa en particular. Así se creó esa peculiar estructura que hemos llamado agro-importadora. Esta clase y este pensamiento predominaron en la política y en la economía; creyéndose auténticamente dueña de los destinos del país, excluyó de las instituciones constitucionales a las clases y sectores que no entraban en el marco de aquella estructura. Es por eso que el pueblo no elegía libremente a los gobernantes”.
Y luego continúa el creador de la Intransigencia Radical, primero, y del desarrollismo, después: “El desarrollo de la economía agropecuaria dio nacimiento a nuevas capas sociales agropecuarias y urbanas: ganaderos, colonos, pequeños industriales, trabajadores, profesionales. Estos sectores estaban obligados a optar entre los partidos de pensamiento liberal; estaban excluidos del comicio por el sistema electoral. No tenían, prácticamente, acceso a la Universidad”.²³
“Es así —enseña Frondizi— que las aspiraciones de estos grupos hicieron eclosión con el movimiento revolucionario cívico y militar de 1890. Políticamente se expresaron en la Unión Cívica (1889), y luego, en la Unión Cívica Radical (1891), acaudillada primero por Alem y luego por Hipólito Yrigoyen. Su primera reivindicación fue puramente política, el reclamo por el principio democrático de la libertad de sufragio. Se trataba de una exigencia justa que expresaba realmente los intereses y aspiraciones de estas nuevas clases, incrementadas por la inmigración. Una reforma electoral que diera vigencia a los preceptos constitucionales era indispensable para el desarrollo de la sociedad argentina; lo que era ya una realidad insoslayable requería con urgencia su representatividad”.
Al decir de Laclau, la libertad de sufragio era el “significante vacío” que permitió en ese momento histórico —punto nodal— las articulaciones de demandas democráticas para transformarse en populares.²⁴ El sufragio libre fue “un contenido parcial [que] adoptó la representación de una universalidad que es inconmensurable con él”.²⁵
Volviendo a Don Arturo —como lo llamaban sus seguidores—, nos recuerda que “la ‘reparación’ fue, así, una gran bandera que cobijó a la mayoría de la población argentina que ascendía a la actividad política y social. Por su extensión y su esencia —nos enseña—, este movimiento fue nacional; por la presencia en él de las nuevas clases, fue popular”.
“De modo que Yrigoyen pudo decir de él, muy precisamente —como ya señaláramos más arriba—: ‘La Unión Cívica Radical no es propiamente un partido en el concepto militante; es una conjunción de fuerzas emergentes de la opinión nacional, nacidas y solidarizadas al calor de las reivindicaciones públicas’”.
“El ‘Régimen’ y la ‘Causa’ no fueron pues —nos recuerda Frondizi— definiciones arbitrarias, sino calificaciones exactas de las dos grandes corrientes políticas: la que dominaba el poder político y económico y la que pugnaba por ascender a él”.
Como sabemos, todos los intentos revolucionarios que los partidarios de la Unión Cívica Radical ensayaron en 1890, 1893 y 1905 fracasaron. En la década del Centenario estuvo muy cerca de volver a la vía armada, “pero la perspicacia y la inteligencia de Sáenz Peña consistió en comprender este momento de nuestra historia: la ley electoral abrió el camino de la acción legal al radicalismo”.²⁶
“Sin embargo —reflexiona Frondizi— las fuerzas sociales pueden ser desplazadas del poder político, sin que los intereses que expresan se vean afectados. El triunfo de 1916 no pudo ser consolidado. El radicalismo en el poder produjo una renovación de las formas políticas, pero no alcanzó a calar profundamente en las estructuras económicas dominantes. La oligarquía tradicional cedió la formalidad del gobierno, pero cuando Yrigoyen comenzó a insinuar reformas sociales que sacarían a las clases populares de su atraso, inició de inmediato una política de desgaste contra el gobierno popular, campaña que, aun hoy —1964—, asombra por su inteligencia”.
Y, agregamos nosotros, sigue siendo tomada como modelo y perfeccionada hasta nuestros días, como está a la vista.
“Supo excitar todas las formas de oposición. Así, mientras el conservadorismo presentaba al gobierno como la entronización del bolcheviquismo, los partidos de izquierda y el movimiento obrero lo embestían con luchas de gran violencia”.
Por eso el gobierno de Alvear, entre 1922 y 1928, además de encontrar un contexto internacional nuevamente favorable a los intereses agro-importadores por el fin de la Primera Guerra Mundial en 1919 y, por lo tanto, de favorecer su consolidación interna, fue excesivamente condescendiente con los “liberales” y “conservadores” —era su origen—. Si bien fue respetuoso de las libertades políticas y sociales iniciadas con Yrigoyen, no hizo nada para cambiar las estructuras económicas que marginaban a las grandes mayorías.
Y llegado Yrigoyen en 1928 de nuevo al poder, “el movimiento nacional no estaba preparado para esta tarea”, afirma Frondizi.
Si bien es cierto —agrega— “que no faltaban en el pensamiento yrigoyenista enunciados generales acerca de nuestra economía nacional. También es cierto que durante el gobierno se habían iniciado algunos ensayos de carácter industrial y se habían tomado algunas medidas tendientes a lograr la transformación nacional de nuestra economía. Pero estos hechos, de carácter positivo, no pueden ocultar una falla que jugó papel fundamental en la caída de Yrigoyen: el radicalismo que había asumido el poder aglutinando tras la figura del viejo caudillo las aspiraciones nacionales, no supo movilizar las fuerzas sociales actuantes para que sirvieran de base a un programa de transformaciones económicas que, en esa época, resultaban ya impostergables”.
Reflexiona, a manera de autocrítica, el expresidente: “Esta deficiencia doctrinaria del yrigoyenismo se hizo más evidente cuando el país experimentó los primeros efectos de la gran crisis de 1929-1930. Se trata de una crisis mundial, a cuyas consecuencias era muy difícil escapar. Pero esta crisis se proyectó sobre el país cuando la estructura tradicional también caía en crisis, cuando la economía nacional exigía su paso a otra etapa, a la etapa industrial, comprimida en su desarrollo por el modelo agro-importador”.
Y concluye el análisis retrospectivo de la fuerza que lo vio nacer a la vida pública el oriundo de Paso de los Libres, Corrientes: “Estamos obligados a reconocer, pues, que si en 1930 hizo crisis un sistema, la fuerza que desalojó del poder al yrigoyenismo también estaba superada. A la ‘reparación’ debía seguir la ‘construcción’; las libertades democráticas, ya aseguradas, debían arraigar en lo económico y social”.²⁷
So pena de que ocurriera lo que ocurrió: la Década Infame. “El régimen vuelve a gobernar el país”,²⁸ sin reparar en medios ni en ideologías, porque si hay una etapa “dirigista” y “estatista” durante el siglo XX, esa es la transcurrida entre 1930 y 1943, pero al servicio de la consolidación del complejo agro-importador y de la inserción argentina en la división internacional del trabajo.
