A partir de ahora, el manual progresista sigue el modelo brasileño de movilización masiva, digital y humana, que consiguió millones de votos en la segunda vuelta. La patética fuga de Flavio Bolsonaro y la crisis de la derecha.
Cinco claves:
- La movilización territorial y digital del PT fue decisiva para revertir la derrota de la primera vuelta.
- La defensa de los programas sociales y el rechazo a otro gobierno de los Bolsonaro fortalecieron a Lula.
- La salida de Flávio hacia Estados Unidos, bajo investigaciones judiciales, profundizó la crisis bolsonarista.
- Tarcísio de Freitas busca encabezar una derecha conservadora distanciada de la familia Bolsonaro.
- Lula enfrentará un Congreso con mayor presencia bolsonarista y una economía condicionada por deuda y tasas altas.
La segunda vuelta de las presidenciales brasileñas de este año ya está en el manual político de los progresistas del mundo. Nunca se había visto algo así, perder una primera vuelta por 2.200.000 votos y ganar la segunda por más de cuatro millones, lo que significa sacar a la calle casi diez millones de votos nuevos.
El desafío parecía imposible porque la única manera de ganar era bajar notablemente el ausentismo de la primera vuelta, elevado hasta para Brasil. Cualquiera que haga política electoral sabe qué camino pedregoso tiene ese encargo. Pero el presidente Lula da Silva lo hizo.
Con medio mundo hablando del Ejército de Lula, comandado por el “general” André Janones y con diez millones de miembros en Facebook, parece que la elección se ganó online. Es para analizarlo, pero disimula que el PT movilizó la tropa, fue de casa en casa y energizó al país. Para dar una idea, el fin de semana anterior a las elecciones del 25, el partido hizo 1.700 actos, caminatas y recitales. Cada cara de la cultura apareció en vivo y en pantallas, cantando para que se votara a Lula. Hasta demócratas conservadores, como el nonagenario José Sarney, pidieron la reelección.
Semejante resultado significa que millones de personas hablaron con otros millones de personas para que dejaran la silla y esta vez fueran a votar, y que votaran bien. La estrategia fue doble, insistir en los logros del Gobierno y plantear la pregunta más terrible: ¿seguro que querés otro gobierno Bolsonaro? El votante insatisfecho con la situación actual, el que no votó en la primera vuelta y muchos de los que votaron a Flavio Bolsonaro, hizo una comparación entre lo conocido y lo por conocer. Y optó claramente por lo conocido, aunque no sea perfecto.
Lula dio vuelta el voto en Minas Gerais y ganó en las ciudades de San Pablo y en Río de Janeiro. La extraordinaria soberbia del candidato de la derecha dura ayudó a tomar la decisión. Sus promesas pasaron de un “tijeretazo” basado explícitamente en las políticas de Javier Milei, a promesas de apuro de no tocar los programas sociales de Lula. Paradoja: si uno quiere que esos programas sigan, ¿para qué pensar siquiera si Bolsonaro los iba a mantener? Bastaba votar a Lula para saber que iban a seguir adelante.
Como botón de muestra, el diputado Nikolas “Chupetín” Ferreira, estratega bolsonarista, armó carnavales políticos en ocho ciudades, de esos con camión de sonido, banda en vivo, camisetas gratis, estética juvenil y jingles provocativos. Su candidato perdió en las ocho ciudades. Otro botón de muestra: el ausentismo cayó un 80% en las ciudades. Y uno más: Lula no tuvo ni un voto en cuatro mesas electorales del país. Flavio ni registró en 106. El Presidente se dio el gustazo de “no perder con el peor de los Bolsonaro”
La fuga
El domingo a la noche, una de las grandes preguntas en Brasil era qué rol iba a jugar el derrotado en la política nacional. Por primera vez en su vida adulta, 24 años de carrera como diputado estatal o nacional, y senador, el último día de enero de 2027 Flavio se quedaba sin una banca, sin custodios, secretaria e inmunidad legal.
El ex candidato era investigado -hace rato- por su proximidad íntima con el banquero trucho Daniel Vorcaro, preso por la estafa colosal de su Banco Master. Vorcaro le había pasado millones de dólares a Flavio, supuestamente para financiar la película Dark Horse -El Tapado- sobre su papá, pero con cuentas jamás explicadas. La causa más reciente lo involucra en los negocios de un amigazo de años, Willer Thomas, acusadísimo de lavar dinero con el negocio de las bet. Thomas fue pescado en flagrancia cuando allanaron un hangar de su empresa de taxis aéreos y encontraron un cuartito secreto con máquinas de contar billetes y una enorme caja fuerte. El empresario se defendió diciendo que era “un servicio” que prestaba a clientes financieros.
Y al casi ex senador le falta explicar su colección de inmuebles y su costumbre de sacar hipotecas y pagarlas por adelantado con valijas de efectivo. Las causas se le venían encima y el mismo domingo electoral a la noche la Policía Federal le pedía sus pasaportes, el brasileño, el oficial y el italiano. Bolsonaro dijo que sí, por supuesto, que iba a obedecer, y el lunes declaró públicamente que no se iba del país. Es más, hubo una reunión con sus más cercanos, incluyendo el reelecto gobernador de San Pablo, Tarcisio de Freitas, y su jefe de campaña Rogerio Freitas, donde todos le aconsejaron enfrentar a la Justicia.
