La Argentina necesita una renovación profunda de su dirigencia y una articulación política capaz de reunir intereses sociales hoy fragmentados alrededor de un programa concreto de desarrollo nacional, transformación productiva, integración social y fortalecimiento democrático. El desafío no consiste únicamente en reemplazar a Milei, sino en construir una convergencia con objetivos mensurables y plazos definidos que permita recuperar la capacidad de producir, integrar el territorio y mejorar la representación política antes de que las transformaciones económicas y tecnológicas mundiales profundicen todavía más la dependencia.
Cinco claves:
- El triunfo de Lula demuestra que una ola política regresiva puede frenarse y que la participación popular puede recuperarse.
- La división entre derecha e izquierda resulta insuficiente para comprender los problemas específicos de la Argentina.
- La antinomia peronismo-antiperonismo paraliza el debate y oculta la necesidad de una nueva articulación de intereses sociales.
- La salida requiere un programa concreto de expansión productiva, integración social, federalismo y desarrollo nacional.
- La democracia es irrenunciable, pero necesita más participación y una renovación profunda de la representación política.
Lula ganó y frenó la ola regresiva que enluta América Latina. Pero el impacto en la Argentina no tiene, en opinión de este limitado observador, la amplitud que debería.
Salieron jugadores de vuelo corto —a favor y en contra— para tratar de llevarse alguna migaja para su quintita, irrelevancia que muestra lo misérrimo, en cuanto a calidad, del debate político argentino actual.
Decimos “ola regresiva” porque el cómodo calificativo “de derecha” introduce más confusión, pese a la facilidad de su uso.
Razonemos un momento al respecto: si Milei, Kast o De la Espriella son descriptos como “derecha”, por contrario sensu Lula y Orsi son de “izquierda”, y ya comenzamos a entender todo torcido y a medias.
Cualesquiera sean sus orígenes ideológicos, se trata de gobernantes que enfrentan desafíos específicos en cada país, que pueden desde luego parecerse, pero de ninguna manera son iguales. Según cómo los encaren, pueden resolverlos positivamente o empeorarlos, y el error, en este sentido, no puede ser privativo de la izquierda o de la derecha.
Por caso, Macri, en acuerdo nada disimulado con el papa Francisco, apoyó la ley de villas, que tiene aspectos revolucionarios en cuanto a la posibilidad de que los ocupantes de predios estatales o privados adquieran la propiedad de sus viviendas en un marco de urbanización y servicios de mejora social concreta. Y otro presidente mucho peor pero apoyado por aquél, Milei, desfinancia ese programa para hacerlo fracasar. Ahí no hay derecha e izquierda que expliquen el asunto, sino un momento distinto en la relación de fuerzas que llevó a un conservador probado como Mauricio Macri a considerar conveniente resolver ese tema acuciante de modo racional.
El carácter marginal de Milei lo vuelve, con la evidencia a la vista, mucho más irresponsable y sin vínculo tangible o valioso hacia sus semejantes.
Por otro lado y, en rigor, podríamos preguntarnos con toda naturalidad: ¿y la izquierda dónde está? Pues no. Lo que se entiende por izquierda en términos publicitarios convencionales no está construyendo ninguna alternativa de superación de este cuadro de retroceso que experimenta la Argentina, con algunos momentos de respiro, desde hace al menos medio siglo. Su crítica, por aguda y persistente que sea, no se transforma en fuerza social transformadora.
Hay otra tradición intelectual de izquierda, dispersa y no demasiado visible, que analiza la realidad argentina con categorías rigurosas e ilumina, en no pocos temas, procesos sustanciales como el empobrecimiento sistemático de nuestro pueblo y su aislamiento a nivel mundial.
Es el caso del grupo Nodal, muy agudo en los análisis de la situación internacional o, en el plano académico, los aportes de Manuel Samaja, un ejemplo de los cuales se publica en esta edición de ¿Y ahora qué? sobre la sustancia del publicitado y al mismo tiempo intencionalmente distorsionado fenómeno de la Inteligencia Artificial, mediante un riguroso análisis dialéctico. Imperdible y necesariamente leído, releído en detalle y masticado.
No hay, pues, que caer en la cómoda trampa de analizar todo en términos de derecha e izquierda, versión intercambiable de buenos y malos, que no lleva a otra cosa que aumentar la confusión existente.
El conocimiento humano es uno solo, formado de aportes múltiples, parciales, erróneos e históricamente condicionados, y la contradicción, tanto la esencial como la distractiva, está incluida en él.
La necesidad de comprender el devenir de la humanidad nos obliga, en primer término, a formular nuestros puntos de vista con todo el rigor que podamos y asumiendo que de la contradicción, honestamente formulada, surgen criterios de verdad con aplicación contingente a cada momento histórico y a cada cultura generada por las diversas sociedades existentes. Dicho de otro modo: el conocimiento de lo real es posible y necesario, y es tal cuando progresa y revisa sus errores o debilidades.
Las visiones con pretensiones hegemónicas siempre son reducidoras de cabezas. Sirven para manipular espíritus y encuadrar a los pueblos, pero no para comprender el sentido general de lo que realmente pasa.
Volviendo al bajo y distorsionado impacto del triunfo de Lula sobre la Argentina, señalemos que hay allí una clave para asumir que el debate de fondo está siendo escamoteado entre nosotros.
La reducción perversa tanto de bienes materiales como del análisis indispensable para superar la situación actual, caracterizada por el estancamiento y la desigualdad, se resume en la obtusa y absolutamente falsa antinomia entre peronismo y antiperonismo.