“En la lucha contra la dictadura y el fraude (1930-43), la UCR se unificó —recuerda Frondizi, militante ya del partido al que se afilió en 1932 después de ser liberado de su segunda detención por el gobierno de la dictadura—, pero no se unificó en torno de una clara determinación de objetivos nacionales acordes con las necesidades del momento histórico. Más bien fue una transacción que, al dejar intactas las tendencias internas, se tradujo en una declinación de las viejas banderas nacionalistas y populares. De la intransigencia y la abstención se pasó al acuerdo inestable entre los sectores internos del partido”.
Ya era evidente que se estaba incubando en el joven abogado la escisión que haría eclosión en 1956.
Los cambios radicales del escenario internacional iniciados con la crisis del ’30 —que desembocarían en el nuevo liderazgo norteamericano a caballo de su desenfrenada industrialización— y agudizados por la Segunda Guerra Mundial, como ya dijimos antes, potenciarían la industrialización sustitutiva de importaciones de bienes e insumos, con la consiguiente demanda de seres humanos que operaran las fábricas, talleres y obras que se desparramaban por la región central del país y algunas pocas regiones del interior, vinculadas por la infraestructura férrea tejida por los ingleses y franceses al compás de la habilitación de las feraces tierras agrícolas de la Pampa Gringa para sacar sus cosechas y alimentar a sus voraces trabajadores.
La autocrítica del Frondizi intransigente
“Esta nueva realidad golpeó a las puertas del radicalismo —recuerda el expresidente—. Comenzó entonces la labor de revisión y de elaboración doctrinaria. Se perfilaron así los grupos intransigentes que, retomando las banderas nacionales y democráticas del yrigoyenismo, aspiraban a darle ahora fundamentos económicos y sociales. Esta fue la obra de la intransigencia”, subraya Frondizi.²⁹
Y luego inicia una de las autocríticas más honestas y despiadadas consigo mismo y con el grupo que lideró durante más de medio siglo que se conozca de un líder político, diciendo: “Pero la intransigencia —en sus distintos matices— estaba comprimida en los marcos del partido y no lograba imponer sus aspiraciones. Para ser consecuente con la tradición yrigoyenista era preciso saber romper con la conciliación y el ‘acuerdo’ como lo había hecho Yrigoyen. Esta fue la debilidad de la intransigencia, nuestra debilidad”.
Mostrando una vez más su rigor dialéctico, Don Arturo enseña: “La historia es un proceso ininterrumpido, que no conoce estaciones de parada. Los nuevos intereses económicos se expandieron favorecidos por la guerra mundial y, al no hallar cauce en los partidos tradicionales, influyeron en el Ejército, formación nacional por excelencia, como que se nutre de todas las fuerzas de la sociedad”.
Y, sin disfrazarse de democratista, reconoce que “el triunfo del movimiento nacionalista militar del 4 de junio de 1943 fue la demostración más evidente de la crisis de los partidos políticos; el Ejército tomó en sus manos la defensa de los intereses de las nuevas clases sociales y elaboró un programa de soluciones viables en aquel momento”.
Y, rememorando lo que él mismo había protagonizado y vivido dos décadas antes, el constructor de articulaciones populistas de la década del ’50 diría en 1964: “Los dirigentes políticos, que habían sido incapaces de reconocer y canalizar las nuevas fuerzas sociales, también se equivocaron al creer que la revolución de junio del ’43 estaba reducida a los cuarteles”.
Y no sin la fina ironía que lo caracterizaba califica a su generación de correligionarios: “De modo que a la sorpresa —las cursivas son de Frondizi— del 4 de junio de 1943 sucedió la sorpresa del 17 de octubre de 1945”. Y remata: “Ninguno de estos dos acontecimientos fueron suficientes para sacar de su profundo engaño a los partidos… El 24 de febrero de 1946 —triunfo de Perón-Quijano— fue entonces una nueva sorpresa”.
Y luego empieza su rememoración de una de las etapas más complejas y de maduración de este futuro presidente; aquella en la que le tocó participar de la alianza antiperonista, como un crítico, pero sin animarse todavía a romper con sus antiguos correligionarios.
“La Unión Democrática fue una moderna versión del ‘acuerdo’ o de la ‘concordancia’, contra la cual combatimos públicamente y en las propias filas de la UCR”.³⁰
Y profundiza la autocrítica del grupo cuyo liderazgo compartía con Balbín, Lebensohn, Larralde, Del Mazo y tantos otros: “La fuerza de la intransigencia radicaba en sus ideas nacionalistas y sociales y en su fuerza democrática, pero su flaqueza estaba en su indecisión para producir los hechos que condujeran a la reconstrucción del movimiento nacional y popular”.
El intelectual, frustrado profesor universitario, por un lado, tenía clara la necesidad de operar social y políticamente para poner luz en los distintos sectores y clases sociales sobre las equivalencias de sus demandas democráticas para transformarlas en populares y así soldar la cadena que permitiera finalmente enfrentar con éxito al enemigo común, cambiante y huidizo, que no dejaba de succionar la riqueza nacional sin permitir que la economía nacional se integrara para contener a todos los argentinos e inmigrantes que convergían en el país.
Pero, por otro lado, en el político pesaban las lealtades de luchas pretéritas, las confusiones, las provocaciones, la ideología.
En fin, a Frondizi le faltaban todavía algunos años para tomar esa decisión que el encuentro público con Rogelio Frigerio —digo público porque hay testimonios de amigos comunes de ese singular dúo de la política argentina que aseguran que, con Frigerio, el abogado correntino compartía reflexiones desde la década del ’30— precipitó.
Si bien es contrafáctico imaginar qué hubiera ocurrido si la Intransigencia Radical en pleno, y sobre todo sus líderes, se hubieran incorporado en los ’40 al encolumnamiento populista liderado por Perón, podemos imaginarlo.
Frondizi lo reconoció: “Fue una lamentable debilidad de la intransigencia y de sus jefes no haber dado entonces el paso que exigían de nosotros la Nación, el pueblo y la tradición yrigoyenista”.