Esa misma noche desapareció. No se sabe cómo, llegó a Foz de Iguazú, cruzó la frontera con su mujer y sus dos hijas en una combi con placas diplomáticas argentinas y llegó al aeropuerto de Puerto Iguazú, donde se tomó un jet privado, esa pasión del político sudamericano. El avión era un Gulfstream de la empresa Baires Fly, la que por acá anda acusada de lavar las coimas de la ANDis fingiendo que le pagaban por servicios de taxi aéreo.
El itinerario mostró un uso del Escudo de las Américas inesperado, porque le permitió al fugitivo llegar a Miami sobrevolando exclusivamente espacios aéreos bajo control derechista. En EE.UU., Donald Trump anunció que les daba visas de residencia, pero no quiso comentar nada más. El miércoles, el ahora autoexiliado publicó una carta estrepitosa. Se ve que no tiene secretaria, porque se equivocó en el escudo nacional y puso uno de la República Vieja, cuando el país se llamaba Estados Unidos do Brasil. Luego lo corrigió y puso el actual, el de la República Federativa. Y se ve, también, que consiguió un abogado y en una tercera versión dejó de auto titularse presidente electo de Brasil y se definió apenas como Líder.
Notable: la prensa brasileña enterita, de todo el arco político, consideró que la carta era golpista.
Futuro
Lula explicó, tranquilo, que la fuga de su oponente “es uno de los episodios más vergonzosos de nuestra historia. Debería haber usado esta oportunidad para mostrar su honestidad. Cuando me acusaron a mí, tuve la oportunidad de dejar el país, pero me entregué y fui preso para demostrar mi inocencia”.
La columnista del conservador O Estado de Sao Paulo, Mariliz Pereira Jorge, fue mucho más dura: “Los Bolsonaro son una familia que trata al Brasil como una casa de veraneo que usan, abusan y rompen. Cuando les llega la cuenta, se borran”.
Tarcisio de Freitas, ahora la figura más poderosa de la derecha conservadora, ninguneó el tema: “La elección ya pasó”. El lunes, el establishment mostró su insatisfacción, la Bolsa cayó, el dólar subió perceptiblemente. Fue, como dicen por allá, un gesto pifio, develado por un inversor norteamericano que hizo subir las acciones él solito comprando “exageradamente barato” todo papel que pudo. El dólar bajó.
El ministro de Trabajo Luiz Marinho grabó un video advirtiendo a las patronales que no pueden despedir empleados porque votaron por Lula. “Es discriminación”. Corría el rumor que las empresas iban a purgar petistas. No era el caso, pero tantos se lo creyeron. En todo el país hubo alivio porque el único que no reconoce la victoria de Lula es Flavio. Ningún sector la cuestiona, los aliados políticos de los Bolsonaro la reconocieron y felicitaron al ganador. Todos los presidentes latinoamericanos, menos Milei y Nayib Bukele, enviaron cartas saludando al presidente.
No se repite el espectáculo de hace cuatro años, con bolsonaristas acampando en las puertas de los cuarteles para pedir un golpe. El durísimo castigo penal a los que asaltaron los edificios oficiales en Brasilia en enero de 2023 y a los conspiradores para un golpe que incluía el asesinato de Lula y de su vice electo, Geraldo Alckmin, fue evidentemente disuasorio.
También es un claro indicador de la normalización del país que logró Lula en este período. El Presidente es un estadista y no cree en absoluto en la estrategia de la tensión constante que usó Jair, que intentó su hijo y que abusa Milei.
La derecha ahora tiene dos opciones. Una es esperar que el nombre Bolsonaro deje de ser tan radioactivo y tal vez alinearse con el único hermano que no está preso o exiliado, el diputado Carlos. Otra es desintoxicarse de la familia y volver a la normalidad de ser conservadores, pero no extremistas. Es el camino que el gobernador Freitas, ex ministro de Jair, ya está anunciando.
Lula va a tener que lidiar con un reducto de los duros en el Congreso. Se sabe que ni en tiempos del Emperador alguien tuvo mayoría parlamentaria en recintos que acomodan a 21 partidos y partiditos, pero esta vuelta el bolsonarismo creció en Diputados y en el Senado.
¿Quién conducirá estos bloques? ¿Mantendrán su coherencia? La estrategia anunciada por Lula es mantener el nivel de movilización del segundo turno. El “general” Janones ya anunció que su Ejército sigue en actividad para marcarle la cancha a la derecha y apoyar al Presidente. Le va a hacer falta, porque la economía brasileña está en un momento frágil por el elevado déficit, la deuda interna y las tasas de interés.
Todo el mundo está pendiente de quién sea el nuevo ministro de Economía. Los candidatos son dos, el mismo vicepresidente Alckmin, que tiene muy buena relación con el mundo empresarial, y el reelecto gobernador de Piauí, el ex joven prodigio de la ciencia Rafael Fonteles.
Justicia
Dilma Rousseff va a recibir una indemnización mensual de 17.000 reales, algo más de tres mil dólares, por haber sido perseguida y torturada por la dictadura militar. Lo anunció el Ministerio de Derechos Humano y Ciudadanía de Brasil, siguiendo una decisión judicial. La ex presidenta, derrocada en un golpe cívico, fue detenida en 1970, torturada y vigilada constantemente por la Intel militar. La indemnización fue calculada como compensación por los abusos y también por los años en que estuvo forzosamente desempleada.