Dicho de otro modo, la no articulación política de los intereses del conjunto de la sociedad en una corriente potenciadora de nuestras capacidades, que incluso sostenga y alimente diversas fuerzas con visiones distintas y en definitiva enriquecedoras y complementarias en el tiempo, hace que estemos paralizados y profundamente divididos sobre criterios muy endebles pero apasionadamente asumidos.
El antiperonismo —hoy con más vitalidad que su presunto oponente— se nutre del resentimiento que genera una pedagogía aplicada de modo sistemático, que educó contra el progreso social diciendo que éste se hacía a costa de los bienes legítimos de los sectores establecidos y/o privilegiados. Algo que no resiste un análisis serio, pero que se vive como una verdad indiscutible.
Y el peronismo, atomizado en facciones antagónicas, visiones provincialistas, encierros sindicales y ausencia casi completa de autocrítica —al menos en sus voceros más visibles—, se instala en una poltrona, léase una banca o un puesto público, a la espera del desgaste del oponente sin medir el propio.
La sustancia social que históricamente expresó el peronismo estaba constituida por una alianza de clases entre quienes aportaban su fuerza de trabajo organizada en sindicatos y sectores emprendedores que advirtieron el cambio de las condiciones periféricas en que había prosperado la Argentina vendiendo carne y granos, y actuaron, insuficientemente, para desplegar el potencial industrial del país.
El radicalismo histórico, con todas sus contradicciones y mimetizaciones con las clases emergentes y también, disimuladamente, con las oligárquicas, había aportado algo fundamental: la garantía del proceso democrático con la participación del conjunto del pueblo en la vida política.
Ese salto cualitativo debía completarse con un avance vigoroso de las nuevas condiciones materiales en que se desenvolvía la civilización contemporánea.
No ocurrió con la amplitud requerida. Y en estas playas, ese proceso sólo se realizó a medias por falta de ambición y compromisos inconfesables de las clases dominantes, por un lado, e insuficiente claridad en las emergentes, por otro.
La industrialización en la primera mitad del siglo XX fue incompleta y anárquica, aumentando la dependencia externa de insumos y materias primas.
No hubo entonces ninguna etapa planificada de sustitución de importaciones, sino una consolidación de la condición periférica y, de ese modo, la promesa de elevación social que fue tangible en los primeros años del régimen justicialista dejó de ser una expectativa concreta para cada sector que, desde entonces y con múltiples altibajos, se dedica a defender lo que cree suyo, casi siempre en retroceso, en el marco del empobrecimiento general que hoy caracteriza a la sociedad argentina.
Condiciones de un giro sustancial
Es evidente que las partes así artificiosamente enfrentadas no van a hacer otra cosa que seguir sosteniéndose unas a otras como gordos luchadores japoneses de sumo hasta que uno u otro logre tirar a su oponente fuera del círculo. Si ocurre, será para peor.
Lo que falta es asumir la extendida y profunda crisis dirigencial que padece la Argentina y, sobre esa cruda y fea realidad, desenvolver entendimientos sustanciales que abarquen tanto la convivencia como la transformación productiva a lo largo y ancho de todo el territorio nacional.
Esto estaba, sin realización plena y más bien como simulacro, en la retórica de los partidos y facciones que ocupaban la centralidad de la vida política nacional, pero hoy directamente ha desaparecido. Quizás sea mejor, para sincerar y volver a plantear el federalismo, esta vez sobre bases menos discursivas y más concretas, regionales y culturales.
Cuando todo parece oscuro siempre hay en algún lado una llamita de esperanza prendida. Hay que encontrarla y convertirla en una antorcha que ilumine al conjunto de la población, desolada y confundida en enfrentamientos estériles pero muy vivenciales.
Vale la pena trabajar para lograr esa convergencia de fuerzas que es absolutamente urgente y necesaria. No debe quedar en fórmulas voluntaristas y figuras genéricas: hay que vertebrarla en un programa de realizaciones bien concretas, mensurables y con plazos claramente establecidos.
Porque la cuestión del ritmo con que se encare el lanzamiento de un plan de expansión productiva e integración social es fundamental. No se puede hacer a las cansadas porque el proceso de transformación tecno-oligárquica en marcha hoy en el mundo va a generar condiciones cada vez más difíciles para articular conciencia nacional y condiciones de supervivencia dignas para el conjunto de la sociedad.
En ese proceso, Milei pasará a ser una anécdota olvidable, un momento grotesco y oscuro de la crisis de representación en la Argentina. Lo que no va a desaparecer es el conglomerado de intereses que, en definitiva, constituyen la expresión financiera de la acumulación, aunque mantengan una apariencia de generación de bienes y servicios materiales y concretos como fachada y/o inserción material en la geografía nacional, por ejemplo las granjas de procesamiento de datos que consumen masivamente energía y se instalan en zonas frías.
Agreguemos, para terminar esta mínima introducción a cuestiones por demás complejas, que el sistema democrático es irrenunciable, por cuanto garantiza la participación popular, pero que debe mejorarse de modo sustancial para que en los votos se expresen con la mayor libertad las aspiraciones colectivas más genuinas, con la menor interferencia de intereses, prejuicios y manipulaciones informativas y performativas, mentiras que producen daño real.
Por lo tanto, no es cuestión de conformarnos con la trajinada institucionalidad democrática que tenemos hoy, la cual sirve hasta para convalidar en cada comicio estas dirigencias incompetentes y manipulables, aun en un marco de creciente abstención, recuperada vigorosamente en la campaña de Lula para la segunda vuelta, demostrando que esa regeneración es posible.
En suma, se requiere más participación y más capacitación democrática para que se oxigene verdaderamente la representación popular.