No es un historiador el que dice lo siguiente, es el actor de esa historia: “A pesar de nuestra lucha franca en el seno del partido, el radicalismo fue arrastrado a ingresar a la Unión Democrática, en la cual la presencia de sectores de izquierda y su programa formalista no podían ocultar sus verdaderos designios. Por cierto que no sería la primera ni la última vez que el liberalismo tradicional ocultaba su verdadera raíz económica y social tras un programa de ‘izquierda’”.³¹
Y luego avanza un paso más para dar las pistas de lo que sería su futuro político, intentando reconstruir el movimiento populista fracturado por el golpe del ’55 como producto de los errores de concepción sobre el modelo de desarrollo nacional subsistentes en el peronismo y que lo hicieron aislarse de las clases medias, de la Iglesia y de amplios sectores de las Fuerzas Armadas y así permitir ese golpe de Estado.
“No hay hegemonía sin la construcción de una identidad popular a partir de una pluralidad de demandas democráticas”,³² nos recuerda Ernesto Laclau. Y es esa pluralidad la que se perdió a partir del inicio de los ’50.
Y, volviendo al intransigente Frondizi, reconoce: “Nosotros estuvimos frente al peronismo, pero apoyamos muchos de sus aspectos positivos. Me felicito de haber contribuido con mi voto a la sanción del Plan Siderúrgico del general Savio, de los planes hidroeléctricos y de otras iniciativas desarrollistas”.
Y recuerda que “en el transcurso de esa lucha llegamos a conquistar la dirección del partido, mas era una conquista formal y lo seguiría siendo mientras el proceso de diferenciación doctrinaria no culminara en la diferenciación orgánica. Ella tuvo lugar en 1956, en que se constituye la Unión Cívica Radical Intransigente”.
Frondizi y Frigerio sobre el peronismo, su ascenso y caída
“El peronismo era un movimiento nacional; le prestaron su concurso fuerzas empresarias y fuerzas obreras, la Iglesia y las Fuerzas Armadas, sectores políticos que provenían del radicalismo intransigente y de la izquierda. Y pudo mantenerse en el poder por la conjunción de todos ellos”,³³ reconoció Frondizi.
Y el otro gran constructor del desarrollismo, Rogelio Frigerio, precisa: “El peronismo fue, en aquel momento, el gran frente nacional, el crisol integrador donde se unificó la clase trabajadora con todos los sectores de la población que anhelaban reafirmar la soberanía nacional, fortalecer la independencia económica e inaugurar la justicia social. Estas fueron las tres banderas del peronismo, profundamente sentidas por los trabajadores organizados del país”.³⁴
El significante vacío que con Yrigoyen había sido el “sufragio libre” para viabilizar la participación ciudadana de los excluidos, en la década del ’40 mutó a esas banderas justicialistas en torno de las cuales las plebs devinieron en pueblo y fueron eficientes transitoriamente en enfrentar al factor externo.
“El movimiento peronista tuvo así la virtud de ligar las luchas históricas del proletariado con la tradición nacionalista que anima al pueblo argentino desde su formación. A través de las guerras contra los invasores portugueses e ingleses, las campañas emancipadoras y las luchas federales por la integración nacional”.
E interesa recorrer con Frigerio los componentes del peronismo en el poder para reconocer en ellos a todos los integrantes de la cadena equivalencial que hicieron del peronismo un Movimiento Nacional de identidad populista, como lo fuera el yrigoyenismo en los primeros años posteriores al Centenario y lo pretendió ser el desarrollismo a fines de la década del ’50.
“Al ganar Perón las elecciones presidenciales de 1946 y 1951 volvieron a regir efectivamente las instituciones del gobierno, donde estuvieron representados los trabajadores que forman la mayoría productiva —nos recuerda el ‘Tapir’, como cariñosamente apodaban sus íntimos a Rogelio Frigerio—. Los sindicatos y la Confederación General del Trabajo fueron importantes factores de poder y defendieron sus intereses legítimos en la distribución de la riqueza producida y en las grandes decisiones políticas. En este movimiento nacional la clase media tuvo amplia participación. Los empleados de comercio y del Estado, los pequeños industriales y comerciantes y los profesionales modestos encontraron apoyo e impulso para sus aspiraciones, tuvieron sus legisladores como los obreros y pudieron emplearse en la alta burocracia, la magistratura y la diplomacia, que habían sido reservas privilegiadas de la oligarquía para el acomodo de sus segundones arruinados. De la misma pequeña burguesía, así como de los sectores más calificados de la clase obrera, surgió una cantidad de empresarios textiles, metalúrgicos, comerciales, de transporte, cañeros, viñateros y mineros congregados en la Confederación General Económica”.
También utilizaremos la descripción de Frigerio para establecer las causas que permitieron la desagregación de los sectores que constituyeron el movimiento nacional, el entramado populista que “sorprendió” a las oligarquías retardatarias a partir de 1943 y, en consecuencia, su destitución porque se habían esfumado las fronteras antagónicas por la deserción de sectores que antes habían apoyado al peronismo, y pudo volver a articularse el antiguo “Régimen”.
“Como la producción rural permanecía relativamente estacionaria y, por otra parte, el aumento de la población y del mercado interno formado por la industria consumía mayores cantidades de productos rurales, las exportaciones seguían el curso descendente iniciado en 1930 y se vendían a precios cada vez más bajos en el mercado internacional, donde a su vez las materias primas industriales y los productos terminados debían adquirirse a precios cada vez más altos —deterioro de los términos del intercambio—. Este desequilibrio —recuerda Frigerio— agotó el crédito del país, postergando apenas los efectos de la crisis”.
“En realidad, lo que ocurría era que la vieja estructura, basada en la división internacional del trabajo, que hizo de la Argentina un país agrario e importador, aún subsistía casi intacta. Las contradicciones que sobrevinieron en el campo político, y que la oligarquía explotó para provocar la caída de Perón, tenían asiento en causas económicas que exigían soluciones insoslayables: la creación de una industria pesada —energía, acero, química—, que permitiera una rápida modernización del agro y constituyera el factor multiplicador que daría fundamento a las consignas —significante vacío— en torno de las cuales Perón movilizó a las masas populares y las rescató de los equívocos requerimientos de las izquierdas liberales. Esas banderas desplegadas por el peronismo fueron la independencia económica y la soberanía política”.
Aquí Frigerio estaba preanunciando cuál sería el siguiente desafío para renuclear, rearticular la cadena de equivalencias de los sectores populares nacionales que acometerían con Frondizi, cada uno en un campo de batalla distinto, a partir del ’55.
“La otra bandera, la de la justicia social, ya se había abierto paso merced a una acción terca y consecuente del gobierno justicialista, y lo que se imponía ahora era justamente darle bases objetivas a esa justa redistribución de la riqueza”.³⁵
Para Frigerio eso no ocurrió durante los gobiernos peronistas del ’46 al ’55 debido a que “el equipo de economistas que tuvieron a su cargo la tarea de instrumentar técnicamente esos principios generales en la política económica nacional lo hicieron con un criterio tal que resintió la ‘alianza de clases’ —que el peronismo galvanizó—, desplazando al movimiento, en la práctica, por el plano inclinado del aislamiento del país en lo internacional y del aislamiento de la clase obrera del resto de los sectores sociales en lo interno”.
A los fines de este análisis sobre la intransigencia como un movimiento nacional de identidad populista, interesa mucho conocer el diagnóstico que hacían sus líderes de las causales de la caída del peronismo, porque allí germinan las semillas que luego ellos intentarían regar para transformar en plantas briosas que hicieran emerger de manera consciente una articulación de intereses de clases y sectores que se constituyeran en una cadena equivalencial de cuño típicamente populista.
Por eso analiza el futuro secretario de Relaciones Económico-Sociales de la Presidencia de Frondizi: “Así es como el gobierno peronista, que en su origen estuvo sustentado por los trabajadores urbanos y rurales y la inmensa mayoría de los empresarios pequeños, medianos y aun grandes, fue perdiendo progresivamente el apoyo de estos últimos sectores. La Iglesia argentina, sensible a los cambios sociales, al impulso justiciero y a la tradición nacionalista que los inspirara, prestó su apoyo entusiasta al comienzo, que luego fue retrayendo en forma creciente”.
Y continúa: “En la medida en que, como dijimos, la política económica derivaba en una política que no abría perspectivas a la expansión económica nacional, a partir del emplazamiento de la industria de base —la cual exigía una actitud de franca receptividad de las corrientes financieras de cooperación internacional—, se agudizaron las contradicciones sociales y se multiplicaron los conflictos políticos, sobre todo aquellos que una hábil campaña psicológica del enemigo proyectó sobre la clase media. Es el momento en que la alianza de clases es sustituida por la acción progresivamente unilateral de la clase obrera, con el lógico enfrentamiento de sus antiguos aliados”.
Y sentencia, de manera contundente, el “Tapir”: “Pero, cuando la oligarquía y los intereses importadores se resolvieron a acabar con el régimen de Perón, fue en el momento en que este decidió solicitar la colaboración del capital extranjero para abordar el autoabastecimiento petrolero —acuerdo con la Compañía California Argentina de Petróleo, subsidiaria de la Standard Oil de California, suscripto el 25 de abril de 1955—. Entonces empezó la lucha final contra el régimen justicialista”.³⁶
Interesa aquí recuperar una anécdota que vivió personalmente con Perón, en Madrid, el antiguo colaborador de la Secretaría de Prensa y Difusión del primer gobierno peronista y luego activo gestor del acuerdo entre el General y Frondizi, en su libro El Pacto.
Ramón Prieto, después de preguntarse por qué Perón “nunca accedió a explicar los acontecimientos del 9 al 17 de octubre de 1945: me refiero a las fuerzas y las tendencias que lo proscribieron el 9 de octubre de la escena nacional y, cuando lo hizo, generalizó de tal manera que las causas quedaron en la oscuridad”, así como afirma que “en los dos libros que escribió en el exilio, los documentos políticos y las cartas que dirigió no hacen referencia a las causas de su derrocamiento”.
“Pero —revela Prieto Bernier— hace unos meses —fines de 1962—, en Madrid, a un grupo de trabajadores de la CGT de La Plata que lo visitaba, les advirtió los peligros del sectarismo y les recomendó que estudiaran los acontecimientos de 1955 a la luz del aislamiento al que él, con los trabajadores organizados, habían llegado. ‘No fue la fuerza de Lonardi quien nos derribó —les dijo—. Fue nuestra propia debilidad al dejarnos aislar’”.³⁷
A confesión de parte, relevo de pruebas, dicen los abogados.
Me parece importante, en este punto, recuperar a Ernesto Laclau y Chantal Mouffe cuando inician su crítica a la ortodoxia marxista defendida por Kautsky en esa obra estratégica y fundamental para la comprensión de la hegemonía que fue Hegemonía y estrategia socialista. Hacia una radicalización de la democracia.
Refiriéndose a las concepciones de Karl Kautsky, dice el matrimonio de cientistas: “Es clara la concepción estratégica que podía derivarse de esta visión del curso del capitalismo. El sujeto de la estrategia era, desde luego, el partido obrero” —agrego: en lo que devino el peronismo en el ’55—.
“Kautsky rechazaba con vigor la concepción revisionista de un ‘partido popular’, ya que ella involucraba, según él, la transferencia de los intereses de otras clases al interior del partido obrero y, por consiguiente, la pérdida del carácter revolucionario del movimiento. El pretendido radicalismo de su posición era, sin embargo, la pieza esencial de una estrategia conservadora; estaba fundado en el rechazo de todo compromiso o alianza y en el desarrollo de un proceso cuyo desenlace no dependía de iniciativas políticas; dicho radicalismo conducía al quietismo y a la espera”.³⁸
Era lo mismo que Perón se autorrecriminaba y les recriminaba a los dirigentes sindicales platenses que lo visitaron en Puerta de Hierro.
Y con toda virulencia, luego de recordar que el austrohúngaro en 1891 había afirmado “Nuestra tarea no es organizar la revolución, sino organizarnos para la revolución; no hacer la revolución, sino aprovecharnos de ella”, Mouffe y Laclau reflexionan: “Obviamente, las alianzas no representaban, para Kautsky, ningún principio estratégico fundamental. Una variedad de alianza resultaba posible en circunstancias concretas, al nivel de tareas empíricas; pero a largo plazo, así como insistía en el carácter puramente proletario de la revolución, debía subrayar el aislamiento de la clase obrera de la lucha anticapitalista”.
Y rematan: “Los análisis de Kautsky acerca de las contradicciones internas de los otros sectores tienden, precisamente, a mostrar la imposibilidad de establecer con ellos alianzas democráticas y anticapitalistas a largo plazo”.
Releyendo a la distancia estos debates histórico-teóricos, perfectamente extrapolables a la realidad argentina de aquellos años del primer gobierno peronista, parecería que los economistas del justicialismo estaban adoctrinados por el teórico marxista nacido en Praga y, por eso, nuestra dupla de autores puede decir que “es característico que en ningún momento se le ocurre a Kautsky que dicha captación política —se refiere al campesinado y las clases medias urbanas alemanas de la segunda mitad del siglo XIX— e ideológica acentúa peligrosamente el aislamiento obrero, y que a la ofensiva ideológica del capital la clase obrera deba responder con una contraofensiva destinada a ganar los sectores medios para la causa anticapitalista: este curso de pensamiento le está cerrado, ya que el carácter progresivamente reaccionario de los sectores medios responde, según él, a procesos objetivos que no está en el poder de nadie modificar”.³⁹
La escisión radical de Frondizi y Frigerio para poder operar con lógica política populista
“La UCRI, un partido para el Frente Nacional”⁴⁰ tituló su creador, asociado con Rogelio Frigerio, el capítulo destinado a rememorar la decisión más importante de su vida y que lo llevó a coronar su actividad política como heredero de Yrigoyen. En esa magistral síntesis literaria se encierra toda la condición populista de la vieja Intransigencia Radical y del naciente desarrollismo.
Don Arturo cuenta que “el país no tardó en advertir la impotencia de la revolución del ’55 en su vana tentativa de extirpar de la historia nacional los diez años anteriores. Sin embargo —reconoce—, sus grupos dirigentes estaban en condiciones de aspirar a imponer un continuismo de apariencias liberales y contenido reaccionario y antipopular. Contra ese intento se enfrentó el proyecto de recomponer la conjunción de fuerzas nacionales fracturada en los últimos años de gobierno peronista, pero único camino para avanzar hacia los objetivos de liberación y de justicia. Tal proyecto lo asumió la Unión Cívica Radical Intransigente, a partir de la ruptura con el unionismo, en 1956”.⁴¹
Finalmente, los intransigentes asumían su responsabilidad histórica como yrigoyenistas que no habían tenido el coraje de asumir entre 1943 y 1946 y que, tibiamente, como Frondizi lo reconoció antes, los hizo colaborar con Perón desde sus bancas en la Cámara de Diputados durante los diez años de gestión, ayudando a aprobar las principales leyes que pretendían remover las viejas estructuras del atraso —acero, energía, carbón, entre otras—.
“La división del viejo tronco radical capacitó a la nueva UCRI para la trascendente y difícil tarea de restablecer la unidad del quebrantado Movimiento Nacional… El proceso que culminó con la escisión partidaria no fue —se confiesa el correntino— una lucha que sostuviéramos por la supremacía de una tendencia interna, ni por el triunfo de una candidatura, sino por rescatar las tradiciones yrigoyenistas e incluir al partido en la tendencia de fondo del Movimiento Nacional, restableciendo su continuidad histórica”.
Y enseguida el futuro presidente realiza un reconocimiento trascendente respecto del papel de Frigerio en la ruptura cuando recuerda: “Fue precisamente en 1956, cuando con otros correligionarios nos batíamos casi solos en un partido que había sido la vanguardia en la lucha contra el peronismo, cuando se produjo la confluencia con el grupo que, encabezado por Rogelio Frigerio, había convertido a la revista Qué en tribuna de agitación y doctrina del Movimiento Nacional”.⁴²
Confiemos a la pluma de Ramoncito —como lo llamaba Perón a Prieto, no se sabe si por el cariño que le tenía Eva o por su estatura— la descripción de lo que significó ese fenómeno editorial que fue Qué, con inocultables reminiscencias de la prensa política adoctrinadora de la Federación Juvenil Comunista e Insurrexit de las décadas del ’20 y ’30 del siglo pasado, en las que Frigerio había abrevado, durante los años de la Revolución Libertadora para impulsar el reencadenamiento equivalencial populista roto a comienzos de esa década, así como el nuevo significante que completara a las tres banderas “a media asta” peronistas.
“Qué fue, entonces, un curso de economía política y un aliciente para la acción política social, que valió de la misma manera para peronistas y no peronistas, superando sus contradicciones formales y abriéndoles un camino común en el que Jauretche ponía la pimienta y la sal de su peronismo polémico, Scalabrini Ortiz la hondura de su pensamiento nacional-libertador y Frigerio los esquemas en que se ligaban, como partes de un todo indisoluble, la economía con la política y ambas con la justicia social. En Qué había de todo, sintetizado en sus páginas por un equipo tan activo como estudioso”.⁴³
“En el desprendimiento de la UCRI del viejo tronco radical —describe Prieto Bernier—, llevándose con ella la tradición yrigoyenista y, de paso, un sector de la burocracia acomodaticia y mezquina —como se vería luego, durante los cuatro años de gobierno entre el ’58 y el ’62—, Qué fue uno de los factores determinantes y, doctrinariamente, el fundamental. Desde él se inyectó a la UCRI una política económica que el partido no sólo ignoraba en proporción mayor que la ignoró el peronismo —porque este, en la realización estatal, con los grandes diques, la multiplicación de los centros termoeléctricos, San Nicolás, Río Turbio y el frustrado contrato con la California, estaba en vías de descubrirla por sí mismo— sino que, siguiendo la línea de sus bases, no iba a descubrirla jamás”.
Frondizi había experimentado una auténtica metamorfosis, como él mismo lo reconoció, y en el equipo de Qué nadie se lo enrostró. Balbín, su contrincante y antiguo camarada intransigente, sí se lo echaba en cara cada vez que le recordaba su autoría de la Declaración-Carta de Avellaneda del ’45.
Pero la valentía política e intelectual de Frondizi siempre lo llevaba a hacer explícitas y públicas sus autocríticas. Lo demostró con sus dos publicaciones sobre la cuestión petrolera: Petróleo y política, de 1955, antes de su alianza con Frigerio, y Petróleo y Nación, después y también posterior a su experiencia de gobierno, en 1964, con el impecable prólogo del ejecutor de los contratos petroleros del gobierno desarrollista, Arturo Sábato, hermano de Ernesto, autor de El túnel, dedicado en su primera edición a su entrañable —entonces— amigo Rogelio Frigerio.
“Nuestra decisión de avanzar sin concesiones en el debate interno —recuerda Don Arturo con inocultable orgullo por haber tomado la decisión que tanto le costó— derivó en la división de la Unión Cívica Radical. De allí en más debimos iniciar la difícil empresa de formar el nuevo partido que pudiera ser motor y núcleo organizativo del Frente. Para todo ello, el aporte técnico y práctico del grupo conducido por Frigerio fue decisivo”.
Y es allí cuando Frondizi revela que, con la fusión con el equipo liderado por Frigerio, no sólo se fracturó definitivamente la UCR, sino algo más importante: empezaba a morir la vieja y variopinta intransigencia y, de ella, nacía el desarrollismo, que desplegaría toda su pujanza y creatividad en el gobierno.
Así lo relata el abogado de Paso de los Libres: “A esta fecunda confluencia política, a partir de la cual quedaron definidos los rasgos esenciales del desarrollismo, se agregaron al poco tiempo aportes de otros orígenes. Entre ellos, se contaron sectores del socialcristianismo nacionalista, hombres del movimiento obrero, viejos militantes de la izquierda universitaria y política y grupos del conservadorismo. Todos ellos entendieron que no hay ideas individuales, por valiosas que sean, que pueden prosperar si no constituyen momentos en el curso del Movimiento Nacional y advirtieron, desde sus distintos puntos de vista, que para canalizar su preocupación social y su vocación democrática, tanto como para preservar y enriquecer nuestras tradiciones y nuestra herencia histórica, era necesario concurrir en la lucha por el desarrollo, por la restitución de la soberanía popular y por la integración de la nacionalidad”.⁴⁴
El desarrollismo, movimiento organizador de articulaciones populistas
Hemos iniciado este análisis somero de los dos grandes momentos históricos en los que hay coincidencias entre politólogos, historiadores, sociólogos y otros estudiosos de los movimientos populares en nuestro país que fueron movimientos nacionales con identidad política populista, para desembocar en uno de los momentos más traumáticos del siglo XX, como fue el derrocamiento de Perón, el cisma en la UCR y el surgimiento del desarrollismo.
Y el hilo conductor de estos procesos han sido las identidades políticas populistas de esas articulaciones de lo diverso.
Queremos cerrar este ensayo monográfico explicitando las razones por las que sostenemos que el gobierno de Arturo Frondizi entre 1958 y 1962 fue un intento orgánico y sistemático de construcción de una identidad política populista que reuniera los componentes que definen a estas identidades y cuál fue, desde nuestra óptica, la ausencia que posibilitó que esa vertebración cuajara sólo transitoriamente y se diluyera más rápidamente que las dos anteriores, la yrigoyenista y la peronista.
Hemos demostrado arriba que el yrigoyenismo y el peronismo, a su turno —1916 y 1946—, constituyeron ese “sujeto político global”. Ahora mostraremos cómo ese sujeto político global se constituyó el 23 de febrero de 1958 fruto de la “articulación variable de la equivalencia y la diferencia” y “la construcción de fronteras internas”; aunque, agregamos, esos límites fronterizos, hay que reconocer con Aboy, fueron necesariamente “porosos”.
Ya describimos, por boca de Arturo Frondizi, el momento fundante que fue su encuentro con Rogelio Frigerio para dar origen en 1956 a la UCRI y anticipamos las diversas corrientes sociales, ideológicas y políticas que allí convergieron.
El peronismo y el movimiento obrero que lo constituía —casi en soledad, en ese momento, como ya explicáramos— estaban proscriptos. El triunfo, en el seno del gobierno de la llamada Revolución Libertadora, de los sectores más recalcitrantemente antiperonistas —los autodenominados “gorilas”, en alusión a la parodia de Aldo Cammarota tomada de la película Mogambo— hizo que se convocara a una Convención Constituyente para derogar la Constitución del ’49 y volver a la de 1853/60 con sus reformas, no permitiendo la participación del partido de Perón.
La reconstrucción de las articulaciones populistas mediante el Pacto Perón-Frondizi
Las elecciones para elegir constituyentes se realizaron el 28 de julio de 1957. Fue el bautismo electoral de la UCRI. En número de convencionales triunfó, obteniendo 77 frente a los 75 conseguidos por la Unión Cívica Radical del Pueblo, aunque en votos fue esta la ganadora con 2.106.524 frente al 1.847.603 de sufragios de los intransigentes.
En el seno de estos empezaron las recriminaciones al grupo que, liderado por Frondizi, había “roto” el anciano partido.
El futuro presidente relata aquellos años así: “En el lapso que va desde que el unionismo lleva adelante la división del radicalismo para colocarlo fuera del Movimiento Nacional hasta los comicios generales de 1958, la entonces UCRI transcurre por un agitado período en el que se suceden etapas de decantación ideológica, organización interna y confrontación electoral —se refiere a esas elecciones del ’57—. Desde un primer momento comenzó en el partido la tarea de aislarnos del equipo formado en torno de la revista Qué, y hubo quien, dentro de las filas partidarias, llevó sus exigencias hasta requerir abiertamente la ruptura. Aquellos planteos —recuerda Frondizi— no respondían a motivaciones partidarias internas, como tampoco los distintos episodios reiterativos que se sucedieron desde entonces. Obedecían en cambio a la táctica, probadamente eficaz, de los enemigos del Movimiento Nacional que buscaban abortar la cristalización del Frente, introduciendo cuñas divisionistas entre las fuerzas populares”.
Y seguidamente hace la evaluación de cómo leyeron los resultados de esa gran compulsa que fueron las elecciones del ’57, él y Frigerio.
Seguramente Perón, desde Caracas, hacía la misma lectura después de haber dado la orden de votar en blanco y que esa fuera la “fórmula” ganadora de esas elecciones con 2.115.861 sufragios, mandando un mensaje hacia adentro y hacia afuera de su movimiento demostrativo de que el “afecto”⁴⁵ hacia el líder —que, al igual que Yrigoyen al principio del siglo, había incluido en la sociedad a todos los que la iban construyendo con su hacer cotidiano, pero que las distintas oligarquías políticas y económicas pretendían dejar a la vera del camino de la historia— seguía intacto.
Me parece importante en este punto del análisis reproducir la calificación de Perón que hizo Frigerio en su obra Las condiciones de la victoria, ya referida en varias oportunidades en esta monografía, pues grafica magistralmente ese atributo que Laclau subraya como necesario para que cuajen las articulaciones populistas y al que nos referimos en la nota 45.
“Perón es, sin duda —dice el Tapir—, el mayor caudillo que ha tenido el país a lo largo de toda su historia. El magnetismo de su figura, su elocuencia y su extraordinaria capacidad didáctica y de comunicación con la masa fueron atributos que puso al servicio de una doctrina nacional, cuyos lineamientos generales respondían al principio de que en un país subdesarrollado toda la estrategia debe basarse en la alianza de clases”.⁴⁶
“Las elecciones de Constituyentes de 1957 significaron una prueba de fuego para la cohesión interna del nuevo partido. Un análisis oportunista de los resultados llevó a muchos dirigentes a cuestionar la política de la UCRI y a afirmar que la conducíamos por un camino de derrota, sin advertir lo fundamental de aquel resultado: que los votos de la UCRI, sumados a los emitidos en blanco, representaban la amplia mayoría del electorado, cubrían toda la geografía de la República y mostraban, anticipándolo, el triunfo del ’58”.⁴⁷
El mensaje de las urnas estaba claro: era necesario restablecer la articulación populista del ’46 a través de un programa que completara y diera bases sólidas y definitivas a la vigorosa industrialización iniciada por Perón y, por lo tanto, de una alianza política de todos los actores que se habían dispersado a comienzos de los ’50.
La tarea consistía, en consecuencia, en soldar un pacto entre los líderes que representaban a esos sectores dispersos: Perón, en el exilio, y Frondizi, liderando a la Intransigencia recién organizada en un nuevo partido.
A ello se abocó Rogelio Frigerio. Y uno de sus operadores de cabecera fue Ramón Prieto, que en su libro El Pacto, ya referido, se preguntaba: “¿Qué fue el Pacto?”.
“El reconocimiento de Frondizi y de Perón de la objetividad de las coincidencias esenciales de los movimientos que dirigían. El Pacto no fue un pedazo de papel con tres o cuatro firmas colocadas o dejadas de colocar bajo las notas que Cooke iba tomando de las conversaciones que Perón y Frigerio mantuvieron en Caracas”.
“El Pacto —responde y se responde ‘Ramoncito’— era el reencuentro de masas populares que, sin apoyarse las unas en las otras, no podrían reconquistar ni los derechos políticos de unas, ni los derechos sociales de ambas, ni los derechos económicos de todo el pueblo. El Pacto era la respuesta pacífica e incruenta de la mayoría a la violencia y la arbitrariedad de la minoría. El Pacto era un compromiso de paz frente a condiciones progresivamente gestoras de la guerra civil y la reproducción indefinida de jornadas de sangre como la que culminó con el fusilamiento del general Valle. El Pacto fue un salto hacia adelante, que, al rebasar ‘quedantismos’ y ‘continuismos’, cerró los caminos de regreso a la vergüenza de la Década Infame. El Pacto restituyó a la ciudadanía el derecho inalienable a actuar de juez en las controversias políticas nacionales. Y fue el Pacto el pedestal sobre el que campeó, para dignidad de la República, la imagen proscripta de la democracia representativa”.
Y finaliza su florida defensa del Pacto que ayudó a gestar con una desafiante interpelación: “¿Alguien puede avergonzarse de él?”.
No era ingenua esa interrogación. Era un desafío a los sectores internos, tanto peronistas como intransigentes, que intentaron todas las trapisondas imaginables para abortar esa histórica decisión de Perón, Frondizi y Frigerio de sumar los votos en blanco —peronistas, o sea trabajadores— más los intransigentes —clase media— del ’57 y arrasar a la UCRP en las elecciones del 23 de febrero de 1958.
La fórmula de la UCRI integrada por Arturo Frondizi y Alejandro Gómez obtuvo 4.070.398 votos y la de la UCRP liderada por Ricardo Balbín y Santiago del Castillo sumó 2.617.693. Como en esa época se elegía al presidente a través del Colegio Electoral, digamos que los ganadores obtuvieron 318 electores y los perdedores, apenas 135.
En el plano institucional la reconstrucción de la cadena de equivalencias populista estaba lograda.
Ahora tendría que desplegar su tarea revolucionaria, cambiando las estructuras atrasadas y devolviendo a la legalidad al movimiento y los sectores proscriptos para que rigiera cabalmente el Estado de derecho, a través de la obra de gobierno, enfrentando a un enemigo que una vez más había sido desalojado del gobierno por la fuerza del masivo voto popular, pero mantenía intactos todos sus resortes de poder, articulados al factor externo.
El antagonista no dejaba de operar, a través de las porosas fronteras que separaban los dos bandos históricamente en pugna en Argentina.
La nueva desarticulación de las alianzas populistas
Los cuatro años de gobierno de Frondizi ya han sido juzgados suficientemente por la historia y todos los estudiosos serios coinciden en que, merced a la capitalización de la economía nacional y a las reformas estructurales iniciadas en esos cuatro años, el país volvió a crecer a tasas que, si las articulaciones sociales y políticas mantenían el Frente Nacional unido, hubieran logrado sacar a la Argentina del subdesarrollo.
Pero “poco tiempo después de la victoria comicial del 23 de febrero de 1958 los hechos comenzaron a demostrar algo que ya habíamos anticipado reiteradamente —recuerda Frondizi—: que para asegurar el logro de sus objetivos consagrados en las urnas […] era indispensable mantener, ampliar y consolidar las alianzas iniciadas en el comicio. Era necesario resistir a las provocaciones y presiones de que sería víctima el movimiento en su gestión gubernativa”.
Sin embargo, se lamenta el presidente destituido en 1962: “El enemigo de la Nación logró dividir las fuerzas del pueblo. Logró aislar al gobierno, como había logrado aislar a Perón antes de derrocarlo. Quebró el Frente embrionario del 23 de febrero, justamente cuando se estaban consolidando todas las condiciones de su victoria, después de cuatro años de ardua lucha contra el golpismo y la reacción interna y externa. Se habían sentado las bases del desarrollo independiente de la economía, el incremento del producto nacional permitía encarar confiadamente una situación social fundada en la plena ocupación y la elevación paulatina de los salarios”.⁴⁸
Frigerio y Frondizi se habían comprometido en 1958 a que en las subsiguientes elecciones “habrían de votar todos los argentinos” y eso fue lo que se garantizó en los comicios del 18 de marzo del ’62, no obstante la férrea oposición de un importante sector de las Fuerzas Armadas.
El peronismo participó con sus propios candidatos que triunfaron en muchas provincias, siendo la de Framini-Anglada en Buenos Aires, a través de la Unión Popular, la más resonante.
Esos acontecimientos fueron determinantes para que diez días después esas Fuerzas Armadas detuvieran al presidente y lo pusieran preso en la isla Martín García.
“Luchamos desde el gobierno por hacer comprender a las fuerzas populares que el momento era decisivo para presentar un frente contra la reacción y el golpismo que jugaban su última carta —rememoraba el expresidente—. No tuvimos éxito. Los comicios se hicieron bajo la consigna de ‘derrotar al gobierno’, sostenida por los dirigentes de las mayorías populares que serían las primeras víctimas de esa ‘derrota’. El golpe del 29 de marzo y la secuela de fraude, violencias, recesión, desempleo y miseria que le siguió demuestran que el enemigo de la Nación y del pueblo sólo se impone cuando el pueblo se deja provocar y dividir”.
A través de la “porosidad” de las fronteras antagónicas que nos enseñó Aboy Carlés, las articulaciones sociales habían cambiado y ya no estaban del lado de la plebs todos los que le habían permitido mutar en populus, al igual que ocurriera en 1930 y 1955.
Queremos concluir este ensayo monográfico en el que quedó demostrado, desde nuestro punto de vista, que la Intransigencia Radical, en su mutación desarrollista luego de la alianza con Frigerio, fue un intento orgánico de construir una identidad política de tipo populista que no logró, sin embargo, proyectarse en el tiempo, pues no pudo transformar al “desarrollo nacional” en el significante vacío que galvanizara sólidamente a todas las demandas populares de los distintos sectores y clases sociales que, para sus líderes —Frondizi y Frigerio—, encontrarían en esa senda.
Y es aquí en donde volvemos a la dimensión afectiva de ese proceso. Quien lo expresaba al afecto era Perón y no Frondizi. Y con Perón ausente e intermediado por tantos interlocutores y operadores de distintas calañas, era imposible que esa dimensión afectiva se transfiriera al presidente Frondizi.
Cerramos, entonces, con una reflexión teórica de Ernesto Laclau que sintetiza nuestra convicción sobre esta etapa histórica que protagonizó el Movimiento Nacional:
“No hay populismo posible sin una investidura efectiva en un objeto parcial. Si la sociedad lograra alcanzar un orden institucional de tal naturaleza que todas las demandas pudieran satisfacerse dentro de sus propios mecanismos inmanentes, no habría populismo, pero, por razones obvias, tampoco habría política. La necesidad de constituir un ‘pueblo’ —una plebs que reivindicase un populus— sólo surge cuando esa plenitud no es alcanzada y objetos parciales dentro de la sociedad —objetivos, figuras, símbolos— son investidos de tal manera que se convierten en los nombres de su ausencia. Pienso que queda claro —remata el profesor de Essex— a partir de nuestra discusión por qué la dimensión afectiva es decisiva en este proceso”.⁴⁹
Con el desarrollismo frondifrigerista estuvieron reunidos todos los requisitos que los teóricos del populismo exigen para que exista esa identidad política, pero faltó la dimensión afectiva.
Ello muestra la dificultad que conlleva el salto del subdesarrollo al desarrollo, ya que sin alianza de clases y sectores que se propongan consciente y orgánicamente al desarrollo nacional como su significante vacío y estén dispuestos a luchar por él, difícilmente suceda.
Resistencia, 14 de noviembre de 2021
Manuel G. García Solá
Referencias
- Ernesto Laclau, La razón populista, 1ª ed., 10ª reimpresión, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2020, págs. 150-151.
- Ernesto Laclau, La razón populista, pág. 97.
- Arturo Frondizi, El Movimiento Nacional. Fundamentos de su estrategia, 2ª edición, 27/10/1975, Buenos Aires, Editorial Losada, “Teoría y praxis del Frente”, pág. 141.
- Ernesto Laclau, op. cit., pág. 98.
- Ernesto Laclau, op. cit., pág. 98.
- Ramón Prieto, El pacto. Ocho años de política argentina, Editorial En Marcha, 1963.
- Ramón Prieto, Correspondencia Perón-Frigerio 1958-1973. Análisis crítico de Ramón Prieto, Editorial Macacha Güemes, Buenos Aires, 1973.
- Rogelio Frigerio, Las condiciones de la victoria. Manual de política argentina, Libreros-Editores A. Monteverde y Cía. S.A.-Palacio del Libro, Montevideo, 1959.
- Rogelio Frigerio, Condiciones y métodos para la reconstitución del Frente del 23 de febrero, Ediciones El Sol S.R.L., Buenos Aires, 1962.
- Ernesto Laclau, op. cit., pág. 99.
- Rogelio Frigerio, op. cit., pág. 59.
- Rogelio Frigerio, op. cit., pág. 60.
- Alain Rouquié, Radicales y desarrollistas, Schapire Editor SRL, Buenos Aires, 1975. Título original en francés: Le Mouvement Frondizi et le Radicalisme Argentin, Fondation Nationale des Sciences Politiques, París, 1967, pág. 30.
- Gabriel del Mazo, Breve historia del radicalismo. Desde sus orígenes en 1891 hasta nuestros días, Buenos Aires, COEPLA, 1964, pág. 92.
- Ernesto Laclau, op. cit., pág. 112 y ss.
- Gerardo Aboy Carlés, “El radicalismo yrigoyenista y el proceso de nacionalización del espacio político. Una interpretación a través de los usos del concepto de hegemonía”, Identidades, núm. 4, año 3, junio de 2013, págs. 33-47, pág. 40.
- Gerardo Aboy Carlés, op. cit., pág. 41.
- Gerardo Aboy Carlés, “Populismo y polarización política”, trabajo presentado en el 9º Congreso Latinoamericano de Ciencia Política, ALACIP, Montevideo, 26 al 28 de julio de 2017, pág. 12.
- Gerardo Aboy Carlés, op. cit., pág. 11.
- Gerardo Aboy Carlés, op. cit., pág. 13.
- Arturo Frondizi, Estrategia y táctica del Movimiento Nacional, Editorial Desarrollo, Buenos Aires, 1964, pág. 143.
- Arturo Frondizi, op. cit., pág. 144.
- Arturo Frondizi, op. cit., pág. 145.
- Ernesto Laclau, La razón populista, pág. 99.
- Ernesto Laclau, op. cit., pág. 137.
- Arturo Frondizi, Estrategia y táctica…, pág. 146.
- Arturo Frondizi, op. cit., pág. 149.
- Arturo Frondizi, op. cit., pág. 150.
- Arturo Frondizi, op. cit., pág. 151.
- Arturo Frondizi, op. cit., pág. 152.
- Arturo Frondizi, op. cit., pág. 153.
- Ernesto Laclau, La razón populista, pág. 124.
- Arturo Frondizi, Estrategia y táctica…, pág. 154.
- Rogelio Frigerio, Las condiciones de la victoria, pág. 154.
- Rogelio Frigerio, op. cit., pág. 156.
- Rogelio Frigerio, op. cit., págs. 157-158.
- Ramón Prieto, El pacto. Ocho años de política argentina, págs. 30-31.
- Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, Hegemonía y estrategia socialista. Hacia una radicalización de la democracia, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2004, pág. 50.
- Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, op. cit., pág. 51.
- Arturo Frondizi, El Movimiento Nacional…, pág. 157.
- Arturo Frondizi, op. cit., pág. 158.
- Arturo Frondizi, op. cit., pág. 158.
- Ramón Prieto, El pacto. Ocho años de política argentina, pág. 106.
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- Ernesto Laclau, La razón populista, pág. 147.
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- Arturo Frondizi, El Movimiento Nacional…, pág. 161.
- Arturo Frondizi, El Movimiento Nacional…, pág. 163.
- Ernesto Laclau, La razón populista, pág. 